Archivo por meses: abril 2009

Directo

Corey VidalEs Corey Vidal, a quien estoy viendo jugar en directo con su nuevo artilugio electrónico (no es una pajita para beber un mega refresco, sino un distorsionador de voz) mientras tecleo este post. Pulso las teclas del ordenador mientras él pulsa las del piano digital. Se ha levantado a las 7:30 de la tarde, ha enviado un mail avisando que empezaba una de sus emisiones desde su apartamento de Canadá (“tenía una casita pequeñita en Canadáaa, la la la”). Ejem. Bien, dónde estaba. Sí, en lo del aviso por mail. Ha conectado su cámara y se ha hecho un desayuno nocturno batiendo en uno de esos aparatos de teletienda un plátano, varias fresas, leche, y helado de vainilla.

(Un inciso: me produce una cierta desazón comprobar cómo allí (quien dice allí es Norteamérica y Canadá) hay una estética culinaria que prima sobre cualquier otra cosa de tal manera que el plátano no tenía una sola sombra ni siquiera en la piel, su contenido parecía diseñado a conciencia y las fresas tenían todas el mismo tamaño y ni pizca de gradación en su color). Cómo sabrá eso, me pregunto. Fin del inciso)

Tras el desayuno, y dada la hora, ha decidido cenar de postre. Pero ha querido hacerlo de manera práctica. Así, aprovechando el mismo recipiente donde la máquina de la teletienda había convertido en batido los ingredientes anteriores, ha procedido a colocar en su interior unas salchichas troceadas, ketchup y mostaza. Cuando le he visto las intenciones y antes de sentir un no se qué en el estómago he desconectado por unos segundos la señal de vídeo. Si él quiere revolver todo eso para hacer un zumo de salchicha a mí que no me revuelva el estómago.

En la tarjeta de visita de Vidal pone bailarín-cantante-actor. Lo ponía antes de hacerse mundialmente conocido, exactamente 4.646.571 de veces conocido (en el momento de redactar este párrafo) con su genial vídeo “Star Wars, un tributo a capella a John Williams a 4 voces”. Genial, asombroso y apabullante en su realización, su interpretación, en la hábil combinación de temas de Williams (en los tiempos clásicos eso sería un Quodlibet; en los tiempos de las cintas de cassette en las gasolineras sería un Popourrí), la armonización y, ojo al dato, en su capacidad para contar cantando una síntesis de la saga galáctica casi a la velocidad de la luz: 4 minutos y 10 segundos. Mira:

Lo que decía, asombroso. Un talentazo.

Lo que no sabía Vidal es que su vida no sólo iba a verse transformada por estos cuatro minutos diez sino que la pataleta del gigante Warner exigiendo la retirada del vídeo a YouTube por la infracción de los respectivos copyrights iba a marcar un antes y un después en el quién manda aquí a partir de ahora, y si lo quieres entender bien y si no, también. Qué poca sensibilidad la de estos señores ejecutivos ante un sentido homenaje a Williams. Es que lo irritante ya no es que no aprecien el talentazo de Vidal sino que le chafen la ilusión por homenajear al maestro y, de paso, a la saga que marcó nuestras alucinadas infancias de espadas de luz y halcones milenarios.

En fin.

Lo que sucedió es que YouTube acató la orden, Vidal se fue a hacer unos batidos de algo muy cabizbajo y Warner se fue a celebrarlo a un restaurante de esos en el que los tiburones de despacho afilan los colmillos con menús de cinco limas sin sospechar que había prendido la mecha de la dinamita. En cuestión de minutos, decenas de miles de usuarios de todo el mundo clonaron y distribuyeron masivamente el vídeo de Vidal dejando en evidencia lo evidente: que el viejo modelo de las discográficas ya no sirve, murió sin que sus vísceras se den por enteradas y se atrincheren en el formol confiando en una resurrección que nunca vendrá. Renovarse o morir. Pues aún se dejarán morir del todo antes de renovarse, seguro, porque siempre han hecho lo que les ha dado la gana menos una cosa: discurrir más allá de un slogan para la canción del verano o no pensar en un horizonte de futuro de más allá de la lista de éxitos de la semana.

