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Soy muy raro.

Para comer. Para otras cosas también pero lo de las comidas vino primero a pesar de los denodados esfuerzos por parte de mi madre. No me gusta el pescado, ni los embutidos, no entiendo a los guisantes y no sé cómo abordar un tomate. Los quesos me desconciertan y eso con sólo mirarlos, al igual que pasa con las gambas, langostinos y demás bichos naranjas y retorcidos, aunque en este caso la reacción es de espanto.

Cuando estaba en edad de ir al pediatra mi madre se quejaba de que no había manera de que yo comiera pescado en los tarritos de comida de bebés. Por lo visto, era presentir la llegada de la cuchara a la boca y en vez de boh, que es algo que dicen los bebés con frecuencia, decía puaj, y vomitaba como la niña del exorcista, igual pero con merluza delante. El pediatra, avispado él, dio con la solución. Mézclaselo con la carne. Mi madre obedeció pero a la primera cucharada volví a vomitar en una erupción gástrica de notable repercusión en la cocina. No sé qué trauma debió ocurrir en la cuna, qué sonajero de melodía infernal, qué pudo pasar para que eso ocurriera, tan temprana fue mi aversión.

Lo curioso es que soy un enamorado del mar pero la mera contemplación del brillo de unas escamas de pez me acongoja. Memorable fue el día que estando en un restaurante los ojos se fueron con espanto a la mesa de enfrente donde un señor con papada retiraba unas escamas negras, a saber qué consistencia tendría aquello. Mi conversación estaba en la mesa pero los ojos estaban en otra, observando con temor. El hombre retiró la piel escamosa con habilidad y entonces, envolviéndola en el tenedor con un hábil movimiento se la metió rápidamente en la boca en un gesto que tenía algo de lagarto engullendo un insecto repugnante. Por poco vuelvo al pediatra.

Guardo una imagen pesadillesca de la EGB que, curiosamente y sin que sirva de precedente, no tiene que ver con ninguna monja sino con una rodaja de mortadela pendiendo cual lengua de dos rebanadas de pan Bimbo del almuerzo de una niña pecosa. La vista se me iba con morbosidad y asco a ese tono rosado y desagradablemente frío. Los embutidos tienen algo cadavérico, como el jamón de York pero sin aceituna, mancha verde de la rodaja planetaria de la mortadela. El salchichón producía una sensación de aspereza y el chorizo probablemente respondía a la sonoridad, nada apetitosa, del nombre, como ocurre con la chistorra, una cosa horrible muy de aquí que a partir de cierta latitud pasa a denominarse txistorra y aún peor aunque siga desprendiendo el mismo olor y la misma grasilla.

Soy muy sencillito comiendo, qué remedio. Mi concepción de manjar está en las antípodas del foie, el marisco y horrores parecidos. Un manjar es la patata, que nunca es sospechosa. Y haría un monumento a los garbanzos (sin chorizo, claro) y a los pimientos verdes fritos, a la tortilla de patata y a unos cogollos de lechuga (sin anchoa, una aberración ese aderezo). Se comprenderá que yo soy de pollo y filete a la plancha, con su ensalada y sus patatas.

Por todo lo anterior, me sorprende a mí mismo que sea un incondicional del Starlux.

7 pensamientos en “Menú

  1. C.

    A todo meter durante un rato, pero ahora parece haber sido un espejismo. Con lo que he hemos visto nevar este invierno pero no hay modo de pisar nieve!

  2. David

    Todavía no entiendo como la gente puede comer foie o carne de algún animal que no haya tenido la oportunidad de vivir.

  3. toni

    en este lado del mar el pescado es imprescindible. a la sal, al vapor, al horno, a la plancha. dioses, no hay mejor manjar que ir a ca u patró y tener que esperar a que lleguen los pescadores para saber qué hay en la carta. aunque también nos enganchamos al arròs brut con una facilidad tremenda. y a lo que haga falta. la niña con nombre de agua dice que nos comeríamos hasta los hierros de los fogones. y así nos cunde, claro.

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