Archivo por días: 5 enero, 2009

Ilusiones

-Jojojó, y este niño cómo se llama, eh?

Papá Noel llegó al colegio de Carlos, se sentó en una silla en mitad de la clase y, escoltado por la señorita tal y la señorita cuál, recibió en audiencia a los pequeños ante la presencia de los padres, abuelos, tíos y demás familia. Yo hacía de tío y mientras preparaba el enfoque de la máquina de fotos este Papá Noel me dio mala espina. El traje. Un poco zafio. Entiendo que el viaje es largo y las chimeneas y tal pero no sé. En fin.

Gonzalo.
-Así que Gonzalo, eh? Ah, pero si yo me acuerdo de tí del año pasado! Claro, Gonzalito! Qué grande te has hecho! Y por ahí está tu papá, no?
-Sí, mi papá. Ahí.
-Claro, tu papá que… vaya, menuda cámara de vídeo que lleva tu papá! Pedazo de cámara que lleva el tío!

Lo dicho, mala espina.

-… yo creo que tu papá se ha comprado esa cámara por si se encuentra por la calle con Nicole Kidman que está muy buena!

Pero bueno! Dónde quedan las historias de renos y trineos y tal. No entendía cómo el resto de padres, madres, abuelos, abuelas y demás parentela se reían tanto porque yo no le veía la gracia. Los niños tampoco. A los tres años no sabes qué es Nicole Kidman, ni si es qué o quién, y si lo sabes igual hasta te da miedo Nicole Kidman. Sentados en el suelo seguían mirando a lo alto con estupor a ese señor tan zafio, aunque su estupor y el mío fueran distintos. En momentos así le entran ganas a uno de hacer en el colegio lo que Woody Allen hace en “Annie Hall”: apagar la cámara (hay que ahorrar batería), decirle a este Papá Noel que no tiene ni idea y, para demostrarlo, hacer entrar en la clase a un Papá Noel como Dios manda y, a poder ser, con la barba sin roña, coño.

Salí de allí un poco confundido y sin la certeza de haber hecho unas fotos a Carlos, que se sentó en el regazo de este Papá Noel, puso cara de maravilla, y yo cerré los ojos poniendo cara de me temo lo peor. Menos mal que no. Todavía es pronto para que los niños vean más allá de las barbas pero nunca es tarde para que un Papá Noel te salga por peteneras.

Esto como preludio de las navidades. Como final llega el temible espectáculo de los Reyes Magos del Ayuntamiento. El ayuntamiento ha tenido este año la genial idea de hacer desfilar a plena luz del mediodía y por la avenida principal de la ciudad las carrozas vacías de los reyes desde el almacén hasta el punto de partida de la cabalgata. Semejante ocurrencia me ha pillado en plena calle, con la barra de pan en una mano. Las carrozas iban escoltadas por sendos coches de la Policía Municipal con las luces puestas. De esa manera nos hemos enterado que Melchor viene de Oriente en una carroza presidida por la Blancanieves de Disney y que Gaspar lo hace en otra presidida por uno de los monos de “El libro de la selva”, también de Disney. Baltasar se ha debido dejar la película en casa pero para ocupar el hueco han puesto con papel de plata y brillos de carnaval brasileño su nombre.

Las carrozas, intentemos seguir haciendo el esfuerzo de denominarlas e imaginarlas como tal, hacían temblar su estructura de cartón piedra al vaivén de los cacharros de cuatro ruedas en las que iban encajadas, o iban en un remolque, a saber cuando el desconcierto es mayúsculo y uno se ve rodeado de críos que señalan con el dedo mientras miran a su madre con cara rara. Había madres que aún reían la gracia. Otras ponían cara de pero esto qué es. Otra hablaba por teléfono con cara de sota de bastos y decía que no, que te digo que esto se va a acabar, a ver qué se cree ese.

Qué mezcolanzas tan ridículas y tan zafias que juegan sin imaginación con la imaginación de los críos. No saben que la imaginación de los críos no necesita de abalorios. El entorno lo ponen ellos. Es mejor jugar con el misterio. Si no juegas con el misterio al menos no seas cutre.

Tecleo mientras unas gaitas (?) anuncian la llegada de los Magos de Oriente. Gritos entusiasmados de chiquillos. Supongo que también saldrán las majorettes y los dantzaris, y hasta la carroza de E.T el extraterrestre, que la globalización es lo que tiene, que te lleva en cabalgata desde Carrefour a Universal Studios, y del papel de aluminio Albal a las tetas del Duque.

Contaba la noche de fin de año la abuela sus reyes de niña. Reyes de 1920. Lo contaba despacio pero con el recuerdo nítido, hasta con la sonrisa puesta, y yo escuchaba con suma atención. La abuela salía al atardecer al encuentro de su padre, que estaba en la viña, y le preguntaba: padre, ha visto usted a los Reyes? (Eran días en que a los padres se les llamaba de usted) No, aún no los he visto. Y al rato: padre, ha visto usted pasar a los reyes? No, todavía no los he visto. Hasta que llegaba un momento en que a la pregunta de la abuela su padre contestaba: sí, sí, ya los he visto pasar, por allá lejos van ya. Y la abuela miraba al camino y preguntaba con ansia: le han dicho si me van a dejar algo? Algo me han dicho, sí. Y la abuela se volvía corriendo a casa, a dormir.

Escuchaba la otra noche esa historia y me pareció fantástica. Porque los adultos se ahorraban así la cabalgata (los tiempos o los bolsillos o todo junto no estaba para cabalgatas en lugares tan pequeños) pero los niños lo vivían con mayor misterio, intriga, fascinación y emoción. Eso es lo que debería primar: la emoción y la fantasía alimentadas por el misterio. Bendita inocencia la de entonces, dijo la abuela para terminar la historia. Y se quedó mirando al vacío con la sonrisa puesta, asintiendo con la cabeza lentamente.

La abuela nos contó una historia maravillosa y sencilla que me recordó esas historias etéras que Tourneur llevaba al blanco y negro de la RKO. Ahora lo mágico es que los críos sigan creyendo y que su imaginación resista el paso de ese desfile hortera y torpe que no entiende el lenguaje silencioso de las luces y las sombras donde se obra el prodigio.