Archivo por días: 20 junio, 2009

Aventuras

Errol FlynnErrol Flynn cumpliría ahora 100 años, como la mamá de película de Carlos Saura, si no fuera porque viviendo la mitad, vivió una vida al cuadrado. Eso por lo menos. En su tiempo, Errol Flynn era la estrella que hacía como pocos de héroe aventurero con un punto canalla. Hoy uno ve claramente que ese espadachín que brinca tanto en blanco y negro como en technicolor era un aventurero real, de carne y hueso, un tipo con un par de bemoles forjado en la calle que había salido adelante porque se comía la vida a bocados. Errol Flynn no iría a un festival de cine en clase preferente rodeado de representantes. Lo veríamos en el vagón de cola jugándose los cuartos a las cartas, cantando alguna canción irlandesa con 40 grados de alcohol en las venas y decidido a que si hay que bajar a empujar, se baja y se empuja.

Un día nos dijeron que Flynn se pinchaba la coca en la punta del mismísimo o de la mismísima, el género cambia según lo pensemos en fino o en bruto pero la aprensión que sentimos entonces fue la misma y colectiva. La de Flynn es una aventura que no cabía en las pantallas de la época y, sin embargo, no hubo otro aventurero como él. Sospecho que los cineastas de hoy en día le miran con cierta displicencia y es una pena porque orbitando en la esfera hueca de la trascendencia, que es lo que se estila, olvidan que Flynn sintetiza uno de los ejes fundacionales del cine: el movimiento incesante y la pura aventura, mezcla de los sueños de Mèlies y las acrobacias arábigas de Douglas Fairbanks.

No hubo ni habrá otro Robin Hood como el de Flynn porque Flynn marcó la pauta. El apabullante colorín del technicolor de la Warner, las hojas verdes, los salones de castillo de techos inalcanzables y los nobles con cara de carta número once de la baraja de Heraclio Fournier pusieron su parte. Recuerdo que una soporífera tarde de estudio en clase de ciencias de primero de BUP, otoñal afuera, invernal dentro, con la infinita clasificación de no sé qué bichos en el libro de texto, detecté un movimiento en los pupitres anteriores al mío, situado en la retaguardia: en intervalos regulares de tiempo, un diminuto librito de tapa blanda pasaba de mano en mano. Cuando llegó a mí me asomé a un relato de papel amarronado que hacía más lóbrega o aportaba su toque de acompañamiento, según se mire, la lisérgica historia en la que un tipo se lo montaba con una tipa con las mallas verdes del Robin Hood de Errol Flynn. A Laura las mallas verdes le pusieron colorada la cara, a David se le puso al rojo otra cosa, a Sandra no recuerdo qué color le iba y yo, que ya por entonces me fijaba en los detalles entre líneas, miré con el ansia secreta del voyeur los títulos de crédito de la primera página e imaginé al anónimo escritor llevando un sábado por la tarde las cuartillas mecanografiadas al despacho-cuchitril, como de detective de novela negra, de una pequeña editorial de Barcelona. Creo que esa tarde, en la clase de ciencias, las mallas verdes de Errol Flynn nos enseñaron de qué iba eso del fetichismo mientras el libro de texto que teníamos sobre el pupitre se empeñaba en clasificar a los artrópodos.

Flynn sigue resultando magnético en la pantalla de la Warner de los 30 y su Robin Hood está más vivo que muchos de los héroes que luego latieron a 24 fotogramas por segundo. Así era el tío.