Exclusión

El 21 de Marzo de 1985, trigésimo centenario del nacimiento de Johann Sebastian Bach, a primera hora de la mañana había clase de Ciencias pero yo decidí no aparecer por el colegio. Razones tenía. Por lo menos dos. La primera fue recordar que la tutora de primero de BUP nos había dicho al comienzo de curso, nada más entrar en el aula, que allí estaban los que se iban a decantar por ciencias o letras.

Me sentí excluído del párrafo con cierto desconcierto.

La segunda razón era que la profesora de ciencias y la tutora eran la misma persona, lo que suponía una desafortunada coincidencia. Recuerdo que en su discurso de bienvenida, si así se puede calificar al discurso, advertí cosas en ella que me desagradaron de tal manera que dejé de lado mi desconcierto para asumir con alivio mi condición de excluído hasta el punto que, si era necesario, me autoexcluía yo mismo y punto. Lo que me desagradó era que bajo ese aire de colegueo cutre personificado en monja con vaqueros ajustados había una mirada muy rara, dura; y luego me llamó la atención advertir una sutil intención de avergonzar a las chicas con el tema de la menstruación, que sacó a relucir sin venir a cuento varias veces. Desde mi recién estrenada exclusión, que me permitía desconectar del hilo general de la presentación del curso para fijarme con detalle en asuntos extra-académicos, noté que ese desprecio en las formas y esa fijación en el fondo escondía un punto de íntimo regocijo por lo que deduje que vaya elementa se nos venía encima. Años más tarde ella se excluyó de monja y en la curia se comentó, con alivio, que se había hecho legionaria.

Cómo te quedas.

Yo me quedé sin ir a clase. En lugar de eso me refugié en casa de mis abuelos, que estaba vacía porque se habían ido a pasar el invierno a Alicante. Qué tiempos aquellos en los que había abuelo y en los que la abuela del blog estaba más fresca que una rosa y sin arrugas, haciendo rosquillas y rezando rosarios por igual, es decir, por docenas.

La casa estaba fría porque el calor estaba en Alicante desde hacía unas semanas así que dejé la mochila en el recibidor y sin quitarme el abrigo entré en el despacho del abuelo para sentarme en su silla giratoria. Giré hacia la derecha y hacia la izquierda con las manos apoyadas en la mesa. Había notas y montoncitos de sellos de la colección en la que iba colocando por orden las horas de su jubilación. A mi espalda, a la izquierda, había un equipo de música que le habían comprado para nada porque él ni sabía utilizarlo ni encontrarle utilidad. Yo sí. Esa mañana puse la radio y José Luis Perales hizo sobresaltar el silencio de tres meses de esa casa con su Te Quieeeeeerooo a toda pastilla.

Rápidamente, eché mano a la rueda del volumen con los latidos del corazón en la garganta. ¿Llamaría la vecina a la policía? Busqué entre los vinilos que alguien había dejado en los bajos de la cadena de música. Encontré un disco de Barrio Sésamo y la versión Hispavox de “La del manojo de rosas”. Una mezcla muy rara para la mañana de un excluído del sistema escolar así que localicé la emisora de música clásica en el dial y, como era de suponer, sonaba Bach. Cuarto Concierto de Brandenburgo, lo recuerdo perfectamente. Me levanté de la silla y empecé a dirigirlo con las manos. Mientras subrayaba en el aire la polifonía que las flautas dibujaban con su aliento pensé en ese niño tan aplicadito que había sido yo hasta que las monjas lo empezaron a echar a perder. Recordé que, sin embargo, todavía seguía siendo delegado de clase y dirigir el cuarto de Brandenburgo siendo delegado mientras los demás estaban en clase de Historia, por mucho que fuera el cumpleaños de Bach, no sé si me hizo sentir un poco culpable o henchido de gozo. Los cargos tienen sus privilegios.

Sonó Bach desde la clase de ciencias hasta la de matemáticas, con el intermedio del recreo, y a la hora de la salida del colegio apagué el aparato de música, la luz de la lámpara del despacho, cogí la mochila y salí de la casa de los abuelos cerrando con dos vueltas, tal y como decían ellos: si vas alguna tarde a merendar, cierra con dos vueltas.

La cosa coló sin mayor problema porque, por entonces, ya tomaba antiinflamatorios con receta de veterinario y eran frecuentes mis salidas intempestivas (a primera hora, a mitad de Lengua, a última de la mañana) a la consulta de los médicos. Quizá por eso repetí excursión (y curso).

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