Archivo por meses: junio 2009

Visitas

Hoy tocaba ir al banco y al médico.

Si lo piensas da mucha pereza; si lo tienes que hacer, ni te cuento. Pero siempre existe el factor sorpresa. Por ejemplo, sentado frente al director de la sucursal, en un despacho ajeno a los ruidos del exterior, me he dado cuenta de que el hombre debió elegir en su día alguna asignatura optativa de humanidades en su carrera de económicas porque le he escuchado unas reflexiones sobre medicina y enfermedad de un calado, de una sensibilidad y de una agudeza como no escuchaba a ningún médico sabio desde hace años. Quizá eso pasa porque ahora el concepto de médico sabio es diferente: ahora se entiende por médico sabio el que sabe todos los datos (a veces, el paciente se le traspapela entre tanto dato, pero es comprensible). Volviendo al despacho del director de la sucursal, ajeno como estaba este hombre a la cosa de la economía de su negociado y entregado a la charla improvisada pero larga y profunda, no he podido evitar pensar que igual dos horas después, que era cuando me tocaba visitar al médico de verdad, podía probar a pedirle un préstamo o algo.

Hay que reconocer que ir a la consulta a las 15:15 y con 40 grados en el ambiente merecería, si no un crédito, al menos un granizado de limón. Para mi alivio, el médico no se ha puesto a hablar de economía pero se encogía de hombros y sonreía, que es un gesto muy de director de sucursal bancaria, creo. El médico y yo andamos un poco moscas porque algo se está moviendo en la cadera aunque él dice que va a ser la espalda porque tu columna, recordémoslo, ha dicho textualmente, es una columna catastrófica. He recordado el día lejano que el cirujano que operó mis manos rellenó la casilla de diagnóstico con un contundente Manos catastróficas, escrito con letra de médico, lo cual no atenúa precisamente el impacto.

Me he preguntado qué parte de mí no será todavía catastrófica.

En realidad lo he preguntado en voz alta. Hombre, ha dicho el médico. Hombre, he respondido yo. El jueves, la última dosis de elixir me sentó fatal por enésima vez, eso quiere decir que el viernes y el sábado todo se tambaleó, y unas ansiedades y unas angustias y unos catastrofismos que para qué (en una crisis de angustia sólo piensas en desastres aunque seas consciente del disparate que eso supone). Y eso quiere decir que también dejó de funcionar mi capacidad para escribir, trabajar, dialogar y todas esas cosas que requieren cierta concentración o esfuerzo, por grato que sea.

Lo que venía a decirle hoy al médico es que eso también es un poco catastrófico y ha sido cuando el médico se ha encogido de hombros, como los directores de los bancos cuando se les pide un préstamo, igual. Un lunes de verano a las 15:15 hace que el cuerpo se autoregule para hacer las cosas con el menor gasto de energía y por eso el médico ha utilizado el lenguaje gestual de encogerse de hombros para decir que sí, que eso es muy chungo, como diría una que conozco yo, pero que el elixir no lo podemos quitar porque entonces la cosa sería más chunga y luego, simplemente, no sería y punto. Y eso sí que es chungo y bastante catastrófico y no está previsto en el guión.

Así que ajo y agua. De momento, hoy estoy mejor, mucho mejor, aunque todavía arrastro el cansancio mental de haber intentado hacer la reseña que me pidieron de una editorial acerca de una partitura. Imposible, oye. Lo tenía (lo tengo) claro en la cabeza pero entre el viernes y el sábado sólo conseguí escribir seis malas, malísimas, líneas. Hoy creo que me saldría mejor pero es como cuando te empachas de comer flan o similar: que no tienes ganas de flan ni de similar. Lo dejaré descansar y mañana será otro día.

Visto lo visto, voy notando que de manera involuntaria estoy adaptando mi vida a la dosis quincenal de elixir, más concretamente a los días posteriores. Me he dado cuenta también de que el microblogging ayuda a expresarse cuando uno encuentra pocas palabras:

La Idea del Norte en versión abreviada

Jackson

Michael JacksonHa muerto Michael Jackson o, al menos, el espectro que quedaba del rey que murió al conquistar el trono de “Thriller” en los sofisticados, inocentes y analógicos ochenta. Jackson ha muerto en internet y eso impacta por partida doble, por la noticia en sí y por el apabullante poder de la red para propagar como la pólvora las informaciones, tender al aire en un clic toneladas de material de archivo y poner a disposición de los afligidos infinitos libros de condolencia en el tanatorio global que en los momentos en que redacto estas palabras colapsa Twitter, la página central de CNN y ralentiza los motores de búsqueda, mientras en YouTube la gente escribe lágrimas mientras suena la reproducción 12.198.290 de “Billie Jean”, esa obra maestra que enriqueció sustanciosamente la materia sensible de la que estamos hechos.

