Rey 22 marzo, 2009
Escrito por emejota en : Asuntos propios , 7 comentarios , trackback
Hoy hace nueve años que se nos murió el gato. Aquel dÃa fue para nosotros un trauma de dimensiones proporcionales a los años que habÃa vivido con nosotros, que habÃan sido todos y muchos: trece; como si se hubiera liberado de pronto en un terremoto doloroso la energÃa acumulada en una falla durante todo ese tiempo, asà fue. Fue algo muy raro porque te preguntabas cómo era posible que te doliera tanto la ausencia de un ser tan pequeño que además no era una persona. Como suele ocurrir tras hechos asÃ, pasó mucho tiempo hasta que pudimos hablar de ello con normalidad y con una sonrisa en los labios.
Nuestro gato tenÃa una personalidad tan fuerte que nos sentimos incapaces de ponerle un nombre. No lo reconocÃamos bajo ninguno. Fue él, poco a poco, con el tiempo, quien nos fue revelando uno secreto. Lo hizo conforme le rascabas suavemente el pelaje del cogote, o cuando le pasabas el Ãndice por la barbilla hasta que bizqueaba de placer. Asà fue como nos hizo decir un nombre extraño, sin significado concreto, como si fuera un nombre en clave que no debÃa salir de casa.
Al gato lo trajo mi hermano un sábado por la mañana para sorpresa de todos. TenÃa unos pocos dÃas de vida y cabÃa en una mano. Al principio lo miramos con cierta aprensión y ternura, las dos cosas juntas, y lo primero que hizo al posarse en el suelo fue esconderse durante medio dÃa. Luego empezó a explorar la casa que, muy pronto, colonizó e hizo suya. Llegó como un elemento extraño y ajeno al ecosistema de la casa y antes de que nos diéramos cuenta todos orbitábamos en torno a él, rey de la casa y de nuestros corazones a pesar de su mala leche y de sus mordiscos. Era el carácter, que lo tenÃa muy fuerte.
El gato eligió ciertos lugares como propios y allà te lo encontrabas invariablemente a la hora acostumbrada según la estación del año: panza arriba sobre la alfombra aprovechando el pasillo de luz que el sol dibujaba a la hora de la siesta en otoño, sobre el radiador del salón los dÃas más crudos del invierno o en lo alto del frigorÃfico, con las pupilas bien abiertas y la cabeza algo ladeada, alerta, si venÃa algún intruso. Esto último todo el año. Luego podÃa suceder que se subiera a tu mesa mientras trabajabas en el ordenador y se sentara sobre sus patas traseras frente a tÃ, mirándote un rato fijamente, o varios. El gato nos querÃa a cada uno para una cosa pero sobre todas las cosas se ocupó y preocupó en elegir a mi madre -sabio él- como madre sustituta. A finales de los ochenta resultaba reconfortante verlo dormir sobre su regazo en el sofá mientras Mayra Gómez Kemp regalaba el coche del “Un, dos, tres” los viernes por la noche, y de vez en cuando despertaba y se ponÃa a mirar la tele cuando nos quedábamos solos mi hermano y yo viendo “Los Goonies” con la luz apagada.
Otras veces, lo oÃas entrar sigilosamente por la noche en el dormitorio, esperabas que de un instante a otro saltara a los pies de la cama buscando calor y eso hacÃa posándose suavemente sobre sus patas almohadilladas. Se hacÃa un ovillo a tu lado, sobre el edredón, adaptándose al sitio u obligándote a apartarte un poco. Cuando en la oscuridad alargabas el brazo para acariciarle en señal de bienvenida te daba un mordisco, para variar, y te cortaba el rollo o te hacÃa sonreir, según. Luego se ponÃa a ronronear.
Al gato lo tuvo que sacrificar el veterinario un mediodÃa como hoy hace nueve años porque un tumor le obstruÃa la respiración. Se lo llevaron envuelto en la manta que durante todos los años anteriores cubrió la cesta que fue su trono y desde donde observaba todo lo que pasaba y todo lo que decÃamos. Ya no volvió más; en su lugar, llegó el disgusto. Desde entonces no hemos querido volver a tener otro animal en casa, como si le fuéramos a hacer un feo. Pero nos acordamos mucho de él. Cómo no.