La saga, digo, el culebrón, terminó devolviendo la genialidad de Vidal a la red y certificando el enorme poder de esa astronómica masa de personas que le apoyaron espontáneamente y que entendieron que el tributo de Vidal a Williams era eso: un tributo y además una gozada. Y creo que digo bien: certificando su poder porque el poder ya estaba en ellos. Por si fuera poco, el vídeo de la discordia consiguió un espaldarazo definitivo al ser nominado en la pasada edición de los CBS Peoples Choice Awards. Un vídeo de un ciudadano anónimo colgado en YouTube en la alfombra roja de los grandes. Toma ya.

Corey Vidal hizo el anuncio del retorno del vídeo (que no del Jedi) desde la norteña y gélida casa de sus padres donde había ido a refugiarse de la tormenta de querellas, abogados y amenzas que le desbordó. Ese vídeo es muy interesante por varios motivos: el primero porque muestra que Vidal le gusta a la cámara. La cámara ve en él un caballero Jedi, digámoslo así, y la Fuerza le acompaña. Mira:

El segundo motivo es que, para entonces, Vidal ya había hecho de aquello un prometedor negocio que empezó en las camisetas y siguió en conversaciones sobre posibles contratos para hacer algo en la tele sobre lo sucedido. Es decir, de alguna manera, Vidal se convertía así en otra industria que explotaba comercialmente el éxito de un producto que había nacido sin esas pretensiones. Pero a mi no me preocupa tanto esa posible contradicción como el hecho de que por un tiempo pareció volverse un poco pesadito y tontorrón. Por eso el echarle un ojo de vez en cuando, cuando son las 8 de la tarde allí y las 2 de la madrugada aquí y sigue hablando y cantando y ensayando mientras yo tecleo este post.

Himno

Y de pronto descubres esto:

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Y ya no te lo puedes quitar de la cabeza.

Empieza a ser raro encontrar música coral nueva que, además de acariciar los oídos, se moleste en trazar una cuidada conducción de las líneas melódicas que termina por acariciarte por entero. Hay obras, muchas, que consiguen lo primero pero cuando miras la partitura, que es la radiografía del cuerpo sonoro, haces un así con el gesto porque tienen algún esguince o rotura de ligamentos.

Tengo alma de contrapuntista, es cierto; veo lo horizontal antes que lo vertical, le doy una importancia esencial a la proyección de las líneas sonoras en la horizontalidad del papel, del espacio acústico y hasta las imagino así en el pensamiento. Busco eso siempre que eso esté subordinado al interés musical, claro; no se trata de hacer música escolástica que cumpla con los rigores de a saber qué matemática que, al final, da como resultado un silencio sin decimales. Hay quien hace un crucigrama perfecto con un enjambre de líneas y se cree contrapuntista y, por extensión, músico sabio, cuando en realidad lo que hace es un virtuoso ejercicio de ganchillo con las líneas contando los puntos en bisbiseo, como hacía la abuela. Yo me conformo con ser músico contrapuntista aunque sea sin la peluca de la sapiencia.

Si el contrapunto se sirve de la música como pretexto para hacer matemáticas, mala cosa. El contrapunto es otra cosa. Pero aún hay algo peor: el músico que acaricia el oído despreocupándose de la caligrafía que tanto tiene que decir en el poema musical. Después de un tiempo viendo partituras llenas de la palabra alma escrita con hache o con algún que otro cruce de cables melódico donde tropieza el fluir individual del conjunto, es una gozada encontrarse con lo de arriba, y reencontrárselo cada vez que le das al play.

De justicia es señalar que es una miniatura de Erhard Mauersberger (1903-1982), que fue niño cantor en el Coro de Santo Tomás de Leipzig, el coro que dirigió Bach, luego fue organista en la iglesia donde Bach fue bautizado y ya, de mayor, volvió a Santo Tomás para ser Kantor y dirigir al coro, como lo hizo Bach al final de sus días. La de Mauersberger fue una existencia a la estela de la de Bach. Cuando se jubiló, en 1971, no se resignó a dar paseos por el parque dando de comer migas a las palomas sino que lo hizo al mismo tiempo que se dedicó a componer unos motetes para el coro. Cuál? Pues cuál va a ser, el de toda la vida, el de toda su vida, el de Santo Tomás. Es el mismo coro y desde la misma iglesia donde escuchamos este precioso himno para los oídos y para la vista y desde ahí se bifurca hasta el último rincón del espíritu.

