Archivo por días: 17 marzo, 2009

Ethan

Ethan tiene 14 años, vive en una pequeña ciudad del estado de Nueva York, es hiperactivo y tiene un coeficiente intelectual muy elevado.

Cosas que le obsesionan a Ethan:
-la existencia de Dios.
-la muerte.
-coger un resfriado (le ponen de muy mala leche)
-el “Call of Duty V” (eso es un videojuego)
-los pervertidos que hay por internet.

Todas las tardes, al llegar del colegio, Ethan se planta delante de su videocámara y retransmite su vida a través de internet. Se lo toma muy en serio aunque muchas veces haga comedia. A él, lo que verdaderamente le pierde es la comedia, la gran comedia. Y tiene talento para ello. Debe ser el único chaval americano que te puede hablar del último éxito de la Play y del Show de Lucille Ball. Otras veces se sienta en un sillón, o se sienta sobre las piernas en la habitación de la buhardilla y lanza un discurso a toda velocidad sobre algo que le llena la cabeza. Filosofías, lo llama él. Es fascinante. Lo que todavía no tengo muy claro es si lo fascinante está en lo que dice o cómo lo dice, porque acompaña el discurso con una gestualidad de manos que para sí la quisiera un político avezado o un orador ducho en retórica, e incluso subraya las ideas principales y hastas las secundarias con onomatopeyas y gritos varios que le ponen la vena del cuello muy gorda (y te dejan sordo si llevas los auriculares puestos)

* * *

Ethan tiene un humor volátil y no puede dejar quietas las manos. En lo que llevamos de año ha roto dos móviles. Mientras habla a la cámara, los lanza sin darse cuenta al aire una y otra vez y no siempre vuelven a sus manos. Ethan es un poco embustero y bastante escurridizo, no dura mucho tiempo en un canal. Por los pervertidos, que le tienen obsesionado, igual que la muerte, la existencia de Dios y el “Call of Duty V”. Cuando se va te fastidia bastante, la verdad, pero, hasta ahora, siempre me lo he vuelto a encontrar, es curioso. Y sigue filosofando ante la cámara sobre la necesidad de Dios, o sobre su temor a la muerte, o sobre los cálculos acerca del índice de pervertidos que hay en la red. Lo más normal, no obstante, es que te lo encuentres haciendo comedia según un argumento más o menos improvisado o que, sencillamente, le veas jugar a la consola. Le ves torcer el gesto y contorsionarse echando exabruptos por la boca mientras dispara con el mando a una legión de Zombies Nazis (?) y de fondo se escuchan las explosiones y los argh que sugieren un paisaje apocalíptico en la pantalla del televisor. 

Poco a poco, Ethan ha hecho de su casa (jardín incluído) el plató de sus emisiones. La casa tiene dos plantas con un porche de madera. Está en las antípodas de una casa modelo “Mujeres desesperadas”, ya se sabe, todo bien puesto, y caro, y tan moderno. No. Aquí hay muchas cosas como en todas las casas americanas y hasta cierto orden pero por lo demás es una casa normal, acogedora, eso sí. Ya conocemos la cocina comedor, la cocina cocina, el cuarto de estar, las escaleras que llevan a la planta abuhardillada, la ventana de los vecinos (siniestros y psicópatas, según atestigua la fantasía de Ethan con voz puesta para la ocasión) y también conocemos las fotos de los abuelos maternos, la de un tío que se murió, la del propio Ethan cuando salió en la portada de una revista porque buscaban a alguien con la cara de Ethan; hasta conocemos el contenido del frigorífico y su almohada de pensar (que no es la misma que la de dormir). Todo eso conocemos ya. Sus padres no son ajenos a estas emisiones de alcance mundial y no parece importarles siempre que a la hora de la cena (madrugada entrada aquí) ponga la carta de ajuste. Por lo demás, a la madre de Ethan se la oye llegar del trabajo y después mantener una breve charla resumen del día con su hijo que, al parecer, desarrollarán con mayor detenimiento en la cena. Con el padre lo mismo. Luego cada uno va a su rollo.

A veces Ethan hace los deberes frente a la cámara pero nunca pide ayuda. Se siente orgulloso de conocer las capitales de 78 países pero le pone de muy mala leche cuando le piden explicar con sus propias palabras y con la extensión de un folio algo acerca de lo que Dios espera de nosotros; y se pone de mala leche porque dice que para eso habría que estar antes seguros que Dios existe, luego ya veríamos a ver qué pide de nosotros si es que pide algo. Y lo de la existencia de Dios, hasta la fecha, no se lo aclaran en el colegio ni de coña.

Una vez Ethan simuló un ataque de asma en directo y nos hizo creer que estaba solo y que no tenía inhalador. Murió tras una espantosa agonía. Cuando tras unos interminables segundos se incorporó riéndose a carcajadas nos tenía a todos de pie, seguro, con el corazón al borde del infarto, seguro, y no sé qué pensaría alguien que estuviera viendo el asunto desde Alaska o desde Bruselas o desde Zahara de los Atunes pero yo pensé en darle dos hostias. No es que Ethan sea un poco cabrón, es que de vez en cuando monta esos sustos para los pervertidos (qué obsesión, oye)

Un día hablé con Ethan de comedia, de Hepburn, de Grant, de Sturges. El tío daba juego aunque al principio no se fiaba de mí, sobre todo cuando le dije que yo conozco “Historias de Filadelfia” pero el “Call of Duty V” no porque me pilla mayor. Entonces abrió los ojos y mirando a la cámara exclamó: otro pervertido! Y yo: y dale! Pero él lo dijo tan alto que se le vio toda la ortodoncia, por un instante me recordó al actor aquel tan gracioso de las películas de James Bond, el Tiburón, ese. No sé la razón, porque Ethan nunca me ha visto la cara, pero por la letra debió deducir que no soy un pervertido. Es tranquilizador saberlo.

* * *

No hace mucho, una noche insomne como esta, lo suficientemente tarde aquí para que incluso fuera tarde allí, me levanté de la cama, encendí el ordenador, eché una ojeada a los periódicos y llamé en la ventanita donde Ethan vive unas horas al día. Estaba jugando a disparar a los Zombies Nazis. Arghhh. Arghhh. Como tenía el ánimo decaído, se me ocurrió preguntarle por escrito probando el inglés de Lindsay si la vida tenía algún sentido. Él doblaba las explosiones del videojuego con la boca, bumm, fiuuuww, y miró de reojo hacia la pantalla del ordenador donde yo acababa de escribir en inglés de Lindsay si la vida tenía algún sentido. Ethan disparó una ráfaga inmisericorde, se pasó la lengua por la comisura de los labios para quitarse la saliva de las explosiones y con gesto concentrado (frunciendo el ceño en un tic, señal de elevada actividad neuronal) se puso a teclear. Contestó que la vida es algo esencialmente inútil, eso contestó, lo recuerdo porque escribió “pointless” y lo tuve que mirar en el diccionario de Google. Luego añadió que dado que la vida no tiene sentido, al menos hay que darle contenido. Y dejó de teclear y volvió a disparar a los Zombies Nazis. Yo me dije a mí mismo:

-mira qué jodido el crío este!

Y me fui a dormir.

* * *

Ethan se ha vuelto a marchar. Cualquier día de estos me lo volveré a encontrar, seguro, con su obsesión por la existencia de Dios, su temor a la muerte, sus parrafadas onomatopéyicas, sus comedias entre la cocina comedor y la cocina cocina, las excursiones clandestinas al jardín para mirar hacia el patio de los vecinos y los duros combates en el Call Of Duty (V).