Vuelo 30 marzo, 2009
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 11 comentarios , trackback-Es raro, pero me siento bien.
El médico ha levantado una ceja, se ha rascado la barbilla mirándome como si lo hiciera por encima de unas gafas imaginarias y luego ha apuntado algo en su carpeta.
-Asà que es raro que te sientas bien- ha dicho después de meditar un rato mis palabras y repitiéndolas en cursiva.
-Claro. Pero más raro será que la situación se mantenga. Asà que no sé.
-No sé?
-Es una forma de terminar el párrafo.
-Ajá.
El médico ha vuelto a rascarse la barbilla, pensativo.
Es cierto. Me encuentro bien. Por eso, después de esta visita madrugadora a mi psicoanalista, visita que ha dado mucho juego y mucho jugo porque hacÃa mucho tiempo que no nos veÃamos y porque él sigue dando vueltas a dos palabras que le dejé caer en su dÃa: infancia deshabitada, y pregunta mucho sobre eso y yo contesto dispuestÃsimo, he salido a la calle azul, verde y norteña de esta mañana pamplonesa y, para hacer tiempo, he entrado en El Corte Inglés.
Las fumigadoras de perfume de la primera planta no estaban, debÃa ser su dÃa libre, una suerte. He subido por las escaleras mecánicas pasando por la sección de señora, la de caballero, la planta joven, la de informática, la del espacio de cine y libros, la de menaje y varios y asà hasta encontrarme a las puertas de la cafeterÃa. Pero el destino es caprichoso y siguiendo la franja de color que te guÃa a través de los objetos de esa última planta que es un poco cajón de sastre (y desastre) de todas las plantas anteriores, me he encontrado con unas mesas de despacho perfectamente alineadas y separadas por una placa de metacrilato oscurecido. Como fondo, un cartel: Viajes El Corte Inglés. HabÃa un par de sillas vacÃas delante de la única mesa que parecÃa libre de ocupaciones y sin pensármelo dos veces me he sentado en una de ellas. Para cuando me he dado cuenta de lo sucedido ya era tarde.
-Buenos dÃas, en qué puedo ayudarle?
-Buenos dÃas. Me gustarÃa mirar posibilidades para un viaje a Nueva York.
Me he escuchado a mà mismo y me ha parecido muy rara la frase, como si la dijera otro. Pero algo habÃa que decir. Me he dejado llevar para ver qué pasaba.
-Para cuándo y cuántos dÃas serÃa?
-Para… Mayo y… una semana.
-Muy bien. Un momento, señor.
De repente me ha invadido un sentimiento de responsabilidad abrumador, como si hubiera accionado un mecanismo que fuera a desencadenar un desastre y tuviera que dar cuenta a la monja en el rato del recreo. Glups.
-ViajarÃa solo? -ha preguntado la amable señorita con los ojos puestos en el ordenador.
ViajarÃa solo? Buena pregunta.
-Con mi mujer.
-Muy bien.
Con mi mujer, me he repetido a mà mismo. Y de repente he sentido un plus de virilidad, como si hubiera hecho la mili o algo asÃ, adoptando el gesto de asentar la barbilla en la mano acodada en la mesa, si bien es cierto que con la otra, por debajo, me pellizcaba el muslo, como si me sintiera culpable y me castigara yo mismo sin esperar al castigo de la monja. Con mi mujer, me repetÃa por dentro con el mismo tono. Me la he imaginado. He imaginado su nombre, cuántas cosas compartirÃamos juntos, dónde nos conocimos, si leerÃa este blog a mis espaldas.
Me repetÃa “con mi mujer” y he pensado que lo mismo podÃa haber dicho “con mi marido” y me sentirÃa igual en esa comedia rara pero cierta, es decir, cierta porque realmente estaba interesado en tantear el cómo, el cuánto (sobre todo el cuánto) y demás cosas necesarias para programar un posible viaje a Nueva York, lo que pasa es que, no sabria decir la razón, me he puesto en la piel de otro que, en ese momento, hablaba con una seguridad pasmosa, como si tuviera dos hijos y unos suegros dispuestos a quedarse con ellos mientras durara una escapada a Nueva York. Ha faltado imaginar la razón de la escapada: si se debÃa a un merecido descanso, como terapia ante una crisis de pareja, o si era para recoger un premio. Qué se yo.