Chocolatina

Le he llevado a Lindsay una chocolatina.

Sí.

Pero tiene una explicación.

Hay chocolatinas y chocolatinas y luego está Bounty, el último (y casual) descubrimiento del paladar ahíto de su chute de azúcar. Iba escaso de azúcar un día cuando entré en la tienda de chucherías de la estación de autobuses y cogí una barra al azar y deprisa porque casi me quedo en tierra. Y una vez en el autobús abrí el envoltorio y había una barrita blanda recubierta de chocolate, ñam ñam; le hinqué el diente y me encontré con un manjar de coco dentro. Mucho coco. Todo coco. No soy muy de cocos yo pero es que lo que lleva dentro la Bounty (la chocolatina, no el barco del motín) es puro coco con un frescor como de islas paradisiacas. Casi alcanzo un orgasmo de azúcar en el autobús. Fue el ruído del motor el que evitó que se escucharan mis ummmm y mis ahhhh de placer indecible. Desde entonces no hay día que pase sin pasar por la tienda de chucherías de la estación de autobuses a por una Bounty que degusto muy a gusto en secreto.

El otro día salió en un diálogo de la clase algo acerca de dulces y chocolatinas. Hay alguna chocolatina en especial que te guste?, preguntó Lindsay. Y me lo puso en bandeja. Ella esperaba una descripción de la chocolatina que pusiera a prueba mi inglés pero la descripción se basó en onomatopeyas, miradas en blanco y las manos en gesto de contener el babeo de la boca. Se rió. Sobre todo cuando le dije que en el autobús había un tipo serio que de pronto abría el maletín de los documentos y el portátil y en vez de un dossier de algo extraía, para desconcierto de la mirada del viajero de al lado, una Bounty y hacía ñam ñam.

El tipo era y soy yo los lunes y los miércoles.

Dijo Lindsay que se le estaba despertando la curiosidad aunque ella no es muy de coco. Yo le dije que tampoco era, en pasado, past, porque ahora soy todo coco (y no precisamente intelectual). Oh, exclamó ella aunque, como sabemos, hay que escucharlo Ou. Yes, yes, insistí yo.

Y por eso le he llevado una Bounty. Igual igual (again) que cuando Kevin Arnold le llevaba una flor a Miss White, la dulce profesora de lengua que sonreía al tiempo que ladeaba la cabeza suavemente. Lo hizo hasta el capítulo 68. Luego lo seguiría haciendo, seguro, pero nosotros ya no lo vimos.

Pero eso (lo de la Bounty) ha sido después. Antes he tenido una cita con mi psicoanalista. Ambos nos teníamos un poco olvidados y eso es buena señal. O no. Porque creo que nos tenemos mutuo afecto, aunque hoy le he dicho que me impone un poco. Él: yo? y Yo: sí, yo diría que sí, pero tiene su punto eso.

También ha tenido su punto que haya venido a coincidir esta cita con la crisis de ansiedad del pasado sábado. Si no, la consulta habría sido como la visita a un conocido, qué tal, bien, tirando, tú, pues estresado, pero es que también vosotros os estresáis?, pues claro, hombre.

Habría sido una conversación así pero pasando por caja. Al menos hoy había motivo para invertir, otra cosa es que sacáramos algo en claro.

-Por la razón que sea, hay gente que ve en tí algo parecido a un terapeuta.

-¿En serio?

-Sí -y se ha atusado el bigote mirándome fijamente (tiene bigote? ah si, tiene barba y bigote pero de pocos días, recortada)

– …

– …

-Sí, y creo que hay gente que encuentra en tí afecto, aunque apenas te conozca.

-Vaya.

-…

-…

-¿Por qué crees que se da eso?

Si me lo hubiera preguntado un par de horas después habría dicho: ¿Porque saco del maletín una Bounty de regalo mientras digo tacháaaan? Pero todavía no se me había ocurrido lo de la Bounty y, además, uno no cambia afectos por chocolatinas. En todo caso, uno tiene un detalle simpático con alguien a quien tiene en estima.

