Archivo por meses: diciembre 2008

Anticipo

Concierto 2009Acabo de ver en la revista AudioClásica un anuncio de la edición en dvd y doble cd del Concierto de Año Nuevo cuando todavía faltan veinte horas para que se celebre. Es curioso esto de la publicidad. Te montan las carátulas con foto y todo (del ensayo, supongo, aunque para la foto todos tuvieron que ponerse de gala y ambientarse como si ya estuvieran allá, siendo allá el concierto y el nuevo año) y el contenido ya vendrá, es lo de menos cuando lo que importa es el envoltorio.

Me inquietan estas anticipaciones desde que era jovencito y empecé a fijarme en ellas porque mi lado fatalista de la existencia siempre teme lo peor, qué se yo, que falle el sonido, que a Daniel Barenboim, que es el director invitado este año, le de un cólico de riñón, que se produzca un apagón en medio de una polka, que alguien del público pregunte a gritos eso de hay un médico en la sala, hay un médico en la sala, y el del trombón tenga que dar un salto sobre el marco florido que separa en estas ocasiones el escenario de los asientos para atender a algún millonario japonés con infarto de miocardio, que la sincronización entre el audio de la sala y el vídeo de las coreografías cursilonas vaya a síncopas o que una bailarina se atreva a hacerlo en directo y en un paso de puntillas haga ay y se de un morrazo en el suelo o que el ingeniero de sonido de Decca olvide accionar el record que tiene que traducir los valses de los Strauss en dígitos para meterlos luego en discos compactos que devuelvan a los oídos los ecos originales.

Cosas así.

Sin embargo, la organización centroeuropea para estos eventos tiene la precisión de un reloj suizo y todavía no habrá abandonado la sala el de los timbales cuando ya se estarán procesando los archivos de audio, depurando lo (poco) que haya que depurar, y tirando copias y copias para estar en las tiendas de todo el mundo antes de que enero se de cuenta de que le toca la presidencia del año.

Es de esperar que este año, en la tradicional entrada falsa al “Danubio Azul”, falsa no porque el agua esté fría sino porque es cuando el director se gira y hace un discurso, Barenboim se pronuncie con contundencia sobre la salvajada que está teniendo lugar en Israel; al menos, que lo haga en los términos en los que se expresaba ayer en la prensa. De hecho, dice la publicidad del disco de este concierto no-nato que entre las novedades de este año “destacan los “Cuentos de Oriente” de Johann Strauss II, que aluden a un verdadero sueño hecho realidad: la fundación de la Orquesta West-Eastern Divan, un símbolo de tolerancia intercultural”. Se quedará en eso: en símbolo y cualquier día otros 300 misiles caerán sobre este y otros símbolos. Año nuevo y erre que erre.

El concierto también saluda la llegada de los actos conmemorativos del bicentenario de la muerte de Joseph Haydn. Qué cosa, morirte y que doscientos años después salga la reseña del homenaje que te han hecho un día antes de que este se haya producido. De esto sabía un rato Marty McFly, que fue adelante y atrás a ritmo de vals, uno, dos y tres, primera, segunda y tercera parte de una trilogía de película.

Corazón

Igual los Oscar se inventaron un día para rendirle honores a “Wall-E” (2008).

Si eso sucede creeremos un poco en los Oscar, ya que a estas alturas de la película no creemos en los Reyes Magos, y se habrá premiado puro cine, es decir, la perfecta utilización de unas imágenes articuladas como lenguaje al servicio de la expresión más pura. Eso es Wall-E que así, de primeras, aparece como trasunto digital de aquel E.T análogico de látex pero que también tiene mucho de Buster Keaton o de Charles Chaplin, esos poetas del silencio y del gesto.

Lo que sorprende en Wall-E una vez que los ojos se han acostumbrado al apabullante virtuosismo exhibido en cada uno de los fotogramas que lo conforman es que de pronto te das cuenta de que ha pasado mucho tiempo, cuánto, pues no sé, como veinte minutos quizá, en el que no has escuchado una sola frase y entonces descubres que ni falta que hace porque el canal de comunicación que se ha establecido entre ese destartalado robot y el espectador es pleno, total, nítido, cercano, cómplice y sin interferencia alguna. Esa es la grandeza del cine. Que una imagen montada tras otra consiga sintonizar con el espectador y transmitir un lenguaje universal de emociones y significados. Y te haga vibrar.

