Archivo por meses: marzo 2009

Estadística

Nada, hace unos instantes, en un descanso del trabajo, he cerrado una ventanita en el monitor y he abierto las dos de este blog, la que muestra la casa por fuera y la que muestra la casa por dentro.  Y en esta última me he encontrado por casualidad con un dato irresistiblemente atractivo para los que somos unos maniáticos de las cifras (y maniáticos en general) y, por encima de todo, sorprendente.

Mira:

¿Es posible que este blog lleve recogidos 7.999 comentarios? ¿Sacará mal las cuentas el señor de la estadística? No seré yo quien lo compruebe, mis manías numéricas no llegan a tanto. En cualquier caso, el siguiente redondea la cifra.

Vuelo

-Es raro, pero me siento bien.

El médico ha levantado una ceja, se ha rascado la barbilla mirándome como si lo hiciera por encima de unas gafas imaginarias y luego ha apuntado algo en su carpeta.

-Así que es raro que te sientas bien– ha dicho después de meditar un rato mis palabras y repitiéndolas en cursiva.

-Claro. Pero más raro será que la situación se mantenga. Así que no sé.

-No sé?

-Es una forma de terminar el párrafo.

-Ajá.

El médico ha vuelto a rascarse la barbilla, pensativo.

Es cierto. Me encuentro bien. Por eso, después de esta visita madrugadora a mi psicoanalista, visita que ha dado mucho juego y mucho jugo porque hacía mucho tiempo que no nos veíamos y porque él sigue dando vueltas a dos palabras que le dejé caer en su día: infancia deshabitada, y pregunta mucho sobre eso y yo contesto dispuestísimo, he salido a la calle azul, verde y norteña de esta mañana pamplonesa y, para hacer tiempo, he entrado en El Corte Inglés.

Las fumigadoras de perfume de la primera planta no estaban, debía ser su día libre, una suerte. He subido por las escaleras mecánicas pasando por la sección de señora, la de caballero, la planta joven, la de informática, la del espacio de cine y libros, la de menaje y varios y así hasta encontrarme a las puertas de la cafetería. Pero el destino es caprichoso y siguiendo la franja de color que te guía a través de los objetos de esa última planta que es un poco cajón de sastre (y desastre) de todas las plantas anteriores, me he encontrado con unas mesas de despacho perfectamente alineadas y separadas por una placa de metacrilato oscurecido. Como fondo, un cartel: Viajes El Corte Inglés. Había un par de sillas vacías delante de la única mesa que parecía libre de ocupaciones y sin pensármelo dos veces me he sentado en una de ellas. Para cuando me he dado cuenta de lo sucedido ya era tarde.

-Buenos días, en qué puedo ayudarle?

-Buenos días. Me gustaría mirar posibilidades para un viaje a Nueva York.

Me he escuchado a mí mismo y me ha parecido muy rara la frase, como si la dijera otro. Pero algo había que decir. Me he dejado llevar para ver qué pasaba.

-Para cuándo y cuántos días sería?

-Para… Mayo y… una semana.

-Muy bien. Un momento, señor.

De repente me ha invadido un sentimiento de responsabilidad abrumador, como si hubiera accionado un mecanismo que fuera a desencadenar un desastre y tuviera que dar cuenta a la monja en el rato del recreo. Glups.

-Viajaría solo? -ha preguntado la amable señorita con los ojos puestos en el ordenador.

Viajaría solo? Buena pregunta.

-Con mi mujer.

-Muy bien.

Con mi mujer, me he repetido a mí mismo. Y de repente he sentido un plus de virilidad, como si hubiera hecho la mili o algo así, adoptando el gesto de asentar la barbilla en la mano acodada en la mesa, si bien es cierto que con la otra, por debajo, me pellizcaba el muslo, como si me sintiera culpable y me castigara yo mismo sin esperar al castigo de la monja. Con mi mujer, me repetía por dentro con el mismo tono. Me la he imaginado. He imaginado su nombre, cuántas cosas compartiríamos juntos, dónde nos conocimos, si leería este blog a mis espaldas.

Me repetía “con mi mujer” y he pensado que lo mismo podía haber dicho “con mi marido” y me sentiría igual en esa comedia rara pero cierta, es decir, cierta porque realmente estaba interesado en tantear el cómo, el cuánto (sobre todo el cuánto) y demás cosas necesarias para programar un posible viaje a Nueva York, lo que pasa es que, no sabria decir la razón, me he puesto en la piel de otro que, en ese momento, hablaba con una seguridad pasmosa, como si tuviera dos hijos y unos suegros dispuestos a quedarse con ellos mientras durara una escapada a Nueva York. Ha faltado imaginar la razón de la escapada: si se debía a un merecido descanso, como terapia ante una crisis de pareja, o si era para recoger un premio. Qué se yo.

-Nuestros servicios incluyen la posibilidad de estar cubiertos las 24 horas por un número de teléfono atendido en español.

-Gracias pero no hay problema en eso.