Justo hoy que el Imperio Prisa ha enseñado las grietas que afectan gravemente las paredes maestras de su faraónico tinglado podemos ver desde esta pantalla en tiempo real a la muchedumbre que se agolpa en las soleadas puertas de un hospital de Los Ángeles y escuchamos con una nostalgia punzante este Billie Jean al que hemos contribuído pasando a formar parte de la reproducción 12.198.291, como el que enciende un cirio en memoria de alguien, y sin que a Teddy Bautista y a la SGAE les hayan dado vela en este entierro imponente, global, universal, porque escuchamos Billie Jean desde la página oficial de Jackson. Así podremos rendir personal tributo al rey del pop de los ochenta sin que este recaudador de impuestos venga exigiendo miserablemente parte de la herencia en el momento más inoportuno.

Estamos hablando de varias cosas a la vez. De la muerte de Jackson, o de su espectro, convertido desde esta madrugada y para la eternidad en una figura inmortal como lo fue y lo es Elvis, y Marilyn y no muchos más, todos ellos figuras espectrales porque murieron entre luces antes de morir definitivamente en una sombra terrible, a veces demasiado alargada en el tiempo del eclipse. Y estamos hablando de la nostalgia de Billie Jean y de que es una obra maestra que siempre conjurará otros veranos añorados, más seguros y divertidos en el recuerdo de lo que seguramente fueron. Y hablamos de que algo está pasando pero que en realidad ya ha pasado, y lo que ha pasado es que la historia ahora se propaga a la velocidad de la luz y no se escribe con tinta. Y el que lo quiera asumir, bienvenido y enhorabuena. Hubo un tiempo que Billie Jean giraba en discos de vinilo y sonaba en los programas de radio de canciones dedicadas a Marta y a Elisa porque han aprobado los exámenes y para Roberto para que se recupere pronto de su operación de tobillo mientras veíamos en la tele del verano El Coche Fantástico o se nos ponía la lengua roja de Frigodedo o la garganta del azul clorado de las aguadillas de la piscina.

Ahora, sin embargo, Billie Jean suena como un regalo del propio Jackson desde su santuario personal en la red, o te la puedes comprar en iTunes por cuatro perras para que quede para siempre en tu iPod con una calidad impoluta y todo sin que ningún recaudador de impuestos, exprimidor de talentos sin entender nada que no sea la expresión mayor beneficio posible te haga sentirte sistemáticamente un delincuente. Llevo días pensando darme de baja de la SGAE por una cuestión estrictamente moral que hasta les eximiría de otra: el incumplimiento flagrante y chapucero de su supuesta razón de ser. Hay otras formas de gestionar los lícitos derechos de los artistas que no te hagan sentir vergüenza ajena. Esta noche de luto y Billie Jean, la gente está comprando esta y otras canciones geniales y eternas en iTunes porque la muerte reaviva nostalgias.

Jackson ya es inmortal.

Life

Abajo, hay una algarabía notable, olor a paella y gente con visera sacando fotos a cualquier cosa; arriba, le estoy diciendo Lindsay que ya han llegado los turistas para pasar los sanfermines. Es la penúltima clase con Lindsay y está muy contenta porque quiere darme buenas noticias.

-Que definitivamente vuelve en septiembre.

(alivio grande por mi parte)

-Que definitivamente seguirán en el mismo piso, así que lo podrán decorar y poner sus cosas.

(alivio grande porque en ese piso, allí en las alturas de la Plaza del Castillo, en invierno con rumor de batasunos abajo y en verano con rumor de paellas, me encuentro muy a gusto)

-… y que si voy a vivir a Pamplona y me ocurre cualquier cosa con un grifo o algo puedo llamar a cualquier hora a Bob, su marido.

(Bob debe ser muy apañao)

-Que el miércoles, último día, snif snif (Lindsay hace realmente snif snif y se lleva una mano a la mejilla en gesto de broma, pero ya verás el miércoles cómo hay snif snif sin broma) me espera una sorpresa.

(-Really?)

Dice que sí con la sonrisa y hace palmas con las manos y la sorpresa me hace salir del paréntesis, intrigado. Alguna pista?, preguntó. Ella responde que maybe tiene que ver con algo dulce o maybe con algo refrescante o maybe both.

