Archivo por meses: julio 2009

Números

El día que cumplí 18 años desayuné con 15 o 16 pastillas, no recuerdo bien el número. Lo que recuerdo es que casi tocaba a pastilla por año y mientras las ingería sonaban en mi mente los acordes de un cumpleaños feliz algo destemplado. Luego vino el elixir y se acabaron las pastillas. Cuántas. Todas. De golpe y plumazo. Qué tío el elixir. Ahora, en el hotel, al ir a bajar a desayunar me doy cuenta de que en la mano llevo 6. Conclusión: mientras haya pastillas hay desayuno y aún queda tiempo para hacerse mayor de edad.

Flotar

Cuando dejas flotar el cuerpo en la superficie turquesa del mar, al atardecer, el momento del día donde el Mediterráneo se viste con sus mejores galas, crestas suaves de agua te mecen al compás de dos por cuatro consiguiendo, indefectiblemente, que algo en lo más profundo de la mente se adormezca plácidamente. Como si los aconteceres que quedaron registrados en la memoria y las incógnitas que formarán el futuro que este vaivén de presente continuo no consiente conjugar quedaran a ambos lados de un paréntesis en cuyo interior estás tú, más tú que nunca y al mismo tiempo más integrado que nunca en el entorno blando, luminoso e inacabable de esa masa de agua que te hace sentir gozosamente insignificante. No entiendo por qué le llaman hacerse el muerto a algo que te hace sentir tan vivo. Si mientras tanto abres los ojos y en el azul profundo del cielo descubres sobre tu cabeza el suave filo de tiza que forma el cuarto creciente de una luna madrugadora, parece como si todo armonizara en algo cuyo significado se te escapa pero intuyes y te reconforta. Y todo el proceso vuelve a comenzar y a extinguirse cada segundo que pasa. Solamente hay que entregarse y recibir el regalo.

Similitudes

En el sueño, buscaba desesperadamente a Lindsay para confesarle, con suma vergüenza, que había bastado apenas un mes sin clase para que se me olvidara todo, mención especial a los usos infinitos del “get”, lo que aumentaba mi carga de culpabilidad dados los ímprobos esfuerzos de Lindsay para que me entraran en la mollera. Era tal el agobio que ya tocaba despertarme sobresaltado cuando he comprobado que no, que la vida será un sueño pero que ese sueño no era tal y que llevaba un rato despierto mirando hacia el techo pensando en las líneas precedentes.

Qué desastre.

Excursión mañanera al centro comercial con los sobrinos y la abuela (mi madre).

En la mega tienda de deportes, había que comprarle un bañador al tío, que se va de vacaciones el viernes. Isabel miraba las tallas y sugería colores mientras Carlos iba y venía subido en un patinete. Me he comprado un bañador oscuro, tanto que ahora no me acuerdo si todavía estaba dentro de la gama del azul crepuscular o se adentraba directamente en el negro pero a Isabel no ha parecido disgustarle porque ha ladeado primero la cabeza, como sopesando, y después ha dejado en su sitio el bañador color calabaza que llevaba hasta entonces en la mano.

Luego hemos entrado en el hiper con el carro de la compra, con un sobrino encaramado a cada lado. Una vez entré en ese mismo recinto y el segurata me salió el paso ante mi terror, porque ya nos sabemos de sobra que la autoridad, en cualquiera de sus manifestaciones, me asusta, como a Hitchcock, igual. En aquella ocasión intenté aparentar, a duras penas, normalidad, de manera que no vi anormal que me dijera que el iPod no podía entrarlo en el recinto. Y qué hago con él? pregunté con una sonrisa conciliadora destinada a no turbar al segurata. Meterlo en una taquilla, me contestó él. Obediente yo, a las taquillas me fui. Pero entonces reaccioné y me di la vuelta para preguntarle Y el móvil lo puedo entrar? Pues claro, dijo él, no lo va a dejar usted en la taquilla; ahora, si quiere… Por aquel entonces no habían inventado aún el iPhone, y mejor porque entonces nos habríamos encontrado con un serio dilema y a ver si terminaba el iPhone en una taquilla o yo en algún cuarto lúgubre con una silla en mitad de la habitación como único mobiliario y una bombilla triste pendiente de un cable a la espera de interrogatorio. Por Dios. En cualquier caso, en aquel momento me pregunté si lo de la brecha digital se referiría a cosas así.

