Archivo por meses: febrero 2009

Parodia

A Esther.

Un método, un divertimento; quizá ambas cosas y seguro que algo más es lo que ideó Claude Debussy al escribir “Children´s corner”, subtitulada por él mismo como “pequeña Suite para piano solo” y dedicada a su hija con estas palabras:

A mi querida y pequeña Chouchou, con las cariñosas disculpas de su padre por lo que sigue a continuación”.

La obra comienza con una preciosa parodia de los estudios de mecanismo a los que todo aprendiz tiene que enfrentarse para que sus manos aprendan a caminar sobre las teclas. El título de la pieza, escrito con tinta irónica, “Doctor Gradus ad Parnassum”, hace referencia a la (terrible e inevitable) colección de estudios para piano de Muzio Clementi, “Gradus ad Parnassum” (qué pianista no ha puesto sus manos sobre esos estudios), y el comienzo es una imitación, en el tono (Do Mayor, el tono habitual del arranque de toda serie de estudios desde que Bach escribiera “El Clave bien temperado”) y en el estilo:

Pronto, en el tercer compás, de la mecánica sucesión de semicorcheas asoma una inocente melodía que se diluye, como la concentración del aprendiz, en un ensimismamiento alejado de los rigores del estudio:

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La pérdida de la concentración por la aridez del texto y las dificultades que el principiante tiene que superar hace que los dedos se formen un pequeño lío hasta que el sentido común sugiere lo que comúnmente sugiere en estos casos: la vuelta al principio, esta vez con toda la atención puesta y cierta impaciencia por aprender, de una vez por todas, la partitura:

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Lo anterior me lo he sacado de la manga como recurso didáctico, claro, me refiero al argumento literario, ya quisiera yo sacarme de la manga el otro argumento, el musical; pero lo realmente interesante de la parodia de Debussy sucede cuando la parodia se convierte en lección. Toda parodia tiene un componente crítico. Aquí, Debussy está diciendo en notas lo que por otra parte solía referir en palabras cuando ejercía de crítico musical: que la técnica, necesaria para echar a andar, no debe quedarse en casa, mirándose al ombligo. La técnica es el pasaporte hacia la música. Y para ilustrar esta convicción, la pieza abandona la tonalidad neutra de Do Mayor buscando una paleta cromática donde Debussy el creador se encuentra más a gusto y allí, sobre las mismas notas que sonaron al principio,

se materializa, casi en transparencia, una figura sonora maravillosa:

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Nubes

MobileMeLa última moda en informática es estar en las nubes. Ahora, desde el software hasta las ideas que pones en él se evaporan y se quedan allí arriba, a la espera de que necesites hacerlas llover en cualquier ordenador. Es algo cómodo pero también un poco inquietante. ¿Dónde está la nube que guarda tus escritos, las fotos del verano y hasta los posts inéditos de este blog, aquellos que nacieron cojos, tuertos e incluso sabiendo demasiado? ¿Quién te dice que una inoportuna tormenta no va a dejar caer un chaparrón de corcheas en el sitio equivocado, dejando agujeros blancos en tus composiciones?

Ahora vas en tren o te alojas en un hotel y en un clic y contraseña cae de la nube el procesador de textos y, con él, el documento en el que dejaste una frase escrita quizá en dos por cuatro. La podrás cambiar de compás y si al releerla te rima mejor concluirás satisfecho el trabajo y se esfumará sin que el servicio de habitaciones encuentre rastro alguno, ni de los menús, ni del save, paste, copy y demás cosas que habrían dejado la estancia revuelta.

La informática utiliza una terminología metafísica: las cosas se suben y se bajan con inmediatez y alegría sin que sepamos muy bien en qué dimensión ocurre eso. En mitad de ese misterio digital y cotidiano, ahora llega la metafísica de la nube y lo hace paradójicamente para despejar un poco el firmamento de nuestros discos duros, externos e internos, los cedés y los deuvedés. Nadie se lo cree del todo, por supuesto, igual que ocurre con el pronóstico para las próximas 48 horas que dan en las noticias, en este caso porque siempre queda la sospecha de que el hombre del tiempo que vigila las nubes no va a ser tan cuidadoso como nosotros con nuestros propios documentos.

Particularmente, lo que me gusta de estas nubes es que si andas seco de ideas puedes asomarte y siempre te quedará la esperanza de que te llueva un .pdf o un par de .doc propios recordándote que hubo otras sequías pertinaces hasta que el anticiclón se retiró de las Azores de tu cerebro, dando paso a un frente. Frío o cálido, según pilló el momento.

Afán

Capítulo ciento ochenta y dos. Esta abuela mía que sigue despertando algún email que otro de lectores de este blog, bien en su forma digital, bien en su forma de papel, sigue ajena a la cosa, no sabe que es algo así como una abuela mediática, se haría un lío la pobre mujer, con qué, pues con qué va a ser, con la explicación de qué es un blog, en qué consiste internet, cuántas gigas de memoria tiene un disco duro, el cd-rom y el dvd. Hay una ventana temporal de vértigo entre el BluRay y el cine mudo con piano al lado de la pantalla que la abuela veía en su temprana juventud. Una vez le pregunté si de verdad había un señor tocando el piano y respondió que sí, pero pocas veces, igual en alguna fiesta o Navidad. Intenté imaginar una proyección sin sonido alguno con mucha gente sentada en una sala oscura y seguí haciendo preguntas. Qué hacía la gente cuando ponían la película muda y no había música? Pues hablar. Hablar? Sí, hablar. Y no le hacían caso a la película? Unos sí y otros no, había gente que se levantaba de la silla y si alguno de la película se iba, qué se yo, con una mujer de mala vida le gritaban: que te vas a malperder!  Pero se lo gritaban al actor? Sí, si se iba a malperder se lo gritaban. Qué cosas.

(Me está saliendo muy larga la introducción. Volvamos a empezar.)