Total, ya puestos, no había problema por eso. La frase me ha salido con la confianza de quien domina el inglés de chicle desde antes de casarnos, de los tiempos de mi tesis sobre la zeta de Riemann. He elegido ponerme en esa tesitura numérica para sentirme por un rato Mattia Balossino, uno de los dos protagonistas de “La soledad de los números primos”, esa novela primorosa que en estos días en los que no tengo tiempo para leer se ha agarrado a mis pupilas y creo que me ha desgarrado algo por dentro

Mattia, como Alice, es una infancia deshabitada también, ya sabemos que la ficción imita a la realidad cuando se queda sin imaginación. A esas alturas de la mañana, mientras la señorita de la agencia de viajes hacía cálculos para mi mujer y para mí, ya nada era extraño. Uno puede sentirse Mattia Balossino si le da la gana desde el momento en que de los millones de canciones del universo aparece en un post anterior de este blog el título de una, “Pictures of you”, y una madrugada posterior aparece en la página 143 de esa novela perfecta, susurrada desde los labios de Alice.

-El Hotel Beacon es una opción muy recomendable, señor. A nosotros nos ha funcionado hasta ahora muy bien.

-Perfecto.

Alice. Mattia. Mattia tiene las manos llenas de cicatrices para purgar lo que tiene que purgar. Yo me he mirado las manos y tengo las cicatrices imperceptibles de la microcirugía que me implantó las prótesis en los dedos que teclean esto, y esto, y esto, y que ahora van a poner un punto y aparte.

Este.

Alice no es la de Carroll, pero esta mañana el psicoanalista ha vuelto a rascarse la barbilla cuando le he dicho que uno de los niños Llewelyn Davies, los niños en los que puso atención y atenciones Barrie, el autor de “Peter Pan”, justamente el que llevaba por nombre Peter, se tiró al metro de Londres siendo adulto y editor respetable no sin antes haberse referido a “Peter Pan” como esa “espantosa obra maestra”. El psicoanalista ha dicho que no sabía eso y que le parecía una historia interesantísima y ha tomado notas. He estado a punto de sugerirle un café un día de estos para seguir con el tema, más que nada porque el tema va fuera de guión.

-Estaríamos hablando de unos 1300 euros por persona si es en Mayo.

-Ah, muy bien. Esto… voy a consultarlo con mi mujer…

-… por supuesto, señor.

-… y con lo que acordemos pues… ya volvería con fechas concretas, de acuerdo?.

-De acuerdo. Le anoto aquí mi nombre. Es importante que tenga en cuenta que según las fechas los precios pueden variar sensiblemente. Las compañías aéreas…

(Glups!, había olvidado el “asunto avión”)

-Perdone, cuál es la compañía más segura?

-Eh… -desconcierto en el semblante sonriente de la señorita de la agencia- Mire, es que, si el avión se cae, se cae de todas formas, da igual si es de Iberia o de Bri

-…Vale, vale. Oiga, la cafetería está ahí, verdad?

-Sí, señor, ahí mismo la tiene.

-De acuerdo, muy amable y gracias por todo.

Al levantarme de la silla he dejado de estar casado, de saberme la zeta de Riemann desde la A, y de ser Mattia Balossino, protagonista junto a Alice della Rocca de una novela perfecta. Y he vuelto a sentir el terror a volar, sobre todo si se hace con ruído de motores que en cualquier momento pueden mostrar signos de fatiga.

Después de un pequeño y tranquilizador refrigerio en la cafetería he bajado por las escaleras mecánicas volviendo a ver las mismas plantas de antes, solo que en orden inverso, y al salir a la mañana verde, azul y fría que el invierno se había dejado olvidado en la primavera de Pamplona, he seguido con el plan intensivo de la jornada.

Hoy ha sido el día en el que a Lindsay se le han escapado unas lágrimas al escuchar en versión original una pequeña historia que sólo sale de vez en cuando y que, a falta de final propio, la terminan los otros poniéndole una sonrisa. De verdad que sí.

Graduación

SergioAyer, a primera hora de la mañana, la hermana de Sergio pasó a recogerme con el coche; después hicimos lo mismo con sus padres y los cuatro pusimos rumbo a Pamplona. Hacia el mediodía, se nos ponía a los cuatro un nudo en la garganta cuando se escuchó su nombre y sus dos apellidos y lo vimos subir al estrado para recoger de las manos correpondientes su título de Ingeniero Superior de Telecomunicaciones en la sala que la UPNA habilitó al efecto.

Compartiendo aplauso y emociones con su familia, me sentí parte de ellos, no por primera vez, pero sí de una manera particularmente especial, como sucede cuando compartes los mismos anhelos, la misma honda satisfacción, los mismos recuerdos. Hacía años que Sergio y yo habíamos concertado que nos veríamos en esa ceremonia y así fue. La diferencia es que cuando lo hicimos él debió imaginarla como el final de una larga etapa académica y yo empecé a intuir, y sigo en ello, que es el principio de otra que no será larga pero sí la más importante; una que no está lejos del mundo académico pero que sí le mostrará el camino decisivo de su futuro. Me refiero a un periodo de investigación donde él se va a encontrar en su salsa, en lo que le gusta, allí donde es Sergio y nada más (ni menos) que Sergio y que terminará por volver a reunirnos de nuevo en el aplauso, la sonrisa y la emoción, cuando culmine el doctorado. Seguro que sí.

