Archivo por meses: agosto 2009

Mezcla

Vuelvo hoy a primera hora de la tarde a la Universidad de Navarra a dar una clase (es una clase, una conferencia o un disparate? en serio, no lo tengo claro) para los alumnos americanos que cursan un año por estos lares. Vienen de Massachusetts. Si he puesto alguna ese de más o de menos no importa, ya nos hemos entendido de dónde vienen. Sólo a mí se me ocurre meterme en un berenjenal que, bajo el título “Los elementos comunes del folclore musical en ámbitos culturales distintos” ponga en relación el blues con la siguiriya, el duende de Lorca con el ángel de la Vaughan cantando “Embraceable you”, los ayes sin compás de Aurora Pavón, jonda ella en una grabación de 1922, con el aliento improvisatorio del jazz.

Comprendo que, por tratatarse de una reposición que lleva camino de ganar a las de “Verano Azul”, mis Conchas, Cármenes y demás sustentos me abandonen. Estuve por llamar a Lindsay, que acaba de aterrizar según un risueño correo electrónico reciente, para que hiciera de mediadora entre los chicos y yo, porque sigo pensando que pillar lo del duende no es cuestión de un nivel aceptable de español ni que expresar lo del duende sea abordable desde mi inaceptable inglés.

Hay que ser profesional, concentrarse, dejar en este momento lo que ocupa todos los momentos y entrar en trance jondo. Pero me cuesta. Cuando salga me entraré en algún sitio a merendar un donut de chocolate o a ver el verde de algunos árboles, por si algún reflejo de la tarde ya ensaya algún preludio del otoño.

Agua

Ayer fuimos en familia a un centro termolúdico. Me llevaron para desconectar unas horas del ajetreo, igual que C3PO cuando dice amo Luke, si no le importa me desconectaré un rato.

Pues igual pero en termolúdico.

Uno no termina de desconectar, es lo que he descubierto de un tiempo a esta parte, que no puedo dejar la mente en compás de espera, a lo sumo bajar un poco la velocidad del tac tac del metrónomo. Lo que no cesa tampoco, pero esto no me importa, es mi fascinación por el agua. Hay dos tipos de fascinaciones por el agua: la del nadador que se come una piscina intentando batirle registros al cloro y la del que contempla y vivencia de una manera sensitiva el prodigio del agua. Lo de sensitivo va por el tacto, que pones las manos en la superficie de esa masa blanda, uniforme, y la acaricias sientiendo esa cierta viscosidad que digo yo la mantendrá unida, molécula con molécula.

Qué misterio el del agua.

Lo de sensitivo también va por los oídos: los sonidos del agua, en todas sus manifestaciones, son una invitación perpetua a quedarte absorto. Y por la vista, hipnotizada por los reflejos de la luz en esas crestas líquidas e inquietas que te hacen guiños en forma de destellos.

Un centro termolúdico es como meterte en un ciclo de lavado de una lavadora. Te zarandean y hasta te centrifugan, eso sí, sin Vernel. Y el agua borbotea formando unas corrientes y unas turbulencias blancas ante las cuales estás momentánemanete indefenso pero entregado con placer. Luego descansas un poco y la lavadora ataca el siguiente movimiento entre aspersores hacia arriba y chorros por todas partes. Como una sonata, igual: al allegro spirituoso le sigue el andante cantábile del jacuzzi, en cuya entrada dice que es idóneo para reducir el estrés mental y al leerlo casi te entran ganas de meter la cabeza en el mismo punto emisor del agua, por si así hace más efecto. Al final es como si te hubieran dado una soberana paliza pero te tiendes al sol un rato y ya está. No precisa planchado.

Visita

Sentí añoranza de los Fisher y decidí pasarme de visita por varios episodios (seguidos) de “A dos metros bajo tierra”, la inolvidable serie que Alan Ball trajo al mundo en 2000 y cuya existencia se apagó el 21 de Agosto de 2005. Este último dato es y no es cierto. No lo es porque en las estanterías la vista recorre, como si fueran lápidas, las cajas rectangulares, elegantes, que atesoran en dvd los restos incorruptos de sus 63 episodios divididos en 5 temporadas, preparados para ser reanimados a la orden del play.

Lo que añoré fue, además de los rostros y las voces y comprobar que todo sigue intacto, el ritmo y la casa. Hoy el ritmo narrativo parece obligado a convivir con el adjetivo frenético (al igual que la sequía congenia con el pertinaz) para ganar votos y confianza (el adjetivo que convive con frecuencia con la confianza es ciego). Pero aquí la virtud está en el diseño de un tempo y unos ritmos que no tienen prisa ni siquiera en conseguir su objetivo, que es el de hipnotizar. El truco está en que los diálogos de las diversas tramas que se alternan en cada episodio son concluyentes en la forma pero dejan unos puntos suspensivos en el fondo que, además, quedan subrayados por la prolongación en calderón del plano final de cada secuencia. Es normal entonces que los silencios marquen aquí la pauta del compás.

