Archivo por meses: mayo 2009

Epílogo

Este es el último post de “La Idea del Norte”. O posiblemente lo sea. No lo sé realmente. Sólo sé que escribo al dictado del corazón y no movido por un impulso o un arrebato. Eso lo sé con claridad. Más allá de eso, ahora no encuentro luz y, como tal, así lo expreso, como he hecho siempre, con sinceridad.

Los que me rodean se preguntarán qué ha podido ocurrir, si es que ha ocurrido algo. No ha ocurrido nada desencadenante. En todo caso, viene ocurriendo todo poco a poco desde hace mucho tiempo, desde el instante en que se rompió mi infancia convirtiéndose en una infancia deshabitada en la que me sigo reconociendo con cierto desamparo. Un día te descubres como el caminante de Schubert en el viaje de invierno, vencido por el cansancio y perdido en el sendero en el que la nieve ha borrado todo rastro de huellas. Sé que tengo que encontrar el camino, pero no sé siquiera si es un camino de vuelta o de ida. Quiero vivir, por supuesto, es lo que más deseo, pero la verdad es que no sé cómo hacerlo. Después de tantos años, la enfermedad ya no está en los huesos, ni en las articulaciones, ni en este sistema inmunológico que un día lejano tuvo un cortocircuito. La enfermedad está ahora en el vacío. En el vacío hay una ausencia de dolor especialmente dolorosa. Sé que volverá la luz a los días pero también sé que la luz, por sí sola, no cicatriza estas heridas. Hay que emplearse en ellas, emplear las fuerzas y el tiempo necesario.

Este afán de voluntad es lo único que ahora me da un poco de sosiego y deja abierta la puerta a una posibilidad que me gustaría concretar en una última frase huérfana del punto final, por si un día necesito volver aquí, a este lugar de palabras que soy yo, y reencontrarme

Paternidad

Toni, nuestro toni, porque este blog no sería el mismo sin la voz tempranera de toni, puntual desde la ventana de los comentarios, ha sido papá esta mañana. Nos lo ha dicho en un sms a las 12:38 de la mañana:

el corazoncito de lluis ha decidido que era el momento de salir, así que aquí está, latiendo alegre y tranquilo. 2´640 kg y una sonrisa de oreja a oreja”

Así que ya somos tíos. Al menos, nos sentimos así. También sentimos una emoción grande y así lo hemos transmitido a los felices papás. Curiosamente, casi a la misma hora y con motivo de otro alumbramiento arati tecleaba en Twitter esta frase de Hannah Arendt: “Con cada nuevo nacimiento nace en el mundo una nueva promesa, y un nuevo mundo entra en el reino del Ser”.

Señalamos este día con una marca azul mediterráneo.

Requiem

Requiem alemánTras el fallecimiento de Robert Schumann, en el verano de 1856, Johannes Brahms esbozó unos compases sobre el versículo de Mateo “Bienaventurados los que padecen pues ellos serán consolados”. Uno piensa en el trágico deterioro que sufrió Schumann a raíz de su enfermedad mental y en la inquebrantable firmeza de Brahms, fiel amigo hasta el último instante, y este versículo tallado en música (y qué música) cobra todo sentido y sentimiento y nos deja sobrecogidos. Años después, otro fallecimiento, esta vez el de la madre de Brahms, le llevará a retomar y culminar la composición de “Un Requiem Alemán”, obra imponente, sobria, podríamos utilizar el adjetivo “brahmsiana” y no sería una mera redundancia sino un ejercicio de economía, porque Brahms, todo lo que Brahms buscaba y encontraba en música, está ahí. O aquí, porque tengo reciente su revisión.

La composición consta de 7 movimientos que van tornando la gravedad y el dramatismo inicial predominante en serenidad y cuyos textos reflexionan sobre la muerte y se abren a la creencia consoladora y reconfortante de la resurrección. No es una misa de difuntos puesta en música. Ni siquiera es propiamente música religiosa. Es una obra de concierto de resonancias espirituales o una sinfonía vocal, como antes lo fue por unos instantes la novena de Beethoven y como después, y de qué manera, la octava de Mahler. Pero aquí hay un ay que surge de un atractivo entramado sonoro donde la pincelada épica, el susurro intimista, la característica melodía brahmsiana de amplios y líricos vuelos y las ocasionales reminiscencias arcaicas dan forma a una obra profunda y conmovedora.

