Archivo por días: 16 febrero, 2009

Futuro

Debe resultar muy doloroso tener que aparcar una vocación pero algo me dice que igual me toca probarlo en breve.

Yo nací para músico, lo sé, lo supe pronto, bien es cierto que antes quise ser bombero y el hombre que accionaba el tiovivo en las ferias, pero eso fue una fugaz afición entre las ceras de colores de la clase de pre-escolar. Lo otro es distinto. Lo de la vocación. Que cómo lo sé. Pues, para empezar, porque nací músico en una familia dura de oído y porque mi infancia, la personal y la musical, sufrió el trauma de la monja de música y salió indemne y con sobresaliente y eso que se conformó con escucharme tocar el himno de Eurovisión y no mi versión del Concierto para Clarinete de Mozart.

El Concierto de Mozart lo tocaba para mi vecina del tercero que era una señora que parecía sacada de una canción de Cecilia: tenía una sonrisa triste, la voz suave, se pasaba el día sola y aunque no sé si le llegaba un ramito de violetas ni si su marido era el mismo demonio lo que es seguro es que el tío llevaba un peluquín que daba el cante (pero jondo, bien jondo). Era la comidilla del vecindario. Uno puede llevar peluqín (prótesis capilar lo llaman ahora en este lenguaje aséptico y cuidadoso con susceptibilidades) pero el de este hombre era un peluquín que no acertaba a armonizar cromáticamente con el resto del pelo: era un pegote allá arriba. En fin, pelillos a la mar.

Ella me sonreía en el ascensor cuando volvía del colegio o de comprarme un Frigodedo y me decía que no se cansaba de escuchar el Allegro del Concierto y yo chuperreteaba los bordes del frigodedo para que no resbalaran ese exquisito zumo de color rojo y le decía, ya, pero es que la flauta no baja del do y los trozos que bajan del do hay que imaginarlos. Y era cierto, cuando los rápidos arpegiados llegaban al do más grave de la flauta dulce, que es un do que no llega ni a grave, una mierda de do, yo me detenía pero seguía interpretando las notas en mi cabeza hasta que me reenganchaba en la superficie de esa nota. No importa, insistía ella, no me canso de escucharlo. Pues toma. Yo me ponía en la cocina todo digno a hacer de Jack Brymer y tocaba para ella. Tocaba en la cocina porque sabía que ella estaba con el balcón abierto, y eso lo recuerdo porque en verano, al volver de la piscina, daba mi sesión diaria de allegro y al terminar se le oía llamarme desde el balcón, con su voz suave, y dar las gracias. Yo me asomaba para decirle que de nada y le sonreía a su sonrisa que parecía hasta menos triste, o eso quiere pensar el recuerdo.

Y todo esto a qué venía.

A lo de la vocación. Que yo la tuve bien clara desde el principio de los tiempos de mi existencia, aunque mi abuelo me dijera una y cien veces que me dejara de tonterías para estudiar las matemáticas. Las matemáticas no producían la misma emoción, el mismo cosquilleo, no eran dúctiles y además estaban llenas de coches que salían en direcciones opuestas primero y de incógnitas por resolver después.

La incógnita vuelve ahora.

Porque vamos a ver, hagamos un repaso: soy un músico que no puede interpretar música. Eso ya es un pequeño problema. En mis calificaciones pone sobresaliente en piano pero en el historial clínico posterior se lee “mano catastrófica”, la izquierda y la derecha. Es evidente que lo segundo no es consecuencia del esfuerzo de lo primero y que entre ambas calificaciones hay unos años que recuerdo con añoranza.

