Archivo por días: 24 diciembre, 2008

Nochebuena

En mi casa, la Nochebuena eran los olores.

Los cristales de la cocina empañados y el olor de la sopa de pescado para los abuelos que se empezaba a preparar por la mañana. Desde que era pequeño, desde una mañana lejana de 24 de diciembre como la que estoy recordando viéndome con el pijama puesto, recién levantado y observando desde la puerta de la cocina, no soporto el pescado, es que no puedo ni verlo, pero el olor de la sopa y los langostinos, y contemplar la actividad de mi madre desde muy temprano y a Maribel a su lado me reconfortaba y significaba el inicio de un día especial.

Maribel fue durante muchos años la persona que ayudó a mi madre en las tareas de la casa. Yo me crié con ella. Era una mujer algo mayor, menuda, te miraba a los ojos con ternura pero tenía los labios muy finos y muy mala leche. Un día llamaron a la puerta unos Testigos de Jehová. Cree usted en el reino de los cielos? preguntaron con sonrisa cándida. Maribel torció los labios y respondió: no está mi ama, y cerró entre murmuraciones. A mi me dio un ataque de risa y mi madre salió por el pasillo escandalizada diciendo pero Maribel, por Dios, que yo no soy ama de nadie, y Maribel dijo qué más da y siguió su camino. A mí me volvió a dar el ataque de risa y me mandó a tomar viento fresco. Muchos años más tarde me la volví a encontrar. Estaba igual pero ya no tenía la mala leche anunciada en la línea de los labios. Era abuela. Igual era por eso.

El olor del pavo en el horno. Desde que tengo uso de razón la Navidad en casa es el pavo que prepara mi madre. Lo han probado quienes ya no están y quienes han venido después porque nunca ha faltado a la mesa. Lo hace con paciencia, con su relleno, regándolo de salsa y licor, dándole vueltas en el horno que empieza a calentarse después de comer, hacia las tres y media, porque el pavo se hace lento, requiere horas, y conforme la tarde cae el olor va saliendo de la cocina, se expande primero por el pasillo y el salón y luego sale de casa. Cuando llegas de la calle fría y abres la puerta del ascensor te recibe ese olor que te dice que hoy es Nochebuena y que todo va bien porque mamá ha vuelto a hacer el pavo para todos.

El olor del árbol de navidad. Los setenteros pertenecemos a esa generación responsable del desastre ecológico del planeta, es cierto. Pero veíamos natural tener un árbol de navidad en casa; cierto es que aunque no existía una conciencia ecológica tan acusada teníamos nuestro corazoncito y de eso se aprovechaban cuando nos decían, señora, árboles de vivero, con raíces y todo, luego los recolocamos en el monte.

Ya.

Pero el olor del pino, sí. El olor más maravilloso del mundo era despertarte la mañana del 25 muy temprano, cuando todo el mundo dormía, y desde la esquina de la cama asomabas la cabeza al pasillo y ahí, a lo lejos, veías el ocasional parpadeo de una brizna de espumillón, como si te saludara, y cuando salías de puntillas para comprobar que los juguetes de la noche anterior no eran una ilusión y que seguían allí percibías ese olor a monte y a verde, a nieve y a luces de colores intermitentes que más tarde se grabarían en la conciencia junto con los saltos de esquí de la tele, el turrón en las bandejas y el cava en las copas de los mayores.

La Nochebuena en casa quedó fijada en los olores y en la ilusión que ponía mi madre para que todo estuviera dispuesto; y también en la nostalgia que percibí una vez, fugazmente,  en la mirada de mi padre, tendría yo seis o siete años pero percibí algo parecido a una tristeza momentánea, después volvió de su ensimismamiento y sonrió. Mientras llegaban los turrones y mi madre me preguntaba desde la cocina adónde vas, yo atravesaba el pasillo y me asomaba a la ventana que daba a la calle donde las guirnaldas de luces se mecían atrás y adelante suavemente iluminando la calle solitaria y silenciosa.

Cartas

TolkienNo encuentro el libro que recoge las cartas que cada Navidad, de 1920 a 1942, los hijos de J.R.R. Tolkien encontraban en la repisa de la chimenea procedentes del Polo Norte  y escritas a mano por el mismísimo Papá Noel. No lo encuentro. Y me da mucha rabia porque podría enseñar la caligrafía temblorosa que Tolkien empleaba primorosamente para transmitir fantasías y mensajes (muchas veces de aliento en los tristes años de la guerra). Si encontrara el libro podría enseñar ese detalle y otros; podría enseñar hasta la portada para ver si alguien se lo ha encontrado por ahí y me lo trae de vuelta pero ni eso, claro.

Cuando descubrí las cartas de Papá Noel/Tolkien acababa de dejar de ser niño y eso me hizo sentir que llegaba tarde a algo. Luego sentí más cosas y por este orden: sentí no haber sido hijo de Tolkien, al menos las vísperas del 25 de diciembre. Después sentí no haber sido el mismo Tolkien durante el otoño previo a cada Navidad, porque este hombre se lo tenía que pasar bomba preparando al detalle las historias, el papel avejentado adrede así como las manchas de humedad en el sobre (en el Polo Norte hay mucha nieve y además reina el caos por culpa de las prisas), los dibujos a acuarela que reproducían instantáneas de la cotidianidad de unos personajes que, con los años, aumentaron en número y relevancia en los argumentos de las cartas, la escritura temblorosa simulando un tiritar de palabras debido al frío helador. En resumen, que sentí no ser Tolkien por un rato. Aún sentí más cosas. Sentí no ser padre y ahora, aunque tengo sobrinos, siento no saber dibujar.

(Aunque mira, ahora que lo pienso, la letra sí la tengo temblorosa, y eso hasta sin frío, toma ya)

Las cartas de Papá Noel/Tolkien son una delicia. No tienen el azúcar que se supone en estas cosas; tienen, en cambio, una imaginación desbordante. No es de extrañar que los niños miraran a la repisa de la chimenea con más entusiasmo que a los propios juguetes. Son, además, didácticas: el tamaño de las letras, el tipo de vocabulario y la extensión y temática de las mismas progresa año a año con la evolución del aprendizaje de los niños. Les estimula a leer al comienzo (qué pone, qué pone, qué dice), luego va todo rodado. Lo mismo vale para el contenido: la acción y la fantasía (la parte lúdica) se combina con los rigores de la realidad que tocó vivir a los pequeños Tolkien. Tolkien les habla, por boca de Papá Noel, del dolor, de las penurias, de la necesidad de fortalecerse en tiempos difíciles. Les habla de esperanza. Y les habla de la experiencia de crecer: Papá Noel les acompaña durante unos años y, finalmente, se despide de ellos en una última misiva.

(Leer eso me daba una pena terrible)

Las cartas son, además, asombrosamente detallistas: las letras capitulares están profusamente ornamentadas y Tolkien llega a diseñar una colección exclusiva de franqueo y sellado polar, imitando las franjas horizontales del rodillo de tinta en lo primero y recortando el papel para simular los bordes dentados en lo segundo:

Qué paciencia, qué mimo y, sin duda, qué disfrute el invertido en secreto en la confección de estas verdaderas joyas de artesanía.

En la madrugada que va de hoy a mañana, en la repisa de los Tolkien una mano dejaba unos sobres a los niños. Eso fue hace muchos años, tantos años como necesita el papel en ponerse amarillento sin necesidar de avejentarlo a mano. Yo he perdido el libro que las contiene, no lo encuentro; si lo tuviera, enseñaría por ejemplo la acuarela que delata al Oso Polar cometiendo el desastre de los paquetes ya preparados y apilados, se cayeron todos y por eso algunos tienen los bordes un poco mojados. Por el Oso, que siempre anda metiendo la pata.