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Exclusión 18 abril, 2009

Escrito por emejota en : Asuntos propios , Añade un comentario , trackback

El 21 de Marzo de 1985, trigésimo centenario del nacimiento de Johann Sebastian Bach, a primera hora de la mañana había clase de Ciencias pero yo decidí no aparecer por el colegio. Razones tenía. Por lo menos dos. La primera fue recordar que la tutora de primero de BUP nos había dicho al comienzo de curso, nada más entrar en el aula, que allí estaban los que se iban a decantar por ciencias o letras.

Me sentí excluído del párrafo con cierto desconcierto.

La segunda razón era que la profesora de ciencias y la tutora eran la misma persona, lo que suponía una desafortunada coincidencia. Recuerdo que en su discurso de bienvenida, si así se puede calificar al discurso, advertí cosas en ella que me desagradaron de tal manera que dejé de lado mi desconcierto para asumir con alivio mi condición de excluído hasta el punto que, si era necesario, me autoexcluía yo mismo y punto. Lo que me desagradó era que bajo ese aire de colegueo cutre personificado en monja con vaqueros ajustados había una mirada muy rara, dura; y luego me llamó la atención advertir una sutil intención de avergonzar a las chicas con el tema de la menstruación, que sacó a relucir sin venir a cuento varias veces. Desde mi recién estrenada exclusión, que me permitía desconectar del hilo general de la presentación del curso para fijarme con detalle en asuntos extra-académicos, noté que ese desprecio en las formas y esa fijación en el fondo escondía un punto de íntimo regocijo por lo que deduje que vaya elementa se nos venía encima. Años más tarde ella se excluyó de monja y en la curia se comentó, con alivio, que se había hecho legionaria.

Cómo te quedas.

Yo me quedé sin ir a clase. En lugar de eso me refugié en casa de mis abuelos, que estaba vacía porque se habían ido a pasar el invierno a Alicante. Qué tiempos aquellos en los que había abuelo y en los que la abuela del blog estaba más fresca que una rosa y sin arrugas, haciendo rosquillas y rezando rosarios por igual, es decir, por docenas.

La casa estaba fría porque el calor estaba en Alicante desde hacía unas semanas así que dejé la mochila en el recibidor y sin quitarme el abrigo entré en el despacho del abuelo para sentarme en su silla giratoria. Giré hacia la derecha y hacia la izquierda con las manos apoyadas en la mesa. Había notas y montoncitos de sellos de la colección en la que iba colocando por orden las horas de su jubilación. A mi espalda, a la izquierda, había un equipo de música que le habían comprado para nada porque él ni sabía utilizarlo ni encontrarle utilidad. Yo sí. Esa mañana puse la radio y José Luis Perales hizo sobresaltar el silencio de tres meses de esa casa con su Te Quieeeeeerooo a toda pastilla.

Rápidamente, eché mano a la rueda del volumen con los latidos del corazón en la garganta. ¿Llamaría la vecina a la policía? Busqué entre los vinilos que alguien había dejado en los bajos de la cadena de música. Encontré un disco de Barrio Sésamo y la versión Hispavox de “La del manojo de rosas”. Una mezcla muy rara para la mañana de un excluído del sistema escolar así que localicé la emisora de música clásica en el dial y, como era de suponer, sonaba Bach. Cuarto Concierto de Brandenburgo, lo recuerdo perfectamente. Me levanté de la silla y empecé a dirigirlo con las manos. Mientras subrayaba en el aire la polifonía que las flautas dibujaban con su aliento pensé en ese niño tan aplicadito que había sido yo hasta que las monjas lo empezaron a echar a perder. Recordé que, sin embargo, todavía seguía siendo delegado de clase y dirigir el cuarto de Brandenburgo siendo delegado mientras los demás estaban en clase de Historia, por mucho que fuera el cumpleaños de Bach, no sé si me hizo sentir un poco culpable o henchido de gozo. Los cargos tienen sus privilegios.

