Archivo por meses: julio 2009

Veraneo

llegó a tu dormitorio
el verano desnudo con pies de madreselva.”

Pues aquí lo que ha llegado es un calor que te torras y que deja poco espacio para la poética, si bien es cierto que ayer refrescó algo el ambiente. Sigue siendo un misterio para mí cómo un anticiclón que está en medio del océano, frente a Portugal, pueda hacer que nos llegue del Norte este viento tan bien recibido, pero se jubiló Maldonado y se murió la abuela, así que seguirá siendo un misterio meteorológico el asunto.

Añoro el significado de la palabra “veraneo”. Sale en las películas españolas de época cuando alguien dice que los señores han salido de veraneo y esperas a ver qué es eso y resulta que es un espacio largo y lento, con la particularidad de que ni se hace largo ni lento, y suena a casona antigua o a rumor de mar o a olor de higos y risas en un jardín. Y eso está bien o debe estarlo. Yo no tengo veraneo, sino verano; y no preocupado pero ocupado sí que estoy y así estaré hasta que llegue el otoño, con su manto de olvido, y me quede tranquilo porque alguien habrá dejado dicho que “ya no hay dibujos en las paredes”. Y unos segundos de silencio. Si caes en la cuenta de que ya no hay dibujos en las paredes y se les pone un nudo en la garganta a los segundos de silencio posteriores todo va bien porque eso quiere decir que habremos caído en la cuenta de la inexorabilidad del tiempo, de que las ceras de colores tienen primero su lugar en el calendario y después pintan un eufemismo, que de eso se trata, porque ya no pintan nada y por eso no hay dibujos en las paredes.

Basta.

Basta porque me salgo de tema, y el tema es que he salido a dar un paseo, noticia que no tendría mayor significación si no fuera porque el último paseo data del invierno pasado y ahora he aprovechado esta breve visita del viento, este respiro entre quehaceres (con y sin dibujos en las paredes) para barajar la posibilidad de volver a las andadas, nunca mejor dicho. ¿Y por qué no salgo nada de nada? Esa misma pregunta me la hizo el internista en otro día, en ese paseo paralelo por especialistas que toca por estas fechas, como el Tour de Francia pero en versión hospitalaria. Le especifiqué que me sentía incapaz de salir a nada en esta ciudad, pero nada de nada; que donde salgo es en Pamplona pero que aquí ya nada de nada. El médico levantó la vista y preguntó: ¿a nada es a nada? Y yo le respondí: a nada es prácticamente a nada. Y él: ¿cuál es el problema para no salir aquí?. Y yo: pues no sé, la sensación de que las calles son como el decorado de una película expresionista y los edificios se curvan a mi paso en plan rollo agobiante. La enfermera se tapó la cara con un folio con membrete del Servicio Navarro de Salud y yo reparé en la mirada del médico y pensé:

-(glups)

Porque advertí que tras estos meses años no me había dado cuenta hasta ese instante de que este hombre no aprecia las metáforas, las hipérboles, las ironías, en fin, todo ese conjunto retórico que para él adquiere un sentido indefectiblemente literal. Y entonces es como para que uno se inquiete y piense:

-(glups)

Dijo el médico: -¿qué tal si añadimos un Orfidal por las tardes?

-¿Y eso?

-Porque funciona muy bien en casos de fobia social.

-¿Qué fobia social???

-Bueno…

-…en todo caso será fobia local, que no es lo mismo. ¿Eso viene en el prospecto?

-Yo creo que deberíamos probar con un Orfidal sublingual.

-Yo creo que no porque el Orfidal siempre me ha parecido un producto que se instala mal en el cuerpo y además siempre queda Pamplona, como a otros París. Pamplona no tiene efectos secundarios, al menos no de momento; no visibles en cualquier caso.

Me salí con la mía igual que hoy he salido a pasear haciendo un alto y tomando aire (del Norte) a lo que viene, que no es veraneo aunque tiene su punto. Pero es cierto que hace tiempo que he dejado de vivir en esta ciudad, aunque por imperativos varios siga aquí.

Roles

Ayer operaron a mi madre de una mano. Nada importante, pero yo siempre me inquieto ante estas cosas. Sobre todo por el hospital. El hospital es un sitio que me mantiene en guardia, es un lugar que tengo bajo sospecha, y eso a veces me hace sentir un poco culpable porque ese hospital siempre ha hecho cosas buenas (pongamos entre paréntesis las excepciones, que hasta el hospital es humano porque congrega a una serie de muchos seres humanos con bata blanca que en su afán de hacerlo bien a veces no se ponen de acuerdo, y cuando uno dice digo y el otro Diego, y recetan una cosa que no pega con la otra, pasa lo que pasa).

Pero estábamos en el hospital.

Me sorprendió gratamente la presencia de aire acondicionado en los pasillos, casi se me ponen los pelos de punta porque imborrable es el recuerdo de otras estancias veraniegas a saber a cuántos grados, tantos que los sueros se echaban a perder, fijo, y las habitaciones emanaban un sopor horneado a fuego lento.

Pero no, mira.

Aire acondicionado. En los pasillos y hasta en las habitaciones. Por Dios, léase eso poniendo tono de sorpresa e incredulidad. Qué político y a cambio de qué habrá hecho posible ese gesto que,  por otra parte, y en el clima en el que vivimos, era un instrumental básico cuya carencia clamaba al cielo.

En fin, llamé con los nudillos en la puerta de la habitación saliendo de estos pensamientos y tras cruzarme con una enfermera que caminaba flotando dando pasos inaudibles. Sí, dijo la voz de mi hermano. Entré. Allí estaba mi madre, recién subida de quirófano, que me sonrió con una sonrisa de Nolotil y con restos de anestesia pesando todavía en los párpados.

Y estando allí de pie me di cuenta de una cosa curiosa: que por una vez se habían invertido los roles; que quien estaba allí siempre había estado aquí, cuidadora infatigable y sin un segundo de desaliento de quien siempre había estado allí. El único elemento común en ese escenario era la mano, cuyo vendaje aparatoso reposaba en una almohada paralela al cuerpo. Qué recuerdos esos vendajes, ese latido doloroso conectado al gota a gota del calmante. Pensando en esa inversión de roles, ambos fuera de nuestros habituales papeles, sentí que sabía qué hacer sin tener que aprender otro guión, y me dije por dentro que en eso debe consistir ser mayor. Y entonces, inexplicablemente, me sentí conforme con todo, con el entorno, con las cosas, conmigo mismo.

En la cama de al lado, una señora decía algo de las tetas de Yola Berrocal.