Reivindicación

Reivindico mi derecho a lamentarme y al pataleo.

(Lo que pasa es que ya no pataleo, y eso es mal síntoma)

Estoy deprimido. No “depre”, expresión que alegremente (es un decir y una paradoja) hemos adoptado en el habla común, sino deprimido. Y eso que este fin de semana he hecho todos los deberes como buen chico pero es que no tiene nada que ver lo uno con lo otro. En todo caso, miro atrás, a estos tres últimos días y me asombra haber sido capaz de hacer lo que con esfuerzo indecible he hecho. Porque una de las cosas que ocurren cuando estás deprimido es esa: que no puedes. Qué no puedes qué es la pregunta que estoy harto de oir en estos casos aunque sé que en estos mismos casos esa pregunta está dicha con la mejor de las intenciones, que es la de intentar comprenderte para echarte una mano. Pues no puedo, no puedo y punto, no se puede en general y ya está; por no poder, nadie puede entender y echar una mano, aunque gracias. Esto viene, está, erosiona, clava, roe, te martillea, y luego se va. Y entonces te dices: cómo pude estar así, cómo pude pensar aquello, qué bien, qué tal. Pero luego terminas volviendo al punto de partida, viéndolas venir, agarrándote que vienen curvas, y más de lo mismo.

Estoy deprimido. Ahora mismo me siento incapaz de hablar con nadie, por ejemplo. Esta expresión también forma parte del habla común y ha perdido su verdadera esencia: sentirse incapaz de hablar con alguien suena a no darte la gana de hablar. Y no es eso. Yo subrayaría con uno de esos rotuladores fosforitos del colegio la palabra incapaz. Y de paso el sentirse. Sentirse incapaz es una invalidez, una minusvalía difícilmente comprensible por los otros porque no ven la silla de ruedas.

Alguna vez me han escrito para decirme que tengo agallas. Pues mira, en estos trances a veces sí. En otros, en los de la vida cotidiana, pues igual no. Cuando estás deprimido, hace falta tener agallas para levantarte al punto de la mañana y tener que ir al hospital a la enésima prueba sabiendo que es al mismo tiempo absurda pero necesaria. Absurda porque no nos soluciona nada. Necesaria porque nos informa de que aún la cosa no ha ido a peor. Pero ya que estamos, lo peor (y esto no viene informado en la prueba) es el desagradable diálogo en el pasillo, enésimo también, con las formas bien puestas aunque con el pulso acelerado, digámoslo igualmente, en el que compruebas con una desazón demoledora que hablas con la pared. No es del todo cierto que los pacientes esperen del médico las palabras que quieren oir. Son los médicos los que necesitan, a toda costa, quedarse tranquilos aunque sea para salir del paso y luego bajar a la cafetería haciendo ondear la bata blanca. Les pone muy nerviosos oir que sabes que esto no tiene cura, que la única certeza es que va a ir a peor, que no les pides lo imposible porque no se pueden pedir imposibles, que el tratamiento tiene su límite, que no hay alternativas al tratamiento, que te cansas un poco (si no es mucho decir) y que, con permiso, en ocasiones te deprimes. Y ya está, no pasa nada. Pero les pone nerviosísimos escuchar esas cosas por la sencilla razón de que son ciertas y no saben que hacer. Oiga, pues yo tampoco sé que hacer y soy el afectado, piense en ello, digo. Y creo que se ponen nerviosos porque sólo entonces aciertan a comprender, durante unos segundos, lo que puedes llevar dentro.

Esta mañana, he tenido que oir, por este orden, que no me queje sin antes contrastar (esto dicho suavemente), que me queje (esto dicho con firmeza) y que se van a quejar ellos en mi nombre porque realmente así no se puede estar (esto con más firmeza todavía) y todo ante un mismo razonamiento mío, sin cambiar una sola palabra, sin alterar el orden ni el tono del discurso, escueto y directo, por otra parte. Yo he preguntado que a quién o a qué se van a quejar. Silencio. Son increíbles las piruetas dialécticas que puede hacer uno para cerrar el historial hasta dentro de quince días con la seguridad de que puede pasar a otra cosa sintiéndose tranquilo.

Pues estoy deprimido. Como en estos casos uno está un poco a merced de las mareas, he dejado atada este fin de semana la disertación que el próximo lunes voy a hacer sobre Juan José Millás. La hago en recuerdo de un amigo que ya no está entre nosotros, lo hago con todo el cariño del mundo por tercer año consecutivo, orgulloso de haber merecido esa confianza. Es curioso haberme topado tantas veces estos días con la frase que perfectamente podría ser el epitafio de Millás porque él, que tiene la capacidad de diseccionar la realidad y de ver lo asombroso en lo cotidiano, la usa continuamente: “qué raro es todo”. Sí, todo es muy raro. Mucho.

5 pensamientos en “Reivindicación

  1. toni

    nadie quiere hablar cuando esperas a que pase algo, que no sabes qué. pero que no pasa. nada. o mucho, pero no hay nada que llene lo suficiente como para saber que está pasando mucho. nadie quiere hablar en esos momentos. pues no hables con nadie. pero quéjate. un montón. que el día a día es sufucientemente repugnante como para quejarte. el tuyo y el de los demás. pero el tuyo más. la cosa es que no sigas andando hacia ningún lugar. hasta que sepas qué. o quieras saberlo. entonces, ya sabes, descuelga el teléfono y grita un montón por el auricular. estaremos esperando a que suene. ring, ring.

  2. C.

    Cuidado con Millás, que puede constituirse en agravante. Es de los pocos autores que me han llegado a producir mareo físico, y no por que tenga una prosa enrevesada o mareante, sino por la inestabilidad con que puede presentar la realidad aparentemente sólida y estable. Ojo con él estos días.

    Y quejarse es bueno, claro que sí. Si no, ¿qué nos queda?

    Abrazos

  3. David

    Coincido con ellos. Solo puedo decirte que mucho ánimo y que te queremos mucho. Cuando puedas y te apetezca, estaremos felices de escucharte.

    Por cierto, prueba con Ravel, concierto en sol mayor (2do movimiento). Hazme caso :)

    Un cálido abrazo

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