Chocolatina

Le he llevado a Lindsay una chocolatina.

Sí.

Pero tiene una explicación.

Hay chocolatinas y chocolatinas y luego está Bounty, el último (y casual) descubrimiento del paladar ahíto de su chute de azúcar. Iba escaso de azúcar un día cuando entré en la tienda de chucherías de la estación de autobuses y cogí una barra al azar y deprisa porque casi me quedo en tierra. Y una vez en el autobús abrí el envoltorio y había una barrita blanda recubierta de chocolate, ñam ñam; le hinqué el diente y me encontré con un manjar de coco dentro. Mucho coco. Todo coco. No soy muy de cocos yo pero es que lo que lleva dentro la Bounty (la chocolatina, no el barco del motín) es puro coco con un frescor como de islas paradisiacas. Casi alcanzo un orgasmo de azúcar en el autobús. Fue el ruído del motor el que evitó que se escucharan mis ummmm y mis ahhhh de placer indecible. Desde entonces no hay día que pase sin pasar por la tienda de chucherías de la estación de autobuses a por una Bounty que degusto muy a gusto en secreto.

El otro día salió en un diálogo de la clase algo acerca de dulces y chocolatinas. Hay alguna chocolatina en especial que te guste?, preguntó Lindsay. Y me lo puso en bandeja. Ella esperaba una descripción de la chocolatina que pusiera a prueba mi inglés pero la descripción se basó en onomatopeyas, miradas en blanco y las manos en gesto de contener el babeo de la boca. Se rió. Sobre todo cuando le dije que en el autobús había un tipo serio que de pronto abría el maletín de los documentos y el portátil y en vez de un dossier de algo extraía, para desconcierto de la mirada del viajero de al lado, una Bounty y hacía ñam ñam.

El tipo era y soy yo los lunes y los miércoles.

Dijo Lindsay que se le estaba despertando la curiosidad aunque ella no es muy de coco. Yo le dije que tampoco era, en pasado, past, porque ahora soy todo coco (y no precisamente intelectual). Oh, exclamó ella aunque, como sabemos, hay que escucharlo Ou. Yes, yes, insistí yo.

Y por eso le he llevado una Bounty. Igual igual (again) que cuando Kevin Arnold le llevaba una flor a Miss White, la dulce profesora de lengua que sonreía al tiempo que ladeaba la cabeza suavemente. Lo hizo hasta el capítulo 68. Luego lo seguiría haciendo, seguro, pero nosotros ya no lo vimos.

Pero eso (lo de la Bounty) ha sido después. Antes he tenido una cita con mi psicoanalista. Ambos nos teníamos un poco olvidados y eso es buena señal. O no. Porque creo que nos tenemos mutuo afecto, aunque hoy le he dicho que me impone un poco. Él: yo? y Yo: sí, yo diría que sí, pero tiene su punto eso.

También ha tenido su punto que haya venido a coincidir esta cita con la crisis de ansiedad del pasado sábado. Si no, la consulta habría sido como la visita a un conocido, qué tal, bien, tirando, tú, pues estresado, pero es que también vosotros os estresáis?, pues claro, hombre.

Habría sido una conversación así pero pasando por caja. Al menos hoy había motivo para invertir, otra cosa es que sacáramos algo en claro.

-Por la razón que sea, hay gente que ve en tí algo parecido a un terapeuta.

-¿En serio?

-Sí -y se ha atusado el bigote mirándome fijamente (tiene bigote? ah si, tiene barba y bigote pero de pocos días, recortada)

– …

– …

-Sí, y creo que hay gente que encuentra en tí afecto, aunque apenas te conozca.

-Vaya.

-…

-…

-¿Por qué crees que se da eso?

Si me lo hubiera preguntado un par de horas después habría dicho: ¿Porque saco del maletín una Bounty de regalo mientras digo tacháaaan? Pero todavía no se me había ocurrido lo de la Bounty y, además, uno no cambia afectos por chocolatinas. En todo caso, uno tiene un detalle simpático con alguien a quien tiene en estima.

El psicoanalista ha dicho que habrá que pensar en ello. Bien. Pero mientras tanto, él piensa que es bueno que pasen crisis como la del sábado, a pesar del mal rato. ¿Y eso? Porque descargan la atmósfera emocional. Lo que habrá que encontrar es la razón de la carga emocional.

-O sea, la X.

-La X, sí.

-Ahm. Interesante entonces.

Dos horas después, Lindsay degustaba una barrita de Bounty mientras yo le leía en voz alta “El fantasma de Canterville” de Oscar Wilde. Me corregía algunas palabras (de eso se trataba) al mismo tiempo que el pobre fantasma agitaba inútilmente sus cadenas oxidadas, y me hacía continuar diciendo a little more, a little more, interesada como estaba en ese cuento ácido y divertido que no conocía. El miércoles, el desenlace.

2 pensamientos en “Chocolatina

  1. toni

    oye, a esas sesiones nos podrías invitar. porque escuchar el fantasma de Canterville, mientras nos comemos una chocolatina, me parece un plan magnífico en todos los aspectos. don’t you think?

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