Paga

El otro día, después de comer, mi sobrino Carlos se puso delante de mí con sus 19 kilos de personalidad y, con semblante serio, me dijo:

-La paga.

-¿La paga?, repetí entre interrogaciones lo que en realidad debería haber ido entre exclamaciones de sorpresa.

-La paga, insistió él con gesto de no tener intención de desviar el tema.

Tres veces lo mismo y un mismo desconcierto. Llega un punto en que compruebas con cierta alarma que los pequeños ya te ven como cuando le pedías al abuelo la paga y eso sucede de repente, sin previo aviso, cuando estás en el sopor de la sobremesa que no llega a ser siesta y si llega a serlo, no te enteras hasta que te despiertas.

Encontré auxilio en unos ojos adultos a sus espaldas que, con una sonrisa reconfortante, me sugirieron que le llevara la corriente.

-¿Y cuánta paga quieres?, pregunté.

Dos, dijo muy seguro de sí mismo.

-¿Dos qué? ¿Dos millones?

-No, dos dineros.

¡Dos dineros!, exclamé por dentro. Qué será eso en la edad en la que ya juegas al fútbol y comes la sopa sin ayuda pero todavía llevas babero.

-Un momento que voy a ver si tengo dos dineros, dije mientras me levantaba del sofá en busca de la cazadora o en busca de tiempo. O de las dos cosas. Interpreté que se refería a dos monedas así que busqué en los bolsillos. Saqué la dos monedas con cierta  aprensión porque en ese momento me sentí tacaño como el tío Gilito. Era una moneda de 5 céntimos y otra de 1. Las puse en la manita de Carlos y se asomó a ellas con ojos de satisfacción hasta que alzó la mirada y me miró con contrariedad.

-No, esto no quiero.

-(glups)

-Quiero dos dineros.

-¿Y eso qué es entonces?, pregunté con extrañeza señalando las monedas.

-Pues cinco, contesto. Y uno. Y señaló los números que estaban grabados en ambas monedas.

En momentos así compruebas los enormes servicios prestados por el Barrio Sésamo con sus didácticas explicaciones para distinguir lejos de cerca, arriba y abajo, y el cónde Drácula de trapo (y de traca, de traca de truenos) y monóculo con su manía obsesiva por contarlo todo.

En ese instante sonó el timbre. Tenía que ausentarme un par de minutos, los justos para bajar al portal y coger un paquete. Para cuando subí, al salir del ascensor ya se escuchaba un llanto desconsolado. Y al entrar a casa Carlos apareció repeinado para ir al colegio, con su jersey y su pantalón de hombrecito, pero con unos hipidos y unos lagrimones que fueron a dar con su cuerpecito en mi regazo entre ayes. Tragué saliva acordándome del asunto pendiente de los dos dineros. Pero no, resultó que no era eso por lo que lloraba con tal desconsuelo. Lloraba porque pensó que me había ido hasta otro día y que él no había podido darme el beso que me da los jueves, que es el día que viene a comer.

Ay, dije por dentro y por fuera sintiendo unas cosillas en la garganta.

Y me agaché para recibir un beso con lágrimas que surtió el efecto de cortar radicalmente el llanto. Yo le devolví el beso y le acaricié la cabeza diciéndole que le esperaba la semana que viene. Él asintió y se marchó al colegio con Isabel y con la abuela, dándole con su dedito al interruptor de la luz de la escalera, orgullo de él desde que su brazo extendido alcanzó esa altura.

Cuando cerré la puerta y volví al sofá, ví que las dos monedas seguían allí. A ciertas edades, un beso sigue valiendo más que un dinero. Y que dos dineros, incluso.

8 pensamientos en “Paga

  1. toni

    qué lástima que no sea así para siempre, verdad? te imaginas que pudiéras pagarle la hipoteca al banco besando a la chica que te dio los papeles para que los firmaras? o que te fueras al concesionario de motos y pagaras esa Norton con la que siempre soñaste con una visita mensual a la comercial? sería bonito. o incómodo. no lo sé.

  2. C.

    Ay, quéeee monoooo.

    (me encantan esos tropos tan tuyos de la escritura; un día los vamos a mirar de cerca y todos juntos)

    No sé, toni, rebobina y piensa a quién habría que besuquear para ciertas transacciones…

  3. Rachel

    Ays creo que C. tiene razón. Acabo de visualizar kilos y kilos de gomina, falsas sonrisas y caras babosas… esos pagos no se merecen el beso.

    Mejor darles los dineros y guardar los besos para los peques y las personas que los merecen

  4. David

    Ayyyy! que amoooor! jajajaja, que magico =). Los peques nos sorprenden en muchas ocasiones. Aunque bien es cierto que a esas edades suelen ser bastante materialistas pero como prácticamente todos!

  5. David

    Como todos a esas edades (que ahora releyendolo me he dado cuenta de que ha quedado un poco mal jeje)

  6. JN

    Ese niño es un genio.
    Oye, ¿cómo andas? tanto tiempo…Espero que muy bien, o intentándolo, que no es poco.
    Acá, termina el verano. Una pena
    un abrazo

  7. emejota Autor

    Qué voy a decir yo de mi sobrino…

    (bueno, ya lo digo en los posts :) )

    Intentándolo JN, aquí estamos. Es curioso lo del verano: es una pena cuando se acaba pero también es una pena cuando empieza. Será acostumbrarse.

    Un abrazo para todos

  8. Asthar

    Increíbles!!! A ésa edad tienen el don de sorprendernos cada día. Éste tipo de anécdotas o frases célebres deberíamos recogerlas para, cuando pase el tiempo, poder recordarlas una y otra vez. Me alegra segir en la edad en la que los besos valen más que los dineros…

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