Uvas

Lo más entrañable de la cena de fin de año de ayer fue prepararle las doce uvas a la abuela. Ella señalaba con su dedo arrugado aquellas uvas minúsculas del racimo que yo sostenía con una mano, girándolo, y con la otra las iba arrancando, una, dos, tres, y poniéndolas en un plato pequeño, cuatro, cinco, seis, ahí tienes una pequeña, hijo mío, ya la veo, ya, siete, y aquí hay más, ocho, nueve. Recuento. Faltan tres. Es igual, hijo. No, no, si son muy pequeñas. Pues entonces pon esa. Esta? No, esa de ahí. Ah. Diez, once. Y doce. Feliz año nuevo. Aún no, abuela. Ah, bueno.

Mi madre había dicho que la abuela no aguantaría despierta hasta las uvas pero fue ella misma quien después de cenar dijo, que den las uvas y me voy a dormir calentica a la cama. Y se quedó a esperar ante el plato donde estaban posadas doce minúsculas bolitas.

Antes de eso hubo cambio de planes. En el plan anterior no figuraba pasar la noche de fin de año con la abuela pero justo unas pocas horas antes los guionistas decidieron introducir un cambio en la trama sobre la marcha y hubo que improvisar esto y lo otro y todo para que a la hora señalada saliera al aire la cena como si nada. Después de la cena yo distribuía las uvas en pequeños platos mientras había tertulia. La casa de la abuela es silenciosa. Ella misma aglutina parte de ese silencio del cual la sacamos ocasionalmente o sale ella misma. A veces te dice una de sus frases pesarosas y otras te sorprende contando cosas como toda la vida, con su ironía y su segunda intención, o con los recuerdos de 1920, asombrosamente nítidos, aunque luego busque alrededor del plato porque no se acuerda si ha tomado la pastilla de la noche.

La abuela tomó las uvas e inauguró así su nonagésimo sexto año de existencia. Dijo que no sabía muy bien si las había tomado a la vez que el reloj o un poco antes o después pero mi hermano, que estuvo pendiente, le aseguró que las había tomado al compás. Luego brindamos con un apenas nada de champán y nos dimos besos y la abuela decía gracias en lugar de feliz año. Yo entiendo la múltiple acepción de esas gracias, que están proyectadas a muchas cosas, animadas e inanimadas.

En la televisión ponían el especial Nochevieja de todos los años y la abuela observó, señalando con el dedo, que Manolita iba muy fresca. Manolita era Lolita. Lo de fresca iba por el escote. Cuando las chicas salen escotadas dice que van un poco frescas, que es su manera de decir, en el caso de Lolita, que ya se podía tapar un poco, que tiene una edad. Esta vez dijo que Manolita llevaba arrastrando por el suelo toda la tela que le faltaba por arriba y chasqueó la lengua como diciendo toma ya.

De vuelta a casa, apacible, solitaria y silenciosa casa, en contraste con el bullicio que había en las calles donde se concentra habitualmente el bullicio, me puse frente a la tele a ver a oscuras “La gran ilusión”. Es raro?, no lo sé, tampoco me importa, pero de repente me apeteció ver esa delicia de Jean Renoir, ver desfilar a esos personajes que interpretan deliciosamente el teatro de la existencia, verla por verla y verla sintiendo cómo se deslizaba el tiempo tranquilamente por la primera madrugada del año. Así me lo pedía el cuerpo.

Un pensamiento en “Uvas

  1. toni

    el cuerpo a veces pide cosas sencillas. este año se las voy a dar (casi) todas. las sencillas, claro. las difíciles y las normales necesitarán un plan. y eso lleva más tiempo. pero igual hay que ponerlo en marcha. la primera, felicitar el año a la abuela. feliz año, abuela. luego (por una simple cuestión de antigüedad), a tí. feliz año, emejota. y a todo el resto. feliz año, todos los que estáis por aquí. ves que fácil?

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