Capítulo ciento ochenta y dos. (Toma segunda). Esta abuela mía estaba sentada en su silla de ruedas junto al balcón y un día abrió los ojos y rompiendo uno de sus cada vez más prolongados silencios dijo para asombro de todos:

-Quiero irme a una residencia.

El asombro vino por partida doble. Uno, porque hace un año, cuando la abuela se valía por sí misma como si tuviera treinta años menos, solía decir, residencia? residencia? eso para los viejos! Y seguía haciendo punto o amasando con el rodillo para hacer rosquillas. Dos, porque lo que ella pretendía, el móvil del asunto, una vez hecha la investigación pertinente, era ingresar en asistidos para hacer rehabilitación. Dicho de otra manera: el asombro viene dado porque la abuela no se resigna a no volver a caminar, hasta el punto de querer entrar en una residencia y hacer un programa de rehabilitación con fisioterapeuta. Uno no sabe ya hasta qué punto una cosa es inconsciencia o verdero coraje pero qué más da porque mientras lo pienso, ella ya está allí. Dónde. Pues en la residencia, dónde va a ser.

Estamos yendo a visitar a la abuela por primera vez a la residencia, donde lleva cuatro días. No sé por qué hablo en plural, a veces coges carrerilla con las teclas y te sale así, estamos en lugar de estoy, como si fuéramos de visita todos. Da lo mismo. Por fuera, el edificio es horroroso, como corresponde a todos los edificios que llevan la firma del arquitecto de fama internacional, hijo predilecto de esta ciudad. Todos sus edificios son un horror y un error, salvo excepciones que confirman la regla. Este, en particular, está hecho de altísimas paredes de infinitos ladrillos de color claro. Tan sólo unos cuadros pequeños asoman de vez en cuando para decirnos: eh, somos las ventanas, o eso creemos. Es de imaginar que el edificio por dentro respirará mejor, pensamos mientras enfilamos la entrada, porque así, visto por fuera, es igual igual que un centro penitenciario de hace unas décadas. Vaya con el arquitecto.

La residencia es un sitio con pasillos muy largos y anchos, otros igual de largos y menos anchos y está divida en zonas y pabellones. Atravesamos el pasillo oyendo el ruído de nuestros pasos mientras abuelos en taca taca nos saludan al paso. Adiós. Adiós, buenas tardes. Hay un patio interior, amplio, menos mal, donde da el sol. En este sitio tiene que hacer un calor en verano que te mueres, me digo. El arquitecto no construyó pensando en eso, parece mentira tanto premio y tanta gaita habiendo nacido aquí y sabiendo lo que debe saber: que en invierno te hielas el moco y en verano se te derriten las meninges.

Subimos por el ascensor. Dónde estará la abuela. Más pasillos. Una puerta. Una cuidadora joven y sonriente nos trae a la abuela empujando despacio su silla de ruedas. Por la mañana la abuela ha estado en la peluquería. Se nota. También se nota que la abuela ha encajado bien el aterrizaje en la residencia pues viene hacia la puerta sonriendo después de mucho tiempo y diciendo a otras abuelas que luego vuelve y siguen hablando y que Josefina no seas mala que a las cartas no se hace trampa. La abuela levanta los brazos como el Papa, igual, para coger mi cara entre las manos. Ay, hijo, pero para qué vienes. Eso es buena señal, es muy suyo. Lo siguiente que dice la abuela mientras tomamos el relevo de los mandos de la silla y nos dirigimos a la biblioteca, porque allí hace sol, todavía es más tranquilizador puesto que son dos frases cien por cien suyas, dos de esas frases que te dicen que todo va bien sin decirlo, a saber:

-¿Has visto la de bombillas que tienen encendidas aquí, hijo mío?

-¿Qué ha dicho el hombre del tiempo?

Genial.

Sí a lo primero y que va a hacer frío a lo segundo. Sabido es que todo lo que concierne a la meteorología es un tema de conversación recurrente entre nosotros dos.

Para dirigirnos a la biblioteca hay que pasar por un sitio donde hay dos ordenadores. Sentadas frente a la pantalla hay dos abuelas dándole al ratón. A la vejez, cibersexo. La biblioteca es un sitio monjil. Definitivamente hay que escribir una carta al arquitecto. Qué falta de imaginación, qué previsibilidad. Qué ambiente más neutro, entre capilla de hospital y comedor de colegio. Dónde nos ponemos, abuela. Aquí mismo, hijo. De paso (sigo pensando) deberíamos escribir una carta al ayuntamiento, proveedor de los libros que enseguida reconozco en las estanterías, de estos restos de tiradas de libros tristísimos de patrocinio municipal, que si la pintura de nosequién en el siglo que reinó Carolo, que si la rehabilitación de tal edificio, que si leches. Luego diccionarios, enciclopedias y hasta vidas de santos. ¿Dónde está el “Hola”, coño? Un día le dijeron a la abuela: mira abuela, vidas de santos, lo quieres? Déjame a mí de santos y de monsergas, contestó ella con cajas destempladas. Casi un siglo de dedicación diaria a las estampitas, la de Santa Rita la primera, la que pide por los misioneros de África después, y así sucesivamente hasta completar la (larga) colección, y ahora la abuela decide en los últimos capítulos que le dejen de monsergas. Creo que la abuela ha hecho una opción: ante la incertidumbre espiritual, la certeza de la fisioterapia, por muy puñetera que sea.

La fisioterapeuta dice que la abuela tiene arrojo y tesón y que para el tiempo que ha estado inmovilizada responde bastante bien. La fisioterapeuta parece muy optimista. Yo menos, para variar, pero si me equivoco, pues mejor.

En la biblioteca presencio una escena muy curiosa: un anciano abre un ventanal y se sienta con lentitud reumática ante una mesa camilla para leer un ejemplar de “La Isla del Tesoro”. Me pregunto qué es lo que me impresiona de la escena. Yo creo que si llegara a esas edades estaría muy estresado porque, consciente de que no quedan muchas horas que perder, no sabría en qué emplearlas con provecho. Por eso, ver a este hombre decidio a invertir una porción de tiempo en recorrer con los ojos las líneas impresas de izquierda a derecha y de arriba abajo, pasando la página con lentitud, me resulta llamativo. Me gusta. No me pasa desapercibida la posibilidad de que este hombre quiera regresar de nuevo a aquella isla, cruzando el océano, puede que en busca de algún recuerdo que se quedó en la playa en alguna lejana lectura. Eso me gusta aún más.

Pero estoy con la abuela. Está animada y la conversación fluye sin largos silencios. Pregunto ingenuamente: a qué hora se despierta la gente aquí? Ella: a las ocho de la mañana. Yo: cómoooo? Ella: sí, hijo, sí, y hace apoyar la barbilla en la palma de su mano mientras los ojos se le van hacia arriba en señal de resignación. Me vuelvo raudo a mi madre, que acaba de incorporarse a la escena, y digo: ¿a qué lumbrera se le ha ocurrido semejante disparate? Hay que joderse, llegar a los noventa y cinco años para tener que levantarse a la hora de ir al colegio, ¿es que no la pueden dejar en la cama tranquila hasta que le de la gana?. Mi madre: no, porque hay que llevar un orden; ten en cuenta que aquí hay muchísima gente. Yo: pues que los ordenen más tarde. A las 8 de la mañana, pero a quién se le ocurre! A estas, dice mi abuela señalando con desgana hacia atrás. Tampoco es para tanto, insiste mi madre, entre que las arreglan y desayunan ya ha entrado bien la mañana. Mi abuela: sí, sobre todo eso, para las nueve y diez ya estamos todas cabeceando de aburrimiento. Mamá, no digas eso que por la mañana te hacen la gimnasia. ¿La gimnasia? Eso por lo menos es a las 12, jo!

La visita va llegando a su fin. Sigue pasando gente en taca taca, en silla de ruedas, del brazo de un acompañantes o en solitario. Hay grupos de los que sale de vez en cuando una carcajada. El señor que lee “La isla del tesoro” a la luz del atardecer no ha movido otra cosa que los dedos para pasar las páginas. Empujo la silla de la abuela atravesando el pasillo hacia la salida. La salida parece la recepción de un hotel. En la pared, figuran anotados los nombres de los últimos huéspedes en abandonar las instalaciones, hoy hay dos esquelas. La abuela muestra el lógico interés en estos casos. Sobre todo la edad, el muerto es lo de menos. 82 y 84, respondo. Ah, ya eran mayores, dice ella como si tuviera diez años menos y no diez más que ellos. Me agacho para dar dos besos a la abuela. Tápate bien el cuello que debe hacer mucho frío fuera, me dice con el primer beso. Y haz el favor de no volver por aquí, dice con el segundo. Esa también es una frase muy suya. Creo que todo va bien, al menos de momento.

Entrega

Recientemente cité “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford”, película con un título tan largo como grande es toda ella. Dentro de la película debe de haber muchas palabras, dicen, pero es curioso que yo la recuerdo por sus silencios, elocuentes, eso sí. Y por la luz, una luz que envuelve a los personajes recogiéndolos en sí mismos al mismo tiempo que los radiografía perfectamente a nuestros ojos. Es una película elegíaca, crepuscular en todos los sentidos y los sentidos la transitan con admiración y silencio al compás de su ritmo, pausado, o eso queda también en el recuerdo a falta de una nueva revisión.

Algo de eso habrá, seguro, porque el verdadero climax argumental es en realidad un anticlimax pues no dibuja un pico especial en la gráfica que registra sus latidos. Y sin embargo, está sutilmente deslizado y sucede con precisión matemática en el mismo ecuador del metraje, aglutinando lo anterior, haciendo cuentas y preparando el desenlace con el resultado ya en mano.

La secuencia tiene lugar en una última cena de connotaciones simbólicas. En la cabecera, el legendario forajido Jesse James, invitado de honor en casa de sus secuaces, los hermanos Ford. No es fácil digerir una cena con Jesse James, tal es el respeto que infunde, tal es su irascibilidad, los misteriosos e imprevisibles senderos que recorre su sentido del humor. Uno no sabe cuándo y cuánto reir a un comentario chistoso suyo, ni si el comentario es en sí una trampa que dice como te rías te mato, o si realmente todo es más sencillo que eso y si sale un chiste entre plato y plato se ríe y que venga el postre. Temor, veneración y respeto. Es Jesse James. Cuidado, forastero.

En el extremo opuesto de la mesa, frente a él, está el pequeño de los hermanos Ford. Es un chaval introvertido, de pocas palabras o de bastantes y torpes. O eso parece. En esta película es conveniente tener eso a mano, tanto como el revolver: dudar, no dar nada por sentado. Ambigüedad es la palabra. Ambigüedad es aquí una palabra que se extiende como un manto elástico cubriéndolo todo. Los minutos se suceden, el vino y la comida relajan las ataduras que hasta entonces mantenían tensa la atmósfera y entonces alguien deja caer, como diversión de postre (riámonos un poco del pequeño) que el pequeño Bob es un secreto e incondicional devoto de Jesse James desde la infancia. A Jesse James se le levanta una ceja, eso parece haberle interesado, y se dirige con la mirada al pequeño Bob pidiéndole que le hable de esa historia. Risas. No de Jesse James, que mira serio y desafiante; no del pequeño Bob, incapaz de levantar la mirada del plato.

Las risas, a media voz, transcurren en el intermedio de esa mesa larga a cuyos extremos se sientan el venerador y el venerado.

