Epílogo

Abrí hace unos meses “Lo que sé de los vampiros”, de Francisco Casavella, ganadora el pasado 6 de enero del Premio Nadal, quizá el único premio en el que confío algo, y quedé prendado por lo que allí se contaba y cómo se contaba. Luego la novela quedó en reposo, como tantas veces ocurre cuando la novela es larga y el tiempo escaso, cuando la historia te pide un espacio propio y tantas cosas ajenas a ella lo invaden, anulándolo. Ahora lanzan los periódicos la noticia de que Francisco Casavella se ha muerto, así, de golpe, un ataque al corazón, 45 años, y lo que sé de sus vampiros ha vuelto a mi memoria con una admiración incompleta, porque así ocurre cuando descubres algo interesante y por interesante lo dejas en ese aparte que es como un santuario de silencio y quietud donde esperan las cosas que merecen a pena. Dicen las noticias, a estas horas avanzadas de la madrugada, que Casavella dejó dicho que “todo es terrible, pero nada es serio. Nada es en blanco y negro, sino que todo es blanco y negro”. Y negro sobre blanco, como las frases impresas de su última novela.

2 pensamientos en “Epílogo

  1. toni

    a mí me pasó exactamente lo mismo. me quedé al principio, admirado, y pensando que ahora no es el momento. la historia y el libro merecían mejores épocas de mis neuronas. así que se quedó en la mesita de noche, esperando un descanso absolutamente necesario (y que llegará la semana que viene, yupi). y ayer me quedé también como tú cuando escuché la noticia. así, de repente, a los 45 años. y el libro toma un peso distinto, una urgencia que requiere pausa y que le otorga un nuevo sabor. espero que el blanco y el negro sepan hacerle el homenaje que seguramente se merece.

  2. C.

    Ayer al llegar al trabajo una amiga me regaló “Lo que sé de los vampiros”; ahora acabo de darle la noticia y se le han abierto mucho los ojos.
    Quien deja algo escrito, y más si está bien escrito, permanece de algún modo (pero seguro que no como a ese alguien le gustaría habitar el mundo a los cuarenta y cinco).
    Crucemos los dedos (sobre todo si no hemos escrito nada memorable).

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