Homenaje 10 junio, 2009
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 18 comentarios , trackbackHa muerto la abuela.
Un malestar, una pequeña mala gana ayer por la tarde, fue el aviso que dio su organismo para decir que ya había llegado el momento de apagarse, que ya había dado sobradas muestras de fortaleza y que todo tiene un límite. En cuestión de horas, la analítica avisó de que los riñones habían dejado de funcionar y que a punto estaban de hacerlo más cosas asi que los médicos decidieron dormirla para que no sufriera y poco a poco su respiración se volvió más lenta hasta que su semblante se relajó.
Esta tarde no he ido al tanatorio, he sentido en lo más hondo que mi despedida de la abuela la tenía que hacer a solas, y me he quedado sentado en el sofá mirando al sillón desde el que ella cosia y bordaba a la luz del sol en las tardes de invierno, y a veces detenía el bisbiseo de la cuenta de los puntos y miraba por encima de las gafas a la gente que pasaba por la calle, o me miraba a mí y decía pero cuánnnto lees, hijo mío, jo, y a continuación preguntaba con extrañeza y no te duele la cabeza? sal a darte una vuelta un rato, hijo mío, por mí no te quedes que yo estoy bien aquí calentica, y volvía a su labor y entonces era yo quien la miraba. No he ído al tanatorio porque la abuela me dijo hace unos años que ni se me ocurriera, y es que la abuela y yo éramos en el fondo tan iguales que cuando esta tarde lloraba su ausencia he creído comprender la razón de sus tardes, en su casa y en silencio, desconectada del exterior y centrada en sus labores, en sus estampitas, en sus exploraciones para limpiar los armarios o revisar los recuerdos de los cajones o esperando la hora de la cena para encontrarse con el hombre del tiempo, Maldonado, no el otro, que al otro no se le entendía nada, y mientras Maldonado hablaba del frente asociado a las bajas o altas presiones que asomaba por el Atlántico la abuela se fijaba en lo bien que hablaba este hombre, lo bien puesta que llevaba la corbata o la mala cara que parecía tener ese día, y después le daba un mordisco a la galleta TostaRica que fue su postre favorito para la tele durante años. Cuando Maldonado se giraba a la cámara, ponía media sonrisa y decía buenas noches la abuela le repondía buenas noches. Al día siguiente llovía o hacía lo que Maldonado había dispuesto.
Esta tarde me he dado cuenta de que, sin querer, este blog contiene una biografía precisa de la abuela, hecha a base de trocitos de aquí y de allá, y que las biografías de verdad no necesitan de fechas y datos concretos, sino de pequeños detalles reveladores, como evitar pisar las alfombras, la preocupación porque la luz de la cocina estuviera encendida sin nadie a quien alumbrar y su manera de bisbisear a los santos y a las santas, Santa Rita, San Antonio, la Virgen del Carmen, las peticiones por los Misioneros del África y otras oraciones de entretiempo. Todo queda aquí y hoy me parece un tesoro precioso porque ya no volverá a aparecer su número de teléfono en el chivato del aparato cada día después del parte meteorológico del mediodía y del parte meteorólogico de la noche, preguntando qué tal estás, hijo mío, y si pasas frío por las noches, y si tienes clases, pues mira qué suerte, hijo mio, tú trabaja, y si todavía te quedas estudiando hasta tan tarde, y si tu madre sigue fumando tanto, jo, y que mañana haré rosquillas. Con la abuela se pierden las mejores rosquillas del mundo, pérdida mayor que la de la propia abuela porque la esencia de la abuela queda, claro que queda, es imposible que se pierda, y si algún día se desdibuja siempre quedarán tantos posts en este blog.
A la abuela y a mí nos unían los genes de la ironía teñida de fatalismo, quizá por eso nos entendíamos tanto aunque nos habláramos poco. Cuando la abuela empezó a dejar de ser la abuela que ella era quiso que yo tomara distancia para que yo no sufriera. Hasta el final, antepuso su preocupación por mi sufrimiento al suyo propio. Anda con el chico, le decía a mi madre en el hospital cuando se rompió la primera cadera, anda que estará solo, le has dejado la cena hecha?, anda que se está haciendo de noche. Y de nada servía que mi madre le dijera que no se preocupase porque ella siempre se preocupaba por el chico que yo he sido para ella hasta que esta mañana le han inducido el sueño. Una tarde me preguntó cuántos años tenía ya. Le contesté que iba a cumplir cuarenta y puso cara de extrañeza, como si le hubiera contestado algo que no tenía que ver con lo que había preguntado. La última vez que vi a la abuela en la residencia no me riñó por ir a verla. Fue la única vez que no lo hizo. Sentada en su silla de ruedas frente a la ventana que da al jardín me dio la mano y con la otra señaló al fondo, ves qué rosales más hermosos hay al fondo, hijo? ves qué sombra más fresca hay allí? ves qué sol más hermoso da a toda esa parte?. Y después se quedó un rato en silencio ensimismada en algún recuerdo en blanco y negro y yo no rompí ese silencio porque entendí que la comunicación estaba pasando a través de esa mano que sostenía la mía con debilidad pero con firmeza.
Una noche de invierno estábamos cenando todos en la mesa cuando ella dejó la cuchara de la sopa y nos dijo seriamente que cuando se muriera no nos gastáramos un duro en tontadas y que la envolviéramos en una sábana y la dejáramos en una cuneta. A mi madre por poco le da un soponcio. A nosotros se nos salió la sopa por la nariz y en mitad de los gritos de mi madre por semejante disparate y de nuestras carcajadas ella me guiñó un ojo, como otras veces, como diciendo tú me entiendes. La abuela María, pongámosle ya el nombre que nunca le pusimos aquí, ha muerto hoy mientras dormía tras una noche larga y a pesar de las lágrimas no he olvidado la orden de que su esquela, esa esquela manuscrita y confeccionada al detalle por ella misma, debía salir en los periódicos de mañana después de poner un 10 en los puntos suspensivos del día y un Junio en los puntos suspensivos del mes y un cero y un nueve tras el dosmil y pico.
Después, todo ha quedado en paz.