Jesse James quiere escuchar la historia de la propia voz de su protagonista y si Jesse James quiere algo hay que seguirle la corriente, a poder ser con celeridad. Nunca se sabe. De nuevo aparece en escena la ambigüedad: ¿por qué esa insistencia por parte de Jesse James? ¿Es un simple divertimento no exento de sadismo el que busca al poner a prueba al balbuceante y tembloroso admirador o es acaso esa sonrisa cínica el disfraz que utiliza el héroe para disimular un interés ante un sentimiento inconfesable? Tachán es una onomatopeya que podría sonar en nuestros oídos pero, sin embargo, lo que percibimos en ese instante es un silencio denso y tenso que se podría cortar con uno de los cuchillo que hay sobre la mesa.

Habla, cuenta, pide Jesse James.

Y el pequeño Bob lo intenta, qué remedio, al principio de una manera confusa, guarda en su habitación, desde niño, bajo la almohada, las historias que la prensa ha contado sobre las aventuras de Jesse James, las relee todavía por las noches aunque las sabe palabra por palabra de memoría. Sí, bueno, ya sabe que la prensa ha hecho literatura de los hechos, que lo que allí está impreso está multiplicado por diez pero qué importa cuando él lo multiplica por cien.

El pequeño Bob confiesa esos secretos mientras juguetea nervioso con su tenedor dando vueltas a la salsa.

Al otro lado de la mesa, Jesse James sonríe condescendiente y satisfecho.

Prosigue, vamos.

Y Bob continúa, ahondando en detalles que ya no están impresos en papel de periódico manoseado por el uso sino que ya son suyos, reflexiones propias, sentimientos propios que vuelven su discurso más confiado y fluído al comprobar que el interés de Jesse James no ha decaído, que Jesse James no ha dicho cállate, imbécil, me aburres.

La cámara inicia un lento acercamiento al rostro de Jesse James al mismo tiempo que lo hace al de Bob Ford. El ritmo al que lo hace es al de las palabras, concretamente al del argumento que llevan esas palabras. Al acercarse a Jesse James le está quitando la máscara y deja entrever cierta inquietud que se apodera del héroe. Al acercarse a Robert Ford nos está asomando a un corazón que, confiado, se abre derribando los obstáculos de la prudencia.

En el momento en el que la revelación está dicha a falta de decirse explícitamente, Bob Ford levanta al fin los ojos y los posa en Jesse James. Es la imagen misma de la entrega. Una entrega incondicional.

Frente a él, un hiératico Jesse James sostiene la mirada. Los murmullos y las risas de los otros han cesado. No nos sentimos capaces de interpretar la mirada de Jesse James, si es un sí, un no, un lo sabía, un lo mismo siento, un pero qué imbécil eres, chaval, un pero que par de bemoles tienes. No lo sabemos. No lo sabe nadie. Por eso el tiempo parece detenerse infinitamente en los escasos segundos que dura el plano estático.

Jesse James despega lentamente la espalda que hasta entonces estaba apoyada en el respaldo de la silla, apoya los brazos en la mesa y desliza hacia adelante la cabeza, como si fuera a decir algo importante, como si fuera a pedir confirmación de algo no escuchado con suficiente claridad.

Nuevo silencio.

Y justo entonces, nos sobresaltamos, ellos y nosotros, los que están dentro del cuadro y los que estamos fuera, ante la estrambótica carcajada que el forajido da como respuesta al largo y sentido discurso de Robert Ford.

Todo ha sido un juego. ¿O no? Ya hemos dicho antes que la ambigüedad planea sobre esta película constantemente. No sabremos si Jesse James ríe tras haberse divertido un rato o si lo hace para disimular algo. Hay risas estrambóticas y sonoras que nacen de los nervios y que pretenden acallar murmullos internos. Nadie nos despejará la duda pero, a cambio, sucederá algo notable, un punto de inflexión en esta historia que tiene lugar en un mismo plano, el de Bob Ford que recibe en la cara los salivazos de esa carcajada zafia cuando todavía tiene la expresión embelesada. Bastará un instante para que baje la mirada, humillado y avergonzado, y la vuelva a levantar, ni humillado ni avergonzado, pero sí con un matiz totalmente nuevo que esta vez no necesita de palabras: Robert Ford sabe, porque así lo acaba de decidir, que va a matar al legendario Jesse James.

Esto viene a demostrar lo que el dicho ancestral no se cansa de repetir, que del amor al odio hay un paso (o unos pocos fotogramas) y que Casey Affleck hace un trabajo grande, grande, y que se tenía que haber llevado el Oscar para el que estaba nomidado el año pasado por este trabajo, leñe.

Argumentos

Dos instántaneas de la existencia desde ángulos distintos:

Yo tenía veinte años. Cuando tienes veinte años, y veintiuno, y veintidós, y veintitrés, y veinticuatro, lo que quieres de la gente es que te hablen de tí. Cuando tienes veinte años, y veintiuno, y veintidós, y veintitrés, contemplas el mundo según como él te contempla a tí. ¿Se ríe la gente cuando haces un chiste? ¿Te besan las mujeres cuando te las cruzas en una fiesta? ¿Es así? Pues ya está, eso es lo que eres. Pero esas personas, se rían o no, te besen o no, también son jóvenes, así que empiezas a pensar que no te puedes fiar de ellos, de tus contemporáneos, de tus frustrados amigos y novias, que no es por ti mismo por lo que te besaron, sino que lo hicieron por ellos, por algo que les convenía, los muy narcisistas; mientras tú pedías reconocimiento, ¿qué pensaban ellos de tí? No tienes ni idea. Por eso es tan importante conocer a tus héroes cuando eres joven, para que te puedan decir algo. Cuando conocí a Morris Blinkel, lo único que quería que me dijera era: “Sí, lo veo en tí. Puedes hacer con ello lo que quieras, pero lo tienes. Puedes ser como yo, si es eso lo que deseas”

-Cuando eres joven -dijo Morris mirando por la ventana, dándonos la espalda-, y vas a lo tuyo, y lo tienes todo por delante y a todos a tu alrededor, no conoces a nadie más, y miras a los demás con sus vidas jodidas, y sabes que harás las cosas de otra manera, sabes que lo conseguirás y lo consigues. Eres más amable, más simpático, más listo. Y un buen día observas que has hecho todo lo que dijiste que ibas a hacer, pero, de alguna manera, te has olvidado de algo, pasó algo en el ínterin y todo el mundo ha desaparecido, todo es diferente, y miras a tu alrededor y te das cuenta de que te has jodido la vida igual que todos los demás idiotas. Y eso es lo que hay.

