Archivo por días: 15 enero, 2009

Cumpleaños

“Ya no soy el niño que fui hace mucho tiempo, y él se ha convertido en otra persona”
Keith Donohue, “El niño robado

Hoy es mi cumpleaños. Treinta y nueve, como los escalones de la película de Hitchcock.  Me he dado cuenta de que parte de esta tristeza tiene que ver con este cumpleaños. No lo quiero. No me apetece. Me da un poco de miedo. Se va a cerrar una década que tuvo lo mejor y lo peor de lo que he vivido hasta la fecha. Por destacar algo, la treintena quedará en el recuerdo de mi vida como la década en la que dejé de ser niño. No, no me he equivocado, he dicho bien. A la gente le preguntan si recuerdan cuándo dejó de ser niño y responden que a los once o a los doce, la frontera es imprecisa. Pues yo a los treinta y tantos y de golpe o por varios golpes, para ser precisos. Y definitivamente. Y ha tenido que llegar la última campanada de la década para descubrir que aunque eso que llamamos consciente lo comprende, en realidad no lo asumo, no lo acepto. Yo era un niño deshabitado hasta los treinta y cinco años. En este momento no sé bien lo que soy.

Mientras lo pienso o lo descubro, mientras intento adaptarme con miedo al medio, voy a esconderme de este cumpleaños. Tengo crudo marcharme fuera como acostumbro en este día porque ayer por la tarde me dio un cólico de riñón, fuerte, de esos que empiezan con un pinchazo, como si te hubieran clavado un punzón y te yergues esperando que haya sido solo eso y no, la cosa empieza a quemar en cuestión de segundos y ya estamos con el regalo de cumpleaños que faltaba. Tecleo con colocón de Buscapina, Nolotil y la manta eléctrica poniendo su calor eléctrico en mi costado izquierdo. El Nolotil deja un regusto a ingreso hospitalario, dicho sea entre paréntesis aunque no ponga los paréntesis. No me apetece ponerlos como tampoco me apetece este cumpleaños, me da mucha tristeza. Me echo de menos y no me encuentro. Estoy en un limbo.

Como si lo viera, se va a juntar la crisis de los cuarenta con el traumático final de mi infancia. No, tampoco me he equivocado aquí, he dicho bien. Desde pequeñito fui precoz y paradójico, qué le vamos a hacer. Lo de precoz  es porque la crisis de los cuarenta se ha debido adelantar; lo de paradójico es porque mi crisis de los cuarenta va a ser ni más ni menos que el duelo por mi propia infancia, definitivamente abandonada a mi pesar.

Este cumpleaños me pilla vivo, triste, con ganas de llorar, triste y vivo. Este cumpleaños es un círculo y el mejor regalo es sentirse vivo y sentir algo de calor en el frío.

No quiero crecer.