Cello

A Iván.

Dice André Previn que Mozart trató de forma individual todos los instrumentos de una manera técnicamente perfecta y hasta con un cuidado físico a excepción del cello. No es que lo tratara mal, es que no lo trató mirándole a los ojos. Dicho de otra manera: el milagro mozartiano no vibró en las cuerdas del cello.

Fue Brahms quien ideó una melodía absolutamente maravillosa, de un lirismo arrollador y al mismo tiempo tan delicada, que la introdujo con cuidado en mitad de un concierto para piano y orquesta, como quien mete entre algodones una cosa muy frágil, temeroso de que se rompa. El oyente que transita el segundo concierto para piano de Brahms se encuentra, al llegar al tercer movimiento, con un pequeño concierto para cello y orquesta sin que el piano se muestre molesto ni siquiera un poco celoso, sino colaborador. El piano solista se convierte allí en eco sombra de una melodía de vuelo amplio, inagotable y llena de matices, de gemidos, de suspiros, de alientos contenidos, caídas súbitas y ascensos impetuosos que el cello entona principalmente en la región de los agudos, allá en las cumbres donde su garganta vibra para decirnos ay. Cuando Brahms hace esas cosas es muy probable que se nos ponga la carne de gallina.

Curiosamente, el encabezado de este movimiento carece de adjetivación, tan Brahmsiana ella. Si el allegro que le precede es appassionato y el allegreto que le sigue es grazioso, este andante anda a secas, andante y andando, ahí te las entiendas. Eso ocurre cuando las palabras se quedan escasas para explicar, indicar, dar una pista. Llega un momento en que uno tira la toalla y dice, andante, y ya está, no se sabe si confiando en que la propia música se explique o confiando en la sensibilidad del intérprete y que su gusto no sea de nuestro disgusto.

La pieza está llena de ingeniosidades compositivas que sirven de soporte y andamiaje a la profunda inspiración, como que el contracanto que acompaña al cello al comienzo se convierta finalmente en canto (y encanto) del cello sin que nada se ponga en contra a excepción del piano, que entonces acompaña vestido con un motivo que antes había lucido en exclusiva. Parece un rompecabezas pero eso no tiene ninguna importancia. De este concierto dentro de otro concierto se puede decir que nos duele en el alma y con eso le estamos diciendo a la cara una cosa bonita y además verdadera. Es el eterno enigma que acompaña a la belleza cuando nos sale de golpe al paso: decimos ay y hay algo por dentro que se regocija hasta lo indecible aunque se nos salte una lágrima.

Clip de audio: Es necesario tener Adobe Flash Player (versión 9 o superior) para reproducir este clip de audio. Descargue la versión más reciente aquí. También necesita tener activado Javascript en su navegador.

6 pensamientos en “Cello

  1. Rachel

    Y si cierras los ojos, te dejas mecer y emocionar por esta joya y desearías ser el maestro del arco encargado de dar vida a este momento que recorre la nuca y se queda metidito en el corazón con un “ay”

  2. David

    Yo puestos a pedir, me pido el pianista =P. Siempre me imagino a mí tocando el concierto y siendo arropado por el director y la orquesta… ayy…

  3. sanvani

    ¿Y yo que cierro los ojos y te veo ahí con frac en el piano dirigiendo de reojo la mirada al cello asintiendo al final?.
    Yo nunca podría ser el maestro del arco que dice Rachel porque tengo tendencia a subir el meñique del arco y ponerlo como una refinada señora que toma el té de las cinco… así todo estirado para arriba. Y así no se puede tocar.
    Qué saborío. Qué orgullo.

Deja un comentario: