Archivo por días: 10 diciembre, 2008

Balada

Se ha muerto la señora de enfrente. Y qué pasa. Hombre, pues que se ha muerto. Mi único contacto con ella era visual y se limitaba a verla pasar los domingos por la mañana a misa erguida sobre sus tacones y una vez al año intuirla en la cena de Navidad. Eso era lo mejor. Vivía en una casa grande y antigua que durante las demás noches del año permanecía con las persianas bajadas dejando ver una débil luz en un punto concreto pero en Nochebuena se iluminaba de manera intensa, luz blanca, amarilla y anaranjada, como de mantelería limpísima y cubertería de plata, algún matiz rojo como de flor de Pascua, alguna transparencia sonora como de copa de cristal fino y la intuición de la presencia de mucha gente por algunas sombras móviles que, de pronto, se deslizaban tras las cortinas como si estuvieran escondiéndose entre risas.

Yo miraba desde la media tarde cómo esa luz preparatoria de la reunión navideña iba ganando terreno a la vista conforme el sol desaparecía y los transeuntes iban y venían allá abajo, en las aceras, ajenos, cada uno a lo suyo, los pequeños de la mano de los mayores, las bufandas y los guantes, el olor a castañas asadas, alguna zambomba sonando, paquetes envueltos en bonito papel de regalo, gentes solitarias, personas agrupadas en la confluencia de un encuentro entre calles dándose besos de feliznavidad y apasarbuenanoche, alguna nostalgia que se escapa del aliento en forma de vaho. Y la luz intensa, blanca y amarilla, en las ventanas de la casa de enfrente donde la señora que se ha muerto hoy ejercía de anfitriona

Recibiría a los invitados con alborozo en las estancias caldeadas, el olor acogedor de las salsas y del asado flotando en el aire, el ahoraestoyconvosotros, quetengoelpavoenlacocina, los últimos cubiertos que corren presurosos a la mesa desde alguna mano solícita, las bandejas con los dulces, las copas alineadas en perfecta conjunción esperando un baño de burbujas. Seguramente algo sería cierto o sería todo muy distinto pero yo me lo imaginaba exactamente así, como la cena de Navidad que abre “Fanny y Alexander”, las mismas habitaciones, el mismo árbol de navidad, la misma madera en edad y lustre venerable, las risas sinceras y las que esconden tristezas, los pañuelos de encaje en la mano, los trajes de gala, de frac, de marinerito, de señorona, de niña con lazo en el pelo, el farol en la calle temblando sobre un montón de nieve. Y la canción. La música de Navidad es triste siempre menos la canción que cantan en la Nochebuena de “Fanny y Alexander” mientras los invitados corren y recorren las habitaciones en una larga cadena de manos enlazadas y mofletes enrojecidos.

Así se encendía mi imaginación cuando me asomaba al cristal y veía las luces de esa casa grande iluminada una vez al año con ganas de desquitarse del eclipse del resto de los días del calendario. Hoy se ha muerto la señora de enfrente, a la que recuerdo a ratos como la verdadera señora de enfrente y a ratos como la señora de enfrente del sofá, la de la pantalla del televisor, la anfitriona de “Fanny y Alexander”. Cuando la película se termina las luces de la sala se encienden pero hay ocasiones en que se apagan en un fundido en negro para siempre. Eso es lo que pasa y después pasa como si tal cosa.

Superman

-Quién eres tú?

(silencio)

-Un amigo.

Antes había venido aquello de “espero que no le haya cogido miedo a volar; estadísticamente hablando es el modo más seguro de viajar” y todo formaba el pie de foto de este pasmo:

Luego sonaron los mágicos violines de John Williams y llegó el romántico paseo nocturno por las alturas de un Metrópolis cuyas Torres Gemelas no se caerían nunca y donde la gente podía dormir tranquila porque velaba y volaba Supermán.

Hoy hace justamente 30 años (madre mía) de aquel instante. Y yo aún sigo pensando lo mismo.