Hay en esta ultramoderna película de Pixar una conexión íntima con aquellas Luces de la Ciudad de Chaplin porque los efectos son similares aunque allí un mimo vestido de vagabundo se mordiera las uñas mientras esperaba la reacción de su chica y aquí sea un millón de polígonos el que obre el milagro entre los supervivientes de la hecatombe planetaria, Wall-E y Eve, Adán y Eva en un jardín radiactivo post-nuclear, y nosotros, testigos maravillados a lo largo y ancho del minutaje.

Si se hace justicia con Wall-E se estará haciendo un recordatorio (una actualización si se quiere del sistema operativo con el que las nuevas generaciones procesan las imágenes) de en qué consiste y qué consigue eso que llamamos Cine cuando realmente lo es.

Reunión

De madrugón. La vecina me lleva de copiloto a Pamplona. Tengo una reunión con Pello Ruiz Huici, director de la Coral Barañain. De paso, no pierdo la costumbre de los viajes a Pamplona y cuando terminen las vacaciones no se me hace cuesta arriba retormarlos, que enero viene fino. Así que hoy estoy aquí, en directo:

http://www.twitter.com/ideanorte

Firma

Una de las cosas más agradables que me han pasado en los últimos tiempos ha sido firmar un ejemplar de “La Idea del Norte” para Peter. Lo he hecho esta noche aunque se lo daré mañana, a la vuelta de un viaje que sólo me llevará unas horas.

Peter, sí. El blog pensaba que ya no me acordaba de él pero qué va aunque, de hecho, yo creo que el propio Peter pensaba lo mismo hasta que la tarde de la pasada Nochebuena, como hago siempre desde hace muchos años salvo contadísimas excepciones que puedo justificar con tarjeta de casa, me escapé un rato de los preparativos domésticos de la cena para felicitarle la Navidad. Casi un año después, te plantas frente a Peter y es inevitable decirte por dentro: está igual. Claro, por algo es Peter. Todos los niños crecen excepto uno: Peter. Se lo dije a él con asombro: estás igual igual, y contestó diciendo bueno, no creas. Pero sí, que me crean a mí, está igual que hace quince años, cuando me lo encontré por primera vez. Soy yo el que no está igual, añadí. Peter no dijo nada, que es su forma de asentir cuando algo es obvio.

A los dos días llamó por teléfono para pedirme que firmara dos libros. Uno para una amiga que viene del norte de Europa y por eso le pega el título del libro. El otro para él. No lo tienes ya?, pregunté. Sí, pero así contribuyo a la causa. Así es Peter. No como otros, por lo menos como aquel otro, que me paró por la calle y me preguntó si yo era el emejota que había escrito un libro. Sí, lo has leído? No, es que estamos en crisis, sabes?. Pero a continuación me habló de algo que consideraba de mi interés, a saber, mira lo que llevo en los pies. Sí, unas deportivas. No, no son unas zapatillas a secas, son un invento de no se qué científico que las ha diseñado tras observar la forma de andar de una tribu africana que camina descalza y nunca tiene problemas de espalda y tal. Ah. Se las estoy recomendando a todo el mundo, añadió. Y cuánto vale andar como si lo hicieras en África y descalzo?, pregunté por curiosidad. A partir de 180 euros, me dijo. Me quedé pensativo unos segundos y llegué a la conclusión de que prefería pasearme por un libro, igual por el mío no que ya me conozco todos los caminos; otro, no sé.

No me acordé de decirle a Peter cuando fui a felicitarle las navidades que un día, de golpe, me acordé del lugar adonde llegamos un anochecer de invierno rodeados de nieve de cuyo nombre tantas veces hemos querido acordarnos sin resultado. Unos goznes medievales chirriaron quejumbrosamente y de un portón surgió una nubecilla de vaho helado que dijo con voz lenta: el frío va en el precio. Fue en Covarrubias, seguro que luego se me olvida y no se lo digo. Peter tiene mejor memoria que yo por lo general, probablemente porque yo voy haciéndome mayor y él no. De vez en cuando me recuerda, por ejemplo, que yo ya escribí un libro una vez, y que el libro está en un cajón, sin editar, así, en plan encuadernación de andar por casa. Tiene razón. El libro es sobre Peter y a veces me pregunta si se lo voy a dejar leer y yo siempre le respondo que no, que aún no, que más adelante igual.

Inocentes

No tantos. O sí, depende.