Se giró para vernos y sonrió valerosamente.”

Keith Gessen, “Todos los jóvenes tristes y literarios” 

Viajes

Estoy muy cansado.

(suspiro)

Es que estuve el miércoles de viaje en Pamplona y me tuve que levantar a las 7 sin que pudiera quedarme dormido hasta pasadas las tres. Ayer tuve que volver, misma hora en ambos casos, y como ya arrastraba la falta de sueño apagué el despertador y me volví a quedar dormido. El resultado fue un despertar súbito de esos que te hacen pensar en un infarto de miocardio entre palabras de esas que si las oyera mi sobrina diría: el tío ha dicho una palabrota y mi sobrino rubricaría con un sí entre tímido y divertido.

En el autobús, este segundo día, ya fui un poco zombie (y de mala leche, pasa eso en esta clase de despertares). Y de regreso, tras una intensa mañana médica y 200 kilómetros de ahora me quedo dormido, ahora cabeceo contra el cristal, ahora no sé para qué tengo el iPod puesto si no me entero de nada, una hora de repostaje para comer y, tachán, apareció un nuevo viaje, esta vez a Zaragoza y en distinto medio de transporte: el tren. Desobedeciendo al alcalde de Zaragoza, no fui inmediatamente al Pilar a rezar a la Virgen tal y como decía en los periódicos del día: que lo primero que hay que hacer al llegar a Zaragoza es ir al Pilar a rezarle a la Virgen del Pilar, Espero que este hombre me disculpe y no me cierre las puertas de la villa o dicte orden de destierro, pero a esas alturas del día, con cero grados de par de mañana pero 18 a esas horas de la tarde tenía yo, sumado al cansancio, un barrunto algo descorazonador de la primavera con nostalgia islandesa o finlandesa. Lo de siempre, vamos.

Lo del viaje segunda parte era cuestión menor, una de esas que vas dejando, dejando, hasta que te toca por cuestiones laborales y no te queda otra: había que hacer una consulta en el territorio blanco (porque eso es lo que predomina en esos sitios aunque a veces te encuentras a un técnico que te pone un poco negro, amén de llevar la camiseta del mismo color como uniforme oficial) de las tiendas Mac. Total: que ayer por la noche estaba yo que no era yo.

Hoy he dormido algo más pero es como si tuviera agujetas en ese vacío sustancioso que se forma en el pecho, dando vueltas, y que como todo el mundo sabe o debería saber es el centro de emisiones de un flujo importante de información: cómo estás, qué presientes, qué viene, qué necesitas. Qué, en definitiva. Pues cansado. Si en lugar de escribirlo lo dijera de viva voz diría cansao y aún quedaría más expresivo y gráfico porque es como si la “d” se cayera de sueño. Continuaré largando por estas teclas, querido blog, que cosas hay, pero no corren prisa.

Cello

A Iván.

Dice André Previn que Mozart trató de forma individual todos los instrumentos de una manera técnicamente perfecta y hasta con un cuidado físico a excepción del cello. No es que lo tratara mal, es que no lo trató mirándole a los ojos. Dicho de otra manera: el milagro mozartiano no vibró en las cuerdas del cello.

Fue Brahms quien ideó una melodía absolutamente maravillosa, de un lirismo arrollador y al mismo tiempo tan delicada, que la introdujo con cuidado en mitad de un concierto para piano y orquesta, como quien mete entre algodones una cosa muy frágil, temeroso de que se rompa. El oyente que transita el segundo concierto para piano de Brahms se encuentra, al llegar al tercer movimiento, con un pequeño concierto para cello y orquesta sin que el piano se muestre molesto ni siquiera un poco celoso, sino colaborador. El piano solista se convierte allí en eco sombra de una melodía de vuelo amplio, inagotable y llena de matices, de gemidos, de suspiros, de alientos contenidos, caídas súbitas y ascensos impetuosos que el cello entona principalmente en la región de los agudos, allá en las cumbres donde su garganta vibra para decirnos ay. Cuando Brahms hace esas cosas es muy probable que se nos ponga la carne de gallina.

Curiosamente, el encabezado de este movimiento carece de adjetivación, tan Brahmsiana ella. Si el allegro que le precede es appassionato y el allegreto que le sigue es grazioso, este andante anda a secas, andante y andando, ahí te las entiendas. Eso ocurre cuando las palabras se quedan escasas para explicar, indicar, dar una pista. Llega un momento en que uno tira la toalla y dice, andante, y ya está, no se sabe si confiando en que la propia música se explique o confiando en la sensibilidad del intérprete y que su gusto no sea de nuestro disgusto.

La pieza está llena de ingeniosidades compositivas que sirven de soporte y andamiaje a la profunda inspiración, como que el contracanto que acompaña al cello al comienzo se convierta finalmente en canto (y encanto) del cello sin que nada se ponga en contra a excepción del piano, que entonces acompaña vestido con un motivo que antes había lucido en exclusiva. Parece un rompecabezas pero eso no tiene ninguna importancia. De este concierto dentro de otro concierto se puede decir que nos duele en el alma y con eso le estamos diciendo a la cara una cosa bonita y además verdadera. Es el eterno enigma que acompaña a la belleza cuando nos sale de golpe al paso: decimos ay y hay algo por dentro que se regocija hasta lo indecible aunque se nos salte una lágrima.

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Futuro

Debe resultar muy doloroso tener que aparcar una vocación pero algo me dice que igual me toca probarlo en breve.