Hay una noticia más: hoy me va a hacer una entrevista.

Anda, exclamo yo, más que nada por no repetir el really? de rigor. Sí, sí, como ejercicio de conversación me va a hacer una entrevista y yo pongo los ojos como platos y le cuento ese rollo mío con las entrevistas, ya se sabe, que a mí de mayor no me importaría ser alguien famoso un rato para que me hicieran una entrevista. Me chiflan. Adelante, adelante. Lindsay saca un folio con un cuestionario de preguntas bajo el epígrafe Life que me deja muerto porque enseguida me doy cuenta de que esa entrevista no me la podrían hacer en un programa de radio porque agotaría el magazine, no cabrían los anuncios y aún así me quedaría a puertas de la segunda respuesta. Es muy difícil participar en una entrevista que se titula Life porque las preguntas, concisas, traen al otro lado del signo de interrogación una ramificación infinita de posibles repuestas, matizaciones, dudas, dependes. Es cierto que hay algunas cuestiones que no admiten duda posible:

Pregunta: ¿Cuáles son a tu juicio los secretos para una larga vida?

Respuesta: sin duda, intentar mantenerse a distancia prudencial de casi toda la gente.

-Pregunta a la respuesta: Oh, really??

-Respuesta a la pregunta acerca de la respuesta: definitely, por los disgustos y la tensión arterial más que nada.

Pero es la excepción. Luego llega el cuánto te gustaría vivir y contesto que quizá al cuánto haya que añadir el cómo, o el en qué condiciones, pero vamos, yo es que tengo un terror fundamental en mi vida y ese terror es la idea de la muerte. Así que no pienso en cómo ni en cuánto, sino simplemente en vivir, el resto ya se verá, o se vivirá (espero, I hope). Calidad o cantidad, ese es el dilema sobre el que se habla frecuentemente pero todo es una maniobra para huir de la quema, que es la muerte; por cierto, tema tabú. La muerte se escucha: se ha muerto la abuela de emejota; la muerte se lee: anda, mira, la esquela de la abuela de emejota, viene en el periódico; pero la muerte no se puede ver, por lo menos no se quiere ver. Lidsay se sale momentáneamente del cuestionario interesándose por eso y pregunta si aquí cuando muere alguien no se le puede ver. En los tanatorios puedes ver al muerto pero para eso tienes que entrar en una salita aparte en la mayoría de los casos, i think. Lindsay pone cara de extrañeza porque en su país eso no pasa. Ya, I know, le respondo,  qué me vas a contar, que yo conozco a los Fisher: Nathaniel, Ruth. Qué sería de nosotros sin los Fisher y su funeraria catódica, que en paz descanse, por cierto.

El cuestionario no tiene pausas para los anuncios, mejor, pero pregunta si cuando te sientes enfermo a qué recurres: a la medicina natural, a la tradicional o a la herbal. Lo de herbal me hace gracia por el nombre pero me apresuro a responder:

-A todas.

Lindsay se ríe antes de que matice (porque siempre hay matizaciones en las entrevistas) que, bueno, ya no a todas porque a dos de ellas las mandé a tomar viento y a la otra porque no me queda otra, que si no, también. Una vez fuí a un médico que te miraba el iris y te prescribía unas cajas tamaño industrial de hierbas que eran las mismas que las prescritas para el iris de la persona anterior y para el de la de después. Lo ví con mi propio iris. Tantas hierbas eran que una vez en casa pensé que me iba a poner a pastar. Luego pasé por el rollo de la acupuntura. Lindsay me pregunta llevándose con aprensión la mano a la oreja si dolió y le respondo que no, que lo que dolía exactamente igual que antes de pinchar era todo el cuerpo cuando me decían ya te puedes levantar de la camilla. Así que fuera agujas. Y etc, que con el rabillo del ojo estoy viendo el cuestionario y creo que a este paso lo acabaremos con las uvas.

Última pregunta del día: ¿ha tenido tu vida un antes y un después? Toma, claro. Pero esa pregunta fijo que es de psicólogo de facultad. Hay una diferencia entre el psicólogo de facultad y el psicólogo innato, aunque de manera rarísima y excepcional pueden converger. Sólo un psicólogo de facultad tiende a levantar muros entre las cosas, aquí el blanco, aquí el negro (una que sé yo y que salió un día en la tele estaría tranquila porque no hay riesgo de mezclar las peras con las manzanas). Y sin embargo, en la vida real, cuando ha habido un antes y un después lo que no hay es separación alguna porque el después está siempre, always, condicionado por ese pasado.

