Afán

Capítulo ciento ochenta y dos. Esta abuela mía que sigue despertando algún email que otro de lectores de este blog, bien en su forma digital, bien en su forma de papel, sigue ajena a la cosa, no sabe que es algo así como una abuela mediática, se haría un lío la pobre mujer, con qué, pues con qué va a ser, con la explicación de qué es un blog, en qué consiste internet, cuántas gigas de memoria tiene un disco duro, el cd-rom y el dvd. Hay una ventana temporal de vértigo entre el BluRay y el cine mudo con piano al lado de la pantalla que la abuela veía en su temprana juventud. Una vez le pregunté si de verdad había un señor tocando el piano y respondió que sí, pero pocas veces, igual en alguna fiesta o Navidad. Intenté imaginar una proyección sin sonido alguno con mucha gente sentada en una sala oscura y seguí haciendo preguntas. Qué hacía la gente cuando ponían la película muda y no había música? Pues hablar. Hablar? Sí, hablar. Y no le hacían caso a la película? Unos sí y otros no, había gente que se levantaba de la silla y si alguno de la película se iba, qué se yo, con una mujer de mala vida le gritaban: que te vas a malperder!  Pero se lo gritaban al actor? Sí, si se iba a malperder se lo gritaban. Qué cosas.

(Me está saliendo muy larga la introducción. Volvamos a empezar.)

Capítulo ciento ochenta y dos. (Toma segunda). Esta abuela mía estaba sentada en su silla de ruedas junto al balcón y un día abrió los ojos y rompiendo uno de sus cada vez más prolongados silencios dijo para asombro de todos:

-Quiero irme a una residencia.

El asombro vino por partida doble. Uno, porque hace un año, cuando la abuela se valía por sí misma como si tuviera treinta años menos, solía decir, residencia? residencia? eso para los viejos! Y seguía haciendo punto o amasando con el rodillo para hacer rosquillas. Dos, porque lo que ella pretendía, el móvil del asunto, una vez hecha la investigación pertinente, era ingresar en asistidos para hacer rehabilitación. Dicho de otra manera: el asombro viene dado porque la abuela no se resigna a no volver a caminar, hasta el punto de querer entrar en una residencia y hacer un programa de rehabilitación con fisioterapeuta. Uno no sabe ya hasta qué punto una cosa es inconsciencia o verdero coraje pero qué más da porque mientras lo pienso, ella ya está allí. Dónde. Pues en la residencia, dónde va a ser.

Estamos yendo a visitar a la abuela por primera vez a la residencia, donde lleva cuatro días. No sé por qué hablo en plural, a veces coges carrerilla con las teclas y te sale así, estamos en lugar de estoy, como si fuéramos de visita todos. Da lo mismo. Por fuera, el edificio es horroroso, como corresponde a todos los edificios que llevan la firma del arquitecto de fama internacional, hijo predilecto de esta ciudad. Todos sus edificios son un horror y un error, salvo excepciones que confirman la regla. Este, en particular, está hecho de altísimas paredes de infinitos ladrillos de color claro. Tan sólo unos cuadros pequeños asoman de vez en cuando para decirnos: eh, somos las ventanas, o eso creemos. Es de imaginar que el edificio por dentro respirará mejor, pensamos mientras enfilamos la entrada, porque así, visto por fuera, es igual igual que un centro penitenciario de hace unas décadas. Vaya con el arquitecto.

La residencia es un sitio con pasillos muy largos y anchos, otros igual de largos y menos anchos y está divida en zonas y pabellones. Atravesamos el pasillo oyendo el ruído de nuestros pasos mientras abuelos en taca taca nos saludan al paso. Adiós. Adiós, buenas tardes. Hay un patio interior, amplio, menos mal, donde da el sol. En este sitio tiene que hacer un calor en verano que te mueres, me digo. El arquitecto no construyó pensando en eso, parece mentira tanto premio y tanta gaita habiendo nacido aquí y sabiendo lo que debe saber: que en invierno te hielas el moco y en verano se te derriten las meninges.

Subimos por el ascensor. Dónde estará la abuela. Más pasillos. Una puerta. Una cuidadora joven y sonriente nos trae a la abuela empujando despacio su silla de ruedas. Por la mañana la abuela ha estado en la peluquería. Se nota. También se nota que la abuela ha encajado bien el aterrizaje en la residencia pues viene hacia la puerta sonriendo después de mucho tiempo y diciendo a otras abuelas que luego vuelve y siguen hablando y que Josefina no seas mala que a las cartas no se hace trampa. La abuela levanta los brazos como el Papa, igual, para coger mi cara entre las manos. Ay, hijo, pero para qué vienes. Eso es buena señal, es muy suyo. Lo siguiente que dice la abuela mientras tomamos el relevo de los mandos de la silla y nos dirigimos a la biblioteca, porque allí hace sol, todavía es más tranquilizador puesto que son dos frases cien por cien suyas, dos de esas frases que te dicen que todo va bien sin decirlo, a saber:

-¿Has visto la de bombillas que tienen encendidas aquí, hijo mío?

-¿Qué ha dicho el hombre del tiempo?

Genial.

Sí a lo primero y que va a hacer frío a lo segundo. Sabido es que todo lo que concierne a la meteorología es un tema de conversación recurrente entre nosotros dos.

