Visita 17 agosto, 2009
Escrito por emejota en : Televisión , 5 comentarios , trackback
Sentà añoranza de los Fisher y decidà pasarme de visita por varios episodios (seguidos) de “A dos metros bajo tierra”, la inolvidable serie que Alan Ball trajo al mundo en 2000 y cuya existencia se apagó el 21 de Agosto de 2005. Este último dato es y no es cierto. No lo es porque en las estanterÃas la vista recorre, como si fueran lápidas, las cajas rectangulares, elegantes, que atesoran en dvd los restos incorruptos de sus 63 episodios divididos en 5 temporadas, preparados para ser reanimados a la orden del play.
Lo que añoré fue, además de los rostros y las voces y comprobar que todo sigue intacto, el ritmo y la casa. Hoy el ritmo narrativo parece obligado a convivir con el adjetivo frenético (al igual que la sequÃa congenia con el pertinaz) para ganar votos y confianza (el adjetivo que convive con frecuencia con la confianza es ciego). Pero aquà la virtud está en el diseño de un tempo y unos ritmos que no tienen prisa ni siquiera en conseguir su objetivo, que es el de hipnotizar. El truco está en que los diálogos de las diversas tramas que se alternan en cada episodio son concluyentes en la forma pero dejan unos puntos suspensivos en el fondo que, además, quedan subrayados por la prolongación en calderón del plano final de cada secuencia. Es normal entonces que los silencios marquen aquà la pauta del compás.
En “A dos metros bajo tierra”, además, los silencios más maravillosos están recogidos dentro, en la casa. Sentà añoranza de recorrer esa casa silenciosa, con sus múltiples estancias, su calma de reloj de pared en tarde de domingo, su penumbra pulcra, la luz filtrándose difuminada a través de las cortinas, su aire retro y algo gótico. Ha salido el adjetivo pulcro. Es un adjetivo que convive en esa casa con la señora Fisher, es ella el alma de la casa, es la casa un trasunto de ella, de su silencio, de su pulcritud, de su orden y concierto, escondite de su desorden y su desconcierto interior.
Hay que transitar esa casa, pasar los dedos por las paredes, quedarse sentado arriba, en lo alto de la escalera, para contemplar desde allÃ, a escondidas, entre los huecos de la barandilla, el orden silencioso de la cocina; dejar vagar la mirada entre los portarretratos, atravesar los pasillos y desfilar ante puertas entreabiertas de estancias que algún dÃa cumplieron su función y reirÃan y gritarÃan y escucharÃan la llamada para bajar a desayunar. Hay que hacer la visita sin prisa y en puntos suspensivos (porque siempre hay que regresar) y después cerrar los párpados en un fundido en blanco, como harÃan ellos antes de pasar a la siguiente secuencia de sus vidas, no pocas veces teñidas de negro.