Archivo por meses: enero 2009

Moral

YumaNo está el western entre mis predilecciones. Demasiado polvoriento todo. Y esa trascendencia en las miradas diciendo cuida que disparo yo primero, forastero, suele parecerme demasiado teatral y me aburre. Es cierto que hay películas de Ford maravillosas pero a veces encuentro en alguna mucho mascar de tabaco, mucho pasarse el pulgar por los tirantes, sentimentalismos de domingo y el típico viejete gracioso de Saloon sin dentadura que guiña el ojo todo el rato y que se llama Joe o pregunta por Joe.

Mucha pereza.

Sin embargo, de un tiempo a esta parte ha habido un resurgir del género que recientemente ha dado (cosecha de 2007) dos obras excepcionales como son “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford” (Andrew Dominik), elegía preciosa de aire contemplativo que uno no se cansaría de ver y de sentir, de ver y de sentir, y “El tren de las 3:10” (James Mangold), remake de una película de Delmer Daves rodada cincuenta años antes.

“El tren de las 3:10” llegó a España con un año de retraso y no se detuvo hasta ayer por la noche en la pantalla de mi casa, las luces apagadas, el mando en la mano y el dedo en el play. Y una gozada. La historia cuenta el traslado de un forajido al tren que le llevará ante la justicia escoltado por un pequeño grupo de hombres entre los que se encuentra, por fuerza mayor, económica, un buen tipo, padre de familia que se dejó una pierna en el campo de batalla en defensa de la patria y al que el cacique del lugar ha privado primero de agua para regar sus tierras, ha prendido fuego a su establo después y le ha dado el ultimatum para que abandone el lugar llevándose a su mujer y a sus dos hijos.

El forajido es Russell Crowe, el tipo que necesita el sueldo extra es Christian Bale, los demás cuentan menos aun haciéndolo redondo porque lo de estos dos es un duelo mayúsculo y no de los de pistolas precisamente, aunque el dedo se les deslice alguna que otra vez al gatillo, recelosos el uno del otro. Aquí el duelo es, en primer lugar, interpretativo. Brillante. Crowe alza la ceja y luce sombrero como pocos. Bale es Bale como nadie. Dentro de la piel de los personajes que ambos bordan a la perfección se establece otro duelo de tipo moral. El hombre de principios rectos (“una cosa es pensar en matar a alguien y otra hacerlo”) y el hombre sin principios, ni rectos ni curvos. Y mientras transcurre el largo viaje, con los secuaces del forajido siguiéndoles los pies, sombra y amenaza constante, hay tiempo de sobra para las palabras que siembran la duda y la tentación.

A Christian Bale le tocan la moral en esta película y Crowe disfruta con ello ofreciéndole en billetes la inmediata solución a sus problemas a cambio de que le deje escapar, una oferta que supera con creces la acordada por la justicia como retribución por los servicios prestados. La justicia aquí no cuenta con una digna representación precisamente. Bale está solo y encaja el golpe y el siguiente y el otro, testarudo que es Bale, y no lento precisamente en las réplicas; algo hay de caballero oscuro siempre en Bale por muy rectas que sean las líneas de su guión (guión, todo sea dicho, generoso en referencias y homenajes). Se tambalearán los cimientos de frío mármol de Crowe, claudicará Bale a quien le toca empezar la película con el vaso a pocas gotas de colmar su paciencia?

En la película hay acción y reacción, tensión in crescendo conforme las agujas del reloj acercan al dichoso tren al andén de la estación aun cuando en ocasiones haya que esperar escondidos en la habitación de un hotel. Es curioso cómo la tensión tira de los extremos de la cuerda a pesar de que la acción se haya ido a echarse la siesta un rato. Este tren de las 3:10 a Yuma tarda 120 minutos en llegar pero pasan sin que uno apenas se entere. Eso es buena señal, muy buena señal.

Holograma

Entre la teoría de ese niño que sostiene que somos parte de un libro que leen unos sapos verdes gigantes y la ese físico cuántico que apunta a la posibilidad de que la experiencia que tenemos del mundo no sea más que la proyección holográfica de procesos físicos que están teniendo lugar en otro sitio no hay mucha diferencia. Entre medio está la novena de Beethoven, la Revolución Francesa, la muerte por congelación de un cervatillo herido en un monte de 1322, Valerio Lazarov, la fotosíntesis, la digestión del desayuno que tomó John D. Salinger el 12 de Febrero de 1969, un grupo de amebas nadando en una charca prehistórica, el cáncer, el canto de los delfines, una estampita de la Virgen del Pilar, el misterio de las risas y el último capítulo de Falcon Crest. Y todo eso es la cabeza del alfiler de una biografía densa que quizá sea solo el reflejo irisado que un rayo oblicuo de sol proyecta en la pared del salón al atardecer.