En “A dos metros bajo tierra”, además, los silencios más maravillosos están recogidos dentro, en la casa. Sentí añoranza de recorrer esa casa silenciosa, con sus múltiples estancias, su calma de reloj de pared en tarde de domingo, su penumbra pulcra, la luz filtrándose difuminada a través de las cortinas, su aire retro y algo gótico. Ha salido el adjetivo pulcro. Es un adjetivo que convive en esa casa con la señora Fisher, es ella el alma de la casa, es la casa un trasunto de ella, de su silencio, de su pulcritud, de su orden y concierto, escondite de su desorden y su desconcierto interior.

Hay que transitar esa casa, pasar los dedos por las paredes, quedarse sentado arriba, en lo alto de la escalera, para contemplar desde allí, a escondidas, entre los huecos de la barandilla, el orden silencioso de la cocina; dejar vagar la mirada entre los portarretratos, atravesar los pasillos y desfilar ante puertas entreabiertas de estancias que algún día cumplieron su función y reirían y gritarían y escucharían la llamada para bajar a desayunar. Hay que hacer la visita sin prisa y en puntos suspensivos (porque siempre hay que regresar) y después cerrar los párpados en un fundido en blanco, como harían ellos antes de pasar a la siguiente secuencia de sus vidas, no pocas veces teñidas de negro.

Himno

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Coro de Santo Tomás de Leipzig. Grabación en directo.

Tarjeta

Ya tengo una muestra más de mi reconocida precocidad para poder engrosar mi biografía, capítulo “méritos”:

Tengo la Tarjeta Dorada de la Renfe antes de haber cumplido los 40.

Te gastas un huevo, con perdón, porque el tren que te toca es de alta velocidad aunque, casualidades de la vida, lo es hasta 50 kilómetros antes de llegar a mi estación y desde allí hasta mi destino quítale lo de alta y deja lo de velocidad a secas y seco que te deja el precio, cuando un día el de la taquilla te dice:

-Quizá pueda tener derecho a la Tarjeta Dorada, lo sabía?

-Yooo? Y eso??

-Hombre…

(el de la taquilla me echa un vistazo de abajo arriba con cierta incomodidad y se encoge de hombros como diciendo)

Y resulta que sí, que si tienes problemas de movilidad puedes optar a la Tarjeta Dorada siempre y cuando cumplas con unos requisitos, que no son precisamente para sentirse orgulloso pero te ahorran unos cuartos. El cuarenta por ciento, exactamente. Me hicieron llevar el certificado de minusvalía. Lo busqué. Era un folio del año 93, madré mía, escrito con máquina de escribir de las de plac plac, madre mía.

-Esto no vale -dijo el tipo de la taquilla.

-Y por qué no? -pregunté yo.

-Porque es muy viejo.

-Y qué tiene que ver si es permanente?

-Y eso quién lo dice?

-El papel, si lo lee usted.

-Ah, sí. Pues sí que vale, sí.

En el papel pone “dado el carácter permanente y susceptible de progresar” y lo señalé como quien señala un mérito. Una cosa muy rara, no sé.

-Son 5 euros.

-El qué.

-La Tarjeta Dorada.

-Vale 5 euros la Tarjeta Dorada?

-Sí, 5 euros.

-Ahm.

-Y hay que renovarla cada año y volver a pagar.

-Aunque la cosa sea permanente.

-Sea la cosa que sea.

-Ahm. Pues tome.

-Pues aquí tiene.

-La Tarjeta Dorada es este papel??

-Sí, antes era más tarjeta pero ahora ya no la hacen igual.

-(y dorada tampoco es; lo de dorada sería por la edad de la jubilación, supongo), pensé.

Total: que tengo Tarjeta Dorada. El problema es que ahora que la tengo me da vergüenza usarla. Pero no una vergüenza por lo que me pasa, sino por lo que me pase, imagina, que pase (pasa, pase, pase, esto habría que corregirlo si no fueran las 2:53 de la madrugada), que pase el revisor, mire la tarjeta primero, mire por encima de sus gafas después y me vea entonces a mí con cara de glups. No supero mi temor a la autoridad, así que de momento, mi Tarjeta Dorada es virgen.

-No la plastifique.

-Y eso?

-Porque se borran los datos enseguida si se plastifica.

-Pues vaya cerebro el que hizo la Tarjeta Dorada.

-Perdón?

-Que a qué hora tengo trenes para Pamplona, por favor.