(advertencia: estoy en horas bajas)

Es que perdí el sentido del humor hace unos días, concretamente el día 17. Aún puedo concretar más: fue por la tarde. Y ya se sabe que sin el sentido del humor este blog y yo no nos entendemos. Mi idea del sentido del humor quizá es algo peculiar, de acuerdo, porque tenerlo a buen recaudo no significa para mí que ande de jajajá todo el día de la misma forma que perderlo no significa que esté de mal humor. En todo caso se me agranda el desencanto, el general, ese que se va extendiendo poco a poco como una mancha de aceite y que me recuerda al oído que todavía soy un inocente en algunos aspectos y nada de nada en otros. Y no sé si alegrarme o entristecerme por lo primero o si alegrarme y entristecerme por lo segundo.

Total: un lío.

Por eso me quedo callado en el blog. Por el lío. Y porque si yo contara o contase las letras se vendrían abajo de la pantalla. Y no.

Aún así, unas breves consideraciones: quise escribir un cuento de Navidad pero la Navidad es un cuento en sí misma así que me ahorré el trabajo, que no el disgusto. Luego leí en un libro algo sobre el dolor y las personas crueles. Decía el libro que las personas crueles son las que más temen al dolor y lo decía en tono de mira qué cosa más curiosa y entonces me pasaron por la cabeza algunos nombres y me expliqué algunas cosas aunque hay cosas que no borran el disgusto.

Ahora estoy algo abatido porque se acerca la nochevieja. A la gente le pone triste la nochebuena. A mí la nochevieja. No es por llevar la contraria, en realidad me ponen triste otras noches y hasta las mañanas y las tardes pero lo de la nochevieja me parece una fiesta tristísima. Si la gente celebra que ha sobrevivido a otro año me da mucha tristeza. Por lo general, a la gente le da por celebrar cosas para disimular lo jodidos que están. Eso también lo decía otro libro pero ni falta que hace; a veces los libros dicen unas obviedades sorprendentes. Los Mecano cantaban aquello de en la Puerta del Sol como el año que fue, otra vez el champán y las uvas y el aaaalquiiitrán, deal fom, braes tan, (así lo cantaban, es lo que tiene el compás) y al menos la canción era bonita y sigue siéndolo por muchas uvas que pasen.

Qué significa exactamente perder la inocencia. No tengo ni idea, lo que sí sé es que debe haber varios grados o clases o tipos de inocencia porque yo he tenido la sensación de haberla perdido por trozos, si es que hay una, o por fases, si es que hay varias. Fue en 1981, en 2001 (una odisea y no precisamente en el espacio) y en 2005. Ahora, en estos momentos finales de 2008 creo que estoy perdiendo otro trozo. Creo. Y cada vez que pasa eso uno se queda un poco más frío y un poco más a oscuras.

No tiene mucho sentido este post pero es lo que pasa cuando pierdo lo que pierdo. Que el blog y yo como que no.

Navidad

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“Orriak Airez Aire”, villancico popular vasco.

Armonización realizada desde “La Idea del Norte” para los niños de Primaria del colegio de los Escolapios de Bilbao que cantan en “Escoleia”.

Nochebuena

En mi casa, la Nochebuena eran los olores.

Los cristales de la cocina empañados y el olor de la sopa de pescado para los abuelos que se empezaba a preparar por la mañana. Desde que era pequeño, desde una mañana lejana de 24 de diciembre como la que estoy recordando viéndome con el pijama puesto, recién levantado y observando desde la puerta de la cocina, no soporto el pescado, es que no puedo ni verlo, pero el olor de la sopa y los langostinos, y contemplar la actividad de mi madre desde muy temprano y a Maribel a su lado me reconfortaba y significaba el inicio de un día especial.

Maribel fue durante muchos años la persona que ayudó a mi madre en las tareas de la casa. Yo me crié con ella. Era una mujer algo mayor, menuda, te miraba a los ojos con ternura pero tenía los labios muy finos y muy mala leche. Un día llamaron a la puerta unos Testigos de Jehová. Cree usted en el reino de los cielos? preguntaron con sonrisa cándida. Maribel torció los labios y respondió: no está mi ama, y cerró entre murmuraciones. A mi me dio un ataque de risa y mi madre salió por el pasillo escandalizada diciendo pero Maribel, por Dios, que yo no soy ama de nadie, y Maribel dijo qué más da y siguió su camino. A mí me volvió a dar el ataque de risa y me mandó a tomar viento fresco. Muchos años más tarde me la volví a encontrar. Estaba igual pero ya no tenía la mala leche anunciada en la línea de los labios. Era abuela. Igual era por eso.