Ayer, la madre de Sergio me presentaba ante unos amigos como aquel que ha tenido una fe ciega en él desde que era niño. Y es verdad. En realidad es una verdad muy sencilla porque nunca me he encontrado con alguien dotado de una inteligencia tan portentosa, únicamente superada por su calidad humana. Sergio es una de esas personas que nacen con estrella y con ella te alumbran, como bien sabemos los que le conocemos, con su honestidad, su simpatía y su chispa genial, su humildad, su disposición permanente para asegurar el bienestar de los suyos y su capacidad para adaptarse al entorno cuando las cosas no vienen bien dadas, entre otras muchas cosas. Finalizaba la ceremonia de entrega de diplomas cuando su madre y yo nos abrazamos recordando al Sergio de pantalones cortos que nos unió en el primer café de tantos que vinieron después.

Sergio vino un día a casa a aprender pero desde entonces he aprendido muchas cosas de él.

Felicidades, amigo.

Correcciones

Me encantan las correcciones que hace Lindsay a mis mails y que me los devuelva envueltos en posdatas.

P.S. Your email:
I´ll get (great use of “get”!! ) to Pamplona next Monday because I have a doctor’s appointment in the morning. Do you have free time for a class? Type (this is ok but better=tell me) me, please, (don´t hurry) and I´ll try to organize the trip (trip or travel?) if possible.

Respuestas

Dejas pasar el tiempo y el correo va formando un montoncito de preguntas de los lectores del blog. No me cansaré de insistir en lo maravillosa que es la reciprocidad de la comunicación que proporciona la red, a diferencia de otros medios. Tampoco me cansaré de señalar esa curiosa redundancia del anonimato que consiste en preguntarte cosas fuera de micrófono, anonimato doble, la timidez del anonimato. Como voy con cierta prisa porque mañana toca madrugón, ahí van las respuestas pendientes. Las preguntas las dejo a la sombra porque así es como vinieron.

-No he vuelto a componer y no creo que lo haga en bastante tiempo. Necesito desintoxicarme de mucha de la música que he oído de un tiempo a esta parte. A veces hay que desintoxicarse de buena música que deja mancha. La mala, sencillamente, resbala y no cala, es un fenómeno curioso.

Ethan soy yo antes de que todo cambiara para siempre. Pero él existe, claro que existe.

-Sí que escucho otras cosas que no son música clásica. “Pictures of you” de The Last Goodnight es la recomendación que se me ocurre en estos momentos. Pero ojo: se pega con facilidad.

-Cierto. No he vuelto a autoentrevistarme. No sé si he perdido a mi alter ego o si es que la culpa la tiene la psicoterapia porque fue ir y me encontré siendo entrevistado y tan ricamente. Tengo que pensar en ello.

-No.

-Lulu.com. Suena a página web de cochinadas pero allí te imprimen tu libro y funcionan muy bien en todos los aspectos. Si el libro es malo no lo mejoran. Si es bueno no lo empeoran.

-¿Que si me gusta cultivar la ambigüedad? Si me gustara hacerlo preguntaría que si me gusta cultivar la ambigüedad, creo. Vale, me divierte, sí. Me divierte hacerlo desde que descubrí que la gente se preguntaba al respecto. Pero eso ya lo hablé con Gloria-madre en el año de la polka y dice que soy un poco travieso. No es cierto. Poco, no.

-Es de Georgia. Ya le preguntaré y te paso su número. Dice que si alguna vez viajo a EEUU no me recomienda New York, sino Boston. Da lo mismo porque a los dos sitios se va en avión y, hombre, quizá con el tiempo podría superar la fobia y probar un viaje pero, ¿y si es tan horroroso que me siento incapaz de hacer el de vuelta? Por Dios, es pensar eso y me dan ganas de aporrear la puerta de los vecinos para que me den una galleta y un cola-cao, a ver si me tranquilizo.

-Gracias, pero ya me gustaría parecerme un gramo a Millás en la escritura. Me sentí muy a gusto en la conferencia. Me alegro de que disfrutaras.

Cita

MillásEsta tarde, puntualmente, como ocurre desde hace tres años, acudiré a la cita con el recuerdo de mi amigo Julio Mazo, de quien un día en este blog escribí que fue librero de vocación y hasta en vacación, librero todo el tiempo como todo el tiempo fue buen amigo y mejor persona. Así que a las 20:15 entraré en el Salón-Capilla del Hotel AC y hablaré de palabras impresas en su memoria. Celebramos hoy el III Memorial “Julio Mazo” y por tercer año consecutivo la familia me ha confiado la responsabilidad del acto, lo cual agradezco. No sé si los presentes lo agradecerán igual o estarán hasta el gorro y pensarán cuando me vean: otra vez éste?, qué pesao!

Este año hablo sobre Juan José Millás en una conferencia que lleva por título “Juan José Millás: un asombro permanente”. Antes, por la mañana, me tendré que pasar por un par de emisoras. Es curioso que siempre llama el mismo par de emisoras para que pases. El resto, pasa.