Pero estábamos deslizándonos por los pasillos del hiper con Carlos encaramado a la izquierda del carro e Isabel al derecho. Al pasar por la zona de embutidos les he dicho que se agarraran fuerte y he echado a correr. Por qué corres? han preguntado con cara de decir anda, tenemos un tío que sabe correr o anda, tenemos un tío que hace cosas muy raras. No sé qué se preguntaban al preguntar por qué corres pero se reían y he contestado con franqueza: porque me dan mucho asco esas cosas. De verdad?, ha preguntado Isabel con incredulidad. Lo prometo, he dicho con tono grave (y con resuello por la carrera, todo sea dicho).

Al doblar una esquina nos hemos topado, ay, con la sección de panadería y repostería y he tenido que adoptar un rol adulto y con el sonsonete adecuado decir eso de noooo, ahora esas cosas no que si no luego no vais a comeeeeer, pero mientras tanto lanzaba unas miradas lascivas a las curvas perfectas de una tarta de chocolate y a la perfecta alineación de unos donuts, con su deliciosa epidermis rezumante.

De vuelta en el coche, Isabel contaba hasta treinta en inglés sin saber, inocente ella, que me mortificaba recordándome lo de Lindsay y mi inglés desvanecido. Carlos callaba, y su silencio resultaba tan melancólico que la abuela le ha preguntado desde el volante si vas bien, cariño. Sí, ha respondido con su voz de pajarito. Es que como no dices nada… Pues claro que iba bien. Yo entiendo esos silencios ocasionales de Carlos porque a mi me pasan igual de toda la vida, y ciertamente son como melancolías súbitas de ver esos montones de coches yendo y viniendo y la palmera solitaria cimbreándose al viento en mitad de una escuálida rotonda y lo raro que es todo porque no sabes por qué es exactamente raro todo. Es entonces cuando te da un bajoncillo momentáneo de los de mirar por la ventanilla aunque no mires por ello nada en concreto. Y se pasa.

A la hora de comer, Isabel, que estaba sentada frente a Carlos y frente a mí, ha sentenciado inesperadamente: el tío es igual que Carlos. Y yo: soy igual? Y ella: sí, igual. Pero he mentido como un bellaco porque es verdad, lo sé hace tiempo. Si alguien quiere un ejemplo que relea el párrafo anterior. He mirado a mi izquierda y desde el hemisferio sur del campo visual, Carlos me miraba con cara de no saber si eso era como para sentirse orgulloso o si era más interesante seguir ocupándose de los spaguetti que buscar posibles rasgos comunes en la cara o en la forma del pelo. Isabel me miraba en silencio haciendo así así con la cabeza, que es como decimos sí sí sin decirlo.

Salto

Apollo XIHace 40 años, tal día como hoy, a las 10:32 de la mañana, hora local de Florida, tres astronautas despegaban de Cabo Kennedy rumbo a la Luna con un cincuenta por ciento de probabilidades de regresar a casa y llevando como guía de a bordo un ordenador cuyo procesador no podría competir con el que lleva una lavadora doméstica actual. Es apasionante. Como una de las odiseas soñadas por Julio Verne pero sin sueño, al revés, con los ojos muy abiertos, los de la vista y los de la emoción.

Hay un profesor de instituto que acaba de escribir un libro preocupado porque, cuarenta años después, esa aventura es conocida por los chavales más por las teorías conspiratorias que por la hazaña en sí, el pequeño paso para un hombre pero gigantesco para la humanidad. Me llama la atención que el desencanto que nos envuelve sólo sea capaz de ser estimulado por una molécula de emoción producida al pensar que todo pudo ser un timo. Ahora que estamos en crisis se supone que debería volver a picarnos en el pecho el gusanillo por cosas como esta: así pasó tras la gran depresión americana cuando el New Deal de Roosevelt llenó las pantallas de los cines de comedias sofisticadas, divertidas e inteligentes, las de los Leisen, LaCava, Cukor, Lubitsch, tantos, que hacían abrir mucho los ojos y las bocas en forma de ah a los espectadores que durante hora y media se olvidaban de lo que era sano olvidarse por hora y media, y que desde que ví “La Rosa Púrpura de El Cairo” no puedo evitar personalizar en esa espectadora única e inolvidable que fue Mia Farrow. Mientras ella ponía ojos de ah yo los ponía de ay, por la ternura que me inspiraba esa cara, ese gesto, el personaje todo.

