Archivo por días: 17 diciembre, 2008

Diario

Hoy cojo un autobús al punto de la mañana porque tengo mi última clase de inglés del año en Pamplona. Qué hago entonces escribiendo un post cuando quedan cinco horas y media para levantarme? Pues anotar que ayer por la tarde sentí de pronto nostalgia de Noviembre primero, y luego un cierto sentido de cupabilidad por haberlo dejado marchar, desperdiciándolo. Si hay un lugar en el año donde te puedes refugiar a gusto y donde en los atardeceres sale una luna de vainilla sobre un azul que con el frío se disuelve en otros azules increíbles y así hasta que se apaga, eso es en Noviembre. Llevo toda mi vida preguntándome de qué me tengo que refugiar pero por si acaso entro en Noviembre y lo atravieso con la plena conciencia que da la vivencia de lo efímero.

Noviembre es un paseo al atardecer por el lugar donde estaba la antigua fábrica Azucarera, lugar misterioso y escenario de aventuras infantiles, e imaginar que todavía sigue allí. Queda el verde que sale de las raíces de la tierra húmeda y el río al fondo, cuyo curso sólo se adivina por el velo curvilíneo de la nieblina que flota sobre él. Y el olor dulce y mojado de las plantas. Allí está Noviembre y, sin embargo, este año el que no estuvo soy yo. Y ahora toca esperar hasta el año que viene y eso abruma un poco porque habrá que pasar la temible primavera, temible porque a veces es muy grosera y otras veces te enamora; y el aún más temible verano, que desde que deja de ser un instante de la infancia te lleva a colocarte a la sombra de la frigoría, tan indiferente ella. Tengo nostalgia de Noviembre en Diciembre, en definitiva.

También he tenido nostalgia por la noche en el chino de otras cenas en el chino. El chino está de capa caída, como todo; a veces pienso que como todos. Belén y yo estábamos solos y comíamos el arroz entre susurros, como si estuviéramos en una iglesia, igual. Una cosa es estar tranquilos y otra estar incómodos, casi diría algo intimidados por ese sitio tan grande y tan vacío, con sus mesas y sus sillas tan ordenadas, esperando en tensión, la luz tibia, la temperatura fría, como frío era el ambiente.

Tocará nostalgia, digo yo, porque he llegado a casa con el frío en el cuerpo, el del chino, el de la calle y el de la nostalgia acumulada. La nostalgia en ocasiones es una cosa fría que se te mete por dentro. Luego se pasa.

La abuela. Ayer entró el médico, tercer día después de la operación, miró los papeles, examinó las constantes y comunicó que por ellos ya se podía marchar. Cómo dice, preguntó sobresaltada una tía mía que es enfermera y se supone que es la entendida de estas cosas cuando el entendido, modestia aparte, soy yo, que sé leer los gestos e interpretar los silencios, la cosa más importante de todas cuando de médicos se trata y hablan. Anda, calla, calla, me dirían. Quién, pues mi madre, mi hermano, los de alrededor que me conocen. Mi hermano y mi hermana se reirían, supongo. En el fondo me gusta que lo hagan pero eso no quiere decir que yo no tenga razón.

Pues estábamos en lo que dijo el médico: esta mujer ya se puede marchar porque le hemos retirado la vía, la sonda, todo está perfectamente. Y los análisis?, preguntó mi tía. El médico cerró el bolígrafo haciendo un clic con el pulgar y contestó: mejor que los tuyos y los míos, y se fue por el pasillo haciendo ondear su bata blanca. Eso les encanta.

Van a dejar a la abuela ingresada unos días más, hasta el sábado o hasta el lunes, más que nada para que coja fuerzas y para esperar, qué menos, que haga la semana de la operación y le quiten los puntos. Aunque la verdad es que ya se está poniendo de mala leche y ayer por la tarde hubo incluso un momento que la cabeza la tenía un poco confusa. ¿Cuándo me han traído aquí?, preguntó de pronto. Llevas desde el jueeeeves, te han operado de cadeeeera, es que no te acuerdas? Qué me van a traer el jueves, chica, qué cosas dices! A mi madre le queda la sospecha de si, como dice el médico, los ancianos se desorientan en el hospital o si, además de desorientarse por ancianos, en ocasiones lo hace para chinchar o por puro vacile.

Llegará un día que tendré nostalgia de la abuela, sobre todo tendré nostagia de su fortaleza y de su fragilidad. Qué mezcla tan intrigante. Buenas noches. Buenos días.