Sonó Bach desde la clase de ciencias hasta la de matemáticas, con el intermedio del recreo, y a la hora de la salida del colegio apagué el aparato de música, la luz de la lámpara del despacho, cogí la mochila y salí de la casa de los abuelos cerrando con dos vueltas, tal y como decían ellos: si vas alguna tarde a merendar, cierra con dos vueltas.

La cosa coló sin mayor problema porque, por entonces, ya tomaba antiinflamatorios con receta de veterinario y eran frecuentes mis salidas intempestivas (a primera hora, a mitad de Lengua, a última de la mañana) a la consulta de los médicos. Quizá por eso repetí excursión (y curso).

Latidos 16 abril, 2009

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Ayer por la mañana cada uno se encontraba en sus ocupaciones, unos trabajando, otros viajando, otros haciendo la compra y la abuela dando su paseo matinal al sol por las amplias galerías de la residencia esperando la hora de ir a la peluquería. Entonces llegaron dos mozos altos, los de las ambulancias, esos que llevan chalecos reflectantes, y cogiendo del brazo a la abuela le dijeron que ya es hora de irnos, abuela. Ya voy a la peluquería?, preguntó ella. Ya nos vamos al hospital, respondieron risueños los de la ambulancia. Ah, bueno, contesto resignada. Y se dejó llevar. Cuando alguien de la familia pasó a los pocos minutos por la residencia se encontró con el soponcio doble de que la abuela no estaba allí sino que estaba en el hospital, en Urgencias. ¿Por qué? Nadie lo sabía, así que el soponcio no fue doble, sino triple.

Fue mi madre la primera que apareció por Urgencias. La abuela estaba sentada en una silla, la cabeza apoyada en una mano, aburrida. Qué haces aquí?, preguntó mi madre con aliento de susto. Pues no sé, hija, respondió la abuela. Pero te pasa algo? La abuela se encogió de hombros. Yo estaba esperando para la peluquería cuando han venido estos mozos, qué hora es que se me va a hacer tarde y quiero que me tiñan?. Mi madre buscó con la mirada a ver si aparecía algún médico cuando una enfermera salió de un box. Oiga, qué le pasa a su madre?, preguntó la enfermera desconcertada. Y me lo pregunta a mí? La pregunta de mi madre llevaba dentro un mayor desconcierto. La cosa arrojó algo de luz cuando llamaron por teléfono a la residencia para preguntar, cosa surrealista, por qué habían enviado a Urgencias a una paciente que estaba esperando que la llevaran a la peluquería. Son las pulsaciones, dijeron al otro lado del latido telefónico, tiene pocas pulsaciones y hemos llamado por teléfono al médico y nos ha dicho que para el hospital.

Los teléfonos muestran en este caso una utilidad sorprendente. Llama un médico desde urgencias a una residencia de ancianos pidiendo explicaciones y dicen de la residencia de ancianos que han llamado por teléfono a otro médico que ha dictaminado el traslado a Urgencias. Todo esto sin paciente al aparato. Dijo el médico de Urgencias tras haber examinado el historial de la abuela: esta paciente tiene esas pulsaciones desde hace muchos años. Y colgó, que en Urgencias siempre hay unas prisas lógicas.

Es verdad, la abuela tiene esas pulsaciones, pocas pero tiene. Al parecer el médico de la residencia nunca ha leído el historial de la abuela para enterarse de que tiene las pulsaciones de Induráin desde los tiempos del tercer o cuarto Tour, ya no me acuerdo exactamente. Aún así, en Urgencias examinaron a la abuela. Qué hora es, hágame el favor?, preguntó ella en lenguaje nonagenario cuando el médico entró en el box. Tiene prisa, abuela? Es que me tengo que teñir y no quiero que se me pase la vez. El médico salió a los pocos minutos del box y le dijo a mi madre y al resto de la familia que se encontraba en un radio de acción lo sufientemente próximo al hospital como para haber acudido ya a la sala de espera que nada, que la llevaran a la peluquería, que se le iba a pasar la vez.