El olor del pavo en el horno. Desde que tengo uso de razón la Navidad en casa es el pavo que prepara mi madre. Lo han probado quienes ya no están y quienes han venido después porque nunca ha faltado a la mesa. Lo hace con paciencia, con su relleno, regándolo de salsa y licor, dándole vueltas en el horno que empieza a calentarse después de comer, hacia las tres y media, porque el pavo se hace lento, requiere horas, y conforme la tarde cae el olor va saliendo de la cocina, se expande primero por el pasillo y el salón y luego sale de casa. Cuando llegas de la calle fría y abres la puerta del ascensor te recibe ese olor que te dice que hoy es Nochebuena y que todo va bien porque mamá ha vuelto a hacer el pavo para todos.

El olor del árbol de navidad. Los setenteros pertenecemos a esa generación responsable del desastre ecológico del planeta, es cierto. Pero veíamos natural tener un árbol de navidad en casa; cierto es que aunque no existía una conciencia ecológica tan acusada teníamos nuestro corazoncito y de eso se aprovechaban cuando nos decían, señora, árboles de vivero, con raíces y todo, luego los recolocamos en el monte.

Ya.

Pero el olor del pino, sí. El olor más maravilloso del mundo era despertarte la mañana del 25 muy temprano, cuando todo el mundo dormía, y desde la esquina de la cama asomabas la cabeza al pasillo y ahí, a lo lejos, veías el ocasional parpadeo de una brizna de espumillón, como si te saludara, y cuando salías de puntillas para comprobar que los juguetes de la noche anterior no eran una ilusión y que seguían allí percibías ese olor a monte y a verde, a nieve y a luces de colores intermitentes que más tarde se grabarían en la conciencia junto con los saltos de esquí de la tele, el turrón en las bandejas y el cava en las copas de los mayores.

La Nochebuena en casa quedó fijada en los olores y en la ilusión que ponía mi madre para que todo estuviera dispuesto; y también en la nostalgia que percibí una vez, fugazmente,  en la mirada de mi padre, tendría yo seis o siete años pero percibí algo parecido a una tristeza momentánea, después volvió de su ensimismamiento y sonrió. Mientras llegaban los turrones y mi madre me preguntaba desde la cocina adónde vas, yo atravesaba el pasillo y me asomaba a la ventana que daba a la calle donde las guirnaldas de luces se mecían atrás y adelante suavemente iluminando la calle solitaria y silenciosa.

Cartas

TolkienNo encuentro el libro que recoge las cartas que cada Navidad, de 1920 a 1942, los hijos de J.R.R. Tolkien encontraban en la repisa de la chimenea procedentes del Polo Norte  y escritas a mano por el mismísimo Papá Noel. No lo encuentro. Y me da mucha rabia porque podría enseñar la caligrafía temblorosa que Tolkien empleaba primorosamente para transmitir fantasías y mensajes (muchas veces de aliento en los tristes años de la guerra). Si encontrara el libro podría enseñar ese detalle y otros; podría enseñar hasta la portada para ver si alguien se lo ha encontrado por ahí y me lo trae de vuelta pero ni eso, claro.

Cuando descubrí las cartas de Papá Noel/Tolkien acababa de dejar de ser niño y eso me hizo sentir que llegaba tarde a algo. Luego sentí más cosas y por este orden: sentí no haber sido hijo de Tolkien, al menos las vísperas del 25 de diciembre. Después sentí no haber sido el mismo Tolkien durante el otoño previo a cada Navidad, porque este hombre se lo tenía que pasar bomba preparando al detalle las historias, el papel avejentado adrede así como las manchas de humedad en el sobre (en el Polo Norte hay mucha nieve y además reina el caos por culpa de las prisas), los dibujos a acuarela que reproducían instantáneas de la cotidianidad de unos personajes que, con los años, aumentaron en número y relevancia en los argumentos de las cartas, la escritura temblorosa simulando un tiritar de palabras debido al frío helador. En resumen, que sentí no ser Tolkien por un rato. Aún sentí más cosas. Sentí no ser padre y ahora, aunque tengo sobrinos, siento no saber dibujar.