Mientras tecleo estas letras, la sonda Voyager II atraviesa las gélidas oscuridades del universo a la increíble velocidad de 15 kilómetros por segundo lo que quiere decir que si nos paramos a contar, uno, dos, tres, ya habrá hecho más de 50 y antes de que termine el minuto habrá recorrido 900, y 54000 cuando el minuto alcance a la hora y así y todo, por mucho que pasemos las hojas del calendario, apenas será un pixel en una pantalla negra que cada vez se nos presenta más incierta en toda su dimensión y dimensiones porque ahora el debate ya no es tanto qué hay más allá sino qué es realmente lo de acá, si sabemos qué es lo que vemos y si es así realmente. Un lío fascinante.

Quizá todo lo que el telescopio Hubble otea desde su puesto de vigía galáctico no sea más que una burbuja de aire en el extremo de una figurita de cristal colocada sobre una repisa en el hogar de alguien que está ensimismado leyendo el penúltimo capítulo de Oliver Twist, publicado hoy mismo en un periódico londinense de crujiente papel y olorosa tinta. No hay gran diferencia entre saber qué hay en el límite del cosmos que en el filo de la conciencia del vecino del quinto. La incertidumbre siempre es infinita aunque despejada la equis puede que el resultado quepa en un marco trazado con boli azul.

Andan confundidos los científicos porque el detector de ondas gravitacionales GEO600 no ha sido capaz de detectar ninguna de esas ondas en siete años de intensa búsqueda y, sin embargo, lo único que ha traído a los monitores es una señal lejana del límite del espacio-tiempo según la cual el tejido del que está hecho el universo parece disolverse en una estructura granulada, como los bordes de una fotografía antigua. Piensan los científicos que el fracaso de GEO600 puede convertirse en uno de los hallazgos más importantes de la física lo que demuestra que el mundo, sea lo que sea eso, empieza por ser una serie de paradojas y luego a saber qué más hasta que se disuelve. Mientras tanto, tal vez en el mismo instante que alguien muere en la cama de una UVI hay quien mira el periódico entre bostezos a ver qué ponen esta noche en la tele sin que el horizonte acuse el paso de las cosas, que es el misterio más profundo de todos.

Disección

El marido de Lindsay ha pedido amablemente permiso para intervenir al poco de empezar la clase de inglés. Yo he respondido un don´t worry que en realidad quería decir dime, dime. Venía con La Idea del Norte, the book, llamémoslo así para hacer práctica de la lengua y al mismo tiempo distinguir aquella Idea de esta otra Idea del Norte que transcurre en directo (live). El marido de Lindsay está aprendiendo español y cuando alguna palabra no le sale, dice ehmmm y rompe en un borbotón de palabras en inglés pasadas por chicle americano, de Boston concretamente. A mí me pasa justamente lo contrario: estoy aprendiendo inglés (me da igual si es con o sin chicle) y cuando me atasco salta al aire un chorro de palabras en español. La conversación, como podrá deducirse, no es lo que se puede denominar muy fluída pero, en contra de lo que pueda parecer, vamos haciendo progresos.

El marido de Lindsay se embarcó por iniciativa propia en la lectura de La Idea del Norte para probar su español y, supongo, por curiosidad (no sé si la curiosidad habla en inglés o en español, si va traducida o con subtítulos). Y está en ello porque esta mañana se ha acercado con el libro en la mano y lo ha abierto en algún instante de 2005. Las páginas presentaban una multitud de pequeñas anotaciones y subrayados minuciosamente trazados con bolígrafo azul y lápiz. Por un momento, me he sentido como si me hubieran intervenido quirúrgicamente a las palabras y un médico fuera a explicarme los pormenores de la operación una vez despertado de la anestesia y ya de vuelta a la habitación.

Las páginas mostraban una serie de adjetivos extirpados de las frases así como la disección de unos verbos exhibiendo al aire las entrañas de su conjugación. Glups. Iba a preguntarle si era benigno y, como si hubiera leído mis pensamientos, ha contestado it´s good levantando el pulgar de la mano derecha. Iba a respirar con alivio cuando ha dicho el pero, el pero es una cosa que siempre dicen los médicos, al menos los que me tratan y los de la tele, los primeros porque así es la vida, los segundos porque así el guión se pone más interesante. Pero. El pero era que se le hacía algo difícil leer los textos porque intuía que utilizaba un lenguaje más poético que narrativo y juegos de palabras algo puñeteros de alcanzar con el bisturí para enviar a biopsias.

Curiosamente, y eso lo han visto estos ojos, la palabra “prótesis” estaba sin subrayar, por lo que entiendo que no presentan problema alguno, al menos desde el punto de vista retórico. No ha sido el caso de la palabra “lebrillo” que por lo visto no aparece en el vademecum de su diccionario pero es que esa palabra, como le he explicado al marido de Lindsay, es un injerto donado por Manuel Vicent; de hecho, el injerto está formado por esa palabra y por las siguientes hasta formar una extensión de piel de tinta que, en la blancura del papel, forma este tatuaje: “un lebrillo de agua perfumada de limones”. Cómo explica un balbuceante parlante en la lengua de Shakespeare qué es un lebrillo cuando lo primero que le viene a la cabeza es el socorrido cacharroquesirvepara. He salido del paso como he podido.

Tras la consulta, el marido de Lindsay ha dado las gracias muy sonriente y ha salido de la habitación. Yo me he quedado convaleciente un rato pensando si al final se notarán las cicatrices y si al ritmo de las frases le tirarán los puntos.

Agua

En ruta y jarreando, por eso sin acentos (por ir en ruta. no por el agua). El Ebro pasa casi a ras de la autopista, Impresionante. La gente se ha levantado a mirar ese cauce veloz, marron, arremolinado y vertiginoso. A ver si podemos volver porque dicen que va a aumentar. Yo me estaba preguntando por que no respondiste a la pregunta de mi sms del 7 de diciembre y, sin embargo, me lees. El autobus acaba de adelantar a un camion. Queda30 km.

Acierto

Queda en el misterio qué circunstancias y qué conjunciones se dieron la madrugada del 17 al 18 de Junio de 1791 para que, en mitad del naufragio, Mozart alumbrara el milagro prodigioso que se resume en dos páginas de papel pautado, en tan solo 46 compases, los justos para poner en música ese himno eclesiástico del siglo XIV, “Ave Verum Corpus”, un texto con sombras de cruces, tormentos y sangre a la costumbre de la época.

Lo que sí sabemos, porque así nos ha llegado, es que Mozart untó de tinta la pluma y trazó la luminosa clave de Re Mayor y lo que siguió tiene toda la pinta de haber surgido en el instante mismo de la escritura o puede que ya estuvieran en el pensamiento, perfectamente delineadas, las frases musicales conteniendo las notas y los silencios, la modulación que torna un acorde en otro color, el contrapunto a las proposiciones, todos los recursos necesarios para convertir en imágenes sonoras los versos y que dan aliento a esta miniatura enorme de ideas sencillas e impecables y, por lo mismo, impenetrables.

En los últimos compases de su existencia Mozart trajo de ese más allá al que solo unos pocos tienen permitido el acceso una nueva muestra de perfección, una de las más conmovedoras e imponentes, a mi modesto juicio. Ahora que lo pienso, uno de los atractivos de este motete es su condición paradójica: miniatura enorme, sencillez y perfección (cosa bien difícil), intimista e imponente. Y el pretexto o la llama que prende la genialidad son estos versos:

Ave verum corpus, natum
De Maria Virgine,
Vere passum, inmolatum
In cruce pro homine,
Cujus latus perforatum
Unda fluxit et sanguine,
Esto nobis praegustatum
In mortis examine.”

…que primero traduciremos:

Salve, Cuerpo verdadero, nacido
de la Virgen María,
verdaderamente atormentado, sacrificado
en la cruz por la humanidad,
en cuyo costado perforado
fluyó agua y sangre;
esto es un anticipo
de la prueba que será para nosotros la muerte.”

…para poner después el dedo aquí y escuchar con los ojos:

Ave verum corpus, natum
De Maria Virgine,
Vere passum, inmolatum
In cruce pro homine,

Cujus latus perforatum
Unda fluxit et sanguine,
Esto nobis praegustatum
In mortis examine.”

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La música y las palabras se unen de una manera maravillosa, como en el instante en que los graves irrumpen en el “inmolatum” (“sacrificado”) tiñendo súbitamente la armonía de dramatismo. El solitario y agudo “In cruce” (“en la cruz”) se nos presenta como grito y culminación de los tormentos previos y casi nos obliga a mirar hacia la vertical desde donde el crucificado se sacrifica “pro homine” y desde donde la frase musical se derrama con sobrecogedora ternura sobre nosotros hasta extinguirse en el silencio.

Pongamos el dedo en otro instante y volvamos a escuchar con los ojos:

Ave verum corpus, natum
De Maria Virgine,
Vere passum, inmolatum
In cruce pro homine,
Cujus latus perforatum
Unda fluxit et sanguine,
Esto nobis praegustatum
In mortis examine
.”