El psicoanalista ha dicho que habrá que pensar en ello. Bien. Pero mientras tanto, él piensa que es bueno que pasen crisis como la del sábado, a pesar del mal rato. ¿Y eso? Porque descargan la atmósfera emocional. Lo que habrá que encontrar es la razón de la carga emocional.

-O sea, la X.

-La X, sí.

-Ahm. Interesante entonces.

Dos horas después, Lindsay degustaba una barrita de Bounty mientras yo le leía en voz alta “El fantasma de Canterville” de Oscar Wilde. Me corregía algunas palabras (de eso se trataba) al mismo tiempo que el pobre fantasma agitaba inútilmente sus cadenas oxidadas, y me hacía continuar diciendo a little more, a little more, interesada como estaba en ese cuento ácido y divertido que no conocía. El miércoles, el desenlace.

Mail

Hasta ahora, este blog se había hecho eco de que mi amigo Pello tiene unos horarios monacales. Desde mucho tiempo antes, este blog sabe que mis horarios son otros, y que ambos tenemos un concepto algo distinto acerca de lo que se considera “primera hora de la mañana”.

Lo que el blog todavía no sabía es que Pello tiene un ordenador que envía los mails a tamaño de letra gigantesco, cosa que me divierte mucho, porque es como si las palabras te llegaran en voz alta sin que él se de cuenta y siga hablando con el tono moderado y cordial que le caracteriza. Esto es lo que leí la otra mañana todavía con la legaña puesta:

Pero, efectivamente, Pello cayó en la cuenta in extremis de que a ciertas horas de la mañana (o debería decir madrugada), los noctámbulos todavía no funcionamos en el mundo, y se puso a esperar pacientemente…

…para comunicarme una buena noticia sobre un proyecto profesional que me sorprendió un poco primero y me alegró un mucho después. Habrá tiempo de hablar de ello.

Crisis

Después de una semana de intensa actividad, me había reservado la noche de sábado para mí: tranquilidad, silencio, quizá un poco de lectura, probablemente una película. Pues nada de eso. A los pocos minutos de terminar de cenar, cuando me disponía a escribir un post (no este, otro del cual ya he perdido las ganas) me ha entrado una crisis de ansiedad de las de antología.  De repente. Dolor en el pecho, dificultad para respirar, algo que sube directamente hacia la angustia, calor…

Lo frustrante de una cosa así es que lo empiezas a pasar mal mientras te haces una serie de preguntas que no parecen tener respuesta. Por ejemplo, ¿por qué se desencadena una crisis tan fuerte si no hay motivo, si yo estaba hoy tan tranquilo, si no ha ocurrido nada ni preocupante ni estresante, si no hay nada preocupante (espero) ni especialmente estresante en un futuro inmediato? Ni idea. Pero he tenido que recurrir con rapidez a la pastillita destinada por el médico para estos casos desde hace tiempo, pastillita que, por cierto, no es un ansiolítico. Es un antiepiléptico. ¿Por qué un antiepiléptico modula estas crisis de ansiedad si en teoría no sirve para eso y, además, yo no tengo epilepsia? Otra pregunta sin contestar. O sin contestar satisfactoriamente porque hasta ahora, que un antiepiléptico fuera el único agente eficaz para moderar esas crisis inmotivadas que surgieron hace unos años parecía apuntar a un elemento externo (la administración quincenal de los anti-TNF) como responsable del cortocircuito biológico. Pero es que justamente estoy ahora, hoy, en el ecuador de la administración de los mismos, hoy hace una semana que me inyecté la última dosis y hasta dentro de una semana no habrá otra.

Cuando te viene una crisis de ansiedad tan fuerte y tan rápido la pastillita hace lo que puede, que siendo mucho no lo es todo, por eso hay que recurrir a una segunda un tiempo después. Cuando surge un movimiento sísmico con epicentro en el pecho que emborrona de negro el registro de los sismógrafos ocurre que después vienen pequeñas réplicas y, sobre todo, ocurre que luego te quedas en un estado raro, como un edificio con grietas, apoyado todavía sobre los cimientos pero con la desazón bajando por las escaleras. Porque entonces no puedes decir que te has quedado bien, te quedas inevitablemente quieto inquieto al mismo tiempo, algo ausente de no se sabe qué, como con una capa de tristeza a modo de barniz allá donde antes había marejada, sin ganas ni ánimo para leer un poco, o ver la película que, al fin, tras una semana de trabajo intenso, te apetecía ver tranquilamente.

