Archivo por días: 24 enero, 2009

Cheers

CheersEstoy desde el viernes en “Cheers”, el mítico bar de Boston “where everybody knows your name”. Por ejemplo: se abre la puerta a la izquierda de la pantalla y aparece un señor con americana y panza notable y everybody exclama “Noooorm!” y, efectivamente, es Norm que se dirige a su sitio en la parte opuesta de la pantalla mientras solicita una jarra de cerveza. Me encuentro en el cuarto episodio de la sexta temporada observándolo todo un cuarto de siglo después, o quizá un cuarto de siglo antes, porque allí están todavía en mitad de los ochenta.

Cómo caí de nuevo allí es fácil y difícil de explicar al mismo tiempo. Tiene que ver con el diluvio que cayó el otro día cuando estaba de viaje. No me refugié en un “Cheers” porque tenía que ir de aquí para allá según la agenda prevista pero al final del día cogí un frío, como dicen los ingleses y las abuelas. Y a la mañana siguiente me encontraba afligido. ¿Acaso porque me dolían todos los huesos del cuerpo, tenía unas décimas de fiebre y dolor de garganta? No. Era por la Couldina, cuya seductora pero engañosa efervescencia traía consigo la tristeza que ya nos conocemos.

Decidí dedicarme el fin de semana.

Uno de los grandes placeres de la existencia consiste en encerrarte en casa un fin de semana desconectando del mundo y sintiéndote realmente en casa, en tu lugar, en tu refugio, sin horarios ni reloj, al calor de la calefacción o de un baño caliente, poniéndote ropa cómoda y haciendo lo que te da la gana. Haciendo un clic me encontré ante un auténtico museo televisivo, un ingente archivo de la historia de las series, todas a disposición del usuario, por orden alfabético los títulos, por orden numérico las temporadas y dentro de ellas en orden los capítulos. Y yo así (así es con la boca abierta). Algunas olían a naftalina y otras apenas acababan de ser despojadas de su envoltorio de plástico transparente.

Encontrarte de pronto con el capítulo que hace dos días emitió una cadena norteamericana de una serie novísima y al otro lado, qué se yo, la integral de “Los Picapiedra” o “Doctor Who”, o “Embrujada”, aquella inocente delicia que además arrugaba la nariz, me hizo abrir mucho los ojos y ponerme a buscar. Entre medias, rarezas inolvidables como aquella kafkiana “Odisea” en tres temporadas que la television canadiense puso en el aire con todos los planos inclinados en 1992.

Me pasé por la actual “30 Rock”, que ya me tiene enganchado, y fue entonces cuando me dio por entrar en “Cheers” y un capítulo llevó al otro, de la misma manera que una cerveza lleva a Norm a otra, y me di cuenta de que hay algo más reconfortante que quedarse en casa desconectado del mundo para dedicarse el tiempo del fin de semana y es hacer lo mismo pero entrando en “Cheers”, el bar de Sam Malone. Allí estoy, alguien quiere tomar algo?. Todo por la lluvia del otro día y eso sin saber el viento que iba a soplar. Apagué la luz y abracé un cojín poniéndolo sobre el pecho. Descubrí, allí, entre la clientela de este bar de atmósfera y encuentros inolvidables, que ahora lo que quiero ser de mayor es historiador de las sitcom, porque si hay historiadores de las screwball comedies y estudian con detalle las comedias de los LaCava, Leisen, Cukor, Sturges y demás por qué no hacer lo mismo con las sitcom. Porque número, género y material de estudio hay en cantidad abrumadora.

Para ser un historiador de las sitcom primero hay que verlas con detalle, notar cómo evolucionan las tramas, no dentro de una serie en concreto, que también, sino mirando en formato panorámico, esto es, viendo cómo el género avanza con el tiempo, experimenta, juega, cómo se forman y posteriormente evolucionan los clichés. Todas esas cosas. Y de paso disfrutas, te enganchas y te desenganchas de esta familia, de este grupo de amigos, de este lo que sea que diga la serie en cuestión.

Creo que al menos este fin de semana quiero ser historiador de eso; puede ser que sea historiador de eso los fines de semana de invierno. Luego quedarían los apuntes porque la memoria flaquea y la semana es larga, y sobre todo porque cuando venga el verano igual apetece menos y hay que esperar a Septiembre. Ay Septiembre. Pronto llegará Febrero y ya empezaremos a tomar precauciones ante la primavera, traicionera siempre. El tiempo pasa volando. Mira “Cheers” si no. Todo lo que sale, esa gente, esas risas; esa gente habla desde hace un cuarto de siglo y esas risas dónde estarán ya. Sin embargo todo sigue igual de ingenioso, la maquinaria perfectamente engrasada y es una gozada. Pero han pasado veintisiete inviernos con sus veintisiete primaveras, veranos y otoños desde que a una mojigata Shelley Long la dejaran plantada en el bar, que no en el altar, cuando se iba a casar. Allí empezó todo.

Hay gente que vuelca en internet estos tesoros y lo hace con una dedicación que no pasa desapercibida: la compresión adecuada, el orden preciso, los subtítulos dispuestos. Me niego a llamar a esto piratería; es un tributo, un velar por una parte nada despreciable de nuestra cultura que de otra manera desaparecería como cuando apagas el televisor. Las distribuidoras no apuestan por poner a la venta lo que consideran antiguallas porque tienen más de diez años, algo inaceptable para los ejecutivos del producto fresco y envasado al vacío. Por la misma razón, habría que descatalogar de las librerías “La conjura de los necios” y así indefinidamente.

En resumidas cuentas: sigo en “Cheers” y en “30 Rock”, como en un compás de dos tiempos, allí/aquí, allí/aquí. El lunes será día de escuela pero para entonces ya tendré otro oficio apuntado en la lista de deseos para cuando sea mayor: historiador catódico, investigador de los veintidós minutos y veintiséis episodios por temporada a tiempo parcial e imparcial.