Cuando me lo contaron a mi regreso de Pamplona pensé en diagnósticos por teléfono, y me pregunté si para ciertas cosas no vendría mejor un contacto real, un pequeño (re)conocimiento personal antes de tomar una determinación u otra. En medicina, hay médicos que se rigen por los parámetros de normalidad olvidándose que hay naturalezas y naturalezas. Si además los médicos no tienen tiempo para ir a observar la naturaleza es comprensible que se pase la hora de la peluquería y que la abuela haga un gesto así como de fastidio.

Alas 15 abril, 2009

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A María,
mi cómplice en tantos compases y hoy debajo de un paraguas.

[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=r2DGk98imzc[/youtube]

Los chicos crecen, parece que fue ayer cuando se pusieron los calcetines de colores pero el tiempo pasa volando.

Lumega fue el breve eslabón que condujo a los mayores de Kantika hacia la actual Coral San Juan Bautista de Leioa. En ese lapso de tiempo les dio tiempo a cantar (y qué bien cantado) esta armonización de Javier Busto sobre la melodía tradicional vasca “Nerea izango zen”. El texto es una preciosidad, tiene razón ypuntoaparte (que nos brinda el vídeo, mil gracias). Dice así:

Si le hubiera cortado las alas
habría sido mío,
no habria escapado.

Pero así,
habría dejado de ser pájaro.

Y yo…
yo lo que amaba era un pájaro”

Vacaciones 14 abril, 2009

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Operación salida
, vacaciones de Semana Santa y operación retorno en la estadística de La Idea del Norte.

Fantasmagoría 13 abril, 2009

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VampyrAntes de la laboriosa reconstrucción llevada a cabo por Martin Koerber en 1998 para la Cinemateca de Bolonia a partir de fragmentos salvables de varias copias incompletas, “Vampyr” (1932), de Carl Theodor Dreyer, era una película prácticamente inédita. Ahora vuelve a ser absolutamente insólita y la interesante edición especial para coleccionistas en doble dvd a cargo de Versus lo confirma.

Es posible que el gancho comercial y la dificultad añadida de hacer pasar por caja una película que tiene casi 80 años lleve a anunciarla como una gran película de terror cuando en realidad, para ser justos, deberíamos referirnos a ella como una película “sobrenatural”, y no sé por qué pongo las comillas, como si dudara de que lo fuese o me pareciera raro. No a lo primero y sí a lo segundo. “Vampyr” es fundamentalmente rara. Pero no rara por espesa, no rara por rollo; es rara por razones atmosféricas, ambientales; inquietante y turbadora; ni da respuestas ni plantea preguntas. Entrar en “Vampyr” es entrar al otro lado del espejo y la pretensión de Dreyer al hacerla, creo, aunque esgrimir las razones que me llevan a pensarlo superarían el razonable metraje de este post, van en gran parte por ahí.

La otra parte vendría dada por la puesta en práctica de una experimentación regocijante que abarca muchos aspectos, desde la manera de contar (o no contar) hasta la forma de jugar con la cámara y la luz para encontrar nuevos efectos con la complicidad del director de fotografía y futuro realizador Rudolph Maté.

Las imágenes de “Vampyr” abarcan desde las brumas de un impresionismo visual:

hasta las sombras y las transparencias de un surrealismo onírico.

El pretexto es un relato de Sheridan Le Fanu adaptado libremente y la cara de pasmo y el porte hierático del barón Nicolás de Gunzburg, protagonista por capricho y porque paga el asunto, une las diferentes estampas de este más allá que Dreyer torna visible sin que el mundo que transitamos a lo largo de 73 minutos pierda su condición de fantasmagoría, transparente como un espectro y al mismo tiempo oscura, muy oscura, como esas sombras que se proyectan con insistencia en las paredes blancas de la película.

La composición estética del plano, con alegoría simbólica o sin ella, es una constante del cine de Dreyer que ya aparece en esta primitiva realización contribuyendo a añadir belleza y desazón que al conjunto no le falta.