Yo nací para músico, lo sé, lo supe pronto, bien es cierto que antes quise ser bombero y el hombre que accionaba el tiovivo en las ferias, pero eso fue una fugaz afición entre las ceras de colores de la clase de pre-escolar. Lo otro es distinto. Lo de la vocación. Que cómo lo sé. Pues, para empezar, porque nací músico en una familia dura de oído y porque mi infancia, la personal y la musical, sufrió el trauma de la monja de música y salió indemne y con sobresaliente y eso que se conformó con escucharme tocar el himno de Eurovisión y no mi versión del Concierto para Clarinete de Mozart.

El Concierto de Mozart lo tocaba para mi vecina del tercero que era una señora que parecía sacada de una canción de Cecilia: tenía una sonrisa triste, la voz suave, se pasaba el día sola y aunque no sé si le llegaba un ramito de violetas ni si su marido era el mismo demonio lo que es seguro es que el tío llevaba un peluquín que daba el cante (pero jondo, bien jondo). Era la comidilla del vecindario. Uno puede llevar peluqín (prótesis capilar lo llaman ahora en este lenguaje aséptico y cuidadoso con susceptibilidades) pero el de este hombre era un peluquín que no acertaba a armonizar cromáticamente con el resto del pelo: era un pegote allá arriba. En fin, pelillos a la mar.

Ella me sonreía en el ascensor cuando volvía del colegio o de comprarme un Frigodedo y me decía que no se cansaba de escuchar el Allegro del Concierto y yo chuperreteaba los bordes del frigodedo para que no resbalaran ese exquisito zumo de color rojo y le decía, ya, pero es que la flauta no baja del do y los trozos que bajan del do hay que imaginarlos. Y era cierto, cuando los rápidos arpegiados llegaban al do más grave de la flauta dulce, que es un do que no llega ni a grave, una mierda de do, yo me detenía pero seguía interpretando las notas en mi cabeza hasta que me reenganchaba en la superficie de esa nota. No importa, insistía ella, no me canso de escucharlo. Pues toma. Yo me ponía en la cocina todo digno a hacer de Jack Brymer y tocaba para ella. Tocaba en la cocina porque sabía que ella estaba con el balcón abierto, y eso lo recuerdo porque en verano, al volver de la piscina, daba mi sesión diaria de allegro y al terminar se le oía llamarme desde el balcón, con su voz suave, y dar las gracias. Yo me asomaba para decirle que de nada y le sonreía a su sonrisa que parecía hasta menos triste, o eso quiere pensar el recuerdo.

Y todo esto a qué venía.

A lo de la vocación. Que yo la tuve bien clara desde el principio de los tiempos de mi existencia, aunque mi abuelo me dijera una y cien veces que me dejara de tonterías para estudiar las matemáticas. Las matemáticas no producían la misma emoción, el mismo cosquilleo, no eran dúctiles y además estaban llenas de coches que salían en direcciones opuestas primero y de incógnitas por resolver después.

La incógnita vuelve ahora.

Porque vamos a ver, hagamos un repaso: soy un músico que no puede interpretar música. Eso ya es un pequeño problema. En mis calificaciones pone sobresaliente en piano pero en el historial clínico posterior se lee “mano catastrófica”, la izquierda y la derecha. Es evidente que lo segundo no es consecuencia del esfuerzo de lo primero y que entre ambas calificaciones hay unos años que recuerdo con añoranza.

Luego está el problema del trabajo: tuve la mala suerte de perder las manos cuando todavía me faltaban algunas asignaturas para sacar el título dichoso, dichoso no por feliz sino por dichoso y punto, coño, las palabras pueden sonar y escribirse igual pero según el contexto no significan lo mismo. Es el caso. Sin título no hay trabajo. Y se da la circunstancia paradójica que actualmente doy clase en casa, sintiéndome en una especie de exilio o clandestinidad, a gente que sí puede trabajar porque tiene título y les ayudo a preparar las oposiciones que les permitirán tener el puesto asegurado de por vida. Conste que si es así, con o sin mi pequeña contribución, me alegraré infinitamente. Pero la cuestión es qué pasará después de las mismas, porque los gobiernos autonómicos no convocan oposiciones todos los años, más bien cada mil años por lo menos, y con lo de la crisis ni te cuento.

Queda la opción de las conferencias, las charlas, los encuentros, esas cosas que ya he hecho por centenares (en sentido literal). Pero necesitaría un cambio de escenario, porque esto es un sitio pequeño y me tienen muy visto y muy oído. Así que, ¿y si diera clase para oposiciones en otro lugar y lo mismo para las charlas? Pues dirían: y este quién coño es (lógico) y (lógicamente) pedirían el papelito del título.

Así que vuelta a empezar con el problema.

Igual hay que ir pensando (deprisa) en abandonar la vocación, deprisa más que nada por buscar alternativas. Jo, hay gente con suerte que tiene sensibilidad o agudeza o las dos cosas para mirar una película o leer un libro y le pagan por contarlo, bien en una columna de prensa o en una radio. Aquí no. Aquí las colaboraciones culturales se llaman así, colaboraciones, porque dan por sentado que colaboras desinteresadamente. Y por qué? Porque eso no cuenta, no tiene valor.

Durante varios años, puntualmente, le guardé las ausencias con infinito cariño y respeto a mi amigo Julio Mazo tomando el relevo de su colaboración literaria en la radio. Con el escepticismo que guardaba tras su sonrisa afable me dijo en el ascensor el día de la presentación lo siguiente: en cuanto te canses, déjalo, no merece la pena. Fue lo único que se oyó desde el noveno hasta la planta baja, y mira que hay tiempo para decir cosas con tanto piso de por medio. Yo escuchaba su respiración sonora, las manos de él en los bolsillos y mirando al suelo y sólo sé que agradecí esa confidencia. Ya en la calle le respondí que no, que no lo dejaría. Y así fue. Quise perpetuar su recuerdo y me siento orgulloso de ello. Casi cuatro años. Eso son muchos libros, muchas palabras, muchos minutos y una inolvidable comunicación con los oyentes.