(Aunque mira, ahora que lo pienso, la letra sí la tengo temblorosa, y eso hasta sin frío, toma ya)

Las cartas de Papá Noel/Tolkien son una delicia. No tienen el azúcar que se supone en estas cosas; tienen, en cambio, una imaginación desbordante. No es de extrañar que los niños miraran a la repisa de la chimenea con más entusiasmo que a los propios juguetes. Son, además, didácticas: el tamaño de las letras, el tipo de vocabulario y la extensión y temática de las mismas progresa año a año con la evolución del aprendizaje de los niños. Les estimula a leer al comienzo (qué pone, qué pone, qué dice), luego va todo rodado. Lo mismo vale para el contenido: la acción y la fantasía (la parte lúdica) se combina con los rigores de la realidad que tocó vivir a los pequeños Tolkien. Tolkien les habla, por boca de Papá Noel, del dolor, de las penurias, de la necesidad de fortalecerse en tiempos difíciles. Les habla de esperanza. Y les habla de la experiencia de crecer: Papá Noel les acompaña durante unos años y, finalmente, se despide de ellos en una última misiva.

(Leer eso me daba una pena terrible)

Las cartas son, además, asombrosamente detallistas: las letras capitulares están profusamente ornamentadas y Tolkien llega a diseñar una colección exclusiva de franqueo y sellado polar, imitando las franjas horizontales del rodillo de tinta en lo primero y recortando el papel para simular los bordes dentados en lo segundo:

Qué paciencia, qué mimo y, sin duda, qué disfrute el invertido en secreto en la confección de estas verdaderas joyas de artesanía.

En la madrugada que va de hoy a mañana, en la repisa de los Tolkien una mano dejaba unos sobres a los niños. Eso fue hace muchos años, tantos años como necesita el papel en ponerse amarillento sin necesidar de avejentarlo a mano. Yo he perdido el libro que las contiene, no lo encuentro; si lo tuviera, enseñaría por ejemplo la acuarela que delata al Oso Polar cometiendo el desastre de los paquetes ya preparados y apilados, se cayeron todos y por eso algunos tienen los bordes un poco mojados. Por el Oso, que siempre anda metiendo la pata.

Vacíos

Si nos atenemos a las estadísticas de este blog, nos hemos quedado en familia. Hay lugares vacíos donde hasta hace cuatro días se intuía la presencia de alguien. Serán las vacaciones, será quizá la crisis, que al ser global afecta también a este blog. Porque en años anteriores también había vacaciones de Navidad pero justamente entonces el señor imaginario de la estadística (sigo imaginando a un señor que trabaja afanosamente llevando el registro) tenía trabajo extra. ¿Será entonces un indicio?

En las series de televisión, los ejecutivos tuercen el gesto cuando el share hace un descenso inesperado que se prolonga durante un periodo corto de tiempo, porque piensan que ahí empieza el declive de algo. Esto no es una serie de televisión, aunque a veces tenga algo de culebrón, pero me he preguntado hoy si algo de eso habrá. De hecho, me he preguntado lo siguiente: ¿se estarán cansando los lectores de “La Idea del Norte”? Me he dado dos respuestas: una, sería normal que así fuera. La experiencia demuestra que hay quien ha recalado aquí por el azar de Google o porque alguien se lo ha contado y se han quedado un tiempo, más o menos largo; al final se produce una renovación, y los sitios que estaban ocupados por unos ojos pasan a estar ocupados por otros. Voy a atreverme a ir más allá: sostengo una teoría según la cual hay un perfil de lector de La Idea (ojo, es un perfil, no es una generalización) que se caracteriza por una cosa: está en crisis. Yo creo que ven (leen) a un tío que lo está igualmente y eso genera o cierta empatía o cierto consuelo, o las dos cosas juntas, o a saber.

Pero nos habíamos quedado en que me había dado a mí mismo dos respuestas a la pregunta del posible cansancio. Una era esta. La otra ha sido en realidad otra pregunta: ¿y qué pasaría si así fuera? La respuesta es que creo que nada. De hecho, cuando empecé a escribir esto no había nadie al otro lado. Pero creo que había perdido la costumbre de sentir algo parecido al efecto de un eco al teclear, el efecto de una sala medio vacía.

Cuando la gente se va de “La Idea del Norte” por un tiempo, como por ejemplo unas vacaciones, ocurre que no vuelven todos. Es comprensible: cuando perdemos los hábitos de algo es lo que pasa. De todas formas yo sigo aquí haciendo lo de siempre, que es contar contándome con la posibilidad añadida de contárselo a alguien. Siempre sin saber qué viene mañana, ni quién. Eso sí que lo haría aburrido.

