Reading

A eso de las 2 de la tarde, en clase de inglés con Lindsay, yo estaba preparado para muchas cosas. Para escuchar el relato de sus vacaciones, para seguir estudiando los infinitos usos del get-más-lo-que-sea y para hablar de cómo cantaba Irene Cara aquella canción, “Out here on my own”, durante la cual querías ser su pianista acompañante.

Estaba preparado para todo eso menos para que, de pronto, me soltara, con todo su tacto y su dulzura, eso sí, que igual se marcha en Diciembre. Y ha sido muy raro porque ha dicho eso y, como queriendo cambiar de tema rápidamente, ha ido a decir de seguido que tengo un corazón grande y ni me ha dado tiempo a preguntarme a qué venía lo segundo y ni siquiera a tomármelo como un halago porque para entonces mi mano se había ido instintivamente al pecho del disgusto y en castellano bien claro le he dicho que no sé, chica, porque ahora mismo lo tengo encogidico, pero encogidico. Ha sonreído aclarando, muy profesora ella, que no es seguro pero que maybe y hacía así con la mano en el aire, girando la muñeca de izquierda a derecha que es como se calibran las cosas a falta de margarita que deshojar. Me he sentido como Kevin Arnold ante Miss White, y se me ha puesto la congoja en la garganta.

Ante la perspectiva de quedarme huérfano en diciembre, no tanto de profesora de inglés sino de una persona a la que echaría mucho de menos, pero que mucho, de pronto las dos horas han adquirido la categoría de algo importante que merecía degustar minuto a minuto. He sacado de la bolsa del portátil mi vieja edición Penguin de “El guardián entre el centeno” de Salinger en versión original y he sugerido leer en voz alta un trocito, no sé, me ha dado por ahí, para que me echara una mano con la pronunciación y las dificultades del texto, y a ella le ha parecido muy bien porque, además, no conocía la novela. Me ha sorprendido un poco eso, así que por si acaso le he puesto en antecedentes sobre la obra.

A la hora en que la gente está comiendo y la parte antigua de Pamplona queda momentáneamente envuelta en un silencio de domingo he empezado a leer con sumo placer ese fantástico y transgresor  primer párrafo que dice If you really want to hear about it, the first thing you´ll probably want to know is where I was born, and what my lousy childhood was like, and how my parents were occupied and all before they had me, and all that David Copperfield kind of crap,

-Oh, my gosh!

…but I don´t feel like going into it. In the first place, that stuff bores me, and in the second place, my parents would have about two hemorrhages apiece…

-(risas)

…if I told anything pretty personal about them. (Ehm, a little more?)

-Oh, yes, please.

Al otro lado de los cristales del balcón, haciendo aguas como todos los cristales antiguos, el sol que hasta ese momento estaba en la vertical acababa de iniciar un pequeño movimiento destinado a que la luz pintara en las fachadas el anuncio de que ya empieza la tarde y Lindsay y yo estábamos leyendo el comienzo de “El guardián entre el centeno” sentados alrededor de una mesa camilla y yo estaba a gusto en Abril y triste (maybe) en Diciembre y me ha dado por pensar en la de rascacielos que habrá visto esta chica antes de ir a parar a esa mesa camilla, en un piso antiguo, con cuatro cosas como corresponde a un piso de paso pero con las cuatro tuyas, suficientes para ponerle a la casa tu firma; y pensaba en la de hospitales que he tenido que ver yo hasta encontrar el elixir que me permitiera estar allí arriba en el torreón del quinto piso, escaleras de madera irregulares y sin ascensor, poniéndole voz a Holden Caulfield de manera temeraria y con torpeza, vale, pero contento de contarle a Lindsay el comienzo de esa historia maravillosa antes de que llegue diciembre y maybe.

3 pensamientos en “Reading

  1. toni

    aunque las relaciones se terminen porque uno de los dos se mude, en realidad no se terminan. porque siempre quedan unos dedos tocando la puerta y entrando despacio con un se puede?, a lo que siempre, todas las veces, se responde con un claro que se puede, hombre, claro que se puede. y la afirmación se firma con una sonrisa de oreja a oreja. pero de las de cómo me alegro de verte. y eso, al principio, es triste, pero luego ya no. sobre todo si se lleva el guardián entre el centeno entre los dedos.

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