Belleza y desazón son aquí elementos que se imbrican con naturalidad porque en esta frontera que cruzamos cuando se apagan las luces las cosas funcionan de otra manera. De hecho, tienen la inconsistencia de los sueños y los sueños (incluso los sueños dentro de otros sueños) aparecen y no precisamente, como pudiera pensarse, para justificar lo que vemos, sino para confundirnos y extraviarnos en un mar de interrogantes cuya irresolución no nos importa. “Vampyr” es impregnarse de una atmósfera mágica y poética, tenebrosa y agobiante; vivir con asombro una experiencia que solo sucede en los sueños que de pronto pierden pie y caen por el barranco de las pesadillas.

La edición de Versus viene con un segundo disco con interesantes documentales en los que Eric Rohmer, Truffaut, Henri Langlois y Jean-Luz Godard hablan, buscan y preguntan a Dreyer sobre su cine con el apasionamiento con el que estos cineastas ponían los acentos en cada plano que escrutaban. Dreyer responde cortesmente sin apenas mover los labios, introvertido, con un carraspeo y una tosecilla como si las palabras no tuvieran costumbre de salir, algo normal en un hombre que habló elocuentemente poniendo luz en rostros ajenos, escrutando el alma en primeros planos que transmitían un lenguaje universal.

“Vampyr” viene en dos copias. La primera, la reconstrucción de 1998, con las rayas del tiempo en el celuloide. La segunda, la restauración digital de 2009, sin las mismas. “Con” y “Sin”. En estos casos, yo prefiero “con”. Sabe mejor.

Diario 12 abril, 2009

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Recuerdo que tengo un blog

Pero estas vacaciones las estoy pasando aquí dentro, y desde dentro me adentro en los libros y en las películas y miro lloverdescanso y proyecto, y cuando proyecto no descanso y cuando descanso aparezco en el sueño proyectando cosas. Hace frío. Ayer también hacía frío en el diciembre de París de 1958, se notaba en las expresiones heladas, en las conversaciones de vaho y en la niebla que envolvía la torre Eiffel en un cinemascope de remembranza impresionista. Pasaba durante la proyección de “Los 400 golpes”, que me golpeó 400 veces una vez más. Si fuera profesor en algún lugar me encantaría hablar a los alumnos de “Los 400 golpes” aprovechando además que cumple 50 años; en este momento es una de las cosas que más me gustaría hacer. Hablar del antes, del sobre, el tras, el después, el dentro. Si fuera profesor en algún lugar no importaría qué asignatura impartiera porque ese día no habría clase: habría 400 razones mejores para no hacerlo.

Mañana es Pascua. A ver si mejoran las caras de la gente. En la televisión aparecen los Cristos agonizantes y las Virgenes dolientes con velas y flores y la gente llora, y lo que me sorprende de ese llanto amargo es que estoy convencido de que la gente en el fondo se llora a sí misma, llora su desamparo, llora lo que sea, pero ese lo que sea es suyo. Mañana (hoy, en unas horas) una ceremonia ancestral que se celebra en esta ciudad escenificará la resurrección del Hijo de Dios suspendiendo a un crío de nueve años ataviado de ángel de una sirga cuyos rudimentarios engranajes están cubiertos por una nube esponjosa. Descenderá haciendo con los brazos así, así, como si nadara en el aire frío de la mañana, y se acercará hasta una Virgen a la que quitará el velo negro que cubre su rostro. Se desgañitará al gritar la buena nueva y a los presentes se les pondrá un nudo en la garganta. La banda de música tocará el Aleluya de El Mesías o sonará por megafonía, depende del presupuesto, y luego todos se irán a desayunar chocolate con churros y harán hora para comer en el campo. Todo eso si acompaña el tiempo. Y si no también.