Ahora que en la radio el locutor habla de los 40 años del lanzamiento del Apollo XI los cines parecen recuperar la fórmula, lo que pasa que en vez de comedias sofisticadas, divertidas e inteligentes, han descubierto el filón de coger esta cara de tal serie de la tele, que además sale barata, y esta otra, y esta también, y hacer una cosa que se llama “Mentiras y gordas”, por ejemplo, que no es ni sofisticada, ni divertida ni inteligente. Es zafia, pero no importa porque uno de sus cerebros, tras mezclar el zumo para sacar los cuartos en la taquilla a las hormonas adolescentes, es ahora Ministra de Cultura. De la misma forma que tiendo a poner en el rostro de Mia Farrow envuelto en un abrigo al tipo de espectador que pudo mirar el salto en blanco y negro de Armstrong escuchando la entusiasta voz de Jesús Hermida, tiendo a personalizar en la cara de ceporro de Homer Simpson sentado en el sofá y anestesiado por la tele a otra generación. No obstante, queda la duda de saber si la teoría del montaje acerca de un alunizaje que sólo habría existido en un plató de televisión no será otra forma de necesitar creer en imposibles, empachados por una sobredosis de realidad.

En cualquier caso, el señor de la radio ha dicho hace un rato que gracias al viaje a la luna tenemos el teflón y el pañal de celulosa desechable, olvidando que el viaje a la luna fue un nuevo y épico capítulo en el ancestral e instintivo afán del ser humano por salir de sí mismo y llegar lo más lejos posible para conocerse a fondo. Ahí está lo grandioso y lo emocionante, y por eso cuando escuchas el “Houston, aquí Base Tranquilidad, el Águila ha aterrizado”, el corazón vuelve a latir deprisa, alunizando y alucinando cuarenta años después.

Crónica

El nombre del vientoKvothe, el cronista de esta novela río, caudalosa, nos cuenta el secreto de toda narración en la página 405 y sentencia: “Limpio, rápido y fácil como mentir. Sabemos cómo termina antes de que empiece. Por eso nos gustan las historias. Nos ofrecen la claridad y la sencillez de que carece nuestra vida real”. ¿Será por eso que, a pesar de lo dicho, nuestros ojos se han deslizado gustosamente hasta allí y nos acomodamos en el sofá para aventurarnos en el frondoso bosque de páginas que todavía nos espera? Es una cosa rara “El nombre del viento”, de Patrick Rothfuss, porque es un híbrido de Tolkien, aventura gráfica, el Oliver Twist de Dickens conjugado con los laberintos de Kafka (prodigiosas las páginas que condensan los tres años de penalidades transcurridos en la infinita ciudad de Tarbean), Harry Potter y, a pesar de todo, es otra cosa. Y nos gusta. Y nos sorprende placenteramente. Quizá porque a esta narración de corte fantástico se le ha despojado de todo lo que no nos gusta del género fantástico y porque en ella se cuela, provocando una curiosa sensación en el lector, la palabra cojones en lugar de pardiez, y se estudia en la Universidad en lugar de en un alto torreón puntiagudo entre calderos humeantes.

La aventura perfecta del verano. 872 páginas que Kvothe, el enigmático posadero con un pasado inimaginable a las espaldas, emplea para contar a lo largo de una única jornada los avatares de su infancia y adolescencia ante la atenta mirada de su silente y ambiguo discípulo Bast y el minucioso registro en hojas de papel que hace Cronista, llegado desde muy lejos para escuchar la historia. Ocasionalmente, al lector se le ofrece un respiro en brevísimos cortes titulados “Interludio” donde puede desperezarse junto con los tres únicos ocupantes de la posada Roca de Guía a lo largo de ese día en que permanece cerrada a la concurrencia, quizá estirar las piernas un poco o ir a tomar un trago al frigorífico mientras en el mundo de líneas impresas Kvothe corta un poco de pan recién horneado o sirve un vino rico para recuperar fuerzas. Y continuar. ¿Dónde estábamos? Qué placer el continuar.

El resumen de la historia de Kvothe nos lo dice muy pronto, antes incluso de contarnos el secreto que utilizan las historias para embelesarnos y que he reproducido al principio de este post. Dice Kvothe de su historia: “viajé, amé, perdí, confié y me traicionaron”. Entrando y saliendo de esas palabras, buscando incluso entre sus espacios, me encuentro todavía. Nos dice la editorial que Rothfuss, cronista ejemplar, ha empleado más de diez años en montar minuciosamente este puzzle. Prefiero no creerlo porque cuando alcancemos el final de este tomo nos esperan dos más que no están escritos aún (Kvothe le ha dicho a Cronista que le contará su historia a lo largo de tres días) . Sería una putada, con perdón, que se nos hiciera esperar tanto.

