Archivo por días: 2 marzo, 2009

Delantero

Para los chavales de mi generación, Gary Lineker fue algo más que un futbolista llegado un día al Barcelona que era algo más que un club de Josep Lluis (“quicir”) Núñez. Lineker hacía lo que todo héroe del balón debía hacer: marcar goles y punto. No es que se quedará allá arriba esperando con maneras de futbolista galáctico a que le pusieran el balón a sus pies. Es que no sabía hacer otra cosa. Como si tuviera un radar, un sexto sentido, una conexión con los reflejos contrarios del portero o un imán con la red de la portería, de pronto le veías a echar a correr y decías: ya lo ha visto. El qué. El gol. Y entonces, en la radio, la voz de los partidos gritaba gol con un tren de oes que salían del gaznate atravesando los últimos puestos de la clasificación hasta llegar a los primeros puestos de los oídos.

Lo que nos desconcertaba de Lineker es que era un héroe un poco atípico también antes y después de los partidos, porque en vez de salir con cara de chulo en las fotos, hacer anuncios de cosas insólitas (pero todas ellas millonarias) y vestir raro, como si de un cantante pavo del pop fuera, el tío era todo simpatía y discreción. A Lineker se le veía subir en bicicleta por la montaña de Montjuic entre semana y poco más. Creo que Lineker fue el primer ídolo carismático que nos encontramos en nuestra por entonces joven existencia y en el camino del vestuario del Barcelona porque Cruyff, Maradona y Stoichkov fueron una cosa muy distinta.

Lineker llegó al Barcelona del fútbol inglés previo paso por el Mundial de México del 86, donde fue el jugador más goleador de todos. Allí Joan Gaspart, ese empresario hostelero con nariz de Sherlock Holmes y cara de pocos amigos que ejercía de mandamás segundo del club se lo trajo para al Nou Camp y, de paso, se trajo también al entrenador de la selección Inglesa, Terry Venables.

Cayó Venables al tiempo y llegó Cruyff, esta vez como entrenador, y cuando nos dieron la noticia dimos un salto pero para cuando pusimos los pies en el suelo, algo así como medio segundo después, ya teníamos un disgusto en el cuerpo porque lo primero que anuncio Cruyff con su acento catalán de holanda es que no contaba con el inglés. No ganábamos los partidos pero tampoco ganábamos para disgustos. Lo de Cruyff con Lineker fue una maldad seguramente para ahorrarse la rescisión del contrato: conocedor del punto fuerte y los puntos débiles del jugador, como corresponde a un señor tan listo como Cruyff, lo cambió de sitio, del centro a la banda izquierda. Hay que ver lo distinto que vemos el mundo cuando nos cambian el ángulo de visión, como cuando probamos a escribir con la zurda siendo diestros o viceversa. Así que aquello fue un desastre porque a Lineker no le llegaba bien el olor del gol, el radar no recibía la señal o la recibía con interferencias.

Una tarde de sábado de Atlético de Madrid-Barcelona un poco agónica, como la de esta tarde, si no a qué viene este post hoy, yo estaba tumbado en la alfombra del salón escuchando el partido a través de los bafles de la cadena de música. Tenía las manos sobre el pecho, las piernas flexionadas y los oídos pendientes de la extinta Antena 3 Radio. Aquel día llovía a cántaros en Madrid y a Lineker se le escapó un gol y luego otro y al tercero José María García dijo: este tío no es más torpe porque no sabe y giré la cabeza hacia el bafle y dije, vete a la mierda, así de visceral es la hinchada adolescente, y volví a mirar al cielo del techo. Cuando faltaban pocos minutos para que el desastre se adueñara de la semana entrante Lineker marcó un gol y José María García dijo, pues parece que no es tan torpe el tío este, y yo me volví de nuevo al bafle y dije por segunda vez vete a la mierda sin que ningún árbitro me sacara del salón por doble amonestación.

Al día siguiente los del Estudio Estadio de La 2 sacaron un reportaje del partido a cámara lenta con Gene Kelly de fondo cantando bajo la lluvia y creo, porque la memoria tiene su límite y a veces confunde una cosa con otra, que con Gene Kelly se fue Lineker bajo la lluvia a la lluvia inglesa, la suya de toda la vida. A Cruyff no se le movió un músculo de la cara ni con el caramelo que chupaba en las ruedas de prensa.

Todo aquello queda hoy en el cuarto trastero en unas cajas donde aguardan, no sé a qué, apilados, una notable colección de ejemplares del Sport con las hojas amarilleadas por el paso de los noventa y los dosmil, suficiente para teñir el papel del tono del tiempo. A los del Sport también les caía simpático Lineker, lo que pasa que quizá no les daba mucho juego porque no escupía a los pies del árbitro ni se acordaba de la madre del linier. Para eso vino Stoichkov. No se le conoce a Lineker reproche agrio hacia Cruyff sino que siempre contó lo sucedido con la misma sonrisa y la misma sencillez con la vino, marcó goles y se marchó, y con la que se ganó a todos consiguiendo que todavía hoy le recordemos.