Lindsay pone de repente cara de contrariedad y le pregunto si he dicho algo raro y ella dice que no, no, es que, oh, en el cuestionario pone que si creo que hay vida en Marte. Mi ceja por poco se descoyunta. Really pone eso? A ver?  Y lo pone! Lo pone junto a cuál ha sido el mayor gol de tu vida. Pero yo no juego al fútbol. Next question, please.

Aventuras

Errol FlynnErrol Flynn cumpliría ahora 100 años, como la mamá de película de Carlos Saura, si no fuera porque viviendo la mitad, vivió una vida al cuadrado. Eso por lo menos. En su tiempo, Errol Flynn era la estrella que hacía como pocos de héroe aventurero con un punto canalla. Hoy uno ve claramente que ese espadachín que brinca tanto en blanco y negro como en technicolor era un aventurero real, de carne y hueso, un tipo con un par de bemoles forjado en la calle que había salido adelante porque se comía la vida a bocados. Errol Flynn no iría a un festival de cine en clase preferente rodeado de representantes. Lo veríamos en el vagón de cola jugándose los cuartos a las cartas, cantando alguna canción irlandesa con 40 grados de alcohol en las venas y decidido a que si hay que bajar a empujar, se baja y se empuja.

Un día nos dijeron que Flynn se pinchaba la coca en la punta del mismísimo o de la mismísima, el género cambia según lo pensemos en fino o en bruto pero la aprensión que sentimos entonces fue la misma y colectiva. La de Flynn es una aventura que no cabía en las pantallas de la época y, sin embargo, no hubo otro aventurero como él. Sospecho que los cineastas de hoy en día le miran con cierta displicencia y es una pena porque orbitando en la esfera hueca de la trascendencia, que es lo que se estila, olvidan que Flynn sintetiza uno de los ejes fundacionales del cine: el movimiento incesante y la pura aventura, mezcla de los sueños de Mèlies y las acrobacias arábigas de Douglas Fairbanks.

No hubo ni habrá otro Robin Hood como el de Flynn porque Flynn marcó la pauta. El apabullante colorín del technicolor de la Warner, las hojas verdes, los salones de castillo de techos inalcanzables y los nobles con cara de carta número once de la baraja de Heraclio Fournier pusieron su parte. Recuerdo que una soporífera tarde de estudio en clase de ciencias de primero de BUP, otoñal afuera, invernal dentro, con la infinita clasificación de no sé qué bichos en el libro de texto, detecté un movimiento en los pupitres anteriores al mío, situado en la retaguardia: en intervalos regulares de tiempo, un diminuto librito de tapa blanda pasaba de mano en mano. Cuando llegó a mí me asomé a un relato de papel amarronado que hacía más lóbrega o aportaba su toque de acompañamiento, según se mire, la lisérgica historia en la que un tipo se lo montaba con una tipa con las mallas verdes del Robin Hood de Errol Flynn. A Laura las mallas verdes le pusieron colorada la cara, a David se le puso al rojo otra cosa, a Sandra no recuerdo qué color le iba y yo, que ya por entonces me fijaba en los detalles entre líneas, miré con el ansia secreta del voyeur los títulos de crédito de la primera página e imaginé al anónimo escritor llevando un sábado por la tarde las cuartillas mecanografiadas al despacho-cuchitril, como de detective de novela negra, de una pequeña editorial de Barcelona. Creo que esa tarde, en la clase de ciencias, las mallas verdes de Errol Flynn nos enseñaron de qué iba eso del fetichismo mientras el libro de texto que teníamos sobre el pupitre se empeñaba en clasificar a los artrópodos.

Flynn sigue resultando magnético en la pantalla de la Warner de los 30 y su Robin Hood está más vivo que muchos de los héroes que luego latieron a 24 fotogramas por segundo. Así era el tío.

Espera

Detesto este tiempo limeño, de rollo tropical, con calor agobiante y cielos cubiertos de los que cae de repente un chaparrón de categoría de cambio climático y que, lejos de refrescar el ambiente, lo deja todo aún más recocido, húmedo e irrespirable. Me inquieta un poco también ver las calles con escolares de vacaciones, porque eso quiere decir que el verano es irreversible, pero esto no lo digo en voz alta porque pareces lo menos mister Scrooge en versión Herodes. Y no es eso, es el verano. Mientras tanto, estoy de espera de varias cosas que me producen cierta ansiedad, la espera y las cosas en sí, lo primero por la incertidumbre y lo segundo porque a ver en qué aventuras me meto aunque reconozco que eso me pone un poco.