(Pero son cosas que pasan)

Preguntarán en las emisoras que por qué Millás y yo respondería que por qué no si no fuera porque, aunque no sea mi intención, suena a respuesta un poco borde. Diré en su lugar que porque me apasiona y yo sólo sé hablar de cosas que me apasionan. Bueno, sé hablar de otras, pero si no me apasionan me aburro.

Diré que en Millás se dan las condiciones para apasionar, tanto si se mira dentro de los escritos como si se mira fuera de ellos, tanto si se atiende al qué como si se observa el cómo. Por ahí va a ir la cosa esta tarde, siguiendo la costumbre de la casa: invitando a mirar. El secreto siempre está en mirar.

MillásPero antes, por la mañana, en las emisoras es probable que pregunten por lo del asombro permanente del título de la conferencia pero es que Millás es un tipo que continuamente muestra su asombro ante lo cotidiano, justo allá donde las cosas nos parecen tan triviales o tan familiares que a nuestros ojos son invisibles. Invisibles hasta que llega Millás y nos enseña los mecanismos ocultos de la realidad haciéndonos exclamar anda y, por el mismo precio, poniéndonos una sonrisa en los labios o invitándonos a leer dos veces la misma frase, bien por ingeniosa, por bien escrita o para cerciorarnos de que se trata de una frase y no de un verso.

En el lugar donde transcurrirá la conferencia ya me siento como en casa, no sólo por los tres Memoriales sino porque antes he hecho otras cosas, algunas hasta pueden parecer increíbles. Por hacer, he hecho hasta de soldado  volviendo de la guerra, pero fue una vez y por exigencias del guión de Stravinski, que pedía un soldado para contar su Historia. Hoy en vez de regresar de la guerra con la camisa por fuera del pantalón me pondré la americana para pasar al otro lado del espejo varias veces, como manda Millás. Y una vez más, lo haré como cuando le contaba entusiasmos a Julio, allá en su despacho al fondo de la librería, él sentado ante su mesa llena de papeles, yo sentado en la silla donde antes y después se sentaba un montón de libros y más papeles. Lo contaré igual pero, por razones obvias, con más formalidad, que con Julio me reía mucho y a veces éramos un poco gamberros. Tampoco es que lo vaya a hacer muy formal; sólo lo justo. El resto está pensado con la intención de crear una atmósfera agradable y pasar un rato distendido. A ver.

Rey

GatoHoy hace nueve años que se nos murió el gato. Aquel día fue para nosotros un trauma de dimensiones proporcionales a los años que había vivido con nosotros, que habían sido todos y muchos: trece; como si se hubiera liberado de pronto en un terremoto doloroso la energía acumulada en una falla durante todo ese tiempo, así fue. Fue algo muy raro porque te preguntabas cómo era posible que te doliera tanto la ausencia de un ser tan pequeño que además no era una persona. Como suele ocurrir tras hechos así, pasó mucho tiempo hasta que pudimos hablar de ello con normalidad y con una sonrisa en los labios.

Nuestro gato tenía una personalidad tan fuerte que nos sentimos incapaces de ponerle un nombre. No lo reconocíamos bajo ninguno. Fue él, poco a poco, con el tiempo, quien nos fue revelando uno secreto. Lo hizo conforme le rascabas suavemente el pelaje del cogote, o cuando le pasabas el índice por la barbilla hasta que bizqueaba de placer. Así fue como nos hizo decir un nombre extraño, sin significado concreto, como si fuera un nombre en clave que no debía salir de casa.

Al gato lo trajo mi hermano un sábado por la mañana para sorpresa de todos. Tenía unos pocos días de vida y cabía en una mano. Al principio lo miramos con cierta aprensión y ternura, las dos cosas juntas, y lo primero que hizo al posarse en el suelo fue esconderse durante medio día. Luego empezó a explorar la casa que, muy pronto, colonizó e hizo suya. Llegó como un elemento extraño y ajeno al ecosistema de la casa y antes de que nos diéramos cuenta todos orbitábamos en torno a él, rey de la casa y de nuestros corazones a pesar de su mala leche y de sus mordiscos. Era el carácter, que lo tenía muy fuerte.

El gato eligió ciertos lugares como propios y allí te lo encontrabas invariablemente a la hora acostumbrada según la estación del año: panza arriba sobre la alfombra aprovechando el pasillo de luz que el sol dibujaba a la hora de la siesta en otoño, sobre el radiador del salón los días más crudos del invierno o en lo alto del frigorífico, con las pupilas bien abiertas y la cabeza algo ladeada, alerta, si venía algún intruso. Esto último todo el año. Luego podía suceder que se subiera a tu mesa mientras trabajabas en el ordenador y se sentara sobre sus patas traseras frente a tí, mirándote un rato fijamente, o varios. El gato nos quería a cada uno para una cosa pero sobre todas las cosas se ocupó y preocupó en elegir a mi madre -sabio él- como madre sustituta. A finales de los ochenta resultaba reconfortante verlo dormir sobre su regazo en el sofá mientras Mayra Gómez Kemp regalaba el coche del “Un, dos, tres” los viernes por la noche, y de vez en cuando despertaba y se ponía a mirar la tele cuando nos quedábamos solos mi hermano y yo viendo “Los Goonies” con la luz apagada.