Bajo la batuta de Herbert von Karajan, forjador de un sonido orquestal y coral muy particular, la obra encuentra especial acomodo. Y lo mismo se puede decir de él, que se encuentra muy cómodo recorriendo los pasillos de cada una de las estancias que componen este Requiem Alemán. Es fascinante lo de este hombre subido al podio en el Olimpo de ese dios único que es él mismo, primero para sí mismo, luego para los demás. Es fascinante porque es plenamente consciente de la capacidad de fascinación en los otros y se entrega a la labor de una manera asombrosa. No se puede decir que Karajan ponga la música a su servicio sin antes advertir que, previamente a que la cámara se ponga a grabar o que los asistentes a un concierto se sienten en sus butacas, ha sido él quien lo ha hecho. Momentáneamente. Es después cuando pasa a su servicio, tras haberle dado forma indefectiblemente hermosa y ponerle su sello de perfección y apasionamiento, arrebatado y contenido a un tiempo, marca de la casa.

Karajan es ante sus músicos en el ensayo lo que Chaplin en la pantalla tras la cámara: el hombre menudo de movimientos rápidos que todo lo controla y lo manipula. En las numerosas filmaciones que van saliendo de los archivos de Deutsche Grammophon leemos su nombre en los títulos de crédito hasta tres veces, las tres con rango de director aunque puntualizando tareas: director musical, director artístico y director sin más (director sin más puede que sea realizador y, de paso, una forma de reconocerse único director en todos los sentidos).

Cada plano, cada ángulo, cada inserto trucado, la estética en la disposición orquestal y, sobre todo, su propio gesto estudiado al milímetro, de una teatralidad épica, provoca una atracción poderosa. Tal es la pasión y la veracidad con la que Karajan interpreta el papel que se escribió a sí mismo, luego de rendir tributo a la música y, de paso, dejarnos en herencia semejantes regalos, como este Requiem Alemán de Brahms filmado en directo con público (cosa no muy habitual cuando de dejar un documento a la posteridad se trataba) en 1978. Karajan dirige principalmente a los Wiener Singverein, con Gundula Janowitz y José Van Dam como solistas de excepción, mientras que su Filarmónica de Berlín parece estar un poco a un lado de su atención: su boca musita la integridad del texto, sus manos mueven los dedos y se alzan por encima de los hombros al tiempo que los brazos se extienden hacia la masa coral, porque allí está el corazón palpitante de esta obra excepcional, cántico espiritual de Brahms.

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Escuchar

Al volver a la actividad normal , me doy cuenta de que si he hecho algo en este puente ha sido escuchar, la música, las cuitas y las confidencias

Empecé escuchando a Esther tocar una conmovedora cuarta Balada de Chopin cuyo comienzo decía: he aquí a una pianista con alma, sí señor. Fue una sorpresa muy agradable porque llevo varios años trabajando con Esther pero nunca le había escuchado tocar y la otra tarde, en su casa, donde nos había reunido para cenar con Amaia y Edu, accedió a tocar como ensayo de esa oposición que andamos preparando, creo que hago bien al incluirme, andamos preparando, porque aunque yo no me presento colaboro en la preparación de una pequeña parte. Cuanto toca, Esther adopta una postura introspectiva, se envuelve en sí misma; es curioso cómo el lenguaje corporal y gestual se complementa con la forma de interpretar y con el mismo sonido.

Las cuitas fueron los días siguientes. Una en vivo y otra, cosa curiosa e inesperada, on-line. Lo primero es mejor porque al mismo tiempo que escuchas las palabras escuchas también lo que dice la mirada y el silencio entre las frases. Y el tono, claro. Lo segundo está más acorde con los tiempos, por el canal de comunicación en el que se produce y por el tipo de penas, ahora que lo pienso. Es más difícil escuchar ahí porque te falta la información complementaria de los tonos y lo demás. Requiere mayor esfuerzo.

Para procesar lo escuchado y recuperar un poco la escucha de mí mismo, terminé como empecé el puente: escuchando música. Escuché, y ví, a Kathleen Battle cantando un emocionante Agnus Dei de la Misa de la Coronación de Mozart bajo la atenta mirada y la quironimia de un Karajan en los últimos compases de su existencia. Vibrante y conmovedora interpretación recupereda en dvd. Hoy no creo que me toque escuchar, porque ya no es puente y todo el mundo vuelve a lo suyo; a mí me toca examen. A la vejez, examen, qué cosas. Lindsay prefirió llamarlo “little quiz”, obsérvese el doble atenuante, por lo de little y lo de quiz, pero en realidad es la articulación de una treintena de usos del Get, que da mucho de sí. Me lo busco yo por pedir caña, pero ha sido curioso eso de buscar ratos para get esto, get lo otro, mientras escuchaba y pensaba en lo escuchado.