Archivo por días: 11 febrero, 2009

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Puede ocurrir que entres a la cocina a merendar y te encuentres que en la radio, Cadena SER, programa “La Ventana”, empiece la sección “Pensar por pensar”. Horror y diversión a partes iguales. Dos profesores filosofan sobre un tema determinado. Responden a los apellidos Cruz y Delgado, por lo que en primera instancia suenan a dibujo animado. Pero no. Particularmente me resultan bastante repelentes y pedantescos y precisamente por eso me cuesta quitar la oreja, porque el morbo es lo que tiene, que siempre te dice: espera a ver cómo sigue el asunto. Con tonillo engolado y resabiado se pasan el rato citando y recitando, les da lo mismo si es a Chomsky como si es un proverbio chino, el caso es quitarse la cita de la boca con un evidente tú a mí no me dejas con una cita de menos que soy más sabio que tú. En el atardecer tranquilo de mi cocina, yo no podría hacer como Woody Allen en la famosa secuencia de la cola del cine en la que se trae del brazo al aludido Marshall McLuhan para poner en su sitio al par de pedantes que hay en escena, primero porque igual necesitaba traer a tantos como para formar toda la cola del cine (con el consiguiente agradecimiento del productor al ahorrarse un puñado de extras) y segundo porque estoy más instruído en el 13 Rue del Percebe que en Chomsky and Co. Qué le vamos a hacer.

Al grano.

Están ellos y en medio Gemma Nierga, modélica en el arte de ocultar la irritación con esa sonrisa tan suya y tan atractiva que hasta se ve por la radio y todo. Hoy el tema elegido para filosofar venía a cuento de la película “El curioso caso de Benjamin Button”, la de Bradd Pitt rebobinado, esa. Es una adaptación de la historia que escribiera Scott Fitzgerald inspirado por una afirmación de Mark Twain según la cual la vida sería más alegre naciendo a los 80 años y acercándonos gradualmente a los 18. La pregunta de la tarde era: ¿es verdad eso? Rotundamente , me he dicho a mí mismo mientras hincaba el diente a una galleta y antes de que uno de los dos profesores citara a algún clásico (occidental u oriental, tal es el vasto mapa de sus conocimientos). Rotundamente sí porque dado que los extremos de la vida son traumáticos (eso de nacer saliendo de la cálida y oscura piscina al frío y a la luz tiene que ser espantoso), es mejor ir para atrás porque con 80 años te enteras de todo o, en el mejor de los casos, te vas enterando del deterioro previo y, sin embargo, cuando naces no te acuerdas de nada. Ya está. Publicidad y a otra cosa.

Pero no.

Ellos, sesudos pensadores, empiezan a plantear cuestiones muy poco prácticas que te hacen pensar (valga la redundancia) que el título de la sección es muy acertado (“Pensar por pensar”), que es una suerte que le paguen a alguien por hablar de la música de las esferas y que a ver si me acuerdo de comprar mañana otra caja de galletas que ya quedan pocas. Se han puesto a hablar de la posibilidad de que nazcas con 80 años pero sin experiencia y conforme te acerques a la juventud vayas madurando intelectualmente pero ahí ya he desconectado la atención por inverosímil. Una cosa puede ser inversosímil una vez (por ejemplo, eso de nacer siendo viejo e ir rebobinando) pero doblemente inverosímil no. Si naces con 80 años naces acordándote de la guerra, de Celia Gámez y demás. Si no, a otra película.

El sufrimiento. Naces y mueres sufriendo (salvo excepciones excepcionales). Y naces y mueres en circunstancias humillantes (salvo excepciones excepcionales): desnudo, haciéndotelo todo encima, dependiente de otros. El intermedio no es mucho más estimulante (salvo momentos excepcionales). Cuánta excepcionalidad en un párrafo.

Lo mejor del programa es que estos señores están tan ensimismados hablándole al ombligo propio (que no atendiendo a los argumentos del otro que, a su vez, se deleita escuchándose también a sí mismo) que con gozosa frecuencia los oyentes que llaman para dar su opinión desde un despacho, un taxi, lo que sea, les dan mil vueltas con argumentos tan sencillos como aplastantes. Y además sin citar a Schopenhauer. Por ejemplo, Miguel, 45 años, al otro lado del móvil. Dice, decía esta tarde, que Twain tenía razón porque llegas a los 40 con tu propio cálculo ya hecho de la suma de unos conocimientos adquiridos, una idea formada de la religión y de la pareja que es la persona de tu vida y para cuando das con el resultado y quizá comprendes que lo anterior no cuadra ya no te encuentras con la misma energía para hacer una nueva operación con otros sumandos. (Creo que para disimular su propio fastidio, uno de los profesores le ha citado al otro un proverbio oriental; el otro, para hacer lo mismo, incluso le ha alabado la elección, algo rarísimo).

Pero sí. Mark Twain tenía razón. Sería maravilloso hacer el recorrido a la inversa, ya que hay que moverse obligatoriamente. Pasar de una ancianidad temblorosa, desvalida y solitaria al confortable refugio del regazo materno cuando te has caído de la bicicleta; de una vida de trabajo entregada a la empresa de unos tiranos al tiempo sin contornos, infinito y tuyo, de las vacaciones escolares. El soponcio de tu primera calabaza amorosa daría paso al descubrimiento de que los Reyes Magos existen (no es mal consuelo) y antes de enterarte de la cruda verdad se te olvidaría todo diluyéndose en una amnesia con anestesia. Y al final ni siquiera sería necesario que se derramara una lágrima por tí.