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Mi instante preferido: la progresión ascendente y en imitación entre las voces de las mujeres y las de los hombres. Entran con suavidad ellas y al instante ellos en un eco amable formando un insólito acorde de séptima mayor que tantas caricias al oído haría en el futuro pero cuyas virtudes permanecían prácticamente inexploradas hasta entonces.

Y la conclusión. De una manera similar al clímax del ejemplo anterior, aunque aquí más desarrollado por su condición de final definitivo, de nuevo las voces femeninas elevan hacia el agudo el “In mortis” y de nuevo la incorporación posterior de las masculinas inicia una dramática progresión armónica que tensa y “estira” el acorde sobre la vocal “o” para, finalmente, devolver el alivio al compás permitiendo que, poco a poco, cada nota busque el refugio y el reposo en el acorde final.

Menú

Soy muy raro.

Para comer. Para otras cosas también pero lo de las comidas vino primero a pesar de los denodados esfuerzos por parte de mi madre. No me gusta el pescado, ni los embutidos, no entiendo a los guisantes y no sé cómo abordar un tomate. Los quesos me desconciertan y eso con sólo mirarlos, al igual que pasa con las gambas, langostinos y demás bichos naranjas y retorcidos, aunque en este caso la reacción es de espanto.

Cuando estaba en edad de ir al pediatra mi madre se quejaba de que no había manera de que yo comiera pescado en los tarritos de comida de bebés. Por lo visto, era presentir la llegada de la cuchara a la boca y en vez de boh, que es algo que dicen los bebés con frecuencia, decía puaj, y vomitaba como la niña del exorcista, igual pero con merluza delante. El pediatra, avispado él, dio con la solución. Mézclaselo con la carne. Mi madre obedeció pero a la primera cucharada volví a vomitar en una erupción gástrica de notable repercusión en la cocina. No sé qué trauma debió ocurrir en la cuna, qué sonajero de melodía infernal, qué pudo pasar para que eso ocurriera, tan temprana fue mi aversión.

Lo curioso es que soy un enamorado del mar pero la mera contemplación del brillo de unas escamas de pez me acongoja. Memorable fue el día que estando en un restaurante los ojos se fueron con espanto a la mesa de enfrente donde un señor con papada retiraba unas escamas negras, a saber qué consistencia tendría aquello. Mi conversación estaba en la mesa pero los ojos estaban en otra, observando con temor. El hombre retiró la piel escamosa con habilidad y entonces, envolviéndola en el tenedor con un hábil movimiento se la metió rápidamente en la boca en un gesto que tenía algo de lagarto engullendo un insecto repugnante. Por poco vuelvo al pediatra.

Guardo una imagen pesadillesca de la EGB que, curiosamente y sin que sirva de precedente, no tiene que ver con ninguna monja sino con una rodaja de mortadela pendiendo cual lengua de dos rebanadas de pan Bimbo del almuerzo de una niña pecosa. La vista se me iba con morbosidad y asco a ese tono rosado y desagradablemente frío. Los embutidos tienen algo cadavérico, como el jamón de York pero sin aceituna, mancha verde de la rodaja planetaria de la mortadela. El salchichón producía una sensación de aspereza y el chorizo probablemente respondía a la sonoridad, nada apetitosa, del nombre, como ocurre con la chistorra, una cosa horrible muy de aquí que a partir de cierta latitud pasa a denominarse txistorra y aún peor aunque siga desprendiendo el mismo olor y la misma grasilla.

Soy muy sencillito comiendo, qué remedio. Mi concepción de manjar está en las antípodas del foie, el marisco y horrores parecidos. Un manjar es la patata, que nunca es sospechosa. Y haría un monumento a los garbanzos (sin chorizo, claro) y a los pimientos verdes fritos, a la tortilla de patata y a unos cogollos de lechuga (sin anchoa, una aberración ese aderezo). Se comprenderá que yo soy de pollo y filete a la plancha, con su ensalada y sus patatas.

Por todo lo anterior, me sorprende a mí mismo que sea un incondicional del Starlux.

Cheers

CheersEstoy desde el viernes en “Cheers”, el mítico bar de Boston “where everybody knows your name”. Por ejemplo: se abre la puerta a la izquierda de la pantalla y aparece un señor con americana y panza notable y everybody exclama “Noooorm!” y, efectivamente, es Norm que se dirige a su sitio en la parte opuesta de la pantalla mientras solicita una jarra de cerveza. Me encuentro en el cuarto episodio de la sexta temporada observándolo todo un cuarto de siglo después, o quizá un cuarto de siglo antes, porque allí están todavía en mitad de los ochenta.