¿Qué hacer mientras uno tiene que esperar? Pues una cosa muy rara. Le he dejado al cuerpo que se dejara llevar y en lugar de ponerse a las obligaciones, que también, aunque creo que las ha dejado en un segundo plano, ha vuelto a ponerse en disciplina de estudiar piano. Lo más raro no es eso, lo más raro es que se ha puesto a estudiar a Haydn, dos sonatas, y eso sí que es inexplicable en mí, por eso he hablado durante unas líneas en tercera persona, como si la cosa no fuera conmigo. Pero va conmigo, claro, y es hasta placentera.

Un descubrimiento: las manos se acoplan del todo al teclado, el sonido queda mucho más balanceado y el resultado final es a todas luces mejor si estudio un día sí y un día no. El día no no hay que tocar ni una sola tecla. Cunden más los días no que los días ; sospecho, como afirmaba Gould sin sospechar sino con vehemencia, que los días que no toco tiene lugar un proceso interno en el cual la imagen sonora de las cosas queda fijada mientras que la imagen táctil hace apetito. Una cosa y la otra dan como resultado que los días hagan honor a su nombre.

Homenaje

Ha muerto la abuela.

Un malestar, una pequeña mala gana ayer por la tarde, fue el aviso que dio su organismo para decir que ya había llegado el momento de apagarse, que ya había dado sobradas muestras de fortaleza y que todo tiene un límite. En cuestión de horas, la analítica avisó de que los riñones habían dejado de funcionar y que a punto estaban de hacerlo más cosas asi que los médicos decidieron dormirla para que no sufriera y poco a poco su respiración se volvió más lenta hasta que su semblante se relajó.

Esta tarde no he ido al tanatorio, he sentido en lo más hondo que mi despedida de la abuela la tenía que hacer a solas, y me he quedado sentado en el sofá mirando al sillón desde el que ella cosia y bordaba a la luz del sol en las tardes de invierno, y a veces detenía el bisbiseo de la cuenta de los puntos y miraba por encima de las gafas a la gente que pasaba por la calle, o me miraba a mí y decía pero cuánnnto lees, hijo mío, jo, y a continuación preguntaba con extrañeza y no te duele la cabeza? sal a darte una vuelta un rato, hijo mío, por mí no te quedes que yo estoy bien aquí calentica, y volvía a su labor y entonces era yo quien la miraba. No he ído al tanatorio porque la abuela me dijo hace unos años que ni se me ocurriera, y es que la abuela y yo éramos en el fondo tan iguales que cuando esta tarde lloraba su ausencia he creído comprender la razón de sus tardes, en su casa y en silencio, desconectada del exterior y centrada en sus labores, en sus estampitas, en sus exploraciones para limpiar los armarios o revisar los recuerdos de los cajones o esperando la hora de la cena para encontrarse con el hombre del tiempo, Maldonado, no el otro, que al otro no se le entendía nada, y mientras Maldonado hablaba del frente asociado a las bajas o altas presiones que asomaba por el Atlántico la abuela se fijaba en lo bien que hablaba este hombre, lo bien puesta que llevaba la corbata o la mala cara que parecía tener ese día, y después le daba un mordisco a la galleta TostaRica que fue su postre favorito para la tele durante años. Cuando Maldonado se giraba a la cámara, ponía media sonrisa y decía buenas noches la abuela le repondía buenas noches. Al día siguiente llovía o hacía lo que Maldonado había dispuesto.

Esta tarde me he dado cuenta de que, sin querer, este blog contiene una biografía precisa de la abuela, hecha a base de trocitos de aquí y de allá, y que las biografías de verdad no necesitan de fechas y datos concretos, sino de pequeños detalles reveladores, como evitar pisar las alfombras, la preocupación porque la luz de la cocina estuviera encendida sin nadie a quien alumbrar y su manera de bisbisear a los santos y a las santas, Santa Rita, San Antonio, la Virgen del Carmen, las peticiones por los Misioneros del África y otras oraciones de entretiempo. Todo queda aquí y hoy me parece un tesoro precioso porque ya no volverá a aparecer su número de teléfono en el chivato del aparato cada día después del parte meteorológico del mediodía y del parte meteorólogico de la noche, preguntando qué tal estás, hijo mío, y si pasas frío por las noches, y si tienes clases, pues mira qué suerte, hijo mio, tú trabaja, y si todavía te quedas estudiando hasta tan tarde, y si tu madre sigue fumando tanto, jo, y que mañana haré rosquillas. Con la abuela se pierden las mejores rosquillas del mundo, pérdida mayor que la de la propia abuela porque la esencia de la abuela queda, claro que queda, es imposible que se pierda, y si algún día se desdibuja siempre quedarán tantos posts en este blog.

