Requiem 5 mayo, 2009
Escrito por emejota en : Música
Tras el fallecimiento de Robert Schumann, en el verano de 1856, Johannes Brahms esbozó unos compases sobre el versÃculo de Mateo “Bienaventurados los que padecen pues ellos serán consolados”. Uno piensa en el trágico deterioro que sufrió Schumann a raÃz de su enfermedad mental y en la inquebrantable firmeza de Brahms, fiel amigo hasta el último instante, y este versÃculo tallado en música (y qué música) cobra todo sentido y sentimiento y nos deja sobrecogidos. Años después, otro fallecimiento, esta vez el de la madre de Brahms, le llevará a retomar y culminar la composición de “Un Requiem Alemán”, obra imponente, sobria, podrÃamos utilizar el adjetivo “brahmsiana” y no serÃa una mera redundancia sino un ejercicio de economÃa, porque Brahms, todo lo que Brahms buscaba y encontraba en música, está ahÃ. O aquÃ, porque tengo reciente su revisión.
La composición consta de 7 movimientos que van tornando la gravedad y el dramatismo inicial predominante en serenidad y cuyos textos reflexionan sobre la muerte y se abren a la creencia consoladora y reconfortante de la resurrección. No es una misa de difuntos puesta en música. Ni siquiera es propiamente música religiosa. Es una obra de concierto de resonancias espirituales o una sinfonÃa vocal, como antes lo fue por unos instantes la novena de Beethoven y como después, y de qué manera, la octava de Mahler. Pero aquà hay un ay que surge de un atractivo entramado sonoro donde la pincelada épica, el susurro intimista, la caracterÃstica melodÃa brahmsiana de amplios y lÃricos vuelos y las ocasionales reminiscencias arcaicas dan forma a una obra profunda y conmovedora.
Bajo la batuta de Herbert von Karajan, forjador de un sonido orquestal y coral muy particular, la obra encuentra especial acomodo. Y lo mismo se puede decir de él, que se encuentra muy cómodo recorriendo los pasillos de cada una de las estancias que componen este Requiem Alemán. Es fascinante lo de este hombre subido al podio en el Olimpo de ese dios único que es él mismo, primero para sà mismo, luego para los demás. Es fascinante porque es plenamente consciente de la capacidad de fascinación en los otros y se entrega a la labor de una manera asombrosa. No se puede decir que Karajan ponga la música a su servicio sin antes advertir que, previamente a que la cámara se ponga a grabar o que los asistentes a un concierto se sienten en sus butacas, ha sido él quien lo ha hecho. Momentáneamente. Es después cuando pasa a su servicio, tras haberle dado forma indefectiblemente hermosa y ponerle su sello de perfección y apasionamiento, arrebatado y contenido a un tiempo, marca de la casa.
Karajan es ante sus músicos en el ensayo lo que Chaplin en la pantalla tras la cámara: el hombre menudo de movimientos rápidos que todo lo controla y lo manipula. En las numerosas filmaciones que van saliendo de los archivos de Deutsche Grammophon leemos su nombre en los tÃtulos de crédito hasta tres veces, las tres con rango de director aunque puntualizando tareas: director musical, director artÃstico y director sin más (director sin más puede que sea realizador y, de paso, una forma de reconocerse único director en todos los sentidos).
Cada plano, cada ángulo, cada inserto trucado, la estética en la disposición orquestal y, sobre todo, su propio gesto estudiado al milÃmetro, de una teatralidad épica, provoca una atracción poderosa. Tal es la pasión y la veracidad con la que Karajan interpreta el papel que se escribió a sà mismo, luego de rendir tributo a la música y, de paso, dejarnos en herencia semejantes regalos, como este Requiem Alemán de Brahms filmado en directo con público (cosa no muy habitual cuando de dejar un documento a la posteridad se trataba) en 1978. Karajan dirige principalmente a los Wiener Singverein, con Gundula Janowitz y José Van Dam como solistas de excepción, mientras que su Filarmónica de BerlÃn parece estar un poco a un lado de su atención: su boca musita la integridad del texto, sus manos mueven los dedos y se alzan por encima de los hombros al tiempo que los brazos se extienden hacia la masa coral, porque allà está el corazón palpitante de esta obra excepcional, cántico espiritual de Brahms.
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Comentarios»
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(algún dÃa tengo que ir a una conferencia de las tuyas)
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(tienes que ir, fliparás;el material es bueno pero Mariano lo explota para que lo sea más, qué sensibilidad… ¡Bravo!)
MagnÃfica obra. Recomiendo escuchar también la versión de Klemperer, con Elisabeth Schwarkopf (se escribe asÃ?) y Fischer-Dieskau. Emi Classics.
Saludos!