Archivo por días: 28 abril, 2009

Himno

Y de pronto descubres esto:

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Y ya no te lo puedes quitar de la cabeza.

Empieza a ser raro encontrar música coral nueva que, además de acariciar los oídos, se moleste en trazar una cuidada conducción de las líneas melódicas que termina por acariciarte por entero. Hay obras, muchas, que consiguen lo primero pero cuando miras la partitura, que es la radiografía del cuerpo sonoro, haces un así con el gesto porque tienen algún esguince o rotura de ligamentos.

Tengo alma de contrapuntista, es cierto; veo lo horizontal antes que lo vertical, le doy una importancia esencial a la proyección de las líneas sonoras en la horizontalidad del papel, del espacio acústico y hasta las imagino así en el pensamiento. Busco eso siempre que eso esté subordinado al interés musical, claro; no se trata de hacer música escolástica que cumpla con los rigores de a saber qué matemática que, al final, da como resultado un silencio sin decimales. Hay quien hace un crucigrama perfecto con un enjambre de líneas y se cree contrapuntista y, por extensión, músico sabio, cuando en realidad lo que hace es un virtuoso ejercicio de ganchillo con las líneas contando los puntos en bisbiseo, como hacía la abuela. Yo me conformo con ser músico contrapuntista aunque sea sin la peluca de la sapiencia.

Si el contrapunto se sirve de la música como pretexto para hacer matemáticas, mala cosa. El contrapunto es otra cosa. Pero aún hay algo peor: el músico que acaricia el oído despreocupándose de la caligrafía que tanto tiene que decir en el poema musical. Después de un tiempo viendo partituras llenas de la palabra alma escrita con hache o con algún que otro cruce de cables melódico donde tropieza el fluir individual del conjunto, es una gozada encontrarse con lo de arriba, y reencontrárselo cada vez que le das al play.

De justicia es señalar que es una miniatura de Erhard Mauersberger (1903-1982), que fue niño cantor en el Coro de Santo Tomás de Leipzig, el coro que dirigió Bach, luego fue organista en la iglesia donde Bach fue bautizado y ya, de mayor, volvió a Santo Tomás para ser Kantor y dirigir al coro, como lo hizo Bach al final de sus días. La de Mauersberger fue una existencia a la estela de la de Bach. Cuando se jubiló, en 1971, no se resignó a dar paseos por el parque dando de comer migas a las palomas sino que lo hizo al mismo tiempo que se dedicó a componer unos motetes para el coro. Cuál? Pues cuál va a ser, el de toda la vida, el de toda su vida, el de Santo Tomás. Es el mismo coro y desde la misma iglesia donde escuchamos este precioso himno para los oídos y para la vista y desde ahí se bifurca hasta el último rincón del espíritu.

Chocolatina

Le he llevado a Lindsay una chocolatina.

Sí.

Pero tiene una explicación.

Hay chocolatinas y chocolatinas y luego está Bounty, el último (y casual) descubrimiento del paladar ahíto de su chute de azúcar. Iba escaso de azúcar un día cuando entré en la tienda de chucherías de la estación de autobuses y cogí una barra al azar y deprisa porque casi me quedo en tierra. Y una vez en el autobús abrí el envoltorio y había una barrita blanda recubierta de chocolate, ñam ñam; le hinqué el diente y me encontré con un manjar de coco dentro. Mucho coco. Todo coco. No soy muy de cocos yo pero es que lo que lleva dentro la Bounty (la chocolatina, no el barco del motín) es puro coco con un frescor como de islas paradisiacas. Casi alcanzo un orgasmo de azúcar en el autobús. Fue el ruído del motor el que evitó que se escucharan mis ummmm y mis ahhhh de placer indecible. Desde entonces no hay día que pase sin pasar por la tienda de chucherías de la estación de autobuses a por una Bounty que degusto muy a gusto en secreto.

El otro día salió en un diálogo de la clase algo acerca de dulces y chocolatinas. Hay alguna chocolatina en especial que te guste?, preguntó Lindsay. Y me lo puso en bandeja. Ella esperaba una descripción de la chocolatina que pusiera a prueba mi inglés pero la descripción se basó en onomatopeyas, miradas en blanco y las manos en gesto de contener el babeo de la boca. Se rió. Sobre todo cuando le dije que en el autobús había un tipo serio que de pronto abría el maletín de los documentos y el portátil y en vez de un dossier de algo extraía, para desconcierto de la mirada del viajero de al lado, una Bounty y hacía ñam ñam.

El tipo era y soy yo los lunes y los miércoles.

Dijo Lindsay que se le estaba despertando la curiosidad aunque ella no es muy de coco. Yo le dije que tampoco era, en pasado, past, porque ahora soy todo coco (y no precisamente intelectual). Oh, exclamó ella aunque, como sabemos, hay que escucharlo Ou. Yes, yes, insistí yo.

Y por eso le he llevado una Bounty. Igual igual (again) que cuando Kevin Arnold le llevaba una flor a Miss White, la dulce profesora de lengua que sonreía al tiempo que ladeaba la cabeza suavemente. Lo hizo hasta el capítulo 68. Luego lo seguiría haciendo, seguro, pero nosotros ya no lo vimos.

Pero eso (lo de la Bounty) ha sido después. Antes he tenido una cita con mi psicoanalista. Ambos nos teníamos un poco olvidados y eso es buena señal. O no. Porque creo que nos tenemos mutuo afecto, aunque hoy le he dicho que me impone un poco. Él: yo? y Yo: sí, yo diría que sí, pero tiene su punto eso.

También ha tenido su punto que haya venido a coincidir esta cita con la crisis de ansiedad del pasado sábado. Si no, la consulta habría sido como la visita a un conocido, qué tal, bien, tirando, tú, pues estresado, pero es que también vosotros os estresáis?, pues claro, hombre.

Habría sido una conversación así pero pasando por caja. Al menos hoy había motivo para invertir, otra cosa es que sacáramos algo en claro.

-Por la razón que sea, hay gente que ve en tí algo parecido a un terapeuta.

-¿En serio?

-Sí -y se ha atusado el bigote mirándome fijamente (tiene bigote? ah si, tiene barba y bigote pero de pocos días, recortada)

– …

– …

-Sí, y creo que hay gente que encuentra en tí afecto, aunque apenas te conozca.

-Vaya.

-…

-…

-¿Por qué crees que se da eso?

Si me lo hubiera preguntado un par de horas después habría dicho: ¿Porque saco del maletín una Bounty de regalo mientras digo tacháaaan? Pero todavía no se me había ocurrido lo de la Bounty y, además, uno no cambia afectos por chocolatinas. En todo caso, uno tiene un detalle simpático con alguien a quien tiene en estima.

El psicoanalista ha dicho que habrá que pensar en ello. Bien. Pero mientras tanto, él piensa que es bueno que pasen crisis como la del sábado, a pesar del mal rato. ¿Y eso? Porque descargan la atmósfera emocional. Lo que habrá que encontrar es la razón de la carga emocional.

-O sea, la X.

-La X, sí.

-Ahm. Interesante entonces.

Dos horas después, Lindsay degustaba una barrita de Bounty mientras yo le leía en voz alta “El fantasma de Canterville” de Oscar Wilde. Me corregía algunas palabras (de eso se trataba) al mismo tiempo que el pobre fantasma agitaba inútilmente sus cadenas oxidadas, y me hacía continuar diciendo a little more, a little more, interesada como estaba en ese cuento ácido y divertido que no conocía. El miércoles, el desenlace.