A la abuela y a mí nos unían los genes de la ironía teñida de fatalismo, quizá por eso nos entendíamos tanto aunque nos habláramos poco. Cuando la abuela empezó a dejar de ser la abuela que ella era quiso que yo tomara distancia para que yo no sufriera. Hasta el final, antepuso su preocupación por mi sufrimiento al suyo propio. Anda con el chico, le decía a mi madre en el hospital cuando se rompió la primera cadera, anda que estará solo, le has dejado la cena hecha?, anda que se está haciendo de noche. Y de nada servía que mi madre le dijera que no se preocupase porque ella siempre se preocupaba por el chico que yo he sido para ella hasta que esta mañana le han inducido el sueño. Una tarde me preguntó cuántos años tenía ya. Le contesté que iba a cumplir cuarenta y puso cara de extrañeza, como si le hubiera contestado algo que no tenía que ver con lo que había preguntado. La última vez que vi a la abuela en la residencia no me riñó por ir a verla. Fue la única vez que no lo hizo. Sentada en su silla de ruedas frente a la ventana que da al jardín me dio la mano y con la otra señaló al fondo, ves qué rosales más hermosos hay al fondo, hijo? ves qué sombra más fresca hay allí? ves qué sol más hermoso da a toda esa parte?. Y después se quedó un rato en silencio ensimismada en algún recuerdo en blanco y negro y yo no rompí ese silencio porque entendí que la comunicación estaba pasando a través de esa mano que sostenía la mía con debilidad pero con firmeza.

Una noche de invierno estábamos cenando todos en la mesa cuando ella dejó la cuchara de la sopa y nos dijo seriamente que cuando se muriera no nos gastáramos un duro en tontadas y que la envolviéramos en una sábana y la dejáramos en una cuneta. A mi madre por poco le da un soponcio. A nosotros se nos salió la sopa por la nariz y en mitad de los gritos de mi madre por semejante disparate y de nuestras carcajadas ella me guiñó un ojo, como otras veces, como diciendo tú me entiendes. La abuela María, pongámosle ya el nombre que nunca le pusimos aquí, ha muerto hoy mientras dormía tras una noche larga y a pesar de las lágrimas no he olvidado la orden de que su esquela, esa esquela manuscrita y confeccionada al detalle por ella misma, debía salir en los periódicos de mañana después de poner un 10 en los puntos suspensivos del día y un Junio en los puntos suspensivos del mes y un cero y un nueve tras el dosmil y pico.

Después, todo ha quedado en paz.

