Archivo por días: 18 diciembre, 2008

Luces

Muchos años después, frente a la pantalla del ordenador, había de recordar aquella mañana remota en que su amigo le llevó a ver por primera vez un piano de cola.

Valga el guiño novelesco para expresar algo que un día Sergio podrá decir perfectamente cuando se vea en esta foto, que tomé la mañana de aquel verano lejano y todavía analógico en que le llevé (o me llevó su insistencia, su ilusión y su curiosidad infinita por las cosas) a enseñarle el piano de cola de la Escuela de Música. Ese día, el piano, un Pleyel sobre el que un día aún más lejano un silencioso afinador dictaminó: está enfermo, y se marchó dejándome con el pulgar pulsado sobre el do y un interrogante en forma de silencio de blanca en mi mente; pues bien, como decía, ese día, el piano no estaba en el escenario, estaba detrás de él, entre bambalinas dice la gente del mundo del espectáculo en estos casos. Que el piano estuviera un poco encogido para caber en el espacio estrecho entre bártulos no deslució el acontecimiento que para Sergio supuso ver, sentarse y poner sus manos por primera vez en su vida en un piano de cola.

Pongo la foto por dos razones. La primera es porque a Sergio no le importa y además hace muchos años que dejó de ser niño. Es importante especificar esto último porque no termino de comprender muy bien esta preservación extremista de la imagen de los niños. Bastante necesitado está ya el mundo de la sonrisa de los niños como para que sistemáticamente le pongamos un borrón de píxeles. Las posturas extremas me inquietan. Una cosa es proteger a la infancia y otra ocultarla. Una sociedad que esconde a la infancia es una sociedad enferma, primero porque hay gente muy indeseable circulando por ahí que obliga a hacerlo (indeseable hasta la nausea es quien mancha la infancia de un ser humano) y segundo porque, por lógica reacción, surge una alerta que enseguida se vuelve un poco paranoide.

La otra razón por la que pongo la foto es porque volvía esta tarde de la función de navidad de mi sobrina en el colegio cuando he visto una llamada de Sergio desde Pamplona. Me ha dicho que había salido a despejarse un rato y a mirar las luces de Navidad para ver si le entraba la cosilla, así lo ha dicho. Curiosamente, al volver del colegio yo he hecho lo mismo. Pensaba que hubo un tiempo en que no había preocupaciones y sólo ilusiones como, por ejemplo, esperar la llegada del encendido de las luces de Navidad y quedarse extasiado bajo la constelación de estrellas eléctricas con el gorro y la bufanda puestos y el olor de las castañas asadas alrededor. Hoy me he girado desde el portal y me he quedado mirando un rato hacia arriba, como esperando algún efecto. Y, en efecto, no ha sucedido nada. o, por lo menos, esas luces no han prendido luz en la sombra del día, que ha traído varias, no propias, pero sí cercanas.

Cuánto dolor hay alrededor. Hay días que sales a la calle y te sobrecogen las noticias, como hoy, el cáncer del amigo, la muerte de ella, el llanto en tu hombro. En la función de teatro del colegio de Isabel, me ha parecido que las madres tenían todas la misma cara de desencanto, y esperaban en tensión a que su hijo o hija saliera a escena para decir la palabra o la frase que el guión determinaba, como si en las frases de sus hijos proyectaran ellas las ganas que ya no tienen. Visto lo visto y como no me estaba enterando del argumento, he optado por buscar la mirada de mi sobrino Carlos, que en pie sobre el asiento retransmitía la función ofreciendo unas valoraciones muy singulares. Va a resultar que crecer es eso, descubrirse un día sintiendo pudor allá arriba, sobre el asiento, y quedarse sentado como los demás con las cámaras de vídeo en ristre dándose cuenta de que los buenos instantes son aliviaderos momentáneos de una realidad terrible que te puede mirar a los ojos en cualquier momento mientras el mundo quizá exhiba en ese instante una primavera grosera. Hay quien lo sabe bien.

Mientras caminaba bajo las luces de colores formando estrellas, campanas y guirnaldas Sergio hacía lo propio en Pamplona para ver si le entraba ya algo de cosilla y me ha hecho gracia escuchar eso porque sí, le entiendo, porque necesitamos algo de esa cosilla, sea cual sea, y porque Sergio conserva aún, siquiera en esa expresión, un instante precioso de su infancia, infancia de la que es testigo esta fotografía. Yo he tenido bastante ración de sombras durante el día, las suficientes como para que las luces de ahí arriba no pudieran disiparlas, y me he venido a casa un poco sobrecogido. Ha sido al llegar cuando me he encontrado la llamada de Sergio, que siempre reconforta. Cuánto se le quiere a Sergio.

Epílogo

Abrí hace unos meses “Lo que sé de los vampiros”, de Francisco Casavella, ganadora el pasado 6 de enero del Premio Nadal, quizá el único premio en el que confío algo, y quedé prendado por lo que allí se contaba y cómo se contaba. Luego la novela quedó en reposo, como tantas veces ocurre cuando la novela es larga y el tiempo escaso, cuando la historia te pide un espacio propio y tantas cosas ajenas a ella lo invaden, anulándolo. Ahora lanzan los periódicos la noticia de que Francisco Casavella se ha muerto, así, de golpe, un ataque al corazón, 45 años, y lo que sé de sus vampiros ha vuelto a mi memoria con una admiración incompleta, porque así ocurre cuando descubres algo interesante y por interesante lo dejas en ese aparte que es como un santuario de silencio y quietud donde esperan las cosas que merecen a pena. Dicen las noticias, a estas horas avanzadas de la madrugada, que Casavella dejó dicho que “todo es terrible, pero nada es serio. Nada es en blanco y negro, sino que todo es blanco y negro”. Y negro sobre blanco, como las frases impresas de su última novela.