Archivo por días: 13 enero, 2009

Cambio

Ignacio EscolarIgnacio Escolar ya no es director de “Público”. Lo ha comunicado a media mañana a través de Twitter, Facebook y su propio blog tras haber transmitido la noticia a la plantilla con la que puso en marcha el diario hace casi dos años. Se nos ha puesto un gesto raro. A estas horas no sabemos si ha sido cese, sustitución, relevo o qué pero estas palabras, cuando se dicen deprisa, parecen significar lo mismo y no, entre una y otra hay muchos matices. Lo que está claro es que se va, ya no está. Lo lamento profundamente porque Escolar me cae bien, creo que es muy difícil que no caiga bien. Es un tipo agudo, moderado, moderno en la acepción más liviana del término, en las antípodas del periodista sermoneador y rey del mambo.

Una pena.

Además a mí “Público” me gustaba mucho. Con sus defectos, vale, pero hasta en eso era fresco. Me gustaban sus contenidos, su diversidad, me gustaba asomarme a una cosa diferente en continente para contarme los mismos crudos contenidos y me gustaba que mostrara a las claras su línea editorial, independientemente de que yo la abrazara más, menos o nada; porque es más tranquilizador saber de qué vas que ser un chaquetero o un veleta que cambia según sopla el aire.

Me estaba cansando de “El País”. Lo de Prisa se está desmoronando deprisa, hay que ver cómo un imperio mediático semejante hasta ayer por la mañana esté ahora atravesando horas tan críticas en todos sus frentes, impresos y audiovisuales. Pero es que además aburre y hace tiempo que decepcionó. En qué pues igual no lo sabemos muy bien pero me juego lo que sea a que muchos lectores veteranos de “El País” tienen en la punta de la lengua un mismo regusto. Los lectores de “Público” eran lectores de “El País” en su mayoría. Algunos estábamos con un pie en ambos barcos y adquiríamos los dos diariamente. Justo cuando los recogía hace unos días le confesé a Anabel que me estaban dando ganas de dejar de comprar “El País” y casi se lo dije por lo bajini, como quien confiesa una falta. Y eso es porque como toda la vida ha pasado a través de sus páginas y toda tu vida te has pasado pasando (y oliendo) sus páginas te sientes un poco como quien va a cometer una infidelidad o similar.

Pero hete aquí que ahora nos largan a Escolar para meter a un hombre de Prisa deprisa. Y es cuando a uno le entran las ganas de dejar de comprar los dos, aprovechar la circunstancia para abandonar el hábito de la prensa escrita y entrar en la vida moderna pero de verdad. A fin de cuentas, un periódico nos regala películas, vajillas, enciclopedias, diccionarios, cromos, prismáticos, relojes, culebrones por entregas y dibujos animados porque las noticias que salen hoy son lo de menos; ya nos las contaron ayer internet o la tele en directo. Lo único que puede ofrecer como novedoso un periódico hoy en día es la opinión y el olor de la tinta. Lo primero me interesa cada vez menos, si es que alguna vez me interesó más. Yo quiero un periodista informador y no un adoctrinador. Y a fin de cuentas, los artículos de opinión de sabios, sean estos periodistas, filósofos, juristas, escritores y demás, aparecen colgados en internet en sus respectivas webs o blogs.

Lamento mucho que ya no esté Escolar. Y si yo fuera accionista de la empresa pediría explicaciones.

Palabras

Como estos días no me salen las palabras, le he pedido a Lindsay reanudar las clases por si acaso va y me salen en inglés. Puede pasar. Al menos así vino ocurriendo en las clases que dimos hasta el paréntesis navideño en el que a mí me dio por quedarme mudo poco a poco y ella se fue a su pueblo. Para ir al pueblo de Lindsay hay que coger un avión y cruzar un océano pero llegas allí y hay un pueblo, como los que veo pasar cuando voy en autobús, obediente, a su casa/clase, todas las semanas, cien kilómetros para allá, cien kilómetros para acá, y el iPod poniendo banda sonora al viaje. Menos mal el iPod porque al menos el repertorio es aleatorio; el paisaje no tiene activada esa función.

Al regresar de uno de los últimos viajes, una tarde que casi era ya noche, miraba la niebla a través de la ventana y en ese momento sonó el Ave Maris Stella de Javier Busto y se me saltaron las lágrimas. Creo que ya lo dije. Lo que no dije es que en el autobús no viajaba casi nadie y una chica cabeceaba al otro lado del pasillo, dos asientos más adelante. Me pregunté si lo que hizo que se me saltaran las lágrimas fue lo que Javier Busto compuso o la interpretación que estaban haciendo, dentro del iPod, los componentes del Regensburger Domspatzem, un coro de nombre muy árido y difícil de pronunciar, más que el inglés que escucho en casa de Lindsay, y eso es porque es alemán. Si Lindsay enseñara alemán igual no iba en el autobús ni se me saltaban las lágrimas  provocando el dilema Busto o Regensburger. De hecho, si Lindsay enseñara alemán es probable también que se llamara Helga. No es lo mismo.

Pero las lágrimas. Es curioso que un grupo con un nombre de cactus suene tan suave, sobre todo en esta obra. Deslicé el dedo por la superficie del iPod y con una caricia del índice hice volver a sonar el Ave Maris Stella. Sonó igual, la misma perfección en la emisión de las voces, el alma puesta al unísono y al servicio de esas notas, y algo por mis adentros poniendo cara de asombro. Al llegar a casa me senté ante el ordenador y desde estas mismas teclas le escribí a Javier Busto. Tengo la costumbre de agradecer las cosas que me conmueven, costumbre que debe ser muy rara porque, por lo visto, la gente está acostumbrada a escribir cuando hay motivo para despotricar. Respondió muy amablemente lo cual es también de agradecer sobre todo porque debe ser un hombre muy ocupado: es médico y compositor. Yo soy paciente y compositor entre comillas; y ocupado no sé, pero preocupado muchas veces. Desde entonces hemos intercambiado unos mails estableciendo una comunicación de palabras pulsadas. No sé si me habría sentido con fuerzas de hacerlo con palabras sonoras. A Busto le presiento como un hombre con energía porque los adjetivos los suele poner en mayúscula mientras que yo me he sentido minúsculo en casa y en los días algún que otro rato.

Últimamente, sin embargo, no me preocupa nada. O quizá me preocupa todo y, como en los días de niebla, no distingo contornos. Se han ido las palabras, las ganas de palabras y la música pero creo que este post va saliendo porque, aunque no se vea y no lo pueda demostrar, llevo puestos los auriculares y a través de ellos está sonando el Ave Maris Stella. No me entero de mucho, ni del post ni de la música, porque sabido es que o hago una cosa o hago la otra pero las dos a la vez no porque no tengo dual core, con un corazón basta; pero observo que los dedos se van deslizando sin pereza por las teclas (aunque quizá diciendo vaguedades) y que mientras tanto en los oídos hay una sensación agradable, un murmullo reconfortante que no se concreta en algo preciso pero sí precioso. A veces la música actúa como cuando miras la niebla y los ojos, que no saben dónde posarse, se quedan suspendidos en la nada, flotando en ausencia de gravedad o de mayores complicaciones.

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Javier Busto: “Ave maris stella” (fragmento).
Regensburger Domspatzem.
Extraído del cd “Pacem” (Glissando, 2001)