Entrevista

EMEJOTA: qué.
emejota: qué de qué.
M.J: pues, de momento y si le parece, qué hacemos aquí.
m.j: umm… ¿hablar?.
M.J: ya, pero por qué aquí y hoy precisamente.
m.j: eso no lo sé.
M.J: y ya puestos, qué le hace traerme de nuevo y qué pasó y qué…
m.j: oiga, ¿esto va a ser una entrevista o un interrogatorio?
M.J: ….espere que falta el golpe de efecto, hombre.
m.j: mientras no duela… Dispare.
M.J: qué le lleva a no hacerme el reproche que llevaba guardado tantos meses.
m.j: ¡Ah, el reproche, es verdad!
M.J: ¡Ajá! ¿Lo ve?
m.j: bueno, tampoco se me ponga chulo que siempre hay tiempo de reprochar…
M.J: pues quizá sería una buena forma de empezar a reconducir las cosas.
m.j: (eso suponiendo que haya algo que reconducir)
M.J: salga del paréntesis y dígame a la cara lo que tenía que decirme.
m.j: está bien, aunque el reproche se ha diluído con el tiempo y las circunstancias. Pensaba decirle si no le daba vergüenza no haber pasado por aquí desde el otro blog y usted tenía que poner cara de sorpresa y culpabilidad y decir algo como “oh, es verdad, santo cielo!”.
M.J: oh, es verdad (lo de santo cielo lo veo un recurso dramático que no me convence mucho, disculpe que lo apee de la frase)
m.j: ya le he avisado que la cosa está diluída. Se supone que usted iba a mirar a izquierda y derecha para decir…
M.J: …lo diferente que es ésto y fijarme en detalles como las letras. Tenía que decir (con asombro, se supone) que en este blog, a diferencia del otro, las letras no son negras del todo y usted…
m.j: …respondería que mejor porque así no lo vemos todo tan negro.
M.J:
m.j: ¿…?
M.J: es que ya he cumplido con esa fase pendiente del guión, a no ser que me haya dejado alguna línea.
m.j: si falta alguna línea no me acuerdo, pero la idea principal era su abandono.
M.J: ausencia, más bien. Abandonar no porque he estado leyendo en silencio ¿Puedo argumentar la razón de mi ausencia?
m.j: ¿ha traído justificante de casa?.
M.J: no, pero tengo un motivo que no requiere de justificante de casa. Reconozca que desde que empezó a visitar a su psicoanalista pasé a no ser necesario.
m.j: umm. ¿celos acaso?
M.J: no, no, sólo constato la evidencia.
m.j: mire, algo tiene de razón, para qué negarlo. Pero le confesaré, a sabiendas de que mi psicoanalista suele echar un ojo a esto, que este hombre no me da el juego que me daba usted.
M.J: ¿lo debo tomar como un elogio?
m.j: …y además usted me sale gratis.
M.J: pasaré por alto esa última parte de la frase. Pero es cierto que usted me llamaba cuando necesitaba un espejo de sí mismo o tenía dificultades para expresar algunas ideas que tenía que sacar fuera.
m.j: ehm… ¿no olvida que también para jugar un rato?
M.J: pero para usted el juego es el disfraz de las cosas serias.
m.j: y de las otras. El juego siempre es una mezcla.
M.J: mezcla desconcertante, si me permite la puntualización. Uno nunca sabe con usted dónde empieza el juego o, para ser más exactos, qué verdad se esconde tras la apariencia del juego.
m.j: ¿le apetece jugar?
M.J: me apetece preguntar, que para eso estoy aquí.
m.j: entonces usted pregunte y ya juego yo.
M.J: ¡eh, no vale! Si pregunto es porque quiero respuestas ciertas.
m.j: no creo haber dicho que no lo vayan a ser.
M.J: ¿por qué terminó este blog?
m.j: ¿porque ya no era lo mismo?
M.J: usted sabrá. Si le quita las interrogaciones a la respuesta y es más categórico quizá podríamos empezar a indagar.
m.j: vale, pues porque ya no era lo mismo.
M.J: tengo una teoría al respecto.
m.j: ¿ah, sí?
M.J: sí, verá. Leí su último post y creo que hay algo equivocado en él.
m.j: ¿ah, sí? (disculpe si copio y pego la respuesta anterior)
M.J: me explicaré. Habla usted sobre la pérdida del Norte personal… Y yo creo que ya se encontraba así cuando decidió abrir este blog.
m.j: (umm)
M.J: abrió este blog cuando percibió que se encontraba a la deriva. Y entonces tomó una determinación peterpanesca.
m.j: ¿salir volando por la ventana?
M.J: no, pero hizo lo que suele hacer en estos casos: buscar algo estimulante, lo que usted llama jugar, que nunca tiene una acepción peyorativa, sino vital. Para usted, jugar es crear, por ejemplo. Y el blog se le presentó ante las narices como una aventura, ya sabe, lanzar mensajes al inmenso e incierto ciberespacio, hacerlo adoptando numerosos registros, jugando a crear al mismo tiempo que se miraba en el espejo de las palabras y se reconocía en él y con la emoción añadida de pensar que, quizá, algún día alguien estaría al otro lado recibiendo uno de esos mensajes en una botella…
m.j: madre mía, acaba de pronunciar su párrafo más largo.