Otras veces, lo oías entrar sigilosamente por la noche en el dormitorio, esperabas que de un instante a otro saltara a los pies de la cama buscando calor y eso hacía posándose suavemente sobre sus patas almohadilladas. Se hacía un ovillo a tu lado, sobre el edredón, adaptándose al sitio u obligándote a apartarte un poco. Cuando en la oscuridad alargabas el brazo para acariciarle en señal de bienvenida te daba un mordisco, para variar, y te cortaba el rollo o te hacía sonreir, según. Luego se ponía a ronronear.

Al gato lo tuvo que sacrificar el veterinario un mediodía como hoy hace nueve años porque un tumor le obstruía la respiración. Se lo llevaron envuelto en la manta que durante todos los años anteriores cubrió la cesta que fue su trono y desde donde observaba todo lo que pasaba y todo lo que decíamos. Ya no volvió más; en su lugar, llegó el disgusto. Desde entonces no hemos querido volver a tener otro animal en casa, como si le fuéramos a hacer un feo. Pero nos acordamos mucho de él. Cómo no.

Primavera

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Maurice Ravel. “Daphnis y Chloe”: Amanecer.

Paga

El otro día, después de comer, mi sobrino Carlos se puso delante de mí con sus 19 kilos de personalidad y, con semblante serio, me dijo:

-La paga.

-¿La paga?, repetí entre interrogaciones lo que en realidad debería haber ido entre exclamaciones de sorpresa.

-La paga, insistió él con gesto de no tener intención de desviar el tema.

Tres veces lo mismo y un mismo desconcierto. Llega un punto en que compruebas con cierta alarma que los pequeños ya te ven como cuando le pedías al abuelo la paga y eso sucede de repente, sin previo aviso, cuando estás en el sopor de la sobremesa que no llega a ser siesta y si llega a serlo, no te enteras hasta que te despiertas.

Encontré auxilio en unos ojos adultos a sus espaldas que, con una sonrisa reconfortante, me sugirieron que le llevara la corriente.

-¿Y cuánta paga quieres?, pregunté.

Dos, dijo muy seguro de sí mismo.

-¿Dos qué? ¿Dos millones?

-No, dos dineros.

¡Dos dineros!, exclamé por dentro. Qué será eso en la edad en la que ya juegas al fútbol y comes la sopa sin ayuda pero todavía llevas babero.

-Un momento que voy a ver si tengo dos dineros, dije mientras me levantaba del sofá en busca de la cazadora o en busca de tiempo. O de las dos cosas. Interpreté que se refería a dos monedas así que busqué en los bolsillos. Saqué la dos monedas con cierta  aprensión porque en ese momento me sentí tacaño como el tío Gilito. Era una moneda de 5 céntimos y otra de 1. Las puse en la manita de Carlos y se asomó a ellas con ojos de satisfacción hasta que alzó la mirada y me miró con contrariedad.

-No, esto no quiero.

-(glups)

-Quiero dos dineros.

-¿Y eso qué es entonces?, pregunté con extrañeza señalando las monedas.

-Pues cinco, contesto. Y uno. Y señaló los números que estaban grabados en ambas monedas.

En momentos así compruebas los enormes servicios prestados por el Barrio Sésamo con sus didácticas explicaciones para distinguir lejos de cerca, arriba y abajo, y el cónde Drácula de trapo (y de traca, de traca de truenos) y monóculo con su manía obsesiva por contarlo todo.

En ese instante sonó el timbre. Tenía que ausentarme un par de minutos, los justos para bajar al portal y coger un paquete. Para cuando subí, al salir del ascensor ya se escuchaba un llanto desconsolado. Y al entrar a casa Carlos apareció repeinado para ir al colegio, con su jersey y su pantalón de hombrecito, pero con unos hipidos y unos lagrimones que fueron a dar con su cuerpecito en mi regazo entre ayes. Tragué saliva acordándome del asunto pendiente de los dos dineros. Pero no, resultó que no era eso por lo que lloraba con tal desconsuelo. Lloraba porque pensó que me había ido hasta otro día y que él no había podido darme el beso que me da los jueves, que es el día que viene a comer.

Ay, dije por dentro y por fuera sintiendo unas cosillas en la garganta.

Y me agaché para recibir un beso con lágrimas que surtió el efecto de cortar radicalmente el llanto. Yo le devolví el beso y le acaricié la cabeza diciéndole que le esperaba la semana que viene. Él asintió y se marchó al colegio con Isabel y con la abuela, dándole con su dedito al interruptor de la luz de la escalera, orgullo de él desde que su brazo extendido alcanzó esa altura.

Cuando cerré la puerta y volví al sofá, ví que las dos monedas seguían allí. A ciertas edades, un beso sigue valiendo más que un dinero. Y que dos dineros, incluso.