Te encuentras de repente con un sábado por la noche al que se le ha puesto un calderón sobre el compás, como si se hubiera detenido. Y entonces la frustración se completa uniendo a los interrogantes sin respuesta, a la recaída inesperada y al mal cuerpo la pérdida de este pequeño tiempo libre de descanso que necesito como todo el mundo, sobre todo después de una semana movida de ocupaciones.

A estas alturas de la noche, las dos pastillitas te dicen que te acuestes pero en el pecho todavía se producen pequeñas réplicas al terremoto de hace un par de horas; mientras tanto, la voluntad se niega a apagar la luz y, como en otras ocasiones, te pide quedarte sentado un rato largo sin hacer nada más (y nada menos) que respirar la quietud mientras el reloj hace la excursión por la madrugada. Es todo confuso. Como además estas crisis están clasificadas por los médicos como “inespecíficas” o como “efecto secundario de un medicamento experimental” (y por tanto, inexpugnable a las soluciones), da lo mismo que comuniques que ha habido crisis o que no la ha habido, si ha sido de intensidad alta o media, si ha resquebrajado la fachada o si solo se ha dejado notar en los pisos altos. La única certeza es que pasó y que pasará de nuevo y que pase el siguiente paciente. Esa impaciencia o impotencia es suficiente como para causar otra crisis de ansiedad. Estas cosas queman mucho por dentro, más de lo que pueda suponerse, y cansan y dejan su cicatriz.

Voces (IV)

Irene Cara: “Out here on my own” (Michael Gore).
Videoclip de la película “Fama” (Alan Parker, 1980)

La interpretación que Irene Cara hace de esta preciosa canción es absolutamente maravillosa. Y el papel que Michael Gore da al piano, tan singular, percusivo pero siempre lírico, algo más que un acompañamiento de la voz, es memorable. Que a contratiempo se esté anunciando un remake de esta película que cerró los 70 con candado de oro es una lamentable desgracia. Yo me consuelo con el vídeo de arriba.

Libros

Día del libro. De cuál? De cualquiera que merezca la pena. Esos libros son los que te sirven de espejo, o los que te sirven como mapa, o los que te zarandean, o los que hacen entrar por tus pupilas una emoción intensa (o varias) o consiguen ponerte en los labios una sonrisa. Los que huelen bien, esos también. Y los de Flanagan, último de mis amores, aunque haya tardado quince años en descubrirlo. Me he dado cuenta de que todos los libros que pasan a formar parte del montón de los libros especiales son aquellos en los que me encuentro a mí mismo, bien porque sí, bien porque no, bien porque parecido o podría ser. Eso pasa. Hasta en los libros de mentira, algunos de los cuales me parecen de verdad. Van a llamarme en veinte minutos de la radio para hablar de libros. No sé si del libro en sí, de algún libro en concreto o del acto íntimo de la lectura. No importa. Luego salgo pitando para Pamplona, donde tenía que estar llegando ahora si no fuera por el aviso de la radio. Feliz día del libro. Unas rosas para los que tengan la costumbre. Julio para una Rosa. Páginas emocionantes para todos.

(“La soledad de los números primos” sería un buen libro para regalar este año, si se me acepta la sugerencia)

Entrega

A una semana del primer aniversario del fallecimiento de Adrián en accidente, esta tarde he entregado a sus padres la partitura que nació en su memoria. Llevaba esperando todo este tiempo en una carpeta pero, aunque ya había estado hace unos meses con Mariaje y Javier, sus padres, sentí que la entrega debía esperar el momento oportuno, sin saber muy quién qué determinaría que tal momento había llegado. Creo que el momento era ya, era hoy, era uno de estos días, y así lo he podido comprobar por su actitud emocionada pero serena, con la herida abierta todavía pero mostrando un cariño y un afecto que ha hecho de la velada un rato muy agradable.

