Archivo por días: 26 enero, 2009

Acierto

Queda en el misterio qué circunstancias y qué conjunciones se dieron la madrugada del 17 al 18 de Junio de 1791 para que, en mitad del naufragio, Mozart alumbrara el milagro prodigioso que se resume en dos páginas de papel pautado, en tan solo 46 compases, los justos para poner en música ese himno eclesiástico del siglo XIV, “Ave Verum Corpus”, un texto con sombras de cruces, tormentos y sangre a la costumbre de la época.

Lo que sí sabemos, porque así nos ha llegado, es que Mozart untó de tinta la pluma y trazó la luminosa clave de Re Mayor y lo que siguió tiene toda la pinta de haber surgido en el instante mismo de la escritura o puede que ya estuvieran en el pensamiento, perfectamente delineadas, las frases musicales conteniendo las notas y los silencios, la modulación que torna un acorde en otro color, el contrapunto a las proposiciones, todos los recursos necesarios para convertir en imágenes sonoras los versos y que dan aliento a esta miniatura enorme de ideas sencillas e impecables y, por lo mismo, impenetrables.

En los últimos compases de su existencia Mozart trajo de ese más allá al que solo unos pocos tienen permitido el acceso una nueva muestra de perfección, una de las más conmovedoras e imponentes, a mi modesto juicio. Ahora que lo pienso, uno de los atractivos de este motete es su condición paradójica: miniatura enorme, sencillez y perfección (cosa bien difícil), intimista e imponente. Y el pretexto o la llama que prende la genialidad son estos versos:

Ave verum corpus, natum
De Maria Virgine,
Vere passum, inmolatum
In cruce pro homine,
Cujus latus perforatum
Unda fluxit et sanguine,
Esto nobis praegustatum
In mortis examine.”

…que primero traduciremos:

Salve, Cuerpo verdadero, nacido
de la Virgen María,
verdaderamente atormentado, sacrificado
en la cruz por la humanidad,
en cuyo costado perforado
fluyó agua y sangre;
esto es un anticipo
de la prueba que será para nosotros la muerte.”

…para poner después el dedo aquí y escuchar con los ojos:

Ave verum corpus, natum
De Maria Virgine,
Vere passum, inmolatum
In cruce pro homine,

Cujus latus perforatum
Unda fluxit et sanguine,
Esto nobis praegustatum
In mortis examine.”

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La música y las palabras se unen de una manera maravillosa, como en el instante en que los graves irrumpen en el “inmolatum” (“sacrificado”) tiñendo súbitamente la armonía de dramatismo. El solitario y agudo “In cruce” (“en la cruz”) se nos presenta como grito y culminación de los tormentos previos y casi nos obliga a mirar hacia la vertical desde donde el crucificado se sacrifica “pro homine” y desde donde la frase musical se derrama con sobrecogedora ternura sobre nosotros hasta extinguirse en el silencio.

Pongamos el dedo en otro instante y volvamos a escuchar con los ojos:

Ave verum corpus, natum
De Maria Virgine,
Vere passum, inmolatum
In cruce pro homine,
Cujus latus perforatum
Unda fluxit et sanguine,
Esto nobis praegustatum
In mortis examine
.”

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Mi instante preferido: la progresión ascendente y en imitación entre las voces de las mujeres y las de los hombres. Entran con suavidad ellas y al instante ellos en un eco amable formando un insólito acorde de séptima mayor que tantas caricias al oído haría en el futuro pero cuyas virtudes permanecían prácticamente inexploradas hasta entonces.

Y la conclusión. De una manera similar al clímax del ejemplo anterior, aunque aquí más desarrollado por su condición de final definitivo, de nuevo las voces femeninas elevan hacia el agudo el “In mortis” y de nuevo la incorporación posterior de las masculinas inicia una dramática progresión armónica que tensa y “estira” el acorde sobre la vocal “o” para, finalmente, devolver el alivio al compás permitiendo que, poco a poco, cada nota busque el refugio y el reposo en el acorde final.

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Soy muy raro.

Para comer. Para otras cosas también pero lo de las comidas vino primero a pesar de los denodados esfuerzos por parte de mi madre. No me gusta el pescado, ni los embutidos, no entiendo a los guisantes y no sé cómo abordar un tomate. Los quesos me desconciertan y eso con sólo mirarlos, al igual que pasa con las gambas, langostinos y demás bichos naranjas y retorcidos, aunque en este caso la reacción es de espanto.

Cuando estaba en edad de ir al pediatra mi madre se quejaba de que no había manera de que yo comiera pescado en los tarritos de comida de bebés. Por lo visto, era presentir la llegada de la cuchara a la boca y en vez de boh, que es algo que dicen los bebés con frecuencia, decía puaj, y vomitaba como la niña del exorcista, igual pero con merluza delante. El pediatra, avispado él, dio con la solución. Mézclaselo con la carne. Mi madre obedeció pero a la primera cucharada volví a vomitar en una erupción gástrica de notable repercusión en la cocina. No sé qué trauma debió ocurrir en la cuna, qué sonajero de melodía infernal, qué pudo pasar para que eso ocurriera, tan temprana fue mi aversión.

Lo curioso es que soy un enamorado del mar pero la mera contemplación del brillo de unas escamas de pez me acongoja. Memorable fue el día que estando en un restaurante los ojos se fueron con espanto a la mesa de enfrente donde un señor con papada retiraba unas escamas negras, a saber qué consistencia tendría aquello. Mi conversación estaba en la mesa pero los ojos estaban en otra, observando con temor. El hombre retiró la piel escamosa con habilidad y entonces, envolviéndola en el tenedor con un hábil movimiento se la metió rápidamente en la boca en un gesto que tenía algo de lagarto engullendo un insecto repugnante. Por poco vuelvo al pediatra.

Guardo una imagen pesadillesca de la EGB que, curiosamente y sin que sirva de precedente, no tiene que ver con ninguna monja sino con una rodaja de mortadela pendiendo cual lengua de dos rebanadas de pan Bimbo del almuerzo de una niña pecosa. La vista se me iba con morbosidad y asco a ese tono rosado y desagradablemente frío. Los embutidos tienen algo cadavérico, como el jamón de York pero sin aceituna, mancha verde de la rodaja planetaria de la mortadela. El salchichón producía una sensación de aspereza y el chorizo probablemente respondía a la sonoridad, nada apetitosa, del nombre, como ocurre con la chistorra, una cosa horrible muy de aquí que a partir de cierta latitud pasa a denominarse txistorra y aún peor aunque siga desprendiendo el mismo olor y la misma grasilla.

Soy muy sencillito comiendo, qué remedio. Mi concepción de manjar está en las antípodas del foie, el marisco y horrores parecidos. Un manjar es la patata, que nunca es sospechosa. Y haría un monumento a los garbanzos (sin chorizo, claro) y a los pimientos verdes fritos, a la tortilla de patata y a unos cogollos de lechuga (sin anchoa, una aberración ese aderezo). Se comprenderá que yo soy de pollo y filete a la plancha, con su ensalada y sus patatas.

Por todo lo anterior, me sorprende a mí mismo que sea un incondicional del Starlux.