Cómo caí de nuevo allí es fácil y difícil de explicar al mismo tiempo. Tiene que ver con el diluvio que cayó el otro día cuando estaba de viaje. No me refugié en un “Cheers” porque tenía que ir de aquí para allá según la agenda prevista pero al final del día cogí un frío, como dicen los ingleses y las abuelas. Y a la mañana siguiente me encontraba afligido. ¿Acaso porque me dolían todos los huesos del cuerpo, tenía unas décimas de fiebre y dolor de garganta? No. Era por la Couldina, cuya seductora pero engañosa efervescencia traía consigo la tristeza que ya nos conocemos.

Decidí dedicarme el fin de semana.

Uno de los grandes placeres de la existencia consiste en encerrarte en casa un fin de semana desconectando del mundo y sintiéndote realmente en casa, en tu lugar, en tu refugio, sin horarios ni reloj, al calor de la calefacción o de un baño caliente, poniéndote ropa cómoda y haciendo lo que te da la gana. Haciendo un clic me encontré ante un auténtico museo televisivo, un ingente archivo de la historia de las series, todas a disposición del usuario, por orden alfabético los títulos, por orden numérico las temporadas y dentro de ellas en orden los capítulos. Y yo así (así es con la boca abierta). Algunas olían a naftalina y otras apenas acababan de ser despojadas de su envoltorio de plástico transparente.

Encontrarte de pronto con el capítulo que hace dos días emitió una cadena norteamericana de una serie novísima y al otro lado, qué se yo, la integral de “Los Picapiedra” o “Doctor Who”, o “Embrujada”, aquella inocente delicia que además arrugaba la nariz, me hizo abrir mucho los ojos y ponerme a buscar. Entre medias, rarezas inolvidables como aquella kafkiana “Odisea” en tres temporadas que la television canadiense puso en el aire con todos los planos inclinados en 1992.

Me pasé por la actual “30 Rock”, que ya me tiene enganchado, y fue entonces cuando me dio por entrar en “Cheers” y un capítulo llevó al otro, de la misma manera que una cerveza lleva a Norm a otra, y me di cuenta de que hay algo más reconfortante que quedarse en casa desconectado del mundo para dedicarse el tiempo del fin de semana y es hacer lo mismo pero entrando en “Cheers”, el bar de Sam Malone. Allí estoy, alguien quiere tomar algo?. Todo por la lluvia del otro día y eso sin saber el viento que iba a soplar. Apagué la luz y abracé un cojín poniéndolo sobre el pecho. Descubrí, allí, entre la clientela de este bar de atmósfera y encuentros inolvidables, que ahora lo que quiero ser de mayor es historiador de las sitcom, porque si hay historiadores de las screwball comedies y estudian con detalle las comedias de los LaCava, Leisen, Cukor, Sturges y demás por qué no hacer lo mismo con las sitcom. Porque número, género y material de estudio hay en cantidad abrumadora.

Para ser un historiador de las sitcom primero hay que verlas con detalle, notar cómo evolucionan las tramas, no dentro de una serie en concreto, que también, sino mirando en formato panorámico, esto es, viendo cómo el género avanza con el tiempo, experimenta, juega, cómo se forman y posteriormente evolucionan los clichés. Todas esas cosas. Y de paso disfrutas, te enganchas y te desenganchas de esta familia, de este grupo de amigos, de este lo que sea que diga la serie en cuestión.

Creo que al menos este fin de semana quiero ser historiador de eso; puede ser que sea historiador de eso los fines de semana de invierno. Luego quedarían los apuntes porque la memoria flaquea y la semana es larga, y sobre todo porque cuando venga el verano igual apetece menos y hay que esperar a Septiembre. Ay Septiembre. Pronto llegará Febrero y ya empezaremos a tomar precauciones ante la primavera, traicionera siempre. El tiempo pasa volando. Mira “Cheers” si no. Todo lo que sale, esa gente, esas risas; esa gente habla desde hace un cuarto de siglo y esas risas dónde estarán ya. Sin embargo todo sigue igual de ingenioso, la maquinaria perfectamente engrasada y es una gozada. Pero han pasado veintisiete inviernos con sus veintisiete primaveras, veranos y otoños desde que a una mojigata Shelley Long la dejaran plantada en el bar, que no en el altar, cuando se iba a casar. Allí empezó todo.