Es un misterio el proceso de la creación musical. Como tal lo he experimentado en no muchas ocasiones pero siempre me ha producido la misma perplejidad. Los hechos parecen corroborar a los médicos la sospecha de que los anti-TNF bloquean algún neurotransmisor situado en el área cerebral donde, al parecer, reside la creatividad. A un agente de bolsa quizá no le importe, a mí bastante. Traducido en mi experiencia cotidiana, eso supone que yo me siento al piano frente a una página en blanco y tengo que sudar la camiseta, y eso en los mejores casos; por lo general experimento algo parecido a una sordera y una ceguera para las notas, los acordes, los ritmos y la imposibilidad de encontrar el extremo de un hilo melódico y tirar de él para que tome aire y aliento. Sé que ya lo he escrito así o de manera similar otras veces en este blog pero es una experiencia que así o de manera similar la he vivido un número de veces tal que ya no puedo precisar.

Sin embargo, los escasos segundos que duró hace un tiempo una vivencia casual y anecdótica que para mí queda produjo el efecto similar al chasquido de dedos que hacen frente a tus ojos cuando te quedas mirando a las musarañas y eso activó el proceso para escribir ahora esto, ahora lo otro, y así sucesivamente formando un canal y una forma de comunicación que, quién nos lo iba a decir entonces, me proporcionaría el lenguaje más adecuado para poder decir lo que las palabras a veces no aciertan a poder expresar, como ocurre en casos como el acontecido a Adrián, el chico cuya pasión era surcar los cielos, y cuyo contenido he entregado hoy a sus padres en cuatro páginas de papel pautado, voces blancas, ámbito tonal de Sol, fechadas en Mayo de 2008.

A partir de ese momento, todavía el eco del chasquido mantuvo despierta un tiempo más la mirada de ver música en la hoja en blanco y, poco después, la puerta del compás, la fórmula química que combina los acordes, la intuición que resuelve el puzzle de la estructura mostrando la imagen sonora de las cosas, volvió a dormirse. Esto fue a finales del verano pasado. Desde entonces he recorrido con frecuencia los escasos segundos que duró hace un tiempo aquella vivencia casual y anecdótica que para mí queda; la reconstruyo paso a paso intentando encontrar alguna pista que explique ese chasquido de dedos ante mis narices que encendió la luz súbitamente. Sólo acierto a decirme que así fue. Unos segundos de casualidad son un pequeño milagro al que quizá no haya que buscarle explicaciones. Deja su huella indeleble recordándote que lo viviste y que fue una suerte. Y eso es más que suficiente.

Talla

Hacía tiempo que no mantenía un cara a cara con mi sobrina a la hora de la comida, a solas, frente a frente, y lo echaba de menos porque ella me informa del mundo de una manera que aprecio sobremanera. La última vez ella necesitaba un cojín para llegar a la mesa y todavía no se le habían caído las paletas. Después vino Carlos y entonces tuve dos informadores emitiendo en estéreo, uno para el oído derecho y el otro para el izquierdo, con ciertas discrepancias acerca de los mismos hechos, como si tuviera sintonizados dos canales de información de diferente línea editorial. Eso también es muy interesante pero hoy Carlos estaba de corresponsal en alguna excursión del cole. El próximo día contará sus impresiones, supongo. Hoy, Isabel y yo hemos compartido spaghuetti aliñados con conversación.

Yo: ¿Están ricos los spaghuetti?
Ella: (asintiendo con la cabeza)
Yo: ¿Sabes quién los ha hecho?
(hay que fardar un poco)
Ella: Mmm, ¿la abuela?
Yo: no, no.
Ella: pues… no sé.
Yo (herido un poco en el amor propio): ¿cómo que no sabes? Los ha hecho el tío.
Ella: ahhhhh! (sonrisa y mirada de refilón) Ya lo sabíiiiiia!
Yo: Ah, bueno.

(Silencio)

-Oye, tío.
-Qué.
-¿Tú conduces coches?
-¿Yo? No.
-¿No?
-Pues no.
-Y entonces, ¿cómo vas a Pamplona, en avión?
-Uy, quita, quita, en avión no, que me da miedo.
-¿Te da miedo el avión???
-Sí, ¿a tí no?