Un día mi enfermedad dio uno de esos zarpazos que, entonces, tocaban cada mucho tiempo, afortunadamente. Llamé a la emisora para comunicar que durante unas semanas iba a tener que dejarlo sintiéndolo mucho y me colgaron el teléfono. No tengo en cuenta ese incidente aunque me dejó de momento hecho polvo y no lo tengo en cuenta porque aunque no recibí explicación alguna comprendí (y así lo supe años después) que había sido un arrebato de lástima por dejar de hacer un número semanal que, a base de engrasarlo, funcionaba como un reloj. Pero lo curioso es que desde entonces ya no existo para esa radio, ni siquiera existe en esa radio quien me colgó el teléfono, qué cosas. Das una conferencia, les mandas nota de prensa como hace todo el mundo en circunstancias así y, a diferencia de ese todo el mundo, silencio. Sacas La Idea del Norte (libro) y les mandas nota como todo autor local que saca libro y cuya entrevista escuchas a la hora de comer y silencio (bien mirado, al menos puedo comer porque no tengo que hablar por la radio al mediodía).

Igual pongo un anuncio. En el blog. Algo así como me ofrezco como conferenciante, profesor, escritor sobre temas musicales y demás variantes. Niveles: divulgación general a especialización profesional. Soy educado y doy conversación. Y simpático, por supuesto. En efectivo o con tarjeta. Domicilio o centro cultural (se cobrará plus de peligrosidad según concejal), y quien dice centro cultural dice Conservatorio, colegio, qué se yo. Sonará a broma. Pero ya me gustaría a mí que lo fuera.

Resumen

Cuando estás tumbado en el sofá con la cabeza apoyada en una pila de cojines mirando la televisión, salen las mismas cosas pero de lado. A veces cierras los ojos, que es como cambiar de canal aunque el sonido siga pegado en el aire, y dicen que van a regalar nosecuántos mil euros o el capitán sel SeaQuest emite un solemne comunicado, eso según el número asignado desde el mando a distancia.

Pero es pulsar por pulsar, igual que en el post de abajo de lo que se trataba era de pensar por pensar. Son cosas del virus. Empezó con unas punzadas en el estómago y unas malas ganas que venían de allí mismo y subían hasta la boca provocando una salivación de esas que son preludio del vómito (el vómito es la fuga que sigue al preludio). Ya que la cosa estaba de subida, después vino el dolor de garganta, y ese que se pone en la cuenca de los ojos y que suele ser señal de fiebre sin necesidad de recurrir al termómetro. Todo acompañado con dolor de huesos y el agotamiento. Pero un agotamiento indecible porque se sumaba al de días previos cuando me quitaron el medio litro de sangre. En las películas de vampiros, cuando Christopher Lee le hinca al diente a una damisela de la Hammer la deja débil, pálida y rodeada de ajos. A mí me sobraban los ajos, para eso tenía yo el estómago, para pensar en ajos.

Esto de que te salga una cosa así justo cuando al organismo le acaban de privar de algo propio siempre me ha inquietado un poco porque da que pensar (por ya vivido y revivido) que responde a una causa-efecto. Desde que mi sistema inmunológico decidió llevarse la contraria a sí mismo hace la friolera de 27 años, pasan cosas raras de este tipo. Por ejemplo, le da por fabricar un exceso de sangre más que nada por joder un poco y cuando los médicos deciden quitar el sobrante parece decir, ah, sí?, esas tenemos? pues ahora te vas a enterar. Y plas. Eso es lo inquietante, no el pensarlo sino el comprobarlo.

Lo bueno de que no te pille de nuevo es que intentas no hacer mucho caso a la situación, tarea complicada con el agotamiento, y los vómitos, y el estómago que parece estar digiriendo papel o algo así, y la fiebre, pero desconectas y ya está. Ya que no puedes desconectar de lo que sucede en el interior desconectas del exterior. Se apaga el móvil, se cierra momentáneamente este cuaderno de notas, das clase hasta que en la pizarra del pensamiento pone un no muy grande y te encierras en casa.

Y qué haces.

Pues depende. Una vez, de convalecencia, le cogí un asco de por vida a los flanes. En serio. Me pilló con el estómago así, lo vomité asá y tuve la certeza de que los flanes y yo íbamos a ser incompatibles para toda la vida. En esas estamos. Esta vez no le he cogido asco a nada pero, curiosamente, todo lo que tiene que ver con la música me ha dado una pereza espantosa; de hecho, llevo tres días sin escuchar una sola nota de música. Más todavía, sin echarla de menos.

En espera de que todo se normalice, reconduzca, recoloque, defragmente, lo que sea que tenga que ser, he estado viendo películas, nuevas y antiguas, me he estado empapando a síncopas del milagro de la compresión de la alta definición con el codec H264 y comprobando sus resultados en 720p. Ayer por la noche estaba un poco mejor pero no quise escribir el rollo de siempre a propósito de San Valentín porque ya es conocido, lo de que el amor es cosa buena pero el enamoramiento es un veneno terrible, una droga dura que siempre termina produciendo un mono que te deja hecho un trapo, mal de amores que decían los antiguos. Los antiguos sabían mucho, hasta hacían refranes y todo y todos tienen razón.

Así que en vez de exponer mi teoría sobre los efectos nocivos del enamoramiento que los enamorados niegan precisamente porque están contagiados de los mismos (y además esos efectos nocivos lo son por engañosos, te dan un chute concentrado de maravillas con una carga de veneno al fondo) pues me callé, total, yo no estoy en un trance así, afortunadamente y toca madera, y seguí con lo de la resolución a 720p, increíbles resultados, lo volví a comprobar revisando con ese nuevo look “Superman returns” (2006) y resultó que, de paso, re-descubrí algo que ya sabía, pero ahora lo sé más y mejor: que “Superman returns” produce una infinita ternura y que es ante y sobre todo una película romántica de alta definición. Yo creo que llamaron a Kevin Spacey para hacer de Lex Luthor y que se encargara de la parte de acción para rellenar el resto del metraje, porque lo realmente importante era lo otro.