Si acompaña el tiempo esta ciudad se transforma por unas horas en ciudad fantasma habitada por mí intuyendo que alguien más se agazapa tras las cortinas de otras viviendas. Quizá ese día campestre cambie un poco las caras. La mía está estable, no precisa de estiramientos. Leo, me río con lo que leo, veo películas, no está tocando esta vez reirme con ellas pero me conmuevo o se me despierta la intriga o se me levanta la ceja, depende del título; doy clase, he vuelto a sentarme al piano porque los ojos han encontrado unos escuetos compases de una melodía remota en el tiempo y en el mapa que me pregunta y si, y si…

(pero me da pereza)

Cosas asi pasan estos días, eso quiere decir que pasan esas y otras. Pero me acuerdo que tengo un blog y que me gusta hacerle caso y mirarme luego en lo que escribo, como me gustaría mucho, mucho, que alguien me invitara a hablar de “Los 400 golpes”. No tengo credencial como cineasta pero creo que lo que allí sucede resuena de una forma nítida dentro de mí. Y late. Cuando hablas de algo con el corazón en la mano, apasionadamente, siempre hay un pellizco que despierta algo en alguien y eso pone en funcionamiento una cadena. Nos reconocemos en las cosas. Despertamos en ellas. De mayor me gustaría dedicarme a hacer eso si no fuera porque vengo dedicándome a eso desde hace muchos años. Eso es suerte, nunca lo negaré.

Clamor 9 abril, 2009

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[youtube]http://www.youtube.com/watch?v=NSVFQTT9Lww&fmt=18[/youtube]

Johann Sebastian Bach, “Pasión según San Juan” BWV 245.
Tölzer Knabenchor. Nikolaus Harnoncourt. Verano de 1985.

Nombramiento 7 abril, 2009

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No me gusta nada, pero nada, el nombramiento de Ángeles González-Sinde como Ministra de Cultura. Como su antecesor, que tampoco me gustaba nada, muestra una aversión a la red fundada en un alarmante desconocimiento, o en un conocimiento decimonónico. O en una ceguera. “¿Para qué necesitamos un ADSL a no sé cuántas gigas?”, se preguntaba a sí misma en una entrevista en el diario El País hace ahora un año. Pues, desde luego, para bajarse una película suya no. Tiro para lo de las películas y las bajadas porque lo suyo viene en plan obsesión, en plan radical. Y así, mal vamos.

Es comprensible la alegría mostrada por el mundo del cine patrio ante su nombramiento. Menos comprensible es que un cine que pide protección frente a la “invasión” norteamericana de la pantalla cometa el disparate de hacer 200 títulos al año, de los cuales 195 o son rollos infumables o ni se llegan a estrenar, 2 son obras de directores que encuentran sitio en la cartelera por méritos propios, 1 es la sorpresa agradable del año y 1 se nos pasó.

La otra es “Torrente”.

Lo que no termina de comprender este cine es que se vale de la bandera de la cultura para obtener protección pública frente a un “enemigo” que es pura industria. No creo en los ministerios de cultura. No hay que subvencionar la cultura de esta manera: en todo caso, hay que fomentar una cultura de base y eso se encuentra en otro departamento: educación. A la larga sale mejor y más barato. Y me saca un poco de quicio que estos señores se empeñen en que veamos esos productos tratándonos como si fuéramos cortos, incultos y sin criterio, incapaces de pensar por un instante que, a lo mejor (a lo peor), lo que hacen no gusta y punto.

Pero esta ministra cineasta va a meter tijera, al (poco) tiempo, en el asunto de intercambio de archivos. Indiscriminadamente, me temo. Es de las personas a las que le enseñas la tarjeta donde pone INTERNET y la tarjeta donde pone INTERCAMBIO y ya se imagina que te vas a bajar la filmografía completa de Garci antes que pensar que también puedes compartir una tesis doctoral con alguien de Noruega.

A mí, personalmente, la filmografía de Garci me da mucha pereza; tampoco es que tenga una tesis doctoral que intercambiar con Noruega ni con otro sitio pero a lo que voy es que por “salvar” el cine español nos van a dejar sin series norteamericanas, ya lo verás; bueno, ya no lo verás. Un acto, por otra parte, donde no consigo ver la bandera pirata y sí (ya puestos) una correcta cultura audiovisual. Porque si nos bajamos las series de allí es porque:

a-están en el formato correcto, que la lista de series que pierden en el camino las franjitas negras arriba y abajo empieza a ser notable.
b-se ven mejor, porque vienen en Alta Definición y
c- están en versión original, y así el producto llega sin adulteraciones.

Vamos, que cumplen todos los requisitos por los que claman estos señores ante los incultos ciudadanos a los que pretenden abrir los ojos.