Pero la pregunta se ha quedado sin respuesta y mis spaguetti han resbalado del tenedor ante la siguiente exclamación:

-¡Pero qué tío tengo que no conduce y tiene miedo a los aviones, hombre!
-¿Cóooomo?
-Que digo, que qué tío es este que…
-…ya, ya, si no soy sordo, pero qué pasa, es que uno no puede ir en autobús?
-No.
-¿No?
-No.
-¿Y por qué no?
-Porque en autobús van los niños a las excursiones del cole y los abuelos viejitos a los sitios.
-Vaya…

(silencio)

-…Pues chica, yo voy en autobús o en tren.
-Pues vaya!
-Cómo que “pues vaya”?
-Pues vaya qué tío este!
-Pero bueno, qué tía esta!
-(risas con los labios ribeteados de salsa de tomate)

Me he dado cuenta de que mi sobrina ya está en edad de tomarme el pelo y de partirse de risa a mi costa. Resignación. Es como si al mismo tiempo que va creciendo yo fuera menguando un poco de talla. Me temo que ahora ya no hay espacio en el menú para hablar del peso de las nubes y de los…

-Oye, tío.
(ay, madre)
-Qué…
-¿Luego vas a dormir una siestaaa?
-¿Yo? Pues no sé…
(precaución, precaución)
-… ¿por qué lo preguntas?
-Porque… la siesta es para los tíos feos y gordos y para los abuelos viejitos.
-¡Pero bueno!
(carcajadas)
-Pues a veces el tío se queda un poquito dormido pero el tío no es feo ni…
-Oye, tío…
-Quéeeeee…

Y así hasta el postre.

Reading

A eso de las 2 de la tarde, en clase de inglés con Lindsay, yo estaba preparado para muchas cosas. Para escuchar el relato de sus vacaciones, para seguir estudiando los infinitos usos del get-más-lo-que-sea y para hablar de cómo cantaba Irene Cara aquella canción, “Out here on my own”, durante la cual querías ser su pianista acompañante.

Estaba preparado para todo eso menos para que, de pronto, me soltara, con todo su tacto y su dulzura, eso sí, que igual se marcha en Diciembre. Y ha sido muy raro porque ha dicho eso y, como queriendo cambiar de tema rápidamente, ha ido a decir de seguido que tengo un corazón grande y ni me ha dado tiempo a preguntarme a qué venía lo segundo y ni siquiera a tomármelo como un halago porque para entonces mi mano se había ido instintivamente al pecho del disgusto y en castellano bien claro le he dicho que no sé, chica, porque ahora mismo lo tengo encogidico, pero encogidico. Ha sonreído aclarando, muy profesora ella, que no es seguro pero que maybe y hacía así con la mano en el aire, girando la muñeca de izquierda a derecha que es como se calibran las cosas a falta de margarita que deshojar. Me he sentido como Kevin Arnold ante Miss White, y se me ha puesto la congoja en la garganta.

Ante la perspectiva de quedarme huérfano en diciembre, no tanto de profesora de inglés sino de una persona a la que echaría mucho de menos, pero que mucho, de pronto las dos horas han adquirido la categoría de algo importante que merecía degustar minuto a minuto. He sacado de la bolsa del portátil mi vieja edición Penguin de “El guardián entre el centeno” de Salinger en versión original y he sugerido leer en voz alta un trocito, no sé, me ha dado por ahí, para que me echara una mano con la pronunciación y las dificultades del texto, y a ella le ha parecido muy bien porque, además, no conocía la novela. Me ha sorprendido un poco eso, así que por si acaso le he puesto en antecedentes sobre la obra.

A la hora en que la gente está comiendo y la parte antigua de Pamplona queda momentáneamente envuelta en un silencio de domingo he empezado a leer con sumo placer ese fantástico y transgresor  primer párrafo que dice If you really want to hear about it, the first thing you´ll probably want to know is where I was born, and what my lousy childhood was like, and how my parents were occupied and all before they had me, and all that David Copperfield kind of crap,

-Oh, my gosh!

…but I don´t feel like going into it. In the first place, that stuff bores me, and in the second place, my parents would have about two hemorrhages apiece…

-(risas)

…if I told anything pretty personal about them. (Ehm, a little more?)

-Oh, yes, please.