Luego está el problema del trabajo: tuve la mala suerte de perder las manos cuando todavía me faltaban algunas asignaturas para sacar el título dichoso, dichoso no por feliz sino por dichoso y punto, coño, las palabras pueden sonar y escribirse igual pero según el contexto no significan lo mismo. Es el caso. Sin título no hay trabajo. Y se da la circunstancia paradójica que actualmente doy clase en casa, sintiéndome en una especie de exilio o clandestinidad, a gente que sí puede trabajar porque tiene título y les ayudo a preparar las oposiciones que les permitirán tener el puesto asegurado de por vida. Conste que si es así, con o sin mi pequeña contribución, me alegraré infinitamente. Pero la cuestión es qué pasará después de las mismas, porque los gobiernos autonómicos no convocan oposiciones todos los años, más bien cada mil años por lo menos, y con lo de la crisis ni te cuento.

Queda la opción de las conferencias, las charlas, los encuentros, esas cosas que ya he hecho por centenares (en sentido literal). Pero necesitaría un cambio de escenario, porque esto es un sitio pequeño y me tienen muy visto y muy oído. Así que, ¿y si diera clase para oposiciones en otro lugar y lo mismo para las charlas? Pues dirían: y este quién coño es (lógico) y (lógicamente) pedirían el papelito del título.

Así que vuelta a empezar con el problema.

Igual hay que ir pensando (deprisa) en abandonar la vocación, deprisa más que nada por buscar alternativas. Jo, hay gente con suerte que tiene sensibilidad o agudeza o las dos cosas para mirar una película o leer un libro y le pagan por contarlo, bien en una columna de prensa o en una radio. Aquí no. Aquí las colaboraciones culturales se llaman así, colaboraciones, porque dan por sentado que colaboras desinteresadamente. Y por qué? Porque eso no cuenta, no tiene valor.

Durante varios años, puntualmente, le guardé las ausencias con infinito cariño y respeto a mi amigo Julio Mazo tomando el relevo de su colaboración literaria en la radio. Con el escepticismo que guardaba tras su sonrisa afable me dijo en el ascensor el día de la presentación lo siguiente: en cuanto te canses, déjalo, no merece la pena. Fue lo único que se oyó desde el noveno hasta la planta baja, y mira que hay tiempo para decir cosas con tanto piso de por medio. Yo escuchaba su respiración sonora, las manos de él en los bolsillos y mirando al suelo y sólo sé que agradecí esa confidencia. Ya en la calle le respondí que no, que no lo dejaría. Y así fue. Quise perpetuar su recuerdo y me siento orgulloso de ello. Casi cuatro años. Eso son muchos libros, muchas palabras, muchos minutos y una inolvidable comunicación con los oyentes.

Un día mi enfermedad dio uno de esos zarpazos que, entonces, tocaban cada mucho tiempo, afortunadamente. Llamé a la emisora para comunicar que durante unas semanas iba a tener que dejarlo sintiéndolo mucho y me colgaron el teléfono. No tengo en cuenta ese incidente aunque me dejó de momento hecho polvo y no lo tengo en cuenta porque aunque no recibí explicación alguna comprendí (y así lo supe años después) que había sido un arrebato de lástima por dejar de hacer un número semanal que, a base de engrasarlo, funcionaba como un reloj. Pero lo curioso es que desde entonces ya no existo para esa radio, ni siquiera existe en esa radio quien me colgó el teléfono, qué cosas. Das una conferencia, les mandas nota de prensa como hace todo el mundo en circunstancias así y, a diferencia de ese todo el mundo, silencio. Sacas La Idea del Norte (libro) y les mandas nota como todo autor local que saca libro y cuya entrevista escuchas a la hora de comer y silencio (bien mirado, al menos puedo comer porque no tengo que hablar por la radio al mediodía).

Igual pongo un anuncio. En el blog. Algo así como me ofrezco como conferenciante, profesor, escritor sobre temas musicales y demás variantes. Niveles: divulgación general a especialización profesional. Soy educado y doy conversación. Y simpático, por supuesto. En efectivo o con tarjeta. Domicilio o centro cultural (se cobrará plus de peligrosidad según concejal), y quien dice centro cultural dice Conservatorio, colegio, qué se yo. Sonará a broma. Pero ya me gustaría a mí que lo fuera.