Diario

Jon ya sabe que la nana es suya.

Se asomó ayer noche por sorpresa a una ventana del monitor y expresó su agradecimiento, su sorpresa y su ilusión. De lo último hago un regalo para mí: de la ilusión ajena. Curiosamente hoy hace justo un año de aquéllo y para celebrarlo esa ha sido la música que ha sonado como banda sonora de fondo al viaje a Pamplona.

Le he entregado al médico un ejemplar de “La Idea del Norte” porque me lo pidió hace tiempo. Si no me lo hubiera pedido se lo habría entregado de todas formas, era algo que me salía de dentro espontáneamente, como salió de dentro espontáneamente la nana para Jon. No me había pasado hasta ahora que alguien otorgara un valor semejante al hecho físico de la entrega de un libro, aparte del valor de la intención. Hay enhorabuenas y agradecimientos que también salen desde muy adentro y eso también ilusiona. Dice el médico que es un libro especial para regalar según a quién. Me ha dejado con una incógnita doble: saber el a quién y el por qué. Añado otra incógnita que se me ocurre ahora: es por qué o porqué? Ya estoy en una edad en la que la ortografía juega a hacerte dudar, te vacila.

Mientras esperaba la hora de la consulta he estado sentado en un parque. Ya había pasado la algarabía de la lotería a través de las radios de los bares, los taxis, todos esos lugares que no son tu casa porque te toca pasar el día fuera. Por la tarde los nuevos millonarios ya habían tenido tiempo para hacerse un poco a la idea y los que no, pues a resignarse. Yo estaba sentado tranquilamente en el banco y he echado mano del móvil para enviar a Twitter un pensamiento: ese sol tan luminoso, el azul tan limpio arriba y las lomas de hierba fresca e impecablemente verde parecían significar algo, a saber qué pero desde luego, algo reconfortante.

A la salida de la consulta los colores se habían borrado porque el invierno deja caer la noche con una rapidez notable y al pasar por el parque, de regreso, ya no era lo mismo. Yo tampoco porque iba deprisa, con el tiempo justo para coger el autobús. Conforme el autobús avanzaba por la autopista, la temperatura se ha ido acercando al crepúsculo del termómetro, que es el número cero, y la niebla lo ha envuelto todo. Una niebla densa como hacía tiempo y la bufanda de Gloria-madre olvidada en casa. Y es raro, porque desde que descubrí las virtudes de esa bufanda la he hecho tan mía como el iPod por el que salía durante el trayecto de vuelta lo mismo que salió hace un año, a esas horas, en directo y en otras latitudes más al norte.

Por cierto, la abuela ya está en casa. Esa noticia y que Jon ya sabe que la nana era para él y que le ha hecho ilusión son las primeras buenas noticias de esta navidad, los primeros regalos. Me conformo con ambos.

Luces

Muchos años después, frente a la pantalla del ordenador, había de recordar aquella mañana remota en que su amigo le llevó a ver por primera vez un piano de cola.

Valga el guiño novelesco para expresar algo que un día Sergio podrá decir perfectamente cuando se vea en esta foto, que tomé la mañana de aquel verano lejano y todavía analógico en que le llevé (o me llevó su insistencia, su ilusión y su curiosidad infinita por las cosas) a enseñarle el piano de cola de la Escuela de Música. Ese día, el piano, un Pleyel sobre el que un día aún más lejano un silencioso afinador dictaminó: está enfermo, y se marchó dejándome con el pulgar pulsado sobre el do y un interrogante en forma de silencio de blanca en mi mente; pues bien, como decía, ese día, el piano no estaba en el escenario, estaba detrás de él, entre bambalinas dice la gente del mundo del espectáculo en estos casos. Que el piano estuviera un poco encogido para caber en el espacio estrecho entre bártulos no deslució el acontecimiento que para Sergio supuso ver, sentarse y poner sus manos por primera vez en su vida en un piano de cola.