Aún podemos ir más allá y entrar en el asunto monetario, que al fin y al cabo es lo único que cuenta (porque es una industria, insisto). Y aqui tampoco acierto a ver ningún acto feo. Estas series no restan espectadores a ninguna taquilla: la mayor parte de ellas se financian con publicidad privada, no con una entrada ni con una subvención, su primera emisión, en multidifusión por los diferentes husos horarios de los EEUU y los tropecientos canales existentes, ya ha sufragado en la mayoría de los casos su coste y generado incluso una porción de beneficio, beneficio que irá en aumento en su distribución posterior a nivel internacional a pesar de las descargas.

¿Para qué necesitamos un ADSL a no sé cuántas gigas? Pues para lo que nos dé la gana, faltaría más. Para bajarme “United States of Tara”, para mantener una videoconferencia profesional o personal. Cuando esta señora sea informada de que hay distribuidoras, las mismas que ponen las películas en los cines, que ya ofrecen cine por internet mediante pago (cosa que debe saber porque hasta ahora ha sido Presidenta de la Academia de Cine y conoce el negocio) y que para que el cliente pague por esos contenidos se necesitan no sé cuántas gigas se contestará a sí misma: pero qué australopiteca fuí. Pero será tarde para muchas cosas.

Como en el caso de la SGAE, hay gentes que en lugar de subirse al AVE de las tecnologías se empeñan en ir en diligencia; que en lugar de adaptarse a las nuevas y fascinantes posibilidades se quedan enquistadas en tiempos y prácticas inquisitoriales, viendo el demonio en todas partes. Pero lo malo es que mandan. Pena.

Soledades 6 abril, 2009

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“La luz estaba toda dentro y la oscuridad toda fuera”

La soledad de los números primosLo más raro de “La soledad de los números primos” es que es una novela perfecta sin que sepas muy bien qué es una novela perfecta. Quizá más que saberlo hace falta sentirlo, puede que eso explique que haya ratos que la dejas sobre tu regazo mientras piensas en esa frase que parece haber sido dejada caer en la blancura de la página para que la degustes o la recites para tí varias veces o para que rememores la presencia de esas almas solitarias, Alice y Mattia, convertidos para siempre en miembros por derecho propio de la galería de personajes inolvidables del imaginario personal. Y quizá explique también la profunda huella que te deja su lectura siendo consciente al mismo tiempo de su exquisita levedad. Precisión proustiana y concisión transparente en cada una de las frases, párrafos y diálogos de esta historia triste, que no desoladora; o desoladora, que no terrible. O terrible pero con un soplo de ternura sin otra concesión que el de estremecerte ligeramente como un cosquilleo en la nuca. En cualquier caso, maravillosamente incisiva en sus incursiones psicológicas, espejo para lectores (si no es en página par será impar, pero todos encontrarán su reflejo en algún instante), musical y poética, poema toda ella.

El responsable de todo esto te hace dudar al principio, cuando todavía no has abierto el libro, cuando solamente ves la reproducción de la portada en un anuncio y lees las frases promocionales. Un físico teórico, italiano, Paolo Giordano (1982), deja los teoremas y se pone a escribir una primera novela, “La soledad de los números primos”, de la que ya han salido multiplicados más de un millón de ejemplares. Lo primero que sospechas es que se trata del enésimo best-seller de intrigas esotéricas con códigos numéricos que tienen la clave del asunto pero resulta que la clave no está en el número sino en el sustantivo, soledad, y eso es lo que te hace levantar la ceja y fijarte entonces que el título es todo un hallazgo y te apetece repetirlo y hasta volver a escribirlo de nuevo:

La soledad de los números primos.

De mayor, a todos nos gustaría escribir una novela con un título así. Es inevitable entonces entrar y mirar. Luego sales distinto. Debe ser ese otro de los efectos de una novela perfecta.