Sonata

Te tumbas en el sofá a media tarde para relajarte un poco y por los auriculares suena una música de 1773, algo que siempre deja algo perplejo. El único latido temporal, el único aliento que nos llega de entonces está en la música, en el tiempo que tarda una nota en convertirse en otra, en la estela que deja una escala ascendente o en la disolución de un acorde tras el que surge un silencio que también late y por el que llega un rumor como de pasillo largo y ventanales con cristales irregulares que miran a una tarde como esta pero con fuente escupiendo agua al verano.

Suena Haydn, la Sonata para piano número 36, deliciosa pieza en todas sus partes, primera, segunda y tercera, y nos advierte el locutor del podcast, que lo fue antes de Radio Clásica, que va a sonar en piano Steinway, forma de advertir, quizá, quién sabe, que no va a sonar pura, que va a sonar distinta. Pero lo que pasa es que comienza esta sonata deliciosa, tanto como para repetir el adjetivo en el mismo párrafo a conciencia, y cierras los ojos, las manos descansando sobre el pecho, y la música que nunca soñó con sonar en un instrumento así suena que ni a medida. Es probable que sea necesario cerrar los ojos para ver y sentir cómo el macillo revestido de fieltro da ese golpecito de algodón sobre las cuerdas tensadas, y oler a madera, y percibir la ensalada de armónicos que se combinan primorosamente en la región umbría de la tabla armónica.

Los dedos del pianista pulsan las teclas en un non legato que significa, en lenguaje llano, que un dedo no da el relevo al otro en perfecta sincronía ni lo deja abandonado a traición, sino que suenan las teclas una tras otra con una imperceptible separación que ni llega a materializarse silencio ni tampoco personarse en un sonido sin fisuras y, sin embargo, surge una tercera cosa que no sabes bien qué es, o lo sabes y simplemente resulta ser lo que tiene que ser: una imagen táctil que dibuja en la retina del oído una sensación de terciopelo.

La música para tecla del Clasicismo, con su juguete, sus jardines umbríos pero coquetos, sus cosquillas y su transparencia, a veces velada por un velo que a la larga o a la corta también se revela transparente, suena como un milagro en un piano Steinway. Si los dedos que la transportan lo saben, todavía mejor. Hay puristas que torcerían el morro si leyeran una afirmación semejante, la del Steinway. Pero seguro que no ven la música con los ojos cerrados.

Balance

En este momento, todo gira alrededor de dos palabras: estrés y satisfacción. En la balanza, ambas palabras se reparten el peso y unos momentos pesa más el estrés y otros la satisfacción. Pero no cambiaría por nada estos días de trabajo en un proyecto que va brotando de las manos y del corazón y empieza a adoptar forma.

Vuelvo enseguida.

Boda

Ayer se casaron Esther y Edu y allí estuvimos sus amigos y compañeros los músicos para poner banda sonora a un acontecimiento que nos alegraba el corazón.

Esa boda quedará en el recuerdo por muchas cosas, todas ellas singulares, sobre todo las musicales, que las del afecto las damos por sentado. Que Esther eligiera un repertorio musical a todas luces (a todas notas) sorprendente, de tal forma que hasta nosotros le llegamos a decir, en más de uno y de dos compases, mujer, no sé si, terminó por dejarnos con una expresión que diría fue de desconcierto si no fuera porque precisamente era de todo lo contrario. Nunca habríamos supuesto, por ejemplo, que sustituir la marcha nupcial por las suaves serpentinas azules de la primera arabesca de Debussy que brotaban en directo del piano de cola, produciría un efecto tan prodigioso, que deshizo el más mínimo atisbo de algo que no fuera un recogimiento íntimo, relajado y amable entre los presentes, convocados allí para arropar a la pareja.

O la divertida peripecia de un coro improvisado para la ocasión. O, voy a permitirme tirar a mi terreno, motivos tengo, la “operación emboscada”, si bien es cierto que lo escribo con una sonrisa en los labios, que consiguió que me escuchara a mí mismo decir un “sí quiero” horas antes, escasas horas antes, para tocar a Mompou, decir sí quiero a hacer brotar del piano los armónicos transparentes y secretos de Mompou hacia las alturas de las naves de la Catedral en el silencio (porque allí existe Mompou, en el silencio) posterior a la Comunión. Dije sí quiero al mismo tiempo que por mi cabeza se encendían las alarmas, y un Pepito Grillo sensato aconsejaba por dentro con voz calmada: piénsalo dos, tres y diez veces; la última vez que tocaste esa pieza fue en 1991, las manos no están operativas, no tocas en un piano de cola desde hace mucho tiempo, todavía hace más tiempo que no tocas en público, no vas a poder tener un tiempo de adaptación de los dedos que no funcionan al teclado en el cual deberían funcionar para no hacer del instante (en el que te recuerdo que todo el mundo estará en silencio) un naufragio.

