Santo

El día que vine al mundo, el 15 de Enero de 1970, mi padre se vio envuelto en una disputa entre abuelas. Una de ellas, hiperbólica toda ella, dejó su impronta de pronto al soltar que mi nieto se va a llamar Mariano porque Mariano es nombre de hombre importante en Zaragoza y así podrá ser dentista. ¿Dentista?, preguntó mi padre sobrecogido. Sí, y en Zaragoza, contestó ella muy resuelta; los dentistas son todos unos señores y si se llaman Mariano, más, y mi nieto tendrá en la puerta una placa dorada donde pondrá Mariano bien grande y debajo Dentista. Y en Zaragoza.

Mi padre miró al frente, perplejo.

Entonces llegó el turno de la otra abuela, esta abuela que todavía vive para contarlo, y sacó su carácter para decir que de eso nada, faltaría más, ponerle al muete semejante nombre. Mi nieto se va a llamar Javier, que es un nombre bien bonito y bien de aquí. Las abuelas hablan así. Las de aquí por lo menos.

Mi madre, la pobre, no participó en la disputa porque bastantes cavilaciones tenía conmigo mientras me mecía en su regazo: todavía no había cumplido un día en este mundo y ya tenía varias hojas de historia clínica, a saber: córnea izquierda partida con daño en el nervio óptico como consecuencia de un problema con el forceps en el parto, sutura de dos incisiones en el cráneo por lo mismo y una infección de orina galopante que motivó que tuvieran que operarme de fimosis antes de salir de la maternidad. Creo que para la operación tuvieron que usar una lupa de aumentos del tamaño del telescopio Hubble. Con todo esto junto mientras meces a tu criatura en el regazo no estás para otras cosas. Para abuelas menos.

Fue mi padre el que tuvo que mediar entre las abuelas en el pasillo sintiendo la presión de una foto que había en la pared mostrando a una enfermera de rostro dulce que se llevaba el índice a los labios para decir, ssst, que esto es un hospital. Había que actuar rápido así que adoptó una solución salomónica: se llamará de las dos maneras. No hay constancia de la cara que puso el funcionario del registro civil cuando mi padre se presentó allí con el libro de familia y pronunció los dos nombres Mariano y Javier pero quitándole la i griega. De resultas de todo esto me quedé sin visión en un ojo, una cicatriz al comienzo de la frente como la de Harry Potter que con los años se ha ido diluyendo, la fimosis despachada con una precocidad insólita y un nombre compuesto de telenovela tremebunda.

Ah, y con una placa dorada de dentista en algún lugar de Zaragoza.

Sobra decir que una de las abuelas siempre me llamó Mariano, a secas, mientras que la otra siempre siempre me llamó Mariano Javier, con el matiz de que la erre final quedaba ligeramente destacada, como diciendo. Esta abuela me llamaba puntualmente todos los 3 de Diciembre para felicitarme por el día de San Francisco Javier, que es tu santo, recalcaba; la otra abuela, sin embargo, no llamaba, se hacía la sueca. Igual llamaba al día siguiente para que fuera a comer a su casa.

Murió mi padre, murió la abuela hiperbólica (y con ella la placa dorada y la profética profesión, menos mal), mi historial médico llegó a ocupar varios tomos y la otra abuela siguió felicitándome. Como hoy. He observado que conforme pasan los años mi abuela ha pasado de llamarme Mariano Javier a llamarme hijo mío (aunque soy su nieto) con una breve etapa en el Mariano a secas. Pero cada 3 de Diciembre llama con cariño y me felicita por este Javier que, a mí mismo, se me hace extraño. Como si felicitaran a otro

Solamente he ejercido de Javier durante 26 días en mi vida, el tiempo de sustitución de una profesora de solfeo ante un grupo de niños de nueve y diez años. Entré el primer día, me miraron con los ojos muy abiertos, alguno de ellos con el dedo metido en la nariz, alguna con lazos de colores en las coletas, y me presenté por mi nombre. Se partieron de risa la mayoría y el resto se quedó patidifuso mirándome con cara de impresión y gesto de asco. Bueno, vale, de acuerdo, dije yo algo asustado por las posibles consecuencias traumáticas de lo acaecido, también tengo otro nombre por si el primero no funciona. Anda, dijo alguien como diciendo vete con ese cuento a otro. No, no, si lo digo de verdad. Y cuál es, a ver. Pues Javier; me llamo Javier cuando el primer nombre no funciona.

Hubo un silencio valorativo de un par de segundos y luego acordaron que me iban a llamar así. Y fui Javier durante casi un mes. Oye Javier, el jueves tenemos clase? Oye Javier, que este se está copiando de mí, jolines. Oye Javier, es pecado decir mongolo? Oye Javier, oye Javier. El último día llegué a casa y entre los bártulos me encontré un trocito de papel arrancado de un cuaderno escolar donde una letra muy redonda decía Javier, nunca te olvidaremos y perdona que somos unos gamberros. De pronto sentí mucha lástima de perder el nombre.

Esta mañana ha llamado la abuela. Es la misma abuela que el 15 de Enero de 1970 venía de casa con el nombre de su nieto decidido en el bolso pero su voz ahora suena más lenta y más lejana. Mi madre dice que aparte de los achaques de la abuela es que esta mujer sigue con la costumbre de poner voz de ultratumba por teléfono cuando le da. Y es verdad, así ha sido siempre. Pero no sé yo, esta vez me ha dado un poco de tristeza oir esa felicitación tan cariñosa y tan fatigada a un tiempo. Mi abuela cada 3 de Diciembre dice tres cosas y por este orden: lo primero es felicidades, hijo mío; después pregunta: estás bien? y finalmente pregunta si voy a salir un poco. El resto de la conversación es variable. Hoy ha dicho que le dolían las piernas y que igual era por el frío. Será por el frío, le he contestado yo. Ya quisiera que fuera por eso, ha añadido ella y yo me he quedado callado en unos puntos suspensivos.

Siempre me he preguntado si la enfermera de rostro dulce que se llevaba el índice a los labios en las paredes de todos los hospitales cobraría derechos de imagen o si, por lo menos, recibiría gratitudes por los silencios prestados. Somos unos ingratos.

5 pensamientos en “Santo

  1. toni

    no sabía que tuvieras un nombre de repuesto. aunque me parece una buena idea. sobre todo si es un nombre como Javier. porque si te llamas Rogelio (sin ánimo de ofender a nadie) de segundo nombre y el primero no funciona, el segundo tiene pocas posibilidades. en casa no hubo muchos problemas para elegir mi nombre. mi abuelo se llamaba Toni, mi abuela Antonia y mi bisabuelo Toni, así que no tenía muchas posibilidades de llamarme Ramón, por ejemplo. pero bueno, ya está bien así. es un nombre. lo mejor es que te llame la abuela para felicitarte. felicidades, pues, Javier. y guárdate bien el nombre, que te puede sacar de un apuro, y se le puede coger un cariño importante, de esos que luego no se borran ni con agua caliente. igual que a Mariano.

  2. Iona

    Javier se llama alguien muy cercano y un profesor de historia antigua. El primero me dio lo mejor que he tenido nunca. El segundo me enseñó que para entender lo que tenía era necesario empezar por el principio.

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