Existen entre los números primos algunos que son especiales; son los que los matemáticos llaman “primos gemelos” porque entre ellos se interpone siempre un número par, como el 17 y el 19 y antes, el 11 y el 13. Mattia Balossino decide una tarde frente a un folio que él y Alice son el 2760889966649 y el 2760889966651, y está tan seguro de ello que hasta los pronuncia en voz alta. Está convencido de que “ninguna otra persona en el mundo había pensado nunca en aquellos números, ni los había escrito ni mucho menos pronunciado”. Pero son los suyos. “En su imaginación, aquellas cifras se habían teñido del color morado del pie de Alice recortado contra el resplandor azulado del televisor”.

A Giordano, esta realidad matemática le sirve como metáfora para contar la historia de Alice y Mattia, marcados en su infancia por sendas cicatrices. Desde la adolescencia hasta la vida adulta coincidirán y se sentirán atraídos el uno por el otro pero, como los primos gemelos, nunca llegarán a tocarse. A pesar de eso, las páginas en las que el destino los hace coincidir poniendo unos metros, unos centímetros y hasta milímetros de distancia, vibran con una intensidad insólita y conmovedora. Y las pocas palabras que se dicen resuenan en los márgenes con una riqueza de ecos que traen consigo las realidades que nos nacen de dentro cuando es otra persona la que nos hace temblar, vibrar, callar, temer, desear.

Dice la fajita promocional que abraza a la novela que “nada escapa a la atención de Giordano, que observa a sus personajes con la delicadeza feroz de quien sabe que la vida se compone de fragmentos, todos preciosos”. Y es verdad. Hipnótica, preciosa y precisa. Dolorosa y dulce. Así es esta novela espejo de tantas cosas y reflejo de otras nuevas.

Volviendo 5 abril, 2009

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Regresando de un fin de semana en el que no he salido de casa, pero he estado en algún silencio o en el rincón de algún pensamiento, en algunas páginas impresas, en algunas imágenes. Ya estoy llegando.

Pasión 2 abril, 2009

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PasiónEsta tarde, en la Universidad de Navarra, ejerzo de guía en el recorrido a través de ese monumento sonoro que es la “Pasión según San Juan” de Bach. Para mí es un gran placer que consigue hacer desaparecer la sensación abrumadora de responsabilidad que, supongo, sería la más lógica en estas circunstancias Es complejo, es verdad: hay que manejar emociones intensas ante un auditorio siempre distinto, siempre nuevo; hay que sintetizar lo grande en algo más pequeño sin que pierda fuerza, traducir en palabras sencillas un rico lenguaje de sonidos. Pero qué gozada que surja una nueva oportunidad de hacerlo y poder compartir, ante nuevos rostros, los entusiasmos que esta obra prodigiosa sigue despertando en mí con la misma intensidad que la primera vez que la escuché.

Los problemas que presenta manejar una obra de esas dimensiones son variados: en primer lugar, está la imposibilidad de recorrerla entera. Hay que trazar una ruta alternativa, compensando lo no visto con un movimiento del dedo índice que señale que esto y esto y lo otro son vistas que no pueden dejar de contemplarse. Antes, se presenta el problema del contexto. Tendemos a procesar con pensamientos contemporáneos un lenguaje y unas ideas que vienen de un pasado remoto, y aunque en Bach las emociones atraviesan y atravesarán los siglos con portentosa familiaridad, no está de más sintonizar por un instante con anhelos que están en otro lugar del dial. El esfuerzo es minúsculo y la recompensa es muy gratificante.

De paso, aprovecho el recorrido para poner el acento en lo más bachiano de la Pasión: en el elemento humano. Una cosa es la Pasión que está escrita en notas en el pentagrama y otra la obra a la que dan vida las personas, los músicos, con sus habilidades, sus circunstancias personales y los imprevistos del directo. Sin su aliento esta Pasión no existe, esas Arias no tienen aire. Resulta fascinante seguir la peripecia de la aventura que es toda interpretación en directo, como esta de Harnoncourt captada en el verano de 1985 en una catedral austriaca de la que me sirvo y que tanto ayuda a comprender y a disfrutar todo lo anterior.

