Acierto

Queda en el misterio qué circunstancias y qué conjunciones se dieron la madrugada del 17 al 18 de Junio de 1791 para que, en mitad del naufragio, Mozart alumbrara el milagro prodigioso que se resume en dos páginas de papel pautado, en tan solo 46 compases, los justos para poner en música ese himno eclesiástico del siglo XIV, “Ave Verum Corpus”, un texto con sombras de cruces, tormentos y sangre a la costumbre de la época.

Lo que sí sabemos, porque así nos ha llegado, es que Mozart untó de tinta la pluma y trazó la luminosa clave de Re Mayor y lo que siguió tiene toda la pinta de haber surgido en el instante mismo de la escritura o puede que ya estuvieran en el pensamiento, perfectamente delineadas, las frases musicales conteniendo las notas y los silencios, la modulación que torna un acorde en otro color, el contrapunto a las proposiciones, todos los recursos necesarios para convertir en imágenes sonoras los versos y que dan aliento a esta miniatura enorme de ideas sencillas e impecables y, por lo mismo, impenetrables.

En los últimos compases de su existencia Mozart trajo de ese más allá al que solo unos pocos tienen permitido el acceso una nueva muestra de perfección, una de las más conmovedoras e imponentes, a mi modesto juicio. Ahora que lo pienso, uno de los atractivos de este motete es su condición paradójica: miniatura enorme, sencillez y perfección (cosa bien difícil), intimista e imponente. Y el pretexto o la llama que prende la genialidad son estos versos:

Ave verum corpus, natum
De Maria Virgine,
Vere passum, inmolatum
In cruce pro homine,
Cujus latus perforatum
Unda fluxit et sanguine,
Esto nobis praegustatum
In mortis examine.”

…que primero traduciremos:

Salve, Cuerpo verdadero, nacido
de la Virgen María,
verdaderamente atormentado, sacrificado
en la cruz por la humanidad,
en cuyo costado perforado
fluyó agua y sangre;
esto es un anticipo
de la prueba que será para nosotros la muerte.”

…para poner después el dedo aquí y escuchar con los ojos:

Ave verum corpus, natum
De Maria Virgine,
Vere passum, inmolatum
In cruce pro homine,

Cujus latus perforatum
Unda fluxit et sanguine,
Esto nobis praegustatum
In mortis examine.”

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La música y las palabras se unen de una manera maravillosa, como en el instante en que los graves irrumpen en el “inmolatum” (“sacrificado”) tiñendo súbitamente la armonía de dramatismo. El solitario y agudo “In cruce” (“en la cruz”) se nos presenta como grito y culminación de los tormentos previos y casi nos obliga a mirar hacia la vertical desde donde el crucificado se sacrifica “pro homine” y desde donde la frase musical se derrama con sobrecogedora ternura sobre nosotros hasta extinguirse en el silencio.

Pongamos el dedo en otro instante y volvamos a escuchar con los ojos:

Ave verum corpus, natum
De Maria Virgine,
Vere passum, inmolatum
In cruce pro homine,
Cujus latus perforatum
Unda fluxit et sanguine,
Esto nobis praegustatum
In mortis examine
.”

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Mi instante preferido: la progresión ascendente y en imitación entre las voces de las mujeres y las de los hombres. Entran con suavidad ellas y al instante ellos en un eco amable formando un insólito acorde de séptima mayor que tantas caricias al oído haría en el futuro pero cuyas virtudes permanecían prácticamente inexploradas hasta entonces.

Y la conclusión. De una manera similar al clímax del ejemplo anterior, aunque aquí más desarrollado por su condición de final definitivo, de nuevo las voces femeninas elevan hacia el agudo el “In mortis” y de nuevo la incorporación posterior de las masculinas inicia una dramática progresión armónica que tensa y “estira” el acorde sobre la vocal “o” para, finalmente, devolver el alivio al compás permitiendo que, poco a poco, cada nota busque el refugio y el reposo en el acorde final.

4 pensamientos en “Acierto

  1. arrebatos

    Yo que no sé explicarla, pero que de igual forma me conmueve y me alegra o me pone melancólico, siempre he visto a Mozart como el primer gran compositor de (si me permiten la frivolidad) “Greatest hits”. No existe una sola pieza suya en la que no encuentres una o varias de esas maravillosas melodías que te hacen exclamar “pero si esto ya lo había escuchado yo” y que después de volver a escucharlas ya no te las puedes quitar de la cabeza en todo el día.
    Estas navidades me regalé el “Die Zauberflöte” dirigido por Claudio Abbado. Creo que es el mejor regalo que me he hecho en mucho tiempo.

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