Hipotensión

Aunque este post se lea rápido está escrito con cierta lentitud lunar, como si pulsara las teclas en gravedad cero una vez descendido del Apolo. Estoy hipotenso. Por qué. A saber. Pero no remonto el 5.5 de mínima y el 10 de máxima. Al menos apruebo (esto no lo he escrito en otro lugar hace unos minutos?) aunque en teoría (y en la práctica) soy hipertenso. Eso quiere decir que quizá me he metido en la convocatoria equivocada. Será cosa del calor, me dicen. Qué calor será, digo yo, si no he salido de casa y estoy tranquilito a la sombra de la frigoría. Qué pasaría, se pregunta mi lado realista, si ahora tuviera que estar al pie del cañón por exigencias del guión. Son esas certidumbres las que me encogen un poco más de lo que uno ya de por sí se encoge cuando está hipotenso, porque en estos momentos es como si me hubiera tocado un pequeño premio consistente en quedarme en la casilla de descanso mientras el mundo sigue porque a tí no te toca intervenir. Si me tocara intervenir estando así comprobaría que la voluntad y el cuerpo decidieron en algún momento, quién sabe si mediante un acuerdo tácito de no alterarme el pulso o no darme un disgusto, tomar caminos opuestos de puntillas y a paso lento. Pero llega un día y te das cuenta. Y aquí no sirve lo que cuentan las historias y los cuentos y las novelas: que cerrando los ojos y poniéndole muchas ganas consigues el objetivo porque el mundo será lo que tú quieres que sea y blablablá. Aquí cierras los ojos muy fuerte y cuando los abres la cabeza te da vueltas y se te pone en el pecho un algo así como de fatiga de 100 metros lisos.

Por razones de sentido común, suprimí el sábado por mi cuenta y de manera momentánea la medicación para la hipertensión hasta que la normalidad institucional se recupere. Ahora voy a tomarme un lingotazo de coca-cola a ver si la cotización del tensiómetro sube un poco y la nubosidad blanca que envuelve la mente se despeja o levanta, como se dice de la niebla. De momento así están las cosas y se resumen en una palabra:

plof.

Espectáculo

Hay un vínculo que emparenta la lucha a muerte entre gladiadores y leones de la antigua Roma y los encierros de San Fermín: la adrenalínica atracción que siente el público ante la posibilidad de muerte. Esta mañana me encontraba comprando los periódicos cuando a mis espaldas, un tipo con voz nerviosa ha preguntado si en la prensa de hoy venía el encierro del muerto. No, vendrá mañana, le han respondido. Joder, ha dicho él, todos los días madrugando para ver el encierro por la tele y justo hoy que no lo veo mata el toro a uno. Bueno, pues hasta mañana. Hasta mañana. Puntos suspensivos de estupor triple. Primero, desglosando las frases por orden, porque alguien pueda pensar a las 12 del mediodía que los periódicos se puedan haber redactado, impreso y distribuído en las 4 horas escasas previas. Segundo por el ansia de presenciar la escena, el desgarro, la sangre brotando del cuello atravesado. Y tercero por el enfado del individuo consigo mismo por haberse perdido el excitante directo.

Mañana, de todas formas, se repetirá de nuevo el despropósito con el plus de domingueros de fin de semana y que no oiga nadie la palabra, despropósito, no vaya a ser que nos destierren por haber herido una esencia intocable del navarrismo, un arte del nosequé, una cultura del nosecuántos. Los sanfermines son una contradicción flagrante de los tiempos, que ahora todo lo regulan según leyes que delimitan los aforos de los sitios, que sancionan los niveles de alcohol en la sangre y todas esas cosas que el propio encierro se salta a la torera, bien traído, y además con la autoridad velando para que todo suceda puntualmente, a las 8, pum, cohete al aire y comienzo de esa carrera suicida donde un cupo de gente estratosférico, entre quienes se encuentra una buena proporción de beodos, corre encajonado entre tablones bajo la atenta mirada, excitada por el pánico y por cosas que suceden en esa región oscura del cerebro, del público que grita.

La alcaldesa ha dicho palabras con tono de pesar pero la fiesta sigue, por supuesto. Mañana los audímetros registrarán un máximo histórico (seguro) desde que miden las audiencias de los encierros y algún programa de la tele dará las gracias a los espectadores por haber elegido esa cadena para seguir el suceso y sonarán aplausos en el plató. El mundo está lleno de cosas extrañas. Viva San Fermín.