Aída

AidaEl día que me enteré que Carmen Machi dejaba “Aída” casi me da un soponcio, sí, lo reconozco. Es más, daré detalles: era lunes, me acababa de levantar y todavía con la legaña puesta consulté en internet la audiencia del capítulo de la noche anterior, sí, como si fuera el productor ejecutivo de la serie, y cuando entraba en la página donde ponen las audiencias me encontré con el titular, con muchos pixeles gordos, y negros, no era para menos: “Carmen Machi deja “Aida” la próxima temporada” y fue leerlo y casi me llevo una mano al pecho del disgusto. Es curioso que cuando nos dan un disgusto nos llevemos la mano al pecho, como si ese peso que se nos pone por dentro se fuera a caer al suelo y eso también fuera un disgusto. Qué vida.

Leyendo la letra pequeña me enteré, en resumidas cuentas, de que esta mujer parecía estar un poco hasta el mocho (como diría su personaje) y que temía que la encasillaran. Y pensé: ya estamos con lo de siempre, pero qué manía les ha entrado ahora a todos los que triunfan con algo de distanciarse de ese algo pensando que son ellos y no el algo en el que se disfrazan el que les ha llevado a ser alguien (iba a poner otro “algo” pero eran demasiados). Esta mujer será Aída para siempre, aunque haga otra cosa, que las hará, en realidad ya las hace, y las hacía antes. Y sin embargo, quién es Carmen Machi? Pues Aída. Pues eso. Frank Sinatra no podía dejar de ser Frank Sinatra para dedicarse a otra cosa. Hombre,  tampoco es lo mismo. Bueno, qué más da si la cosa ya no tiene remedio.

Machi ya se escapó de “Aída” unos cuantos capítulos la anterior temporada, como el Jonathan o la Lorena del Instituto. Los audímetros no se dieron cuenta y yo creo que eso le valió a ella para terminar de salirse con la suya: la suya es que puede haber “Aída” sin Aída.  Eso nos conduce a la serie. Para mí, “Aída” (Globomedia) es la única sitcom de la tele que me hace reir, pero no me refiero a esa sonrisa que se te pone a veces ante un gag, no, sino a reir-reir, a carcajadas, vamos. Y creo que es una serie que ha evolucionado progresivamente de forma perfecta de manera que sus personajes han congeniado de maravilla con los actores que los representan y viceversa. Y por eso entre el final de la cuarta temporada y el comienzo de la quinta se vivieron momentos redondos.

No hay una serie que retrate semejante galería humana de desastres más sórdida aún por reales y cotidianos y que ponga sobre la barra del Bar Reinols (cuánto dice ese nombre de todo y de todos) un menú de temas sociales amargos sin que a uno le entre mala conciencia al sorprenderse a sí mismo riéndose a base de bien. Y ese es uno de los hallazgos de “Aída”: utilizar la vieja fórmula del esperpento, tan nuestro, para poner en evidencia hasta la distorsión (cómica) el reflejo crudo y duro de las circunstancias pero (y esto es lo genuíno de la serie de Globomedia) haciéndolo con una porción de talento proporcional a la ternura invertida en los guiones.

La heroína de “Aída” es la reina del mocho, alcohólica, ludópata, pobre, sola, dejemos las negritas porque ya son muy negras las palabras, mujer al borde de un ataque constante de nervios o mujer borde con ataque de nervios, que a ella le gusta ser directa. Su familia está compuesta por un ex-marido desaparecido, un hermano drogadicto, una madre escatológica y delirante, una hija con maneras de zorra poligonera (disculpas dobles: por la expresión y porque este término lo acuñaron en otra serie pero es que cuando lo oí me atraganté y se me quedó grabado, así que copio y pego), un hijo menor delincuente, una vecina prostituta, un tendero calzonazos e idealista fracasado, un hijo de tendero gay, amanerado y pedante (tres cruces bien clavadas cuando de vivir en el monte de los suburbios se trata), un cacique explotador, racista y fachón de los de bigotillo rancio, gomina y pantalón amarrado en la cintura del cuello para que quede clara la dimensión del badajo con el que lo hacen todo. Y así. Y todos gritan, lloran, se desesperan, meten la pata una y otra vez y sueñan con salir del agujero negro de todos los días que, para colmo, es un barrio que se llama “Esperanza Sur”. Y a pesar de todo nos hacen reir y los queremos y nos encantan.

“Los  Simpson” quizá podrían sobrevivir sin uno de ellos porque para eso se titulan en plural. Por lo mismo aquí en “Los Serrano” la gente iba y venía como les daba la gana y al final (al principio casi) pasabas a otro canal y así te enterebas al menos de otra serie o de algún anuncio. Pero “Aída”, femenino singular, no puede sobrevivir sin Aída, Carmen Machi, siquiera por un asunto de congruencia lógica y por mucho que nos digan, la una para justificar la marcha y los otros para disimular el disgusto, que la serie ya tiene rodaje suficiente para caminar sola. A ver si vamos a descarrilar.

La gente suele pensar que o la tele es una mierda o qué buenas son las series de la HBO. Lo de en medio se suele mirar con displicencia. Pues allá ellos. Esta noche comienza la sexta temporada de “Aída”. Machi saldrá a síncopas, unos días más, otros menos y otros nada. Y luego nada de nada. Desde luego.

2 pensamientos en “Aída

  1. toni

    por qué siempre consigues que se me abran las papilas gustativas? incluso ante una serie que ofrece una cadena que no está ni sintonizada en el televisor de casa?

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