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Entrega 23 febrero, 2009

Escrito por emejota en : Cine , 5 comentarios , trackback

Recientemente cité “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”, película con un título tan largo como grande es toda ella. Dentro de la película debe de haber muchas palabras, dicen, pero es curioso que yo la recuerdo por sus silencios, elocuentes, eso sí. Y por la luz, una luz que envuelve a los personajes recogiéndolos en sí mismos al mismo tiempo que los radiografía perfectamente a nuestros ojos. Es una película elegíaca, crepuscular en todos los sentidos y los sentidos la transitan con admiración y silencio al compás de su ritmo, pausado, o eso queda también en el recuerdo a falta de una nueva revisión.

Algo de eso habrá, seguro, porque el verdadero climax argumental es en realidad un anticlimax pues no dibuja un pico especial en la gráfica que registra sus latidos. Y sin embargo, está sutilmente deslizado y sucede con precisión matemática en el mismo ecuador del metraje, aglutinando lo anterior, haciendo cuentas y preparando el desenlace con el resultado ya en mano.

La secuencia tiene lugar en una última cena de connotaciones simbólicas. En la cabecera, el legendario forajido Jesse James, invitado de honor en casa de sus secuaces, los hermanos Ford. No es fácil digerir una cena con Jesse James, tal es el respeto que infunde, tal es su irascibilidad, los misteriosos e imprevisibles senderos que recorre su sentido del humor. Uno no sabe cuándo y cuánto reir a un comentario chistoso suyo, ni si el comentario es en sí una trampa que dice como te rías te mato, o si realmente todo es más sencillo que eso y si sale un chiste entre plato y plato se ríe y que venga el postre. Temor, veneración y respeto. Es Jesse James. Cuidado, forastero.

En el extremo opuesto de la mesa, frente a él, está el pequeño de los hermanos Ford. Es un chaval introvertido, de pocas palabras o de bastantes y torpes. O eso parece. En esta película es conveniente tener eso a mano, tanto como el revolver: dudar, no dar nada por sentado. Ambigüedad es la palabra. Ambigüedad es aquí una palabra que se extiende como un manto elástico cubriéndolo todo. Los minutos se suceden, el vino y la comida relajan las ataduras que hasta entonces mantenían tensa la atmósfera y entonces alguien deja caer, como diversión de postre (riámonos un poco del pequeño) que el pequeño Bob es un secreto e incondicional devoto de Jesse James desde la infancia. A Jesse James se le levanta una ceja, eso parece haberle interesado, y se dirige con la mirada al pequeño Bob pidiéndole que le hable de esa historia. Risas. No de Jesse James, que mira serio y desafiante; no del pequeño Bob, incapaz de levantar la mirada del plato.

Las risas, a media voz, transcurren en el intermedio de esa mesa larga a cuyos extremos se sientan el venerador y el venerado.

Jesse James quiere escuchar la historia de la propia voz de su protagonista y si Jesse James quiere algo hay que seguirle la corriente, a poder ser con celeridad. Nunca se sabe. De nuevo aparece en escena la ambigüedad: ¿por qué esa insistencia por parte de Jesse James? ¿Es un simple divertimento no exento de sadismo el que busca al poner a prueba al balbuceante y tembloroso admirador o es acaso esa sonrisa cínica el disfraz que utiliza el héroe para disimular un interés ante un sentimiento inconfesable? Tachán es una onomatopeya que podría sonar en nuestros oídos pero, sin embargo, lo que percibimos en ese instante es un silencio denso y tenso que se podría cortar con uno de los cuchillo que hay sobre la mesa.

Habla, cuenta, pide Jesse James.

Y el pequeño Bob lo intenta, qué remedio, al principio de una manera confusa, guarda en su habitación, desde niño, bajo la almohada, las historias que la prensa ha contado sobre las aventuras de Jesse James, las relee todavía por las noches aunque las sabe palabra por palabra de memoría. Sí, bueno, ya sabe que la prensa ha hecho literatura de los hechos, que lo que allí está impreso está multiplicado por diez pero qué importa cuando él lo multiplica por cien.

El pequeño Bob confiesa esos secretos mientras juguetea nervioso con su tenedor dando vueltas a la salsa.

Al otro lado de la mesa, Jesse James sonríe condescendiente y satisfecho.

Prosigue, vamos.

Y Bob continúa, ahondando en detalles que ya no están impresos en papel de periódico manoseado por el uso sino que ya son suyos, reflexiones propias, sentimientos propios que vuelven su discurso más confiado y fluído al comprobar que el interés de Jesse James no ha decaído, que Jesse James no ha dicho cállate, imbécil, me aburres.

La cámara inicia un lento acercamiento al rostro de Jesse James al mismo tiempo que lo hace al de Bob Ford. El ritmo al que lo hace es al de las palabras, concretamente al del argumento que llevan esas palabras. Al acercarse a Jesse James le está quitando la máscara y deja entrever cierta inquietud que se apodera del héroe. Al acercarse a Robert Ford nos está asomando a un corazón que, confiado, se abre derribando los obstáculos de la prudencia.

En el momento en el que la revelación está dicha a falta de decirse explícitamente, Bob Ford levanta al fin los ojos y los posa en Jesse James. Es la imagen misma de la entrega. Una entrega incondicional.

Frente a él, un hiératico Jesse James sostiene la mirada. Los murmullos y las risas de los otros han cesado. No nos sentimos capaces de interpretar la mirada de Jesse James, si es un sí, un no, un lo sabía, un lo mismo siento, un pero qué imbécil eres, chaval, un pero que par de bemoles tienes. No lo sabemos. No lo sabe nadie. Por eso el tiempo parece detenerse infinitamente en los escasos segundos que dura el plano estático.

Jesse James despega lentamente la espalda que hasta entonces estaba apoyada en el respaldo de la silla, apoya los brazos en la mesa y desliza hacia adelante la cabeza, como si fuera a decir algo importante, como si fuera a pedir confirmación de algo no escuchado con suficiente claridad.

Nuevo silencio.

Y justo entonces, nos sobresaltamos, ellos y nosotros, los que están dentro del cuadro y los que estamos fuera, ante la estrambótica carcajada que el forajido da como respuesta al largo y sentido discurso de Robert Ford.

Todo ha sido un juego. ¿O no? Ya hemos dicho antes que la ambigüedad planea sobre esta película constantemente. No sabremos si Jesse James ríe tras haberse divertido un rato o si lo hace para disimular algo. Hay risas estrambóticas y sonoras que nacen de los nervios y que pretenden acallar murmullos internos. Nadie nos despejará la duda pero, a cambio, sucederá algo notable, un punto de inflexión en esta historia que tiene lugar en un mismo plano, el de Bob Ford que recibe en la cara los salivazos de esa carcajada zafia cuando todavía tiene la expresión embelesada. Bastará un instante para que baje la mirada, humillado y avergonzado, y la vuelva a levantar, ni humillado ni avergonzado, pero sí con un matiz totalmente nuevo que esta vez no necesita de palabras: Robert Ford sabe, porque así lo acaba de decidir, que va a matar al legendario Jesse James.

Esto viene a demostrar lo que el dicho ancestral no se cansa de repetir, que del amor al odio hay un paso (o unos pocos fotogramas) y que Casey Affleck hace un trabajo grande, grande, y que se tenía que haber llevado el Oscar para el que estaba nomidado el año pasado por este trabajo, leñe.