Hay gente que vuelca en internet estos tesoros y lo hace con una dedicación que no pasa desapercibida: la compresión adecuada, el orden preciso, los subtítulos dispuestos. Me niego a llamar a esto piratería; es un tributo, un velar por una parte nada despreciable de nuestra cultura que de otra manera desaparecería como cuando apagas el televisor. Las distribuidoras no apuestan por poner a la venta lo que consideran antiguallas porque tienen más de diez años, algo inaceptable para los ejecutivos del producto fresco y envasado al vacío. Por la misma razón, habría que descatalogar de las librerías “La conjura de los necios” y así indefinidamente.

En resumidas cuentas: sigo en “Cheers” y en “30 Rock”, como en un compás de dos tiempos, allí/aquí, allí/aquí. El lunes será día de escuela pero para entonces ya tendré otro oficio apuntado en la lista de deseos para cuando sea mayor: historiador catódico, investigador de los veintidós minutos y veintiséis episodios por temporada a tiempo parcial e imparcial.

Felicidades

Hoy es el cumpleaños de la abuela.

Cuántos, empieza a ser difícil precisarlo. Mejor decir casi cien y ya está. Además, suena más ligero decir casi cien que noventa y tantos. Ayer llamó por teléfono a eso de las ocho para decir, como todos los años, hijo mío, mañana ni se te ocurra llamar, es que ni se te ocurra llamar, tú a tus quehaceres que lo de felicidades es que son tontadas. Y yo: no, no, te llamaré a la vuelta porque tengo que volver a Pamplona y no regreso a casa hasta la noche. Y ella: lo sé, pues por eso, tú a tu quehacer que lo demás son tontadas. Y no gastes en teléfono.

Una de las preocupaciones vitales de mi abuela a lo largo de su vida ha sido el gasto en luz, teléfono y su obsesión por los televisores encendidos (o apagados, más bien). No te gastes en teléfono; va a salir alguien a la cocina, es por apagar la luz; va a ver alguien la tele, es para quitarla que yo no la voy a ver. No le quise decir a la abuela que las llamadas son gratis primero porque no se lo va a creer. Pertenece a esa generación en la que todo cuesta, y mucho, y no se regalan las cosas. Tampoco se lo dije porque si le empiezo a hablar de los Dúos, Tríos, ADSL, Wireless y demás podría ocurrir que la afirmación “la tecnología nos hace la comunicación más fácil” quedara en entredicho.

Lo dicho, hoy es el cumpleaños de la abuela. Cuando a ciertas edades llegas con la cabeza despejada pero sin poder valerte para nada por tí mismo no sé si se es un campeón o cómo llamarlo. Pero ahí está ella, diciéndole en este momento a mi madre que a qué llama, como si lo viera, y ahora me pongo yo, que aunque no se vea estoy escribiendo el post de pie porque voy con el tiempo justo. A Pamplona hemos de ir, como la canción. Otra vez.

Nota: la abuela ha dicho que soy un poco desobediente pero te lo agradezco mucho y mucho, hijo mío.

Diario

Esta mañana, a primera hora, han pasado dos cosas. Si han pasado tres no me he enterado. La primera es que caía una lluvia que quería ser nieve sin terminar de lograrlo. Eso quiere decir que la mañana era fría y desapacible pero no lo suficiente como para reconsiderar la excursión semanal a la clase de inglés con Lindsay.

En su casa ha pasado lo segundo: la he encontrado acatarrada. Pero mucho. Pobre. La garganta, la nariz (excuse me, decía cada vez que estornudaba) y los ojos rojos. Como hay confianza y además no lo puedo evitar le he recomendado Frenadol o Couldina como alivio sintomático de los procesos catarrales. Cursaba con fiebre? Ha dicho que no llevándose el dorso de la mano a la mejilla y luego a la frente. Le he apuntado los nombres y le he dicho que pregunte al farmacéutico. Lo que no he dicho es que el Frenadol pone de mala leche y que la Couldina produce tristeza como efectos secundarios demostrados. Mi inglés no da para entrar en matices de esa índole.

Hoy, finalmente, hemos escuchado la carta que Jamie Bell escribe a Wendy, dear Wendy, en algún momento de 2004, puede que 2005. Es igual, la carta es la misma. También son los mismos 51 segundos que sonaron en este blog (aquí) no hace mucho tiempo, no 59; esos son los segundos que se toma la tele para ponerle a uno nervioso sufriendo porque al tertuliano de turno se le va a quedar la frase coagulada en el reloj. Aquí no pasa eso. Estos 51 segundos transcurren apaciblemente, sin prisa, envueltos en una atmósfera sobre la que Bell tiene mucho que decir además de decirle cosas a Wendy. Como Lindsay tiene el portátil a mano (Windows Vista, ese sistema operativo que a veces no termina de reconocerse a sí mismo) ha deslizado el dedo por el touchpad y el cursor se ha dirigido al archivo .mp3 correspondiente y al hacer clic con el pulgar se ha producido primero un breve silencio y enseguida ha empezado a hablar Bell:

