Archivo por días: 31 enero, 2009

Moral

YumaNo está el western entre mis predilecciones. Demasiado polvoriento todo. Y esa trascendencia en las miradas diciendo cuida que disparo yo primero, forastero, suele parecerme demasiado teatral y me aburre. Es cierto que hay películas de Ford maravillosas pero a veces encuentro en alguna mucho mascar de tabaco, mucho pasarse el pulgar por los tirantes, sentimentalismos de domingo y el típico viejete gracioso de Saloon sin dentadura que guiña el ojo todo el rato y que se llama Joe o pregunta por Joe.

Mucha pereza.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte ha habido un resurgir del género que recientemente ha dado (cosecha de 2007) dos obras excepcionales como son “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford” (Andrew Dominik), elegía preciosa de aire contemplativo que uno no se cansaría de ver y de sentir, de ver y de sentir, y “El tren de las 3:10” (James Mangold), remake de una película de Delmer Daves rodada cincuenta años antes.

“El tren de las 3:10” llegó a España con un año de retraso y no se detuvo hasta ayer por la noche en la pantalla de mi casa, las luces apagadas, el mando en la mano y el dedo en el play. Y una gozada. La historia cuenta el traslado de un forajido al tren que le llevará ante la justicia escoltado por un pequeño grupo de hombres entre los que se encuentra, por fuerza mayor, económica, un buen tipo, padre de familia que se dejó una pierna en el campo de batalla en defensa de la patria y al que el cacique del lugar ha privado primero de agua para regar sus tierras, ha prendido fuego a su establo después y le ha dado el ultimatum para que abandone el lugar llevándose a su mujer y a sus dos hijos.

El forajido es Russell Crowe, el tipo que necesita el sueldo extra es Christian Bale, los demás cuentan menos aun haciéndolo redondo porque lo de estos dos es un duelo mayúsculo y no de los de pistolas precisamente, aunque el dedo se les deslice alguna que otra vez al gatillo, recelosos el uno del otro. Aquí el duelo es, en primer lugar, interpretativo. Brillante. Crowe alza la ceja y luce sombrero como pocos. Bale es Bale como nadie. Dentro de la piel de los personajes que ambos bordan a la perfección se establece otro duelo de tipo moral. El hombre de principios rectos (“una cosa es pensar en matar a alguien y otra hacerlo”) y el hombre sin principios, ni rectos ni curvos. Y mientras transcurre el largo viaje, con los secuaces del forajido siguiéndoles los pies, sombra y amenaza constante, hay tiempo de sobra para las palabras que siembran la duda y la tentación.

A Christian Bale le tocan la moral en esta película y Crowe disfruta con ello ofreciéndole en billetes la inmediata solución a sus problemas a cambio de que le deje escapar, una oferta que supera con creces la acordada por la justicia como retribución por los servicios prestados. La justicia aquí no cuenta con una digna representación precisamente. Bale está solo y encaja el golpe y el siguiente y el otro, testarudo que es Bale, y no lento precisamente en las réplicas; algo hay de caballero oscuro siempre en Bale por muy rectas que sean las líneas de su guión (guión, todo sea dicho, generoso en referencias y homenajes). Se tambalearán los cimientos de frío mármol de Crowe, claudicará Bale a quien le toca empezar la película con el vaso a pocas gotas de colmar su paciencia?

En la película hay acción y reacción, tensión in crescendo conforme las agujas del reloj acercan al dichoso tren al andén de la estación aun cuando en ocasiones haya que esperar escondidos en la habitación de un hotel. Es curioso cómo la tensión tira de los extremos de la cuerda a pesar de que la acción se haya ido a echarse la siesta un rato. Este tren de las 3:10 a Yuma tarda 120 minutos en llegar pero pasan sin que uno apenas se entere. Eso es buena señal, muy buena señal.

Holograma

Entre la teoría de ese niño que sostiene que somos parte de un libro que leen unos sapos verdes gigantes y la ese físico cuántico que apunta a la posibilidad de que la experiencia que tenemos del mundo no sea más que la proyección holográfica de procesos físicos que están teniendo lugar en otro sitio no hay mucha diferencia. Entre medio está la novena de Beethoven, la Revolución Francesa, la muerte por congelación de un cervatillo herido en un monte de 1322, Valerio Lazarov, la fotosíntesis, la digestión del desayuno que tomó John D. Salinger el 12 de Febrero de 1969, un grupo de amebas nadando en una charca prehistórica, el cáncer, el canto de los delfines, una estampita de la Virgen del Pilar, el misterio de las risas y el último capítulo de Falcon Crest. Y todo eso es la cabeza del alfiler de una biografía densa que quizá sea solo el reflejo irisado que un rayo oblicuo de sol proyecta en la pared del salón al atardecer.

Mientras tecleo estas letras, la sonda Voyager II atraviesa las gélidas oscuridades del universo a la increíble velocidad de 15 kilómetros por segundo lo que quiere decir que si nos paramos a contar, uno, dos, tres, ya habrá hecho más de 50 y antes de que termine el minuto habrá recorrido 900, y 54000 cuando el minuto alcance a la hora y así y todo, por mucho que pasemos las hojas del calendario, apenas será un pixel en una pantalla negra que cada vez se nos presenta más incierta en toda su dimensión y dimensiones porque ahora el debate ya no es tanto qué hay más allá sino qué es realmente lo de acá, si sabemos qué es lo que vemos y si es así realmente. Un lío fascinante.

Quizá todo lo que el telescopio Hubble otea desde su puesto de vigía galáctico no sea más que una burbuja de aire en el extremo de una figurita de cristal colocada sobre una repisa en el hogar de alguien que está ensimismado leyendo el penúltimo capítulo de Oliver Twist, publicado hoy mismo en un periódico londinense de crujiente papel y olorosa tinta. No hay gran diferencia entre saber qué hay en el límite del cosmos que en el filo de la conciencia del vecino del quinto. La incertidumbre siempre es infinita aunque despejada la equis puede que el resultado quepa en un marco trazado con boli azul.

Andan confundidos los científicos porque el detector de ondas gravitacionales GEO600 no ha sido capaz de detectar ninguna de esas ondas en siete años de intensa búsqueda y, sin embargo, lo único que ha traído a los monitores es una señal lejana del límite del espacio-tiempo según la cual el tejido del que está hecho el universo parece disolverse en una estructura granulada, como los bordes de una fotografía antigua. Piensan los científicos que el fracaso de GEO600 puede convertirse en uno de los hallazgos más importantes de la física lo que demuestra que el mundo, sea lo que sea eso, empieza por ser una serie de paradojas y luego a saber qué más hasta que se disuelve. Mientras tanto, tal vez en el mismo instante que alguien muere en la cama de una UVI hay quien mira el periódico entre bostezos a ver qué ponen esta noche en la tele sin que el horizonte acuse el paso de las cosas, que es el misterio más profundo de todos.