-Nuestros servicios incluyen la posibilidad de estar cubiertos las 24 horas por un número de teléfono atendido en español.
-Gracias pero no hay problema en eso.
Total, ya puestos, no habÃa problema por eso. La frase me ha salido con la confianza de quien domina el inglés de chicle desde antes de casarnos, de los tiempos de mi tesis sobre la zeta de Riemann. He elegido ponerme en esa tesitura numérica para sentirme por un rato Mattia Balossino, uno de los dos protagonistas de “La soledad de los números primos”, esa novela primorosa que en estos dÃas en los que no tengo tiempo para leer se ha agarrado a mis pupilas y creo que me ha desgarrado algo por dentro
Mattia, como Alice, es una infancia deshabitada también, ya sabemos que la ficción imita a la realidad cuando se queda sin imaginación. A esas alturas de la mañana, mientras la señorita de la agencia de viajes hacÃa cálculos para mi mujer y para mÃ, ya nada era extraño. Uno puede sentirse Mattia Balossino si le da la gana desde el momento en que de los millones de canciones del universo aparece en un post anterior de este blog el tÃtulo de una, “Pictures of you”, y una madrugada posterior aparece en la página 143 de esa novela perfecta, susurrada desde los labios de Alice.
-El Hotel Beacon es una opción muy recomendable, señor. A nosotros nos ha funcionado hasta ahora muy bien.
-Perfecto.
Alice. Mattia. Mattia tiene las manos llenas de cicatrices para purgar lo que tiene que purgar. Yo me he mirado las manos y tengo las cicatrices imperceptibles de la microcirugÃa que me implantó las prótesis en los dedos que teclean esto, y esto, y esto, y que ahora van a poner un punto y aparte.
Este.
Alice no es la de Carroll, pero esta mañana el psicoanalista ha vuelto a rascarse la barbilla cuando le he dicho que uno de los niños Llewelyn Davies, los niños en los que puso atención y atenciones Barrie, el autor de “Peter Pan”, justamente el que llevaba por nombre Peter, se tiró al metro de Londres siendo adulto y editor respetable no sin antes haberse referido a “Peter Pan” como esa “espantosa obra maestra”. El psicoanalista ha dicho que no sabÃa eso y que le parecÃa una historia interesantÃsima y ha tomado notas. He estado a punto de sugerirle un café un dÃa de estos para seguir con el tema, más que nada porque el tema va fuera de guión.
-EstarÃamos hablando de unos 1300 euros por persona si es en Mayo.
-Ah, muy bien. Esto… voy a consultarlo con mi mujer…
-… por supuesto, señor.
-… y con lo que acordemos pues… ya volverÃa con fechas concretas, de acuerdo?.
-De acuerdo. Le anoto aquà mi nombre. Es importante que tenga en cuenta que según las fechas los precios pueden variar sensiblemente. Las compañÃas aéreas…
(Glups!, habÃa olvidado el “asunto avión”)
-Perdone, cuál es la compañÃa más segura?
-Eh… -desconcierto en el semblante sonriente de la señorita de la agencia- Mire, es que, si el avión se cae, se cae de todas formas, da igual si es de Iberia o de Bri…
-…Vale, vale. Oiga, la cafeterÃa está ahÃ, verdad?
-SÃ, señor, ahà mismo la tiene.
-De acuerdo, muy amable y gracias por todo.
Al levantarme de la silla he dejado de estar casado, de saberme la zeta de Riemann desde la A, y de ser Mattia Balossino, protagonista junto a Alice della Rocca de una novela perfecta. Y he vuelto a sentir el terror a volar, sobre todo si se hace con ruÃdo de motores que en cualquier momento pueden mostrar signos de fatiga.
Después de un pequeño y tranquilizador refrigerio en la cafeterÃa he bajado por las escaleras mecánicas volviendo a ver las mismas plantas de antes, solo que en orden inverso, y al salir a la mañana verde, azul y frÃa que el invierno se habÃa dejado olvidado en la primavera de Pamplona, he seguido con el plan intensivo de la jornada.
Hoy ha sido el dÃa en el que a Lindsay se le han escapado unas lágrimas al escuchar en versión original una pequeña historia que sólo sale de vez en cuando y que, a falta de final propio, la terminan los otros poniéndole una sonrisa. De verdad que sÃ.