“Dear Wendy: I´m writting this letter to tell you the story of…”

y cuando ha terminado la grabación, Lindsay ha dejado escapar un suave oh, que en sus labios ha sonado ou, sabido es que el inglés va por libre en lo que respecta a la fonética hasta en las exclamaciones, por leves que sean. Nice voice. A Lindsay le ha gustado el timbre de la voz de Bell así que probablemente estaría de acuerdo en incluirla en la nueva sección por entregas del blog, “Voces”. Lo de la mala leche que produce el Frenadol y lo de la Couldina no se lo he dicho pero que lo de la voz de Bell es porque tiene una herida dentro (inside) sí. Y que seguro, vamos, que yo eso, modestia aparte, lo detecto igual que un zahorí con las varillas en la mano detecta que aquí hay agua, y si no es aquí será allí donde las varillas o el pulso o ambas cosas digan eh con un cierto temblor. Las varillas hablan como el inglés, que donde quiere decir oh dice ou. Lo de Bell y la herida me sale mejor explicarlo en inglés que en español, manda narices. O igual es bueno y es señal de que progreso adecuadamente, aunque no sé si hacia el inglés o hacia alguna herida.

Hablaba Bell con cierta melancolía peterpanesca y Lindsay ha dicho ou y nice en esta mañana fría en la que llovía queriendo nevar. Luego ha venido Bob, su marido, y me ha ofrecido un té o un café pero yo había tomado hace poco un zumo de naranja, thanks, y después me he pasado en un subir y bajar por El Corte Inglés a por esa maravilla de René Clément, cosecha en blanco y negro del 52, que se titula “Juegos prohibidos”. En caja la dependienta me ha dicho que había venido la primera de “Sin tetas no hay paraíso” por si me interesaba también y ha sido como si en verano fueras a por un helado de limón y te ofrecieran un mazapán de Soto. Una cosa difícil de explicar.

Sunless

El Doctor SaltFargoon cerró el libro, colocó los dedos debajo de la barbilla y miró al pecho de su paciente”. Nosotros, sin embargo, miramos a los ojos de este libro insólito, “El Doctor Salt”, de Gerard Donovan (Tusquets), lo devoramos porque sí, porque hay libros que te miran a los ojos, te hipnotizan y no te sueltan hasta que te dicen todo lo que te tienen que decir, y luego te quedas con la sensación desconcertante de haberte reído a gusto y, al mismo tiempo, tener el estómago encogido. Tiene razón esta vez el cinturón azul que la editorial le ha puesto al libro y donde suelen aparecer frases laudatorias firmadas por gente que igual no conoces pero qué más da, el caso es que diga algo laudatorio; me pregunto si alguna vez una editorial pondrá un cinturón azul, verde o naranja donde pueda leerse que este libro es una auténtica basura y así nos ahorramos el tiempo y el dinero. Pero a lo que iba: tiene razón esta vez, mucha razón incluso, cuando dice: “Soberbio. Al igual que Beckett o Kafka, Donovan une sátira y tragedia, dolor e hilaridad”. Tiene tanta razón que, una vez copiadas estas palabras podría dejar de escribir porque ya está y sin embargo, no. Falta el motivo, el aire, el aliento; faltan ellos, los habitantes de las páginas, falta lo que el libro dice y lo que apunta, lo que está impreso y lo que se desliza entre líneas, el qué y el cómo.

Falta él, para empezar, Sunless, uno de esos protagonistas que quedará en la memoria. Por si somos olvidadizos, los diez primeros capítulos del libro se titulan así, Sunless, con el número correspondiente al lado, Sunless 1, Sunless 2; los siguientes se llaman Salt: Salt 1, Salt 2 y así hasta el octavo. No es otra persona, es la misma. Este libro habla en primera persona de un cobaya humano de laboratorio, de un esquizofrénico que se desdobla para luego mirarse en el espejo y reconocerse. En el camino pasan muchas cosas. El camino es el que recorre puntualmente Sunless desde su casa hasta el elegante despacho del doctor Matthew Fargoon, eminente psiquiatra, en la exclusiva clínica Pharmalak, en Salt Lake City. La clínica está montada a la última por los poderosos Laboratorios Pharmalak, pioneros en tantos fármacos y en tantas enfermedades, que esa es una de las tesis que el autor deja caer con mucha mala baba, humor y mosqueo como efecto secundario, inventarán los laboratorios algunos trastornos, síndromes, cuadros y demás enfermedades mentales como pretexto para que consumamos tal y cual pastilla cada ocho horas, pastilla de las muchas que salen de esa fábrica de pastillas que son los Laboratorios Pharmalak. Dejémoslo entre signos de interrogación y entre paréntesis y sigamos.