Para dirigirnos a la biblioteca hay que pasar por un sitio donde hay dos ordenadores. Sentadas frente a la pantalla hay dos abuelas dándole al ratón. A la vejez, cibersexo. La biblioteca es un sitio monjil. Definitivamente hay que escribir una carta al arquitecto. Qué falta de imaginación, qué previsibilidad. Qué ambiente más neutro, entre capilla de hospital y comedor de colegio. Dónde nos ponemos, abuela. Aquí mismo, hijo. De paso (sigo pensando) deberíamos escribir una carta al ayuntamiento, proveedor de los libros que enseguida reconozco en las estanterías, de estos restos de tiradas de libros tristísimos de patrocinio municipal, que si la pintura de nosequién en el siglo que reinó Carolo, que si la rehabilitación de tal edificio, que si leches. Luego diccionarios, enciclopedias y hasta vidas de santos. ¿Dónde está el “Hola”, coño? Un día le dijeron a la abuela: mira abuela, vidas de santos, lo quieres? Déjame a mí de santos y de monsergas, contestó ella con cajas destempladas. Casi un siglo de dedicación diaria a las estampitas, la de Santa Rita la primera, la que pide por los misioneros de África después, y así sucesivamente hasta completar la (larga) colección, y ahora la abuela decide en los últimos capítulos que le dejen de monsergas. Creo que la abuela ha hecho una opción: ante la incertidumbre espiritual, la certeza de la fisioterapia, por muy puñetera que sea.

La fisioterapeuta dice que la abuela tiene arrojo y tesón y que para el tiempo que ha estado inmovilizada responde bastante bien. La fisioterapeuta parece muy optimista. Yo menos, para variar, pero si me equivoco, pues mejor.

En la biblioteca presencio una escena muy curiosa: un anciano abre un ventanal y se sienta con lentitud reumática ante una mesa camilla para leer un ejemplar de “La Isla del Tesoro”. Me pregunto qué es lo que me impresiona de la escena. Yo creo que si llegara a esas edades estaría muy estresado porque, consciente de que no quedan muchas horas que perder, no sabría en qué emplearlas con provecho. Por eso, ver a este hombre decidio a invertir una porción de tiempo en recorrer con los ojos las líneas impresas de izquierda a derecha y de arriba abajo, pasando la página con lentitud, me resulta llamativo. Me gusta. No me pasa desapercibida la posibilidad de que este hombre quiera regresar de nuevo a aquella isla, cruzando el océano, puede que en busca de algún recuerdo que se quedó en la playa en alguna lejana lectura. Eso me gusta aún más.

Pero estoy con la abuela. Está animada y la conversación fluye sin largos silencios. Pregunto ingenuamente: a qué hora se despierta la gente aquí? Ella: a las ocho de la mañana. Yo: cómoooo? Ella: sí, hijo, sí, y hace apoyar la barbilla en la palma de su mano mientras los ojos se le van hacia arriba en señal de resignación. Me vuelvo raudo a mi madre, que acaba de incorporarse a la escena, y digo: ¿a qué lumbrera se le ha ocurrido semejante disparate? Hay que joderse, llegar a los noventa y cinco años para tener que levantarse a la hora de ir al colegio, ¿es que no la pueden dejar en la cama tranquila hasta que le de la gana?. Mi madre: no, porque hay que llevar un orden; ten en cuenta que aquí hay muchísima gente. Yo: pues que los ordenen más tarde. A las 8 de la mañana, pero a quién se le ocurre! A estas, dice mi abuela señalando con desgana hacia atrás. Tampoco es para tanto, insiste mi madre, entre que las arreglan y desayunan ya ha entrado bien la mañana. Mi abuela: sí, sobre todo eso, para las nueve y diez ya estamos todas cabeceando de aburrimiento. Mamá, no digas eso que por la mañana te hacen la gimnasia. ¿La gimnasia? Eso por lo menos es a las 12, jo!

La visita va llegando a su fin. Sigue pasando gente en taca taca, en silla de ruedas, del brazo de un acompañantes o en solitario. Hay grupos de los que sale de vez en cuando una carcajada. El señor que lee “La isla del tesoro” a la luz del atardecer no ha movido otra cosa que los dedos para pasar las páginas. Empujo la silla de la abuela atravesando el pasillo hacia la salida. La salida parece la recepción de un hotel. En la pared, figuran anotados los nombres de los últimos huéspedes en abandonar las instalaciones, hoy hay dos esquelas. La abuela muestra el lógico interés en estos casos. Sobre todo la edad, el muerto es lo de menos. 82 y 84, respondo. Ah, ya eran mayores, dice ella como si tuviera diez años menos y no diez más que ellos. Me agacho para dar dos besos a la abuela. Tápate bien el cuello que debe hacer mucho frío fuera, me dice con el primer beso. Y haz el favor de no volver por aquí, dice con el segundo. Esa también es una frase muy suya. Creo que todo va bien, al menos de momento.

4 pensamientos en “Afán

  1. toni

    me alegro de que la abuela esté bien. lo de las residencias es algo extraño, porque pueden ser lo más triste del mundo y lo más animado del mundo. todo depende de si tienes el humor y el coraje de la abuela o las ganas del abuelo de la Isla del tesoro o simplemente te dejas arruinar. por suerte, la abuela no deja de ser la abuela.

  2. C.

    Qué bien, porque suena a la abuela de siempre (de siempre del blog, claro).
    Si llego a vieja en condiciones, yo también releeré la Isla del Tesoro, sin duda.

  3. David

    jajajaja, la biblioteca es horrorosa! me alegro de que tu abuela sea una de esas personas que ponen buena cara al tiempo =)

    Abrazos

  4. emejota Autor

    La abuela no dejará de ser abuela hasta el último instante, y aún hasta después, cuando haya que abrir el cajón donde guarda redactada su propia necrológica.

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