Exploración

Historial clínico (continuación):

Pasa como en el chiste: una noticia buena y otra mala. La buena es que mi médico, por primera vez y tras dos años, ha tenido a bien levantarse de la silla y posar sus manos sobre mi cuerpo presente en la consulta, loable esfuerzo merecedor de mi asombro y del de la enfermera. La noticia mala es que si ha hecho esa excepción es porque motivos habrá, los viene habiendo de un tiempo a esta parte. Será la cadera, que empieza a estar afectada, y no de la impresión precisamente, o será un pinzamiento porque el conducto del nosequé de la espalda irradia ese dolor difuso pero in crescendo que se viene localizando entre la cadera izquierda, la fosa renal y con tendencia a dirigirse hacia la ingle. Más bien tiene pinta de ser algo de la columna, descartado lo del riñón, la cadera no tiene pinta, palabras del médico tras haber hecho los tocamientos pertinentes y las preguntas de rigor, que se reducen a una repetida muchas veces con pequeñas variaciones: duele así? y así? y así? y ahora? duele? duele ahora?

Que .

Lo del pinzamiento y la posibilidad de que se esté obstruyendo nosequé de la columna no me ha quedado claro porque tras haber explorado el médico la carne mortal que recubre mi dolorido esqueleto, yo me he dedicado a explorar el ambiente de la consulta. Motivos también los había. Es la primera vez que me citan por la tarde y más tarde de lo que ponía en el papel, de manera que la luz era otra, los sonidos también, hasta la gente que había en el pasillo parecía extrañarse de que los pasillos parecieran más anchos y en las improvisadas salas de espera quedaba la vibración de muchas palabras matutinas.

Pero mi atención se ha ido a la ventana donde en ese momento era definitivamente primavera. No es muy conocido que la verdadera primavera es un fenómeno muy breve en el tiempo; el resto es un preludio del verano. El instante en el que se manifiesta la verdadera primavera lo anuncia un matiz nuevo en la luz, y en la brisa, y en los olores, y en los colores, y en los sonidos chillones de los pájaros allá arriba en las copas frondosas de los árboles, árboles de un verde que muestra toda la gama de verdes; todo lo anterior, junto, luce, huele y suena distinto: mejor, más fresco y todo armonizado.

Y más. También las sombras de la tarde quieren dejar el luto un rato, y el sol declina los amarillos de una manera sorprendente. Si eso lo aspiras profundamente, incorporándolo a tí mismo; e incluso si haces el proceso inverso y te incorporas a ese instante sinfónico, entonces no importa que en la larga caminata que proyectas hacer después de que el médico anote sus cosas en el ordenador con el dedo corazón de la mano izquierda y el índice de la derecha, invariable esta costumbre digital suya, no importa, como digo, que una nube dolorosa cubra de niebla la zona pélvica izquierda.

Eso es primavera, y no lo es durante mucho tiempo, por lo que ya que el día ha traído novedades (lo que viene siendo de mañana ha sido tarde, el posterior descubrimiento de que el médico tiene piernas y anda y la insólita exploración anatómica) he decidido estrenar el largo camino de vuelta caminando, observando, aspirando, incorporando e incorporándome a la primavera, explorando atentamente sus efectos alrededor y en los sentidos.

(al final, no me he enterado de cuándo tengo que volver)

Ethan

Ethan tiene 14 años, vive en una pequeña ciudad del estado de Nueva York, es hiperactivo y tiene un coeficiente intelectual muy elevado.

Cosas que le obsesionan a Ethan:
-la existencia de Dios.
-la muerte.
-coger un resfriado (le ponen de muy mala leche)
-el “Call of Duty V” (eso es un videojuego)
-los pervertidos que hay por internet.

Todas las tardes, al llegar del colegio, Ethan se planta delante de su videocámara y retransmite su vida a través de internet. Se lo toma muy en serio aunque muchas veces haga comedia. A él, lo que verdaderamente le pierde es la comedia, la gran comedia. Y tiene talento para ello. Debe ser el único chaval americano que te puede hablar del último éxito de la Play y del Show de Lucille Ball. Otras veces se sienta en un sillón, o se sienta sobre las piernas en la habitación de la buhardilla y lanza un discurso a toda velocidad sobre algo que le llena la cabeza. Filosofías, lo llama él. Es fascinante. Lo que todavía no tengo muy claro es si lo fascinante está en lo que dice o cómo lo dice, porque acompaña el discurso con una gestualidad de manos que para sí la quisiera un político avezado o un orador ducho en retórica, e incluso subraya las ideas principales y hastas las secundarias con onomatopeyas y gritos varios que le ponen la vena del cuello muy gorda (y te dejan sordo si llevas los auriculares puestos)

* * *

Ethan tiene un humor volátil y no puede dejar quietas las manos. En lo que llevamos de año ha roto dos móviles. Mientras habla a la cámara, los lanza sin darse cuenta al aire una y otra vez y no siempre vuelven a sus manos. Ethan es un poco embustero y bastante escurridizo, no dura mucho tiempo en un canal. Por los pervertidos, que le tienen obsesionado, igual que la muerte, la existencia de Dios y el “Call of Duty V”. Cuando se va te fastidia bastante, la verdad, pero, hasta ahora, siempre me lo he vuelto a encontrar, es curioso. Y sigue filosofando ante la cámara sobre la necesidad de Dios, o sobre su temor a la muerte, o sobre los cálculos acerca del índice de pervertidos que hay en la red. Lo más normal, no obstante, es que te lo encuentres haciendo comedia según un argumento más o menos improvisado o que, sencillamente, le veas jugar a la consola. Le ves torcer el gesto y contorsionarse echando exabruptos por la boca mientras dispara con el mando a una legión de Zombies Nazis (?) y de fondo se escuchan las explosiones y los argh que sugieren un paisaje apocalíptico en la pantalla del televisor. 