Pongo la foto por dos razones. La primera es porque a Sergio no le importa y además hace muchos años que dejó de ser niño. Es importante especificar esto último porque no termino de comprender muy bien esta preservación extremista de la imagen de los niños. Bastante necesitado está ya el mundo de la sonrisa de los niños como para que sistemáticamente le pongamos un borrón de píxeles. Las posturas extremas me inquietan. Una cosa es proteger a la infancia y otra ocultarla. Una sociedad que esconde a la infancia es una sociedad enferma, primero porque hay gente muy indeseable circulando por ahí que obliga a hacerlo (indeseable hasta la nausea es quien mancha la infancia de un ser humano) y segundo porque, por lógica reacción, surge una alerta que enseguida se vuelve un poco paranoide.

La otra razón por la que pongo la foto es porque volvía esta tarde de la función de navidad de mi sobrina en el colegio cuando he visto una llamada de Sergio desde Pamplona. Me ha dicho que había salido a despejarse un rato y a mirar las luces de Navidad para ver si le entraba la cosilla, así lo ha dicho. Curiosamente, al volver del colegio yo he hecho lo mismo. Pensaba que hubo un tiempo en que no había preocupaciones y sólo ilusiones como, por ejemplo, esperar la llegada del encendido de las luces de Navidad y quedarse extasiado bajo la constelación de estrellas eléctricas con el gorro y la bufanda puestos y el olor de las castañas asadas alrededor. Hoy me he girado desde el portal y me he quedado mirando un rato hacia arriba, como esperando algún efecto. Y, en efecto, no ha sucedido nada. o, por lo menos, esas luces no han prendido luz en la sombra del día, que ha traído varias, no propias, pero sí cercanas.

Cuánto dolor hay alrededor. Hay días que sales a la calle y te sobrecogen las noticias, como hoy, el cáncer del amigo, la muerte de ella, el llanto en tu hombro. En la función de teatro del colegio de Isabel, me ha parecido que las madres tenían todas la misma cara de desencanto, y esperaban en tensión a que su hijo o hija saliera a escena para decir la palabra o la frase que el guión determinaba, como si en las frases de sus hijos proyectaran ellas las ganas que ya no tienen. Visto lo visto y como no me estaba enterando del argumento, he optado por buscar la mirada de mi sobrino Carlos, que en pie sobre el asiento retransmitía la función ofreciendo unas valoraciones muy singulares. Va a resultar que crecer es eso, descubrirse un día sintiendo pudor allá arriba, sobre el asiento, y quedarse sentado como los demás con las cámaras de vídeo en ristre dándose cuenta de que los buenos instantes son aliviaderos momentáneos de una realidad terrible que te puede mirar a los ojos en cualquier momento mientras el mundo quizá exhiba en ese instante una primavera grosera. Hay quien lo sabe bien.

Mientras caminaba bajo las luces de colores formando estrellas, campanas y guirnaldas Sergio hacía lo propio en Pamplona para ver si le entraba ya algo de cosilla y me ha hecho gracia escuchar eso porque sí, le entiendo, porque necesitamos algo de esa cosilla, sea cual sea, y porque Sergio conserva aún, siquiera en esa expresión, un instante precioso de su infancia, infancia de la que es testigo esta fotografía. Yo he tenido bastante ración de sombras durante el día, las suficientes como para que las luces de ahí arriba no pudieran disiparlas, y me he venido a casa un poco sobrecogido. Ha sido al llegar cuando me he encontrado la llamada de Sergio, que siempre reconforta. Cuánto se le quiere a Sergio.

Epílogo

Abrí hace unos meses “Lo que sé de los vampiros”, de Francisco Casavella, ganadora el pasado 6 de enero del Premio Nadal, quizá el único premio en el que confío algo, y quedé prendado por lo que allí se contaba y cómo se contaba. Luego la novela quedó en reposo, como tantas veces ocurre cuando la novela es larga y el tiempo escaso, cuando la historia te pide un espacio propio y tantas cosas ajenas a ella lo invaden, anulándolo. Ahora lanzan los periódicos la noticia de que Francisco Casavella se ha muerto, así, de golpe, un ataque al corazón, 45 años, y lo que sé de sus vampiros ha vuelto a mi memoria con una admiración incompleta, porque así ocurre cuando descubres algo interesante y por interesante lo dejas en ese aparte que es como un santuario de silencio y quietud donde esperan las cosas que merecen a pena. Dicen las noticias, a estas horas avanzadas de la madrugada, que Casavella dejó dicho que “todo es terrible, pero nada es serio. Nada es en blanco y negro, sino que todo es blanco y negro”. Y negro sobre blanco, como las frases impresas de su última novela.

