Roles

Ayer operaron a mi madre de una mano. Nada importante, pero yo siempre me inquieto ante estas cosas. Sobre todo por el hospital. El hospital es un sitio que me mantiene en guardia, es un lugar que tengo bajo sospecha, y eso a veces me hace sentir un poco culpable porque ese hospital siempre ha hecho cosas buenas (pongamos entre paréntesis las excepciones, que hasta el hospital es humano porque congrega a una serie de muchos seres humanos con bata blanca que en su afán de hacerlo bien a veces no se ponen de acuerdo, y cuando uno dice digo y el otro Diego, y recetan una cosa que no pega con la otra, pasa lo que pasa).

Pero estábamos en el hospital.

Me sorprendió gratamente la presencia de aire acondicionado en los pasillos, casi se me ponen los pelos de punta porque imborrable es el recuerdo de otras estancias veraniegas a saber a cuántos grados, tantos que los sueros se echaban a perder, fijo, y las habitaciones emanaban un sopor horneado a fuego lento.

Pero no, mira.

Aire acondicionado. En los pasillos y hasta en las habitaciones. Por Dios, léase eso poniendo tono de sorpresa e incredulidad. Qué político y a cambio de qué habrá hecho posible ese gesto que,  por otra parte, y en el clima en el que vivimos, era un instrumental básico cuya carencia clamaba al cielo.

En fin, llamé con los nudillos en la puerta de la habitación saliendo de estos pensamientos y tras cruzarme con una enfermera que caminaba flotando dando pasos inaudibles. Sí, dijo la voz de mi hermano. Entré. Allí estaba mi madre, recién subida de quirófano, que me sonrió con una sonrisa de Nolotil y con restos de anestesia pesando todavía en los párpados.

Y estando allí de pie me di cuenta de una cosa curiosa: que por una vez se habían invertido los roles; que quien estaba allí siempre había estado aquí, cuidadora infatigable y sin un segundo de desaliento de quien siempre había estado allí. El único elemento común en ese escenario era la mano, cuyo vendaje aparatoso reposaba en una almohada paralela al cuerpo. Qué recuerdos esos vendajes, ese latido doloroso conectado al gota a gota del calmante. Pensando en esa inversión de roles, ambos fuera de nuestros habituales papeles, sentí que sabía qué hacer sin tener que aprender otro guión, y me dije por dentro que en eso debe consistir ser mayor. Y entonces, inexplicablemente, me sentí conforme con todo, con el entorno, con las cosas, conmigo mismo.

En la cama de al lado, una señora decía algo de las tetas de Yola Berrocal.

4 pensamientos en “Roles

  1. Eva

    entiendo lo que dices perfectamente, mi padre tiene 70 y mi madre tambien esta muy luchada ya, en realidad los dos han sido incansables y ahora despues de 4 años, yo estoy mejor y sin embargo ellos empiezan a decaer, el cuerpo se va cansando con los años, y ahora me toca a mi cuidar un poco de ellos, pero no molesta, no duele, no fastidia ser yo quien tome un poco las riendas… Besos con aires del Sur. y millones de besos para esa mujer incansable que es tu madre…

  2. bELÉN

    Estuve una noche con mi hija de 2 años sujeta a un gotero en una axfisiante noche de agosto en el hospital… mal tumbada en el duro butacón logré entender todo lo que mi madre ha pasado conmigo y con mi hermano en los largos despertares de las operaciones, las noches de goteros y lloros, los largos meses de escayolas y las angustias de los primeros pasos en la rehabilitación… El día que me necesite, ahí estaré la primera…

  3. toni

    un cambio de roles es algo que suele sentar muy bien al cuerpo. porque así puedes saber y entender a la perfección en qué lugares duele, en qué lugares es indiferente y en qué lugares hay que poner la mano para que no duela. aunque, de eso último, tú ya sabes un rato largo. un abrazo de color azul y otro para tu madre. todo con muchos ánimos claro (y con aire acondicionado, que ya de por sí condiciona).

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