Para acudir a la clínica hay que subir a un tren hipermoderno propiedad de Pharmalak cuya única finalidad es llevar a los pacientes hasta el recinto situado allí arriba en la montaña (mágica?) junto a una estación invernal a la que acuden los esquiadores. En la clínica tratan con píldoras toda clase de trastornos. Mientras dura el viaje, unas pantallas de vídeo transmiten el Canal Pharmalak, que escupe imágenes incesantemente. Ya sea en películas, series o publicidad, muestra situaciones cotidianas que nos tienen que hacer pensar; si no, para eso está la voz en off. En la pantalla se ve a un hombre con el ceño fruncido sentado frente a una venta al otro lado de la cual se columpian unos niños:

¿Está todo el día cansado? ¿Experimenta cambios de humor? ¿Le irritan los niños, el ruido, el trato con los demás? ¿A menudo le apetece estar solo? Si ha experimentado alguno de estos síntomas en las últimas semanas, tal vez padezca Trastorno Agudo de la Sensibilidad, o TAS. Acuda a su médico. En la pantalla aparece una lista de los médicos a los cuales puede dirigirse. Si lo desea, tiene la posibilidad de probar un producto que alivia estos síntomas. Póngase en contacto con Pharmalak. Y ahora, sigamos con las noticias: una fuerte tormenta en Salt Lake City ha causado serios destrozos en cientos de hogares. Estas noticias pueden provocar ansiedad pero, ¿se siente usted incómodo en los festejos y conmemoraciones sociales? ¿excluído en fiestas? ¿sistemáticamente decepcionado? ¿Acaso no se han cumplido sus expectativas o se siente aislado y agobiado por anticipado? Tal vez padezca Trastorno de Ansiedad Estacional, o TAE. Hemos desarrollado un producto que alivia estos síntomas. Si lo desea…”

Así en el canal de televisión y en los anuncios colgados de las paredes en los pasillos de la clínica (la nieve cae fuera con fuerza) advirtiendo sobre la posibilidad de padecer Síndrome de Ansiedad Latente Máxima, Aguda y Reiterada o SALMAR. Elevax, nuevo producto de Pharmalak, es la solución.

Los pasillos conducen ante la mesa donde espera, escribiendo, el doctor Matthew Fargoon. El doctor Fargoon escribe antes, durante y después de la consulta con los pacientes. A Sunless le miró una sola vez, y sólo fue hasta el pecho. La frase que refiere el acontecimiento la puse al principio porque leerla fue un impacto. El de Fargoon y el nuestro, lectores mudos de asombro no tanto por lo que dice Sunless sino por la reacción del doctor Fargoon: “Fargoon cerró el libro, colocó los dedos debajo de la barbilla y miró al pecho de su paciente“. Impagable frase, una de tantas que nos hace preguntarnos quién es este Gerard Donovan que parece conocer tan bien y también la realidad hospitalaria, tan poco hospitalaria salvo excepciones excepcionales. Poeta. Nos dicen que ante todo es poeta y nos encaja: sólo un poeta metido a narrador tiende a terminar los capítulos con una frase que es más verso que frase. Y sólo un poeta podía alcanzar el éxtasis pastillero del libro, en la madrugada de la narración, con una metáfora así:

El cielo sostenía en la mano, ahí arriba, su propia gran pastilla redonda y blanca, con el valle al fondo. Yo podía cogerla con la punta de los dedos y probarla, probar algo que me hiciese sentir mejor, o simplemente sentir”.

Dice la contraportada que tras este relato sobre los peligros de la búsqueda de la propia identidad y el autoconocimiento hay una crítica feroz, no sólo de las empresas farmacéuticas interesadas únicamente en vender productos y de esa psiquiatría que en todo ve un trastorno, sino también del delirante mundo actual. No sabemos qué pastilla necesita el mundo pero mientras alguien lo averigua no está de más pasarse por las páginas de “El doctor Salt” para disfrutar y parar a pensar.

En caso de duda, consulte con su farmacéutico.

Cartel

Este es el retrato-robot que mi sobrino Carlos ha elaborado sobre mí reuniendo los rasgos dictados por su imaginación. Pongo aquí el cartel por si algún día me pierdo o por si alguien está interesado en encontrarme y hasta ahora no tiene de mí más indicios que las letras desperdigadas entre los posts de este blog. Quizá esto ayude.