Pero hay ocasiones en las que el corazón siente que debe asumir riesgos pese a las advertencias en forma de lucecitas rojas de la razón.

Luego pasa lo que pasa, claro.

Y lo que pasa es que empiezas y el anular de la mano derecha no responde, y te dices que no pasa nada porque improvisarás sobre la marcha otra digitación recurriendo a un dedo que, si no usabas antes, es porque todavía funciona menos. Y para cuando te queires dar cuenta, como si fueras un primerizo, las manos tiemblan haciendo que la fuerza se pierda aquí y allá. Respira, te dice la cabeza, pero no te da la gana de respirar. Por qué. Porque estás ocupado intentando llevar la nave a pista sin estrellarla. Pues respira con más motivo. Que no me da la gana. Te lo tomarías con humor si no fuera porque el momento es ciertamente delicado. Y ciertamente te lo tomas con humor cuando escuchas nítidamente, a tus espaldas, algo que te dice, soy un llanto.

Mientras buscas la compostura frente al teclado poniendo cara de pianista, te preguntas por dentro: ¿lloran de lástima?? y la comisura de los labios te haría un así, como de sonreir, si no fuera porque en ese momento caes en la cuenta de que no tiene gracia porque puede que tú mismo te des un poco de pena al mirar a esas manos y decirte: ¿será posible que tantos años después, en mitad de este fregao, descubra que realmente no tengo manos operativas? ¿Cómo he podido no darme cuenta verdaderamente de ello hasta este mismo instante? Hay que joderse.

No hubo tiempo para más preguntas y menos aún para las repuestas. Llegó el final de la partitura, me levanté, me dirigí a mi sitio y la voz monocorde e indescifrable del cura siguió con su discurso.

Con todo el monólogo interior precedente y con todas turbulencias del pulso a lo largo de la travesía del compás no es fácil que hable el corazón. Pero resulta que Mompou no brota de los dedos, sino de más adentro. Y quiero pensar, y lo pienso con la seguridad de que no se trata de un consuelo para quedarme tranquilo, que un poquito de algo de lo que querías transmitirles a ellos, consiguió encontrarlos. Cuando se produce eso, con un poquito, con un gramo, es suficiente para que la experiencia valga la pena, a pesar del trance.

Todos mis deseos de felicidad, Esther y Edu.

Factura

Ya de regreso.

Pero la noticia del post no es esa. La noticia, con un algo de reflexión, con un algo más de hayquever, es la toma de conciencia de que en internet, al contrario de lo que nos parece, las letras y los números van de la mano. Dicho de otra forma: que lo que se escribe, cuesta, y no solo esfuerzo neuronal precisamente. Algo lógico por otra parte aunque es cierto que estamos acostumbrados a pensar que lo que está en internet, ahí se queda, en esa región incierta que todos imaginamos en el aire, no sé si nebulosa, clara u oscura (creo que hay de ambas tonalidades) que llamamos ciberespacio y que si sabemos que está arriba es porque decimos me he bajado, voy a subir, etc.

Pues bien, el ciberespacio tiene un peaje y si no lo pagas, lo que hayas colocado ahí desaparece de un plumazo y en pocas horas, Google empezará a borrar de su memoria sus ecos cono la niebla que iba engullendo a Fantasía, la tierra de “La historia interminable”, o como la memoria de Hal (“no lo haga, David”) 9000, y en pocas horas no quedará nada.

Nada.

Ya sea importante o no, sea el trabajo de muchos años o de pocos días, sea una labor trazada con mimo o un probar y ya está. El recordatorio de la existencia de este peaje ha venido con nocturnidad y alevosía, en un mail que discretamente han dejado bajo la almohada los señores en cuyos servidores se aloja este blog, allá por las latitudes californianas,  y saliendo de puntillas para que no les oyera.

Pero les he leído.

Y me dicen, muy amablemente, eso sí, que como no suelte una cantidad de tres cifras, glups, en dólares americanos (al cambio en euros una cifra menos, pero casi casi) todo lo que haya en este blog, desde el primer post hasta el último, desaparecerá a las 23:30 de la noche del próximo martes. Vamos, como el cuento de la cenicienta pero en versión de pago y con un deje apocalíptico, como de Nostradamus.

Al contrario de lo que podría imaginarse, he optado por pasar la tarjeta de crédito sin pensarlo mucho (de hecho, sin pensar cómo quedará luego la tarjeta de crédito, que es temporada alta para algunas cosas y, consecuentemente, baja para otras) porque esto puede que sea el incentivo definitivo para retomar con decisión el timón de La Idea, dejado este verano a la deriva de las corrientes no por desidia sino porque lo que hay que contar, al menos lo que ocupa la mayor parte de las horas y los días, debe esperar. No mucho. Poco en realidad.