Me parece que la gente no lo comprendió.

La gente es muy rara. Yo también me siento raro: me canso, me agoto, no me llama para nada una sola gota de música, no me tienta encender el teléfono móvil, aunque me da que igual estoy empezando a regresar a eso que llaman rutina. Seguro que la rutina es el efecto secundario de alguna causa global.

Atrás

Puede ocurrir que entres a la cocina a merendar y te encuentres que en la radio, Cadena SER, programa “La Ventana”, empiece la sección “Pensar por pensar”. Horror y diversión a partes iguales. Dos profesores filosofan sobre un tema determinado. Responden a los apellidos Cruz y Delgado, por lo que en primera instancia suenan a dibujo animado. Pero no. Particularmente me resultan bastante repelentes y pedantescos y precisamente por eso me cuesta quitar la oreja, porque el morbo es lo que tiene, que siempre te dice: espera a ver cómo sigue el asunto. Con tonillo engolado y resabiado se pasan el rato citando y recitando, les da lo mismo si es a Chomsky como si es un proverbio chino, el caso es quitarse la cita de la boca con un evidente tú a mí no me dejas con una cita de menos que soy más sabio que tú. En el atardecer tranquilo de mi cocina, yo no podría hacer como Woody Allen en la famosa secuencia de la cola del cine en la que se trae del brazo al aludido Marshall McLuhan para poner en su sitio al par de pedantes que hay en escena, primero porque igual necesitaba traer a tantos como para formar toda la cola del cine (con el consiguiente agradecimiento del productor al ahorrarse un puñado de extras) y segundo porque estoy más instruído en el 13 Rue del Percebe que en Chomsky and Co. Qué le vamos a hacer.

Al grano.

Están ellos y en medio Gemma Nierga, modélica en el arte de ocultar la irritación con esa sonrisa tan suya y tan atractiva que hasta se ve por la radio y todo. Hoy el tema elegido para filosofar venía a cuento de la película “El curioso caso de Benjamin Button”, la de Bradd Pitt rebobinado, esa. Es una adaptación de la historia que escribiera Scott Fitzgerald inspirado por una afirmación de Mark Twain según la cual la vida sería más alegre naciendo a los 80 años y acercándonos gradualmente a los 18. La pregunta de la tarde era: ¿es verdad eso? Rotundamente , me he dicho a mí mismo mientras hincaba el diente a una galleta y antes de que uno de los dos profesores citara a algún clásico (occidental u oriental, tal es el vasto mapa de sus conocimientos). Rotundamente sí porque dado que los extremos de la vida son traumáticos (eso de nacer saliendo de la cálida y oscura piscina al frío y a la luz tiene que ser espantoso), es mejor ir para atrás porque con 80 años te enteras de todo o, en el mejor de los casos, te vas enterando del deterioro previo y, sin embargo, cuando naces no te acuerdas de nada. Ya está. Publicidad y a otra cosa.

Pero no.

Ellos, sesudos pensadores, empiezan a plantear cuestiones muy poco prácticas que te hacen pensar (valga la redundancia) que el título de la sección es muy acertado (“Pensar por pensar”), que es una suerte que le paguen a alguien por hablar de la música de las esferas y que a ver si me acuerdo de comprar mañana otra caja de galletas que ya quedan pocas. Se han puesto a hablar de la posibilidad de que nazcas con 80 años pero sin experiencia y conforme te acerques a la juventud vayas madurando intelectualmente pero ahí ya he desconectado la atención por inverosímil. Una cosa puede ser inversosímil una vez (por ejemplo, eso de nacer siendo viejo e ir rebobinando) pero doblemente inverosímil no. Si naces con 80 años naces acordándote de la guerra, de Celia Gámez y demás. Si no, a otra película.

El sufrimiento. Naces y mueres sufriendo (salvo excepciones excepcionales). Y naces y mueres en circunstancias humillantes (salvo excepciones excepcionales): desnudo, haciéndotelo todo encima, dependiente de otros. El intermedio no es mucho más estimulante (salvo momentos excepcionales). Cuánta excepcionalidad en un párrafo.

Lo mejor del programa es que estos señores están tan ensimismados hablándole al ombligo propio (que no atendiendo a los argumentos del otro que, a su vez, se deleita escuchándose también a sí mismo) que con gozosa frecuencia los oyentes que llaman para dar su opinión desde un despacho, un taxi, lo que sea, les dan mil vueltas con argumentos tan sencillos como aplastantes. Y además sin citar a Schopenhauer. Por ejemplo, Miguel, 45 años, al otro lado del móvil. Dice, decía esta tarde, que Twain tenía razón porque llegas a los 40 con tu propio cálculo ya hecho de la suma de unos conocimientos adquiridos, una idea formada de la religión y de la pareja que es la persona de tu vida y para cuando das con el resultado y quizá comprendes que lo anterior no cuadra ya no te encuentras con la misma energía para hacer una nueva operación con otros sumandos. (Creo que para disimular su propio fastidio, uno de los profesores le ha citado al otro un proverbio oriental; el otro, para hacer lo mismo, incluso le ha alabado la elección, algo rarísimo).

Pero sí. Mark Twain tenía razón. Sería maravilloso hacer el recorrido a la inversa, ya que hay que moverse obligatoriamente. Pasar de una ancianidad temblorosa, desvalida y solitaria al confortable refugio del regazo materno cuando te has caído de la bicicleta; de una vida de trabajo entregada a la empresa de unos tiranos al tiempo sin contornos, infinito y tuyo, de las vacaciones escolares. El soponcio de tu primera calabaza amorosa daría paso al descubrimiento de que los Reyes Magos existen (no es mal consuelo) y antes de enterarte de la cruda verdad se te olvidaría todo diluyéndose en una amnesia con anestesia. Y al final ni siquiera sería necesario que se derramara una lágrima por tí.