Similitudes

En el sueño, buscaba desesperadamente a Lindsay para confesarle, con suma vergüenza, que había bastado apenas un mes sin clase para que se me olvidara todo, mención especial a los usos infinitos del “get”, lo que aumentaba mi carga de culpabilidad dados los ímprobos esfuerzos de Lindsay para que me entraran en la mollera. Era tal el agobio que ya tocaba despertarme sobresaltado cuando he comprobado que no, que la vida será un sueño pero que ese sueño no era tal y que llevaba un rato despierto mirando hacia el techo pensando en las líneas precedentes.

Qué desastre.

Excursión mañanera al centro comercial con los sobrinos y la abuela (mi madre).

En la mega tienda de deportes, había que comprarle un bañador al tío, que se va de vacaciones el viernes. Isabel miraba las tallas y sugería colores mientras Carlos iba y venía subido en un patinete. Me he comprado un bañador oscuro, tanto que ahora no me acuerdo si todavía estaba dentro de la gama del azul crepuscular o se adentraba directamente en el negro pero a Isabel no ha parecido disgustarle porque ha ladeado primero la cabeza, como sopesando, y después ha dejado en su sitio el bañador color calabaza que llevaba hasta entonces en la mano.

Luego hemos entrado en el hiper con el carro de la compra, con un sobrino encaramado a cada lado. Una vez entré en ese mismo recinto y el segurata me salió el paso ante mi terror, porque ya nos sabemos de sobra que la autoridad, en cualquiera de sus manifestaciones, me asusta, como a Hitchcock, igual. En aquella ocasión intenté aparentar, a duras penas, normalidad, de manera que no vi anormal que me dijera que el iPod no podía entrarlo en el recinto. Y qué hago con él? pregunté con una sonrisa conciliadora destinada a no turbar al segurata. Meterlo en una taquilla, me contestó él. Obediente yo, a las taquillas me fui. Pero entonces reaccioné y me di la vuelta para preguntarle Y el móvil lo puedo entrar? Pues claro, dijo él, no lo va a dejar usted en la taquilla; ahora, si quiere… Por aquel entonces no habían inventado aún el iPhone, y mejor porque entonces nos habríamos encontrado con un serio dilema y a ver si terminaba el iPhone en una taquilla o yo en algún cuarto lúgubre con una silla en mitad de la habitación como único mobiliario y una bombilla triste pendiente de un cable a la espera de interrogatorio. Por Dios. En cualquier caso, en aquel momento me pregunté si lo de la brecha digital se referiría a cosas así.

Pero estábamos deslizándonos por los pasillos del hiper con Carlos encaramado a la izquierda del carro e Isabel al derecho. Al pasar por la zona de embutidos les he dicho que se agarraran fuerte y he echado a correr. Por qué corres? han preguntado con cara de decir anda, tenemos un tío que sabe correr o anda, tenemos un tío que hace cosas muy raras. No sé qué se preguntaban al preguntar por qué corres pero se reían y he contestado con franqueza: porque me dan mucho asco esas cosas. De verdad?, ha preguntado Isabel con incredulidad. Lo prometo, he dicho con tono grave (y con resuello por la carrera, todo sea dicho).

Al doblar una esquina nos hemos topado, ay, con la sección de panadería y repostería y he tenido que adoptar un rol adulto y con el sonsonete adecuado decir eso de noooo, ahora esas cosas no que si no luego no vais a comeeeeer, pero mientras tanto lanzaba unas miradas lascivas a las curvas perfectas de una tarta de chocolate y a la perfecta alineación de unos donuts, con su deliciosa epidermis rezumante.

De vuelta en el coche, Isabel contaba hasta treinta en inglés sin saber, inocente ella, que me mortificaba recordándome lo de Lindsay y mi inglés desvanecido. Carlos callaba, y su silencio resultaba tan melancólico que la abuela le ha preguntado desde el volante si vas bien, cariño. Sí, ha respondido con su voz de pajarito. Es que como no dices nada… Pues claro que iba bien. Yo entiendo esos silencios ocasionales de Carlos porque a mi me pasan igual de toda la vida, y ciertamente son como melancolías súbitas de ver esos montones de coches yendo y viniendo y la palmera solitaria cimbreándose al viento en mitad de una escuálida rotonda y lo raro que es todo porque no sabes por qué es exactamente raro todo. Es entonces cuando te da un bajoncillo momentáneo de los de mirar por la ventanilla aunque no mires por ello nada en concreto. Y se pasa.

A la hora de comer, Isabel, que estaba sentada frente a Carlos y frente a mí, ha sentenciado inesperadamente: el tío es igual que Carlos. Y yo: soy igual? Y ella: sí, igual. Pero he mentido como un bellaco porque es verdad, lo sé hace tiempo. Si alguien quiere un ejemplo que relea el párrafo anterior. He mirado a mi izquierda y desde el hemisferio sur del campo visual, Carlos me miraba con cara de no saber si eso era como para sentirse orgulloso o si era más interesante seguir ocupándose de los spaguetti que buscar posibles rasgos comunes en la cara o en la forma del pelo. Isabel me miraba en silencio haciendo así así con la cabeza, que es como decimos sí sí sin decirlo.

5 pensamientos en “Similitudes

  1. toni

    cuando miran y luego escuchan, en una fracción de segundo o en varias horas, aprenden. porque ellos todavía no tienen todo eso que tienen los mayores de no correr por los pasillos del híper o de decir noooo, que luego no cenas. y entonces te das cuenta de que saben. mucho. lo más increíble es que algunos consiguen que no se les pase. menos mal que en el Norte quedan bastantes. por lo menos, a juzgar por esta bitácora.

  2. Rachel

    qué majicos, los dos. :)

    Carlos se ha dado cuenta tb de q es como tú y piensa “jo, qué suerte, como mi tío” seguro
    A Isabel no se le escapa ni media

  3. C.

    Me encanta viajar en coche y mirar por la ventanilla sin decir nada. Siempre en el asiento derecho. No me sabe igual desde la ventanilla izquierda, porque el asiento trasero derecho era mi sitio en los viajes en familia y luego solo tuve que cambiar a la fila delantera.
    (Ahora que lo pienso, a lo mejor también es porque soy completamente miope del ojo izquierdo, anda, en qué cosas cae una a estas alturas de la vida).
    El caso es que en los viajes se me va el tiempo mirando nubes, tarareando y ensimismándome, y lo especial es que descubro a menudo que he pasado el rato sin pensar con palabras: con la mente en los ojos, el oído en la música y el murmullo del coche en la carretera y la voz siguiendo automáticamente la melodía, nada más. Esa especie de “stand-by” es muy raro en mí y resulta reparador.

    Los acompañantes de casa ya están acostumbrados a ese mutismo, pero yo hago esfuerzos y a veces hasta doy conversación :)

  4. Asthar

    Qué suerte tener un sobrino que no diga nada en el coche…Éste sábado volvía de Zarautz con mi hija y mi sobrino en coche. No sabía que existieran tantos tacos, y mucho menos que a los 4 años recién cumplidos puedas saberlos todos. Los dijeron de carrerilla y creo que sin respirar. Prefiero los niños callados en los coches. Qué suerte!!!

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