M.J: pues aún no he terminado. Le decía que tengo una teoría y la teoría dice que hubo un momento en que usted descubrió que el juego, simplemente, ya no era juego.
m.j: parece simple.
M.J: pero no lo es, al contrario: el juego dejó de ser una aventura estimulante para convertirse en algo serio.
m.j: ¿está sugiriendo que yo no soy serio?
M.J: No, estoy sugiriendo que necesita de un canal, sea la ironía, sea un estímulo creativo, sea lo que sea que yo denomino “juego” para ser serio. Pero cuando ese canal se agota usted mismo se agota.
m.j: (mi psicoanalista no habla tanto).
M.J: (es que no le da opción tampoco; usted habla mucho)
m.j: (hombre, es que si se queda tan callado mirándome tan fijamente…)
M.J: en resumen, estamos aquí porque después de un mes usted echa de menos esto.
m.j: pues mire, no.
M.J: ¿no?
m.j: no, siento decepcionarle. Vuelvo aquí precisamente porque no he echado de menos este lugar y reconozco que eso me preocupa un poco, aunque no sé bien por qué. Aclaro: echo de menos este lugar, lo que no he echado de menos es escribir de nuevo.
M.J: esto se sale de mi teoría…
m.j: no pretenda ser más listo que el psicoanalista…
M.J: es que… me reconocerá que no ha sido por falta de motivos para escribir porque precisamente en este mes mire que le han pasado cosas que son, todas ellas, carne de blog.
m.j: ahí le doy toda la razón. Y sin embargo, ni se me ha pasado por la cabeza ponerme a la tecla.
M.J: ¿le agobiaron los comentarios de despedida?
m.j: no, no; me abrumaron, que es distinto. Recuerdo que empezaron a llegar al móvil al punto de la mañana cuando estaba en el tren, ya sabe que el blog me envía una copia de cada comentario por correo electrónico.
M.J: qué detalle…
m.j: ya ve… y cuando empezaron a llegar casi me sentí culpable, como si hubiera hecho algo malo a alguien.
M.J: la culpa.
m.j: no lo diga con ese tono freudiano que ni usted ni yo hemos hecho la Selectividad…
M.J: pero siempre le afecta mucho el sentimiento de culpa, aunque no tenga culpa. ¿Por qué?
m.j: eso mismo dice mi psicoanalista.
M.J: ¿dice que siempre le afecta mucho el sentimiento de culpa, aunque no tenga culpa?
m.j: no. Bueno, sí, eso lo dijo antes. Lo que dice es ¿por qué?
M.J: ¿su psicoanalista le pregunta a usted que por qué tiene ese sentimiento de culpa??
m.j: sí, aunque parezca extraño, me lo pregunta a mí. Pero yo no sé responderle porque estoy al otro lado de la mesa donde se supone que uno busca respuestas…
M.J: (curioso…)
m.j: Reconduciento el asunto (tal y como le gusta a usted) le diré que el blog… pues sí, empezó a consumir demasiados recursos, demasiadas energías. Y eso ya no es tan divertido, aunque haya sido un blog que contiene cosas muy serias. Todo es una paradoja. Lo divertido y lo serio, la importancia personal y el cariño que para mí sigue inspirándome este lugar y el vacío anestesiado que queda tras la decisión de que hay muchas horas por emplear sin tener que teclear. Y luego la sensación de que todo estaba dicho mil veces (vale, sí, luego han pasado cosas nuevas pero qué se yo). Y ya puestos, soy un ser peterpanesco, es verdad. Soy como ese personaje de la novela de Nick Hornby
M.J: …¿cuál de ellas?.
m.j: pues, modestia aparte, “Un gran chico”.
M.J: ja!
m.j: ja no, que se titula así. El personaje dice en una página a la izquierda que cada vez que intenta afrontar el paso hacia un proyecto de vida adulta siempre al final se queda en eso, en un intento. Y pensé que sería bueno concentrar todas las energías en intentar vencer ese obstáculo antes de llegar a los 40, cosa que sucederá en pocos meses…
M.J: hombre, pues ya que hemos llegado hasta aquí, qué más dará unos meses antes que unos meses después de los 40…
m.j: pues da y mucho. Es como la barrera psicológica del Ibex, que no sé cuál es pero que, como las meigas, existe.
M.J: ¿y cree que se puede volver a sentir apetencia de un juego por el que se ha perdido el apetito?.
m.j: Maybe.
M.J: ¿Maybe? Oh, por cierto, qué tal Lindsay?
m.j: muy bien, con alergia la pobre, pero bien.
M.J: dele recuerdos.
m.j: sure.
M.J: intente reconquistar el juego, búsquele de nuevo la chispa.
m.j: permítame que me muestre escéptico aunque enormemente agradecido por la experiencia que ha supuesto esto y por la respuesta de la gente que poco a poco fue llegando hasta estas latitudes.
M.J: bueno, al menos piense en ello.
m.j: lo haré, ahora voy a tener más tiempo con el final del curso, la verdad es que hasta ahora no he tenido tiempo ni para mí, ha sido una época muy complicada.
M.J: de acuerdo entonces, descanse y piense en ello. ¿Algo que añadir?
m.j: ponga puntos suspensivos.