Diario

Hoy cojo un autobús al punto de la mañana porque tengo mi última clase de inglés del año en Pamplona. Qué hago entonces escribiendo un post cuando quedan cinco horas y media para levantarme? Pues anotar que ayer por la tarde sentí de pronto nostalgia de Noviembre primero, y luego un cierto sentido de cupabilidad por haberlo dejado marchar, desperdiciándolo. Si hay un lugar en el año donde te puedes refugiar a gusto y donde en los atardeceres sale una luna de vainilla sobre un azul que con el frío se disuelve en otros azules increíbles y así hasta que se apaga, eso es en Noviembre. Llevo toda mi vida preguntándome de qué me tengo que refugiar pero por si acaso entro en Noviembre y lo atravieso con la plena conciencia que da la vivencia de lo efímero.

Noviembre es un paseo al atardecer por el lugar donde estaba la antigua fábrica Azucarera, lugar misterioso y escenario de aventuras infantiles, e imaginar que todavía sigue allí. Queda el verde que sale de las raíces de la tierra húmeda y el río al fondo, cuyo curso sólo se adivina por el velo curvilíneo de la nieblina que flota sobre él. Y el olor dulce y mojado de las plantas. Allí está Noviembre y, sin embargo, este año el que no estuvo soy yo. Y ahora toca esperar hasta el año que viene y eso abruma un poco porque habrá que pasar la temible primavera, temible porque a veces es muy grosera y otras veces te enamora; y el aún más temible verano, que desde que deja de ser un instante de la infancia te lleva a colocarte a la sombra de la frigoría, tan indiferente ella. Tengo nostalgia de Noviembre en Diciembre, en definitiva.

También he tenido nostalgia por la noche en el chino de otras cenas en el chino. El chino está de capa caída, como todo; a veces pienso que como todos. Belén y yo estábamos solos y comíamos el arroz entre susurros, como si estuviéramos en una iglesia, igual. Una cosa es estar tranquilos y otra estar incómodos, casi diría algo intimidados por ese sitio tan grande y tan vacío, con sus mesas y sus sillas tan ordenadas, esperando en tensión, la luz tibia, la temperatura fría, como frío era el ambiente.

Tocará nostalgia, digo yo, porque he llegado a casa con el frío en el cuerpo, el del chino, el de la calle y el de la nostalgia acumulada. La nostalgia en ocasiones es una cosa fría que se te mete por dentro. Luego se pasa.

La abuela. Ayer entró el médico, tercer día después de la operación, miró los papeles, examinó las constantes y comunicó que por ellos ya se podía marchar. Cómo dice, preguntó sobresaltada una tía mía que es enfermera y se supone que es la entendida de estas cosas cuando el entendido, modestia aparte, soy yo, que sé leer los gestos e interpretar los silencios, la cosa más importante de todas cuando de médicos se trata y hablan. Anda, calla, calla, me dirían. Quién, pues mi madre, mi hermano, los de alrededor que me conocen. Mi hermano y mi hermana se reirían, supongo. En el fondo me gusta que lo hagan pero eso no quiere decir que yo no tenga razón.

Pues estábamos en lo que dijo el médico: esta mujer ya se puede marchar porque le hemos retirado la vía, la sonda, todo está perfectamente. Y los análisis?, preguntó mi tía. El médico cerró el bolígrafo haciendo un clic con el pulgar y contestó: mejor que los tuyos y los míos, y se fue por el pasillo haciendo ondear su bata blanca. Eso les encanta.

Van a dejar a la abuela ingresada unos días más, hasta el sábado o hasta el lunes, más que nada para que coja fuerzas y para esperar, qué menos, que haga la semana de la operación y le quiten los puntos. Aunque la verdad es que ya se está poniendo de mala leche y ayer por la tarde hubo incluso un momento que la cabeza la tenía un poco confusa. ¿Cuándo me han traído aquí?, preguntó de pronto. Llevas desde el jueeeeves, te han operado de cadeeeera, es que no te acuerdas? Qué me van a traer el jueves, chica, qué cosas dices! A mi madre le queda la sospecha de si, como dice el médico, los ancianos se desorientan en el hospital o si, además de desorientarse por ancianos, en ocasiones lo hace para chinchar o por puro vacile.

Llegará un día que tendré nostalgia de la abuela, sobre todo tendré nostagia de su fortaleza y de su fragilidad. Qué mezcla tan intrigante. Buenas noches. Buenos días.