Aventuras

Errol FlynnErrol Flynn cumpliría ahora 100 años, como la mamá de película de Carlos Saura, si no fuera porque viviendo la mitad, vivió una vida al cuadrado. Eso por lo menos. En su tiempo, Errol Flynn era la estrella que hacía como pocos de héroe aventurero con un punto canalla. Hoy uno ve claramente que ese espadachín que brinca tanto en blanco y negro como en technicolor era un aventurero real, de carne y hueso, un tipo con un par de bemoles forjado en la calle que había salido adelante porque se comía la vida a bocados. Errol Flynn no iría a un festival de cine en clase preferente rodeado de representantes. Lo veríamos en el vagón de cola jugándose los cuartos a las cartas, cantando alguna canción irlandesa con 40 grados de alcohol en las venas y decidido a que si hay que bajar a empujar, se baja y se empuja.

Un día nos dijeron que Flynn se pinchaba la coca en la punta del mismísimo o de la mismísima, el género cambia según lo pensemos en fino o en bruto pero la aprensión que sentimos entonces fue la misma y colectiva. La de Flynn es una aventura que no cabía en las pantallas de la época y, sin embargo, no hubo otro aventurero como él. Sospecho que los cineastas de hoy en día le miran con cierta displicencia y es una pena porque orbitando en la esfera hueca de la trascendencia, que es lo que se estila, olvidan que Flynn sintetiza uno de los ejes fundacionales del cine: el movimiento incesante y la pura aventura, mezcla de los sueños de Mèlies y las acrobacias arábigas de Douglas Fairbanks.

No hubo ni habrá otro Robin Hood como el de Flynn porque Flynn marcó la pauta. El apabullante colorín del technicolor de la Warner, las hojas verdes, los salones de castillo de techos inalcanzables y los nobles con cara de carta número once de la baraja de Heraclio Fournier pusieron su parte. Recuerdo que una soporífera tarde de estudio en clase de ciencias de primero de BUP, otoñal afuera, invernal dentro, con la infinita clasificación de no sé qué bichos en el libro de texto, detecté un movimiento en los pupitres anteriores al mío, situado en la retaguardia: en intervalos regulares de tiempo, un diminuto librito de tapa blanda pasaba de mano en mano. Cuando llegó a mí me asomé a un relato de papel amarronado que hacía más lóbrega o aportaba su toque de acompañamiento, según se mire, la lisérgica historia en la que un tipo se lo montaba con una tipa con las mallas verdes del Robin Hood de Errol Flynn. A Laura las mallas verdes le pusieron colorada la cara, a David se le puso al rojo otra cosa, a Sandra no recuerdo qué color le iba y yo, que ya por entonces me fijaba en los detalles entre líneas, miré con el ansia secreta del voyeur los títulos de crédito de la primera página e imaginé al anónimo escritor llevando un sábado por la tarde las cuartillas mecanografiadas al despacho-cuchitril, como de detective de novela negra, de una pequeña editorial de Barcelona. Creo que esa tarde, en la clase de ciencias, las mallas verdes de Errol Flynn nos enseñaron de qué iba eso del fetichismo mientras el libro de texto que teníamos sobre el pupitre se empeñaba en clasificar a los artrópodos.

Flynn sigue resultando magnético en la pantalla de la Warner de los 30 y su Robin Hood está más vivo que muchos de los héroes que luego latieron a 24 fotogramas por segundo. Así era el tío.

5 pensamientos en “Aventuras

  1. bELÉN

    En aquella época de la 1 o Uachefe, qué tardes de sabado después de comer y antes de hacer la dichosa tarea viendo La Película en aquel sofá verde de escay, rígido y duro, con mi hermano mayor vigilándonos por si en alguna escena romántica o de pena se nos escapaba la lágrima para reirse de nosotras y hacernos rabiar. Luego al coro de la iglesia a cantar a misa de 9 y media…
    Cuando al día siguiente íbamos al campo con mis padres, paseando en algún hayedo de Aralar, o en el bosque del Iraty, o por las orillas del río Erro, siempre pensaba que esas mayas verdes se le engancharían en las ramas y las llevaría siempre con carreras, como las de mi madre a veces…

  2. toni

    el bueno de Flynn vivió un par de años en esta isla nuestra, con su barco amarrado en el puerto. mi padre estuvo unas horas en una de sus fiestas, porque quería proyectar una de sus películas en el salón de la nave, y él se la llevó, como buen hijo de propietario de cine. tenía unos dieciocho años. y aquello era una orgía para todos los gustos, formas y tamaños. en la biografía de la que habla Ramón lo cuenta. a pesar de todo, o precisamente por todo, fue uno de esos que los niños queríamos ser de mayores, y nos entrenábamos fuerte entre las ramas de los árboles para saltar como él. y sobre todo, sonreir como él.

  3. emejota Autor

    Errol por las ramas del río Erro :)

    Sospecho que esas mallas llevan décadas dando mucho que hablar.

    Conozco el libro, gracias!

  4. C.

    Síiiii. Errol era lo máaaas de la tele en blanco y negro. Los colorines se los puse a las mallas (y a los trajecitos de Lady Marian) mucho después, al presentárselo a los niños.

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