Al otro lado de los cristales del balcón, haciendo aguas como todos los cristales antiguos, el sol que hasta ese momento estaba en la vertical acababa de iniciar un pequeño movimiento destinado a que la luz pintara en las fachadas el anuncio de que ya empieza la tarde y Lindsay y yo estábamos leyendo el comienzo de “El guardián entre el centeno” sentados alrededor de una mesa camilla y yo estaba a gusto en Abril y triste (maybe) en Diciembre y me ha dado por pensar en la de rascacielos que habrá visto esta chica antes de ir a parar a esa mesa camilla, en un piso antiguo, con cuatro cosas como corresponde a un piso de paso pero con las cuatro tuyas, suficientes para ponerle a la casa tu firma; y pensaba en la de hospitales que he tenido que ver yo hasta encontrar el elixir que me permitiera estar allí arriba en el torreón del quinto piso, escaleras de madera irregulares y sin ascensor, poniéndole voz a Holden Caulfield de manera temeraria y con torpeza, vale, pero contento de contarle a Lindsay el comienzo de esa historia maravillosa antes de que llegue diciembre y maybe.

Album

Todavía estaban cantando en el post de abajo los chicos de la Coral San Juan Bautista de Leioa cuando me ha llegado al gadgeto-teléfono el mensaje de Garazi contándome que ayer resultaron ganadores del Primer Premio en el Certamen Coral de Ejea de los Caballeros (Zaragoza). También se llevaron el Premio del Público. No está nada mal para un grupo que lleva un año de andadura pero donde hay talento, hay talento. Como siempre, me alegro un montón y me alegro igualmente de que sigan acordándose de este rincón del Norte donde se les sigue queriendo y apoyando. Enhorabuena!

Periferia

Déjame entrarMe quedo tomando unas notas en y sobre la periferia de “Déjame entrar” (Tomas Alfredson, 2008), estrenada este fin de semana, porque ya entré en ella en un post no muy lejano. Varias notas. La primera es dar cuenta de la preciosa reseña que Carlos Reviriego hace de la película en el último número de la edición española de “Cahiers du Cinema” a propósito de la poética del fuera de campo. Luego están las voces entusiasmadas, o ensimismadas, que se han escuchado estos días, como la de Jordi Costa: “Una película que no es sólo buena: es única e importante, perturbadora, bellísima y brutal”.

No todos los días se estrena una película sueca y con pocos, muy pocos diálogos. Menos todavía en tiempos en los que las salas andan necesitadas de pirotecnias ruidosas para atraer a los espectadores a la taquilla. Es inevitable preguntarse, con cierta inquietud, si al ver en la sinopsis el asunto vampírico y el asunto adolescente los empresarios y distribuidores habrán pensado que tienen entre manos otro “Crepúsculo” y, por tanto, otro chollo, otra forma de hincarle el diente al bolsillo ajeno. No sé si lo que me preocupa de esa posibilidad es la salud de la sensibilidad de esos señores o que nos estén tratando como memos. Es probable que ambas cosas porque, a fin de cuentas, con tal de pagar entrada a ellos qué más les da.

No sé tampoco si habrán hecho cálculos respecto al retraso de su desembarco porque antes del estreno ya la podías ver en casa en Alta Definición y, además, en versión original. Que la película tenga poco diálogo no quiere decir que verla doblada sea una aberración porque hay poemas desnudos, estremecedores y estremecidos, que apenas ocupan una mínima porción de la página en blanco (en este caso la pantalla blanca que, a su vez, está perpetuamente nevada) y de esa desnudez brota precisamente todo su impacto. Tachar esos versos para poner otros encima, aunque sea con buena caligrafía, se llevará los vahos gélidos, los susurros nocturnos y el manto uniforme de silencio entre palabras llenándolo de pisadas.

Más allá de la liturgia de la sala de cine, “Déjame entrar” se ve, se escucha y se siente mejor fuera de ella. Las costumbres (no se concibe la versión original en el circuito comercial salvo en lugares concretos de grandes urbes) y la apuesta caprichosa de la tecnología por empeñarse en cultivar prodigios en unos lugares antes que en otros (la apabullante definición del BluRay confiere a estas noches nórdicas una presencia y una profundidad engullidora) son las responsables. La considerable riqueza que atesora esta película, tan amplia en lecturas y matices, es, sin embargo, la misma en todas partes y en cada proyección. Sólo hay que asomarse a ella bien abrigados y con el alma en el bolsillo.