Poco a poco, Ethan ha hecho de su casa (jardín incluído) el plató de sus emisiones. La casa tiene dos plantas con un porche de madera. Está en las antípodas de una casa modelo “Mujeres desesperadas”, ya se sabe, todo bien puesto, y caro, y tan moderno. No. Aquí hay muchas cosas como en todas las casas americanas y hasta cierto orden pero por lo demás es una casa normal, acogedora, eso sí. Ya conocemos la cocina comedor, la cocina cocina, el cuarto de estar, las escaleras que llevan a la planta abuhardillada, la ventana de los vecinos (siniestros y psicópatas, según atestigua la fantasía de Ethan con voz puesta para la ocasión) y también conocemos las fotos de los abuelos maternos, la de un tío que se murió, la del propio Ethan cuando salió en la portada de una revista porque buscaban a alguien con la cara de Ethan; hasta conocemos el contenido del frigorífico y su almohada de pensar (que no es la misma que la de dormir). Todo eso conocemos ya. Sus padres no son ajenos a estas emisiones de alcance mundial y no parece importarles siempre que a la hora de la cena (madrugada entrada aquí) ponga la carta de ajuste. Por lo demás, a la madre de Ethan se la oye llegar del trabajo y después mantener una breve charla resumen del día con su hijo que, al parecer, desarrollarán con mayor detenimiento en la cena. Con el padre lo mismo. Luego cada uno va a su rollo.

A veces Ethan hace los deberes frente a la cámara pero nunca pide ayuda. Se siente orgulloso de conocer las capitales de 78 países pero le pone de muy mala leche cuando le piden explicar con sus propias palabras y con la extensión de un folio algo acerca de lo que Dios espera de nosotros; y se pone de mala leche porque dice que para eso habría que estar antes seguros que Dios existe, luego ya veríamos a ver qué pide de nosotros si es que pide algo. Y lo de la existencia de Dios, hasta la fecha, no se lo aclaran en el colegio ni de coña.

Una vez Ethan simuló un ataque de asma en directo y nos hizo creer que estaba solo y que no tenía inhalador. Murió tras una espantosa agonía. Cuando tras unos interminables segundos se incorporó riéndose a carcajadas nos tenía a todos de pie, seguro, con el corazón al borde del infarto, seguro, y no sé qué pensaría alguien que estuviera viendo el asunto desde Alaska o desde Bruselas o desde Zahara de los Atunes pero yo pensé en darle dos hostias. No es que Ethan sea un poco cabrón, es que de vez en cuando monta esos sustos para los pervertidos (qué obsesión, oye)

Un día hablé con Ethan de comedia, de Hepburn, de Grant, de Sturges. El tío daba juego aunque al principio no se fiaba de mí, sobre todo cuando le dije que yo conozco “Historias de Filadelfia” pero el “Call of Duty V” no porque me pilla mayor. Entonces abrió los ojos y mirando a la cámara exclamó: otro pervertido! Y yo: y dale! Pero él lo dijo tan alto que se le vio toda la ortodoncia, por un instante me recordó al actor aquel tan gracioso de las películas de James Bond, el Tiburón, ese. No sé la razón, porque Ethan nunca me ha visto la cara, pero por la letra debió deducir que no soy un pervertido. Es tranquilizador saberlo.

* * *

No hace mucho, una noche insomne como esta, lo suficientemente tarde aquí para que incluso fuera tarde allí, me levanté de la cama, encendí el ordenador, eché una ojeada a los periódicos y llamé en la ventanita donde Ethan vive unas horas al día. Estaba jugando a disparar a los Zombies Nazis. Arghhh. Arghhh. Como tenía el ánimo decaído, se me ocurrió preguntarle por escrito probando el inglés de Lindsay si la vida tenía algún sentido. Él doblaba las explosiones del videojuego con la boca, bumm, fiuuuww, y miró de reojo hacia la pantalla del ordenador donde yo acababa de escribir en inglés de Lindsay si la vida tenía algún sentido. Ethan disparó una ráfaga inmisericorde, se pasó la lengua por la comisura de los labios para quitarse la saliva de las explosiones y con gesto concentrado (frunciendo el ceño en un tic, señal de elevada actividad neuronal) se puso a teclear. Contestó que la vida es algo esencialmente inútil, eso contestó, lo recuerdo porque escribió “pointless” y lo tuve que mirar en el diccionario de Google. Luego añadió que dado que la vida no tiene sentido, al menos hay que darle contenido. Y dejó de teclear y volvió a disparar a los Zombies Nazis. Yo me dije a mí mismo:

-mira qué jodido el crío este!

Y me fui a dormir.

