Himno

Y de pronto descubres esto:

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Y ya no te lo puedes quitar de la cabeza.

Empieza a ser raro encontrar música coral nueva que, además de acariciar los oídos, se moleste en trazar una cuidada conducción de las líneas melódicas que termina por acariciarte por entero. Hay obras, muchas, que consiguen lo primero pero cuando miras la partitura, que es la radiografía del cuerpo sonoro, haces un así con el gesto porque tienen algún esguince o rotura de ligamentos.

Tengo alma de contrapuntista, es cierto; veo lo horizontal antes que lo vertical, le doy una importancia esencial a la proyección de las líneas sonoras en la horizontalidad del papel, del espacio acústico y hasta las imagino así en el pensamiento. Busco eso siempre que eso esté subordinado al interés musical, claro; no se trata de hacer música escolástica que cumpla con los rigores de a saber qué matemática que, al final, da como resultado un silencio sin decimales. Hay quien hace un crucigrama perfecto con un enjambre de líneas y se cree contrapuntista y, por extensión, músico sabio, cuando en realidad lo que hace es un virtuoso ejercicio de ganchillo con las líneas contando los puntos en bisbiseo, como hacía la abuela. Yo me conformo con ser músico contrapuntista aunque sea sin la peluca de la sapiencia.

Si el contrapunto se sirve de la música como pretexto para hacer matemáticas, mala cosa. El contrapunto es otra cosa. Pero aún hay algo peor: el músico que acaricia el oído despreocupándose de la caligrafía que tanto tiene que decir en el poema musical. Después de un tiempo viendo partituras llenas de la palabra alma escrita con hache o con algún que otro cruce de cables melódico donde tropieza el fluir individual del conjunto, es una gozada encontrarse con lo de arriba, y reencontrárselo cada vez que le das al play.

De justicia es señalar que es una miniatura de Erhard Mauersberger (1903-1982), que fue niño cantor en el Coro de Santo Tomás de Leipzig, el coro que dirigió Bach, luego fue organista en la iglesia donde Bach fue bautizado y ya, de mayor, volvió a Santo Tomás para ser Kantor y dirigir al coro, como lo hizo Bach al final de sus días. La de Mauersberger fue una existencia a la estela de la de Bach. Cuando se jubiló, en 1971, no se resignó a dar paseos por el parque dando de comer migas a las palomas sino que lo hizo al mismo tiempo que se dedicó a componer unos motetes para el coro. Cuál? Pues cuál va a ser, el de toda la vida, el de toda su vida, el de Santo Tomás. Es el mismo coro y desde la misma iglesia donde escuchamos este precioso himno para los oídos y para la vista y desde ahí se bifurca hasta el último rincón del espíritu.

4 pensamientos en “Himno

  1. toni

    (plas, plas, plas, pero bajito, porque no quiero romper el silencio que se ha creado mientras escucho uno y otra vez a Bach y tu me explicas lo de las palomas en el parque del kantor jubilado)

    :-o

  2. Anónimo

    Subia yo por el texto para darle al play por tercera vez mientras leia, cuando me he topado con la frase: “es una gozada encontrarse con lo de arriba, y reencontrárselo cada vez que le das al play.”
    de verdad que es un placer.

  3. Ppa

    Perdón no soy Aninymus, es que con esto de configurar el ordenador…
    se pierden las buenas costumbres jeje
    Ppa

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