Lo que consigue Bach es que una historia que conoces de sobra de antemano la vivas a cada instante con el alma en vilo, tal es la sorpresa continua, el caudal torrencial de belleza, la delicada demora en los detalles, el clamor impetuoso ante el drama y, al mismo tiempo, su carácter intimista. Porque lo tiene, me atreveria a decir que sobre todas las cosas. Y todo eso pasa cada audición y aún queda espacio para algo nuevo.

Bach es necesario.

_________________
“La Pasión según Bach”
(Pasión según San Juan, BWV 245)
Universidad de Navarra. Edificio Central, Aula 30. 19:30 horas.
Entrada libre.

Diario 1 abril, 2009

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He perdido el post de hoy.

No es de extrañar: el estrés, el cansancio. Termino el día habiendo perdido el post y casi pierdo el autobús al empezarlo. El cansancio, el estrés. Pero como me conozco, cuando este periodo termine, cosa que será mañana para estas horas, (alivio), me quedará por dentro una sensación de satisfacción que funciona mejor que un complejo vitamínico.

(añoro el color y el sabor del Redoxón Complex. Existirá todavía eso? Existe todavía el Vicks VapoRub, con esa untuosidad mentolada que te frota balsámicamente el pecho hasta que un día le descubres, con lógico y obvio desconcierto, su punto erótico?)

Qué hacer cuando uno no encuentra el post del día.

Nada, supongo.

En eso estaba cuando he pensado que da un poco de pena dejar un día en blanco, sobre todo si no ha sido negro y cuando es primero de mes, que siempre me ha dado la sensación de que se nota más. Pero consideraciones estéticas al margen, puede que el día de mañana me pregunte qué hice el 1 de abril de 2009, vuelva las hojas, que para eso tengo un blog, y me encuentre que ese día no existió, y los días no están para eso, los días están para existir y haber existido en ellos.

Qué poner de la existencia de hoy, entonces.

Pues que me he quedado dormido, que hacía un frío de mil demonios, que la chica de la taquilla de la estación de autobuses no sólo me da ya los buenos días e incluso sonríe (hasta ahora resultaba un poco sota, la verdad) sino que ya se sabe el horario del billete de vuelta y se lo dice a sí misma por mí y a continuación teclea en el ordenador, todo un detalle, que en la autopista he visto una urraca y me he acordado de una que yo conozco (y no es una indirecta, es que le chiflan las urracas y hasta jura verlas en la autopista; yo pensaba que era cuestión alucinatoria y le seguía la corriente y mira por dónde, nunca mejor dicho lo de mirar, había una), que mi gadgeto-teléfono ha dado hoy su primer pantallazo en mitad de un sms y por unos segundos ha muerto, susto, suerte que lo he reanimado enseguida y no se ha producido daño cerebral, que al volver a casa aún me ha dado tiempo a hacer los spaghetti y que me han regalado un verso suspendido en el centro de la pantalla (hacía tiempo que no pasaba eso, ha sido bienvenido).

Más.

Que me he quedado dormido después de comer, que he hecho los últimos ajustes en la conferencia de mañana en la universidad, que ahora sí (que antes, también), que me he quedado un rato mirando a las musarañas, que todavía después me he quedado dos ratos más mirando a las musarañas, que entonces he recordado que tengo que preparar dos clases para mañana, que una de mis alumnas me ha escrito un mensaje de ese o ese con cinco signos de exclamación a la izquierda y seis a la derecha, que esa asimetría no me ha pasado desapercibida (si bien he intentado hacer los primeros auxilios, lo primero es lo primero), que he pensado (un día más) que debería hacer algo de ejercicio, y que hoy, si la memoria no falla, que creo que no, ha sido (es todavía) el cumpleaños del niño de la nana. El niño de la nana ya no es niño pero la nana sigue siendo niña, es decir, nana; que no cambia, vamos, que seguirá diciendo lo mismo y en el mismo compás.

El tiempo pasa. Y para colmo no vuelve. Por eso da un poco de pena dejar un día en blanco, porque dejar un día en blanco es como si después no hubiera existido nunca. Y sí.

(el vecino dirá, después de reirse, que este final es nuevo; él ya sabe)