* * *

Ethan se ha vuelto a marchar. Cualquier día de estos me lo volveré a encontrar, seguro, con su obsesión por la existencia de Dios, su temor a la muerte, sus parrafadas onomatopéyicas, sus comedias entre la cocina comedor y la cocina cocina, las excursiones clandestinas al jardín para mirar hacia el patio de los vecinos y los duros combates en el Call Of Duty (V).

Reivindicación

Reivindico mi derecho a lamentarme y al pataleo.

(Lo que pasa es que ya no pataleo, y eso es mal síntoma)

Estoy deprimido. No “depre”, expresión que alegremente (es un decir y una paradoja) hemos adoptado en el habla común, sino deprimido. Y eso que este fin de semana he hecho todos los deberes como buen chico pero es que no tiene nada que ver lo uno con lo otro. En todo caso, miro atrás, a estos tres últimos días y me asombra haber sido capaz de hacer lo que con esfuerzo indecible he hecho. Porque una de las cosas que ocurren cuando estás deprimido es esa: que no puedes. Qué no puedes qué es la pregunta que estoy harto de oir en estos casos aunque sé que en estos mismos casos esa pregunta está dicha con la mejor de las intenciones, que es la de intentar comprenderte para echarte una mano. Pues no puedo, no puedo y punto, no se puede en general y ya está; por no poder, nadie puede entender y echar una mano, aunque gracias. Esto viene, está, erosiona, clava, roe, te martillea, y luego se va. Y entonces te dices: cómo pude estar así, cómo pude pensar aquello, qué bien, qué tal. Pero luego terminas volviendo al punto de partida, viéndolas venir, agarrándote que vienen curvas, y más de lo mismo.

Estoy deprimido. Ahora mismo me siento incapaz de hablar con nadie, por ejemplo. Esta expresión también forma parte del habla común y ha perdido su verdadera esencia: sentirse incapaz de hablar con alguien suena a no darte la gana de hablar. Y no es eso. Yo subrayaría con uno de esos rotuladores fosforitos del colegio la palabra incapaz. Y de paso el sentirse. Sentirse incapaz es una invalidez, una minusvalía difícilmente comprensible por los otros porque no ven la silla de ruedas.

Alguna vez me han escrito para decirme que tengo agallas. Pues mira, en estos trances a veces sí. En otros, en los de la vida cotidiana, pues igual no. Cuando estás deprimido, hace falta tener agallas para levantarte al punto de la mañana y tener que ir al hospital a la enésima prueba sabiendo que es al mismo tiempo absurda pero necesaria. Absurda porque no nos soluciona nada. Necesaria porque nos informa de que aún la cosa no ha ido a peor. Pero ya que estamos, lo peor (y esto no viene informado en la prueba) es el desagradable diálogo en el pasillo, enésimo también, con las formas bien puestas aunque con el pulso acelerado, digámoslo igualmente, en el que compruebas con una desazón demoledora que hablas con la pared. No es del todo cierto que los pacientes esperen del médico las palabras que quieren oir. Son los médicos los que necesitan, a toda costa, quedarse tranquilos aunque sea para salir del paso y luego bajar a la cafetería haciendo ondear la bata blanca. Les pone muy nerviosos oir que sabes que esto no tiene cura, que la única certeza es que va a ir a peor, que no les pides lo imposible porque no se pueden pedir imposibles, que el tratamiento tiene su límite, que no hay alternativas al tratamiento, que te cansas un poco (si no es mucho decir) y que, con permiso, en ocasiones te deprimes. Y ya está, no pasa nada. Pero les pone nerviosísimos escuchar esas cosas por la sencilla razón de que son ciertas y no saben que hacer. Oiga, pues yo tampoco sé que hacer y soy el afectado, piense en ello, digo. Y creo que se ponen nerviosos porque sólo entonces aciertan a comprender, durante unos segundos, lo que puedes llevar dentro.

Esta mañana, he tenido que oir, por este orden, que no me queje sin antes contrastar (esto dicho suavemente), que me queje (esto dicho con firmeza) y que se van a quejar ellos en mi nombre porque realmente así no se puede estar (esto con más firmeza todavía) y todo ante un mismo razonamiento mío, sin cambiar una sola palabra, sin alterar el orden ni el tono del discurso, escueto y directo, por otra parte. Yo he preguntado que a quién o a qué se van a quejar. Silencio. Son increíbles las piruetas dialécticas que puede hacer uno para cerrar el historial hasta dentro de quince días con la seguridad de que puede pasar a otra cosa sintiéndose tranquilo.

Pues estoy deprimido. Como en estos casos uno está un poco a merced de las mareas, he dejado atada este fin de semana la disertación que el próximo lunes voy a hacer sobre Juan José Millás. La hago en recuerdo de un amigo que ya no está entre nosotros, lo hago con todo el cariño del mundo por tercer año consecutivo, orgulloso de haber merecido esa confianza. Es curioso haberme topado tantas veces estos días con la frase que perfectamente podría ser el epitafio de Millás porque él, que tiene la capacidad de diseccionar la realidad y de ver lo asombroso en lo cotidiano, la usa continuamente